Por: Diana Merchán Pérez-Perazzo

Responsable Nacional de Mujeres de Voluntad Popular.

Venezuela transita horas decisivas donde la palabra «transición» deja de ser solo un anhelo para convertirse en un método estratégico que exige madurez, firmeza y convicción. El país observa con atención el inicio de pasos concretos hacia la restitución de la democracia, la garantía de derechos políticos y la atención urgente a las prioridades sociales e institucionales. Sin embargo, este proceso adquiere hoy un matiz distinto e histórico: el liderazgo y la representación política de la oposición legítima, encarnada en la Asamblea Nacional de 2015, está presidido por una mujer, Dinorah Figuera, y cuenta con la valiosa participación de líderes como Desirée Barboza y Elimar Díaz en sus comisiones de apoyo.

Este hecho no es simplemente un dato formal o de cuota de género. Es un reflejo del papel determinante que las mujeres venezolanas hemos asumido en los momentos de mayor complejidad política y social del país. Desde cada lugar de Venezuela, hasta cada rincón de la diáspora donde hoy millones de compatriotas levantamos la voz desde el exilio, las mujeres hemos sido quienes han sostenido nuestros hogares, la primera línea de la resistencia pacífica ante la situación de los presos políticos y la vanguardia en la articulación comunitaria, ante la sistemática violación de derechos humanos frente a la crisis de los servicios públicos.

Con mujeres, la paz y los acuerdos son duraderos

No se trata solo de una reivindicación de justicia histórica, sino de eficacia política. Diversos estudios internacionales —entre ellos investigaciones del Instituto de Paz de los Estados Unidos y ONU Mujeres— han demostrado rigurosamente que cuando las mujeres participan de manera significativa en procesos de negociación, mediación y construcción de acuerdos, las probabilidades de lograr pactos sólidos, sostenibles y perdurables en el tiempo se incrementan de forma sustancial.

La mirada de la mujer en la mesa de diálogo aporta una perspectiva integral: conecta la alta política con la realidad social, prioriza la restitución del tejido humano y promueve soluciones pragmáticas orientadas al bienestar colectivo por encima de los personalismos. La presencia de mujeres en la representación democrática es la mejor garantía de que los acuerdos no se queden en papel, sino que se traduzcan en cambios reales para la gente.

Tres prioridades innegociables para el camino que viene

Atención humana e integral a las familias y respuesta ante la emergencia: La crisis no es una abstracción de cifras; se vive a diario en los hogares donde las madres, abuelas y cuidadoras hacen milagros. Toda mesa de acuerdo o negociación debe colocar en primera fila la atención a la emergencia social y la protección integral de la familia venezolana, reconociendo además la carga diferenciada y desproporcionada que recae sobre las mujeres tras el impacto del reciente doble terremoto, donde recaen los cuidados, la escasez y el sustento en medio del desastre.

Garantías políticas, institucionalidad e igualdad de oportunidades: El fortalecimiento de la democracia requiere la recuperación del voto libre, la liberación de los presos políticos y la garantía plena del Estado de derecho. Parte fundamental de esta institucionalización pasa por lograr poderes públicos independientes, legítimos y transparentes, comenzando por la reconstrucción de un Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y un Consejo Nacional Electoral (CNE) impares, idóneos y verdaderamente autónomos. Asimismo, esto implica construir una verdadera igualdad de oportunidades en la política, eliminando las barreras estructurales para que la participación de las mujeres sea una regla fundamental de representatividad equitativa donde ejercer la política no suponga la persecución, el exilio o la censura.

Paz, justicia y participación equitativa: La presencia femenina en la toma de decisiones estratégicas garantiza un enfoque de justicia reparadora. Nuestra voz es indispensable para asegurar una transición equilibrada, seria e irreversible.

Sin atajos, pero sin pausas

La experiencia política enseña que los procesos apresurados corren el riesgo de fracturarse, pero los procesos indefinidos corren el riesgo de diluirse. Por ello, este camino exige un ritmo pensado: ni postergado ni atropellado, sino con metas claras y verificables.

Desde la responsabilidad política que asumo con las mujeres de todo el país y viviendo en carne propia la dura realidad del exilio, sostengo que la transición en Venezuela la vamos a construir con estrategia, organización y decisiones firmes.

A las mujeres venezolanas les digo: la reconstrucción democrática no se hará a nuestras espaldas. La lideraremos y la construiremos juntas, demostrando que cuando las mujeres estamos en el centro de las decisiones, la libertad y la democracia ganan solidez e irreversibilidad. Con más Fuerza y Fe que nunca construiremos La Mejor Venezuela.

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Diana Merchán Pérez-Perazzo
Dirigente política y defensora de derechos humanos centrada en el liderazgo femenino y la equidad. Desde el exilio, impulsa agendas políticas por el rescate democrático y la inclusión de las mujeres en espacios de decisión. Feminista con una firme vocación de transformación social.
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