Las preguntas sobre la belleza que hirieron a toda una generación

Las preguntas sobre la belleza que hirieron a toda una generación
septiembre 19, 2022 Aglaia Berlutti
feminismo

Por dĆ©cadas, Venezuela fue conocida como el paĆ­s con mayor cantidad de reinas de belleza por kilómetro cuadrado de su modesto territorio. Se trata quizĆ”s de una idea mĆ”s o menos extravagante que me acompañó durante buena parte de mi niƱez y adolescencia. DespuĆ©s de todo, para buena parte de las niƱas que conocĆ­a, ser una ā€œMissā€ era la meta inmediata, una especie de idealización del Ć©xito basado en la belleza. La idea siempre me produjo sobresaltos, aunque era muy pequeƱa para entender con exactitud el motivo por el que me preocupaba tanto.

— Nunca serĆ© tan bonita como una Miss — le soltĆ© en una ocasión a mi madre — sólo serĆ© bajita, paliducha.

Tenía doce años y eso me parecía realmente preocupante. Mi madre me miró con un cierto sobresalto. Dejó a un lado el libro que leía y me miró de arriba a abajo.

— ĀæQuieres ser una Miss?
— Es lo que todo el mundo quiere.
— ĀæTu quieres ser una Miss?

Eso era una buena pregunta. Lo era para la Ć©poca. Antes de los cuestionamientos muchos mĆ”s sofisticados y pertinentes sobre la identidad de gĆ©nero, la sexualidad, la expresión de lo femenino y masculino. En Venezuela, en la dĆ©cada de los noventa, la obsesión era la belleza, la simple belleza que se podĆ­a comprar en un quirófano. Y mucho mĆ”s, la que se vendĆ­a sobre el escenario de un programa anual convertido en sĆ­mbolo nacional. Claro estĆ”, la verdad, no tenĆ­a muy claro quiĆ©n — o quĆ© — era esa mujer entronizada en el imaginario popular. La que protagonizaba el programa de televisión mĆ”s visto del aƱo, la que salĆ­a en todas las portadas de revista. HabĆ­a algo nebuloso en esa percepción sobre la belleza, algo inexistente. No era como las actrices de la televisión y el cine, que consideraba bellas por tal o cual razón. Por fuertes, por extraƱas, por sus bonitos ojos o el cabello maravilloso. Con la mĆ­tica Miss Venezolana ocurrĆ­a algo mĆ”s inquietante. HabĆ­a un peso especĆ­fico, una noción sobre esa mujer imposible que acompaƱaba a buena parte de las mujeres venezolanas de un lado a otro. Incluso a una niƱita flacucha y deslenguada como yo.

— Las niƱas de la escuela dicen que las Misses son como todas las mujeres deberĆ­amos ser — dije entonces, como si eso se trata de un argumento irrefutable — que se supone son como…

No supe explicarle el furor y la admiración que despertaban el grupo de beldades en traje de baño, cabello esponjoso y brillante, maquillaje impecable. La mayoría de mis compañeras de clase parecían encontrarse realmente obsesionadas con la apariencia de las dos docenas de mujeres que protagonizaban una vez al año el escenario nacional. Con lo que hacían y decían, pero, sobre todo, como lucían.

En una ocasión, una de las niƱas con las que estudiaba afirmó categóricamente que todas tendrĆ­amos que ser como ā€œlas Missesā€. ā€œAsĆ­ de bellas, de altas, de flacasā€ declaró a quien quisiera escucharla. Sacudió su larga y sedosa melena, las manos en las cintura. Era una niƱa de catorce aƱos, tan delgada como yo, con un rostro tan infantil como el mĆ­o. Pero ya llevaba maquillaje. Las manos con perfecta manicura. En contraste, me sentĆ­a pequeƱa, inmadura, un poco ridĆ­cula.

