Mientras en Venezuela se discute sobre elecciones, sanciones, presos políticos, migración, petróleo, inflación y posibles escenarios de cambio, millones de mujeres están haciendo algo menos visible, pero fundamental para que el país siga funcionando: levantan a sus hijos para llevarlos al colegio, buscan cómo completar el dinero que no alcanza, cuidan a los padres enfermos, resuelven la falta de medicamentos, sostienen emocionalmente a familias separadas por la migración… Muchas también organizan sus comunidades, participan en iniciativas sociales y mantienen redes de solidaridad que se convirtieron, en medio de la crisis, en una verdadera infraestructura social invisible.

Por eso Sin nosotras no hay transición. La mujer venezolana y su participación política para la democracia, el estudio de IPYS Venezuela que recoge las voces de 1.226 mujeres y las complementa con grupos de discusión y entrevistas a lideresas, llega en un momento particularmente importante. Si Venezuela vuelve a hablar de transición, reconstrucción e institucionalidad, este informe coloca sobre la mesa una advertencia que no debería ser ignorada: si las mujeres han sido indispensables para sostener al país durante la crisis, tendrán que ser igualmente indispensables para decidir cómo se reconstruye.

El dato más contundente es que 69% de las mujeres consultadas considera vital su participación para que ocurra una transición real en Venezuela, una proporción que llega a 80% entre las mayores de 55 años. Aun así, hay una contradicción especialmente reveladora porque apenas 2% afirma pertenecer a un partido político. La distancia entre ambas cifras habla de una ciudadanía femenina que reconoce el valor de intervenir en las decisiones públicas, pero que permanece ampliamente alejada de las estructuras partidistas tradicionales, posiblemente porque esos espacios no han sabido ofrecer condiciones, confianza o mecanismos de participación suficientemente atractivos y seguros.

El problema, entonces, no parece estar en convencerlas de que su participación importa, sino en comprender por qué una sociedad en la que siete de cada diez mujeres reconocen esa importancia continúa teniendo tan pocas mujeres ocupando los espacios formales donde se toman las decisiones. El desafío para una eventual transición democrática será convertir ese interés en liderazgo efectivo, como una de las tareas centrales para construir una democracia más representativa.

Las mujeres ya hacen política

Una de las contribuciones más interesantes del estudio consiste en ampliar nuestra idea de participación política, porque cuando observamos únicamente partidos, cargos electivos o instituciones corremos el riesgo de no ver una enorme cantidad de ciudadanía que ocurre en las comunidades y en los hogares.

Las propias participantes se describen como mujeres “todo terreno” y “guerreras”, capaces de enfrentar simultáneamente responsabilidades familiares, económicas, comunitarias y sociales, mientras desarrollan habilidades de organización, negociación, adaptación y resolución de problemas que rara vez son reconocidas como capacidades políticas. El informe las identifica como protectoras, anclas emocionales, gerentes y proveedoras, cuatro roles que resumen buena parte de su contribución a la sociedad venezolana.

Pero detrás de esta capacidad existe la paradoja de que las mujeres han demostrado una enorme capacidad para gestionar la crisis, pero todavía tienen un acceso muy limitado a los espacios donde se decide cómo superarla.

El 68% de las madres con hijos menores dedica ocho horas o más al día al cuidado, frente a apenas 8% de los padres. En estas condiciones, hablar de participación política como si fuera simplemente una cuestión de voluntad individual resulta insuficiente, porque una mujer puede tener conciencia ciudadana y deseos de participar, pero difícilmente podrá hacerlo de manera sostenida si después de una jornada laboral comienza otra extensa jornada de cuidado.

Y es que el tiempo también es poder político. Si queremos mujeres participando en la reconstrucción, tendremos que crear las condiciones materiales para que puedan hacerlo, mediante corresponsabilidad en los cuidados, oportunidades económicas, formación y protección frente a la violencia política, entre otras estrategias transformadoras.

La trampa de la “guerrera”

Hay que tener cuidado con convertir la resiliencia femenina en una obligación permanente de resistir. Celebramos a la venezolana “todo terreno” porque ha demostrado una capacidad extraordinaria para administrar crisis, sostener hogares y encontrar soluciones donde parecía no haberlas, pero esa admiración puede convertirse en una trampa cuando utilizamos la fortaleza para ocultar la sobrecarga y esperamos que las mujeres continúen resolviendo por sí mismas aquello que debería ser responsabilidad compartida de las familias, las comunidades, el Estado y las instituciones.

