Por Carolina Hernández León.

Culturalmente todavía existe una creencia muy arraigada de que las mujeres son las “administradoras de los vínculos familiares. En muchas familias, sociedades e instituciones les cuesta aceptar que un hombre pueda decidir conscientemente ejercer violencia, manipulación o abuso. Como esta realidad social genera tanta incomodidad, el foco de atención se desplaza hacia la mujer: “¿por qué lo eligió?”, “¿por qué tuvo hijos con él?”, “¿por qué no se fue antes?” «es masoquista o no se dio cuenta de la violencia».

Esas dinámicas tienen raíces sociales y psicológicas:

La fantasía del control social ha llevado a muchísimas personas a culpar a la mujer ya que les ha dado una falsa sensación de seguridad. Si la violencia hacia las mujeres se explica o se justifica como una “mala elección femenina”, entonces las personas pueden creer que la violencia de género, violencia familiar o la violencia vicaria puede evitarse “eligiendo bien” o pueden responsabilizar a la mujer por no escogerlo mejor ya que esta acción resulta menos aterradora y es más cómoda que cuestionar o aceptar que dentro de las familias hay hombres dispuestos a recurrir al abuso o la violencia con más frecuencia de lo que se cree pero no la muestran desde el inicio de la relación, la revelan progresivamente, gota a gota.

La idealización de la maternidad:

Culturalmente se espera que una mujer siendo madre pueda preveer los comportamientos violentos del hombre, contenerlos y reparar todo el daño, ¿Cómo? Con su silencio, al continuar con una dinámica o códigos aceptados en otras familias y la misma sociedad valida. Se le asigna una responsabilidad casi mística y sobrenatural, sobre la seguridad emocional de los hijos, incluso frente a conductas abusivas y violentas que ella no controla del hombre pero cuando se defiende o protege a sus hijos es vista como «la tóxica» o señalada de:

«ella también hace lo mismo»

«la mujer también es violenta»

«ella también comete violencia vicaria».

La invisibilización de la violencia psicológica ocurre y muchas veces la violencia de género no comienza con golpes o marcas visibles, ese ha sido un falso estándar de gravedad, los golpes, ya que no se toma en cuenta cuándo la violencia empieza con ciclos de manipulación, de seducción, love bombing, idealización, descarte, reenganche, control emocional, aislamiento, chantajes, miedo o desgaste mental progresivo. Sobre todo si muchos hombres son abusivos en la intimidad pero socialmente se muestran encantadores, funcionales o incluso son admirados. Por eso desde fuera resulta fácil juzgar más rápido a “la mujer que se queda”, la mujer que lo escoge como pareja y padres de sus hijos» pero no se toma en cuenta que la mujer es una minoría dentro de la mayoría que la juzga, en el prejuicio acelerado se pierde de vista que en convivencia ella es la única que termina por conocer mejor a su agresor, mejor que la familia de origen que pudo normalizar dinámicas abusivas, mejor que los amigos o los compañeros de trabajo cómplices, mejor que los amigos y vecinos que no se meten en asuntos de parejas porque los conflictos son vistos como «problemas», no como el rechazo de la mujer a la violencia de su esposo.

La violencia del hombre existe por la validación cómplice de su entorno, no porque la mujer lo haya provocado, por eso hay hombres que se creen intocables.

 Si de plano y de inicio se descarta si es un hombre que ya está familiarizado con su violencia psicoemocional o todo lo que ha normalizado dentro de las relaciones, lo único que espera de la mujer dentro del hogar es su adaptación, no que le lleve la contraria ya que «no llevarle la contraria al hombre» para muchas personas significa que lo que sucede no es tan grave al punto de justificar la violencia hacia la mujer como «conflictos familiares o problemas de pareja».

