Hay coronas que pesan por el oro que ostentan, y hay coronas que duelen por el orden implacable que exigen para salvar del naufragio a los suyos.

Cuando la historia patriarcal ha querido retratar el poder ejercido por mujeres, casi siempre ha oscilado entre dos trampas deliberadas: o las reduce a la anécdota frívola del tocador, a meras piezas de cambio en el ajedrez matrimonial de los reinos, o las transforma en monstruos sedientos de una crueldad desatada, exóticas anomalías en un mundo diseñado por y para hombres. Pero cuando una se sumerge en los archivos de la gerencia, del derecho penal y de la gobernanza profunda, descubre que las verdaderas arquitectas del orden mundial no buscaban el aplauso efímero de las cortes, sino la supervivencia estructural de sus pueblos. Al posar la mirada sobre María Teresa de Austria, la mujer que sostuvo con pulso de acero los dominios de los Habsburgo en pleno siglo XVIII, uno no encuentra a la soberana distante de los óleos imperiales, sino a la directora de operaciones más lúcida de su época, a una estratega radical que comprendió que el mayor enemigo de la justicia y de la dignidad humana no es el caos romántico, sino el desorden institucional amparado en los privilegios.

Asumir el trono de un imperio fragmentado en plena guerra de sucesión, cercada por potencias misóginas que apostaban abiertamente por su desintegración política simplemente por el hecho de llevar nombre de mujer, exigió de María Teresa una respuesta que hoy resuena con una fuerza feminista e intelectual inusitada. Ella no imploró indulgencia ni se amparó en la condescendencia de sus detractores; contraatacó con una radicalidad técnica inapelable.

Comprendió que la arbitrariedad de los señores feudales, la opacidad de los catastros y los fueros intocables de la nobleza y el clero eran las fuentes primarias de la corrupción sistémica y de la miseria del campesinado. Su respuesta no fue un decreto bienintencionado; fue una revolución estructural basada en la estandarización radical y en la edificación de una burocracia profesional meritocrática, sentando las bases fundacionales de lo que hoy en la ciencia del Compliance y del control interno denominamos un entorno de control transparente, universal y ciego al rango.

Lo verdaderamente subversivo y fascinante en la construcción de su liderazgo es cómo María Teresa logró redefinir y subvertir el ejercicio del poder femenino. Lejos de renunciar a su condición de mujer o de imitar la brutalidad y el autoritarismo de los hombres  que la precedieron, ella supo integrar el cuidado profundo de la comunidad con una implacable disciplina de Estado. Supo gobernar con un pulso en el que la empatía no era sinónimo de debilidad, sino la brújula moral que orientaba la necesidad urgente de proteger a las familias, educar a los ciudadanos y erradicar la tortura del sistema penal. Su maternidad y su sensibilidad social no se escondían en los sótanos del palacio; por el contrario, eran la fuente misma de su legitimidad política. Ella entendió que el verdadero poder de una regente radica en su capacidad de mirar al colectivo como un hogar que requiere orden, justicia y reglas claras para no devorarse a sí mismo.

Llevar esta lección histórica al espacio de nuestras luchas feministas contemporáneas y al ejercicio del poder corporativo actual implica sacudirnos los complejos que el propio sistema nos ha inculcado. Durante demasiado tiempo se nos ha enseñado a las mujeres que el liderazgo con empatía debe ser blando, permeable a la excepción, comprensivo con el amiguismo y eternamente disculpado por su propia existencia. María Teresa nos enseña exactamente lo contrario: el verdadero cuidado de la comunidad, de las trabajadoras, de las familias y de la estructura social no se materializa jamás desde la complacencia o el favor personal, sino desde la construcción implacable de sistemas justos, predecibles e incorruptibles. Poner orden, exigir que los procesos sean transparentes, exigir que la ley interna proteja por igual a la base obrera y a la cúpula directiva, no es un acto frío, tecnocrático o desprovisto de alma; es el acto político y ético más profundo de protección colectiva.

En nuestras trincheras profesionales, en la academia y en la defensa cotidiana de los derechos de las mujeres, la estandarización de los procesos y la abolición de los privilegios discrecionales continúan siendo nuestras herramientas más filosas frente a la violencia sistémica y la discriminación encubierta. Cuando exigimos auditorías con perspectiva de género , cuando blindamos los canales de denuncia contra el acoso laboral sin importar el cargo del agresor, y cuando combatimos el compadrazgo en los ascensos corporativos, no estamos haciendo otra cosa que aplicar la intuición histórica de aquella emperatriz vienesa que transformó un conglomerado feudal en una maquinaria de equidad. Nos enseñó que la norma, cuando es profundamente justa y transparente, deja de ser una cadena impuesta desde afuera por el poder punitivo para convertirse en el escudo definitivo que nos permite alzar la voz sin temor a las represalias de la jerarquía.

Ejercer nuestra soberanía hoy significa reclamar ese legado de rigor sin pedir permiso. Significa entender por fin que ocupar espacios de alta gerencia, de dirección jurídica o de cumplimiento normativo no es una concesión graciosa del patriarcado corporativo, sino la conquista absoluta de un territorio que nos pertenece por derecho histórico y capacidad intelectual. Nosotras no venimos a suavizar el poder con silencios cómplices ni a perpetuar las viejas mañas del pasillo; venimos a transformarlo desde su raíz misma, dotándolo de una ética insobornable que no negocia con los privilegios de los intocables.

Porque cuando una mujer decide gobernar con el rigor de la ley, la fuerza inquebrantable de su método y un corazón soberano, las estructuras del privilegio tiemblan hasta los cimientos, y el mundo, por fin, empieza a parecerse al hogar justo y luminoso que merecemos habitar.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
María Alejandra Mancebo

Autor/a María Alejandra Mancebo

Experta en Compliance, Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones Consultora y Voz Visionaria htps://consultorias.visionarias.business/project/maria-alejandra-mancebo Una de las directoras de la Revista Igualdad de Género en Venezuela

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