Por eso, una política de reconstrucción con perspectiva de género no puede limitarse a invitar mujeres a una mesa, sino garantizar que tengan tiempo, recursos y condiciones para llegar a ella.

Hay una generación que podemos perder

El informe advierte que las mujeres jóvenes están mucho más desconectadas de la política que las generaciones mayores. Solo 56% de las mujeres entre 18 y 34 años considera vital la participación femenina para el cambio, mientras entre las mayores de 55 años la cifra llega a 80%; además, apenas 20% de las jóvenes participa en organizaciones comunitarias.

La precariedad económica, las responsabilidades familiares tempranas, la migración y la percepción de que los espacios políticos tradicionales no responden a sus prioridades están generando distancia y desafección. Una transición que no consiga involucrar a las jóvenes estaría comprometiendo su propia sostenibilidad.

El estudio ofrece una pista valiosa al detectar que las jóvenes parecen movilizarse más alrededor de problemas concretos de sus comunidades y sus familias que alrededor de discursos políticos abstractos. Recuperar su participación requerirá entonces demostrar que la democracia puede mejorar aquello que experimentan todos los días.

Una transición sin mujeres sería incompleta

Las mujeres no llegan a una eventual transición venezolana como espectadoras externas, sino como protagonistas de la sociedad que habrá que reconstruir. Han vivido las consecuencias de la precariedad económica, la migración, la ruptura de las familias, el deterioro institucional y la pérdida de oportunidades, pero también han construido redes de supervivencia, iniciativas comunitarias y mecanismos de solidaridad que serán fundamentales para reconstruir la confianza social.

El estudio encuentra que 39% identifica la construcción de paz como uno de los ámbitos donde las mujeres pueden aportar especialmente, mientras 30% menciona la reconciliación y 29% la recuperación económica.

Las autoras del estudio recomiendan incorporar a las mujeres de manera explícita y no simbólica, a equipos negociadores, mesas de trabajo y espacios de definición de acuerdos, junto con indicadores verificables de representación y participación efectiva.

Las venezolanas estamos listas

Con esa contundencia, Marianela Balbi, Directora Ejecutiva de Ipys Venezuela en la presentación del informe, transmitió el sentir de las participantes encuestadas. Coincido con que las venezolanas estamos listas, lo que no creo es que quienes tienen hoy la posibilidad de diseñar la transición están dispuestos a reconocerlas como protagonistas de la reconstrucción de Venezuela.

Reconstruir Venezuela significará recuperar hospitales, escuelas, instituciones, empresas y servicios públicos, pero también reconstruir las reglas mediante las cuales se distribuye el poder. Una transición que cambie autoridades sin transformar suficientemente las relaciones que determinan quién decide y quién queda al margen corre el riesgo de reproducir modelos excluyentes, sexistas y patriarcales de poder.

Por eso la agenda de las mujeres no puede aparecer después de la transición como un capítulo social que se incorpora cuando los asuntos “importantes” ya fueron resueltos. La igualdad salarial, la representación política efectiva, la seguridad para participar, la distribución del cuidado y la autonomía económica forman parte de la arquitectura democrática y, el propio informe, recomienda considerarlas condiciones de calidad de la democracia.

Este estudio debería convertirse en una hoja de ruta para quienes tendrán responsabilidades en la Venezuela que viene.

Los partidos políticos deben abrir espacios reales y competitivos para las mujeres; las organizaciones sociales deben formar y conectar nuevos liderazgos, especialmente entre las más jóvenes; los medios deben reconocer a las mujeres como expertas, dirigentes, negociadoras y constructoras de soluciones; y los organismos internacionales deberían exigir que la participación femenina sea una condición verificable de cualquier proceso de transición que acompañen.

Y los hombres que tienen responsabilidades políticas, económicas e institucionales deberán comprender que incorporar mujeres al poder no significa ceder espacio, sino ampliar la capacidad del país para tomar mejores decisiones.

Las venezolanas no están esperando que alguien las rescate para empezar a participar. Llevan años sosteniendo al país. Ahora tienen que estar también entre quienes decidan cómo reconstruirlo, porque una transición que se haga sin ellas podrá cambiar un gobierno, pero difícilmente podrá cambiar un país.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Susana Reina

Autor/a Susana Reina

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial. Especialista en Políticas Públicas con enfoque de Género (UIM-ONU Mujeres) Vicepresidenta de Desarrollo Corporativo Grupo Multinacional de Seguros. Columnista de Efecto Cocuyo. Directora Fundadora de FeminismoINC. Venezolana. Feminista

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