Desde que me ocupo del activismo feminista he visto multiplicar escuelas, academias y programas destinados a formar lideresas. Gobiernos, organismos multilaterales, asociaciones civiles, empresas, universidades y organizaciones internacionales parecen haber llegado finalmente a la conclusión de que las democracias, las instituciones y las organizaciones son más sólidas cuando las mujeres participan activamente en la toma de decisiones y que, para lograrlo, es necesario formar liderazgos femeninos capaces de dirigir, influir y transformar las estructuras desde dentro.

Sin embargo, detrás de este crecimiento vale la pena preguntarse ¿Qué tipo de liderazgo están formando realmente estas escuelas? Básicamente porque, su expansión, está ocurriendo en un momento especialmente delicado para la democracia en América Latina. Tenemos hechos que dan cuenta de una combinación peligrosa de polarización política, desinformación, debilitamiento institucional, violencia digital y avance de discursos autoritarios y particularmente antifeministas que se traducen en retroceso de derechos.

En este contexto, las escuelas de liderazgo femenino ya no pueden pensarse únicamente como espacios de capacitación neutra sin representación simbólica. Creo que las escuelas de mujeres líderes están hoy frente a un panorama que expresa las consecuencias que se derivan de la crisis de la desigualdad y eso redefine completamente su papel. Su desafío, además de incorporar más mujeres a la política, se debe centrar en contribuir a fortalecer democracias locales para que sean más inclusivas, formar liderazgos capaces de defender derechos humanos y, además, reconfigurar las prioridades en la gestión de lo público.

Muchas de estas iniciativas, aunque bien intencionadas, siguen atrapadas en una lógica limitada, donde enseñan habilidades técnicas, pero evitan hablar de poder.

Abundan los programas centrados en comunicación, marca personal, oratoria, networking o liderazgo colaborativo. Son herramientas útiles, sin duda, pero insuficientes para la política real. Gobernar en América Latina implica navegar estructuras atravesadas por el machismo, la polarización, la violencia política contra las mujeres, la negociación permanente de espacios de incidencia y las múltiples desigualdades históricas de género. A pesar de ello, demasiadas escuelas siguen formando mujeres para participar en sistemas políticos que nunca cuestionan.

Las experiencias más innovadoras a nivel internacional han empezado a entender esto.

Vital Voices Global Partnership, una de las redes de liderazgo femenino más influyentes del mundo, evolucionó hace tiempo desde la capacitación tradicional hacia modelos centrados en la mentoría estratégica, la construcción de redes globales y en la incidencia política sostenida. Sus programas ya no se limitan a enseñar liderazgo, ellos conectan a mujeres con capacidad de decisión, financian proyectos de impacto territorial y construyen acompañamiento de largo plazo.

Algo similar ocurre con el Women and Public Policy Program de Harvard Kennedy School, que dejó atrás la idea del empoderamiento entendido únicamente como desarrollo individual y comenzó a trabajar sobre la premisa de que las desigualdades de género son estructurales y requieren soluciones estructurales. Su enfoque combina investigación aplicada, formación política e incidencia en políticas públicas.

Incluso iniciativas como Women Political Leaders han entendido que el liderazgo femenino no se fortalece únicamente con capacitación, sino con redes internacionales de influencia, intercambio político y articulación entre mujeres que ya ocupan espacios de decisión.

En Iberoamérica también empiezan a emerger dos modelos más ambiciosos, en los que me enorgullece participar. La Escuela Iberoamericana de Mujeres Líderes Locales de la Unión Iberoamericana de Municipalistas y SEGIB representa un ejemplo interesante de superar el esquema clásico de formación aislada para construir una plataforma regional que combina liderazgo político local, mentorías, redes territoriales, cooperación municipalista e incidencia pública. Se entiende el ámbito de lo local como un espacio estratégico de disputa política donde se materializan o bloquean los avances de derechos y la igualdad, por ello se fortalece muy especialmente las competencias de alcaldesas, intendentas, concejalas y funcionarias de los gobiernos municipales en España y América Latina.

El otro es la Escuela de Gobierno para las Mujeres de las Américas impulsada por la Organización de los Estados Americanos (OEA) y promovida por la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), que busca fortalecer las capacidades de mujeres en espacios de decisión pública incorporando temas como democracia paritaria, derechos políticos y participación en la gestión pública. A esto se suman experiencias más recientes e innovadoras como el Laboratorio Colaborativo Feminista (ColabFem), una plataforma que combina formación, tecnología, innovación social y construcción de redes colaborativas para potenciar liderazgos femeninos desde una mirada más horizontal y conectada con los desafíos contemporáneos de la región. Es una comunidad de práctica y espacio colaborativo destinado a activistas, lideresas comunitarias, defensoras, expertas y profesionales comprometidas con la igualdad de género y los derechos de las mujeres. Se enfoca en ciberfeminismos, retos y contradicciones de la agenda de igualdad, y la construcción de herramientas y estrategias colectivas buscando funcionar como una red viva y en movimiento.