Por supuesto, nadie piensa en tales tĆ©rminos a esa edad, pero lo que si tenĆ­a muy claro, es que la manera en que lucĆ­a, no se parecĆ­a — ni mucho menos — al emblema mĆ”s reconocido de la mujer nacional. Una sensación extraƱa, como si no perteneciera a ningĆŗn lado, como si algo estuviera mal en mĆ­ aunque no supiera exactamente el quĆ©. Un pensamiento que me atormentaba a diario, que me hacĆ­a mirarme en el espejo, alarmada por mis cejas desordenadas, el cabello en punta, las manos pĆ”lidas de uƱas cortas. ĀæPodrĆ­a ser como una Miss?

— No se supone que debas ser nada, menos una Miss — dijo mi mamĆ” con su acostumbrada calma — lo Ćŗnico que necesitas es sentirte cómoda en tu piel y eso lleva mĆ”s esfuerzo que desfilar por un escenario.
— ĀæCómoda en mi piel? — preguntĆ©, sin entender nada. Ella sonrió.
— El dĆ­a en que te mires al espejo y te puedas sonreĆ­r, ese serĆ” un buen dĆ­a.

***

El comentario de mi amigo M. me tomó por sorpresa. Lo escuché, con los ojos muy abiertos y muy cerca estuve de escupir el sorbo de café que acababa de tomar. Pero de alguna manera logré recuperar la compostura y sonreír, intentando no parecer ofendida. No demasiado.

– ĀæBotox? — repetĆ­ — Āæme estĆ”s diciendo que necesito Botox?
– Chica, pero no te lo tomes tan a pecho — respondió — solo te comento que ya no eres una niƱa y es hora de comenzar a pensar como verse joven para siempre.

Para quién se lo estÔ preguntando, sí, M. es cirujano estético. De hecho, es el médico de la mayoría de las amigas de mi madre y supongo autor de esa expresión un tanto inquietante que todas exhiben con orgullo: algo en medio de la sorpresa y una sonrisa eterna que no favorece a casi ninguna. Pero ya sabemos, en la búsqueda de la belleza todo se vale, y sobre todo en Venezuela, donde la estética es una obsesión nacional.

Pero sigamos con la anĆ©cdota M. intentó explicarme porque a mis treinta y no te importa aƱos, ya tenĆ­a que comenzar a preocuparme por cualquier lĆ­nea de expresión que pudiera recordarme mi edad, mi historia o simplemente, que sĆ­, estoy envejeciendo. Un pensamiento difĆ­cil por supuesto, pero no especialmente traumĆ”tico. IntentĆ© explicĆ”rselo de esa manera, hacerle entender que la vejez — o sus primeros sĆ­ntomas en todo caso — no me produce gran ansiedad, como no sea constatar que estoy viviendo, que el tiempo estĆ” construyendo una nueva versión de mi misma y que mi mundo interior, quizĆ”s, comienza a hacerse visible en mi piel. Pero M. consideró toda esa explicación ā€œpoesĆ­aā€ e insistió en su punto.

– La medicina y la tĆ©cnica te permiten conservar la belleza todo lo que puedes, ĀæPor quĆ© no aceptarlo? ĀæPor quĆ© no continuar siendo hermosa a pesar de los aƱos que pueda cumplir? Eso no tiene nada de malo.
– ĀæY si no quiero?
– ĀæPor quĆ© no querrĆ­as?
– ĀæY si me parece un poco antinatural?
– Eso es una postura pasada de moda. Simplemente es tecnologĆ­a para mejorar la vida.
– Lo entiendo, y me parece estupendo si alguien quiere aprovecharla, pero ĀæQuĆ© ocurre si no quiero?

Silencio incomodo entre ambos. Y es que al parecer, para M. la idea que una mujer no quiera utilizar los enormes recursos de la medicina actual para verse hermosa — o al menos, no ahora mismo — es cuando menos, imposible de comprender. La discusión continĆŗo un buen rato y sobre todo otros temas, pero lo principal que quedó claro es que en Venezuela, la vejez o mejor dicho, envejecer con dignidad, no es una opción.