Ambas iniciativas reflejan cómo algunas escuelas están empezando a moverse desde el modelo clásico de capacitación hacia esquemas más amplios de articulación, incidencia y transformación institucional.

Desde mi Escuela Para Atrevidas (FeminismoINC) he intentado construir precisamente una mirada distinta sobre la formación de mujeres líderes. Desde 2015, trabajando con mujeres de distintos países de América Latina, entendí que no bastaba con enseñar herramientas de liderazgo o comunicación si no abordábamos también el sistema cultural dentro del cual se produce la desigualdad. Por eso, Atrevidas nació como un espacio que combina liderazgo femenino, pensamiento feminista, activismo e inteligencia conversacional desde una perspectiva profundamente política y transformadora. Trabajamos sobre el lenguaje, el cuerpo, las emociones y la construcción de narrativas públicas, no como elementos accesorios, sino como dimensiones centrales del ejercicio del poder. Más que formar mujeres para adaptarse a sistemas excluyentes, buscamos fortalecer capacidades para cuestionar, reclamar, pedir, negociar y ocupar espacios de decisión. Esa experiencia dio origen también a mi libro “Atrevidas: Manual de trabajo para el Activismo Feminista”, pensado como una herramienta práctica para mujeres que quieren transformar no solo su vida personal, sino también las estructuras que sostienen las desigualdades.

Lo relevante de todas estas iniciativas es que ya no se presentan solo como escuelas, se presentan como ecosistemas de poder e influencia y en América Latina se necesita entender rápidamente esta transición, porque la Región atraviesa un momento especialmente complejo para las mujeres en la política. El crecimiento de los discursos antifeministas, la violencia digital, la desinformación y el deterioro democrático, están redefiniendo el costo de participar en lo público. Formar lideresas hoy no puede limitarse a enseñar habilidades técnicas, implica preparar mujeres para gobernar en contextos de alta conflictividad, resistir campañas de hostigamiento político y disputar decisiones que afectan presupuestos, cuidados, seguridad, economía y representación.

Buscar activamente diseñar métricas que midan impacto.

Cuando los programas de liderazgo femenino se enfocan exclusivamente en métricas tradicionales (número de graduadas, talleres impartidos, certificados entregados), terminan reproduciendo una visión tecnocrática del liderazgo. Forman administradoras eficientes, pero no necesariamente mujeres capaces de disputar la agenda pública, transformar instituciones patriarcales o ejercer poder político en contextos hostiles.

El verdadero impacto de una escuela de liderazgo no debería medirse solo por cuántas mujeres participaron, sino por cuánto poder lograron acumular, cuántas políticas públicas transformaron, cuántas redes territoriales activaron o cuánta incidencia tuvieron en la agenda de gobierno. No basta con graduar mujeres, hay que construir infraestructura política femenina.

Ese es precisamente el punto donde muchas instituciones todavía se quedan cortas. La cooperación internacional y numerosos programas públicos siguen priorizando iniciativas altamente visibles, fácilmente reportables y de corto plazo, como talleres, seminarios, cohortes, certificaciones. Pero las experiencias más innovadoras muestran que la transformación ocurre en otro lugar: en las mentorías continuas, en las redes activas, en la formación aplicada en territorios, en el acompañamiento para incidir públicamente y en comunidades políticas capaces de sostenerse más allá de una generación de egresadas.

Las instituciones que decidan invertir tiempo y recursos en escuelas de mujeres líderes tienen hoy una oportunidad histórica de agregar valor real, pero para hacerlo deberán abandonar la visión simbólica o asistencial del liderazgo femenino y apostar por modelos más ambiciosos y sostenibles.

Eso implica financiar procesos largos y no solo eventos; apoyar producción de conocimiento y no únicamente capacitaciones; construir redes regionales y no cohortes aisladas; medir incidencia política y no solo participación, e incorporar componentes que muchas escuelas todavía evitan, como gestión del poder, persuasión, manejo de emociones, gestión corporal como herramienta de poder, comunicación en contextos polarizados, ciberfeminismo y estrategias para disputar espacios de decisión en instituciones históricamente diseñadas para excluir a las mujeres. En una palabra, enseñar feminismo.

La democracia no se fortalece simplemente incorporando mujeres a las estructuras existentes, se fortalece cuando esas mujeres tienen capacidad real de transformarlas.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Susana Reina

Autor/a Susana Reina

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial. Especialista en Políticas Públicas con enfoque de Género (UIM-ONU Mujeres) Vicepresidenta de Desarrollo Corporativo Grupo Multinacional de Seguros. Columnista de Efecto Cocuyo. Directora Fundadora de FeminismoINC. Venezolana. Feminista

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