Nunca he estado muy consciente o pensado con seriedad como afrontarĆ© el tema de la vejez. Tal vez cometo el error de considerar que esta juventud pasajera serĆ” mi presente por mucho tiempo o simplemente, que las mujeres con las que crecĆ­, jamĆ”s prestaron demasiada atención al tema. Mi abuela era una mujer muy bella, con unas preciosas arrugas que siempreĀ consideró trofeos de experiencia.Ā Nunca dejó a un lado su natural coqueterĆ­a — se tiñó el cabello de un hermoso color rojo toda su vida y jamĆ”s dejó de hacerlo hasta que murió — pero para ella, la vejez no era una vergüenza que ocultar, sino un mensaje que mostrar. Porque para Celia,Ā la vejez era una forma de sonreĆ­r una manera de comprender el mundo, una forma de crear una nueva interpretación de si misma. De manera que crecĆ­ con la idea que las arrugas y las canas no eran algo terrible, sino tal vez, el inevitable reflejo de como has vivido. O mejor aĆŗn, tu mejor espejo para paladear tu historia.

Por otro lado, soy venezolana y eso quiere decir que la belleza me importa. O deberĆ­a importarme en todo caso. Porque en Venezuela ser bella es ser importante y mĆ”s aĆŗn, es significativo. Es un tipo de poder. Tal vez en todos los paĆ­ses del mundo sea asĆ­, no lo dudo, pero culturalmente, para el venezolano la belleza tiene su peso, su lenguaje y se entiende de una manera particular. Claro estĆ”, vivir en una cultura donde las niƱas de quince aƱos se preocupan por el tamaƱo de sus senos — y como aumentarlo artificialmente — y las mujeres de veinte ya tienen una guerra declarada contra las lĆ­neas de expresión, te da un criterio muy especifico sobre el tema. O te dejas llevar — y sufres — o lo aceptas y sufres tambiĆ©n.

Oponerte es otra de las opciones, claro y es la que yo escogí. QuizÔs no de manera muy consciente y muy probablemente por simple malcriadez, pero siempre he logrado comprender la belleza como una manera de crear y no como una idea limitante por si misma. Porque la belleza existe en la medida que la perfección y la imperfección crean su propio equilibrio, la belleza es real en la medida que es parte de algo tan enorme y conmovedor como lo natural y mÔs allÔ de eso, la belleza es una opinión.

A veces se nos olvida eso: la belleza solo existe en quién la mira, quién la aprecia y que le otorga el calificativo de bella. ParecerÔ un cliché, de hecho creo que lo es, pero la belleza es la apreciación mÔs subjetiva de todas, es la manera mÔs sencilla de expresar tu idea del mundo, tu lenguaje interior y un poco mÔs allÔ, tu manera de construir un concepto sobre el mundo que sea vÔlido en tu manera de concebir lo esencial del ser humano: la individualidad.

Me siento frente al espejo y me acaricio con la yema de los dedos la diminuta y fina de expresión que aparece y desaparece de mi frente cada vez que me rio. Según M., una aplicación de Botox la eliminaría para siempre. De nuevo, tendría la piel lisa de los veinte, volvería a hacer la adolescente que nunca pensó que esa línea existiría. Pero de pronto, comienzo a pensar en todas las carcajadas que crearon esa arruga: la risa desordenada y a todo pulmón de los chistes, la risa sonrojada del amor, la risa entre lÔgrimas de los momentos difíciles. La risa, sí, que me ha hecho ver el mundo de otra manera, la carcajada que me ha sacudido el pecho y el alma de dolor. Que bella arruga, pienso, acariciÔndola de nuevo. Que bonita línea en el libro de mi vida. Y que hermosa se ve allí, contando una historia que solo yo entiendo, una escena que quizÔ recordaré para siempre gracias a ella.

Así que no, nada de Botox, me digo riendo, otra vez, a todo pulmón, con mi risa nasal y desordenada. No hay nada mÔs hermoso que reconocerte en el espejo, que encontrarte en esa nueva mujer que emergen de tu piel de cada día. Y quiero reconocerla muchos años, quiero mirarla crecer, quiero reír y llorar junto a ella. Esa mujer que soy yo, que es la niña que fui, la adolescente en que me convertí y la anciana que seré. La belleza de la experiencia, la ternura de una vida bien vivida.

Una forma de fe, sin duda. Una manera de crear

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artĆ­culos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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