El sesgo retrospectivo:

Baruch Fischhoff estudió el sesgo retrospectivo que «describe la tendencia del ser humano a percibir los acontecimientos pasados como «más previsibles» de lo que realmente fueron una vez que ya se conoce su desenlace». Cuando ya se conoce el resultado de una situación, por ejemplo en un divorcio, separación, o la violencia familiar, violencia vicaria, la opinión de la gente se centra en creer que “era obvio” reconocer lo que estuvo pasando. Pero en tiempo real, las relaciones humanas son ambiguas, complejas y emocionalmente confusas y la realidad es que nadie entra conscientemente a una relación pensando: “voy a casarme y formar una familia con un hombre que será violento conmigo o le hará daño a mis hijos”. En serio, ¿quién piensa así?

De ser así, de saber el desenlace de cómo le irá a la relación ¿Cuál mujer quiere pasar años con la vida judicializada, luchando por su derecho a ser tratada con dignidad? Cuál mujer aceptará que el fin de la relación será con el fin de su vida a través de un feminicidio, que sus hijos serán sustraídos por el padre, que casarse no fue el problema sino divorciarse, que las personas presentes el día de la boda serán las mismas que le darán la espalda cuando ella no hable de un divorcio conflictivo sino de violencia vicaria.

Es obvio que actualmente existe una resistencia familiar, social, cultural e institucional a responsabilizar al agresor o  puede parecer normal preguntarse con más rapidez y facilidad:

¿Por qué ella no eligió mejor?

Ya que puede ser más incómodo que preguntarse, por ejemplo:

¿Por qué él ejerció violencia?

¿Por qué su entorno cercano no le creyó a ella?

¿Por qué ella no pudo confiar y hablar de lo que estuvo sobreviviendo junto a sus hijos, con su familia o la familia de él?

¿Por qué el sistema judicial no protegió a los niños, niñas y adolescentes? En lugar de entregarlos a una violencia continuada.

Porque otras familias, sociedades e instituciones siguen validando y minimizando ciertas formas de abuso y violencia familiar; esto no es pregunta, es un hecho.

Actualmente en México y otros países de América, no es muy difícil de creer dónde está la estadística con mayor incidencia de violencias hacia la mujeres e Infancias, no como hechos aislados sino dentro de las familias que forman, reproducen, conocen o rechazan a sus agresores.

Estas dinámicas han sido completamente aceptadas y normalizadas por muchas familias que se resisten a reconocer la voz y las experiencias de las mujeres que se niegan a continuar con códigos de violencias familiares.

Esta realidad sobre el sesgo retrospectivo convertido en señalamientos y prejuicios hacia las mujeres nos lleva a asumir que si el problema de la violencia hacia las mujeres se acaba porque ellas pueden “elegir bien a su pareja o al padre de sus hijos”, entonces es entendible que actualmente sea mucho mejor que las mujeres decidan que no quieren casarse ni tener hijos, ya que también existe una expectativa histórica de que la mujer está ligada obligatoriamente al cuidado, a la maternidad y al sacrificio pero cuando una mujer decide no casarse, no maternar o abortar, muchas personas y sectores de la sociedad e instituciones, lo viven casi como una ruptura del “guion cultural” aprendido durante generaciones.

Por eso aparecen otros sesgos, prejuicios, señalamientos, sospechas o los intentos de corregirla para encaminar a las mujeres a desempeñar el rol esperado, pero no en aceptar o cuestionar por qué no quieren casarse ni ser madres y sobran las razones, una de ellas: judicialmente no siempre la violencia hacia las mujeres resulta ser un comportamiento predictivo de la violencia hacia los hijos, NNyA, y mientras hayan jueces que insistan en afirmar -el hombre fue malo con la mujer pero es bueno con los hijos- como madres tampoco tenemos que exponer a niñas, niños y adolescentes, a observar si el agresor quiere «cambiar» la forma cómo se relaciona, cómo ha construido su identidad o su personalidad, por lo general no lo hacen, por lo general solo cambian de víctimas, no solo buscando a otras parejas sino usando e instrumentalizando a los hijos como víctimas directas de un mismo agresor.

De hecho la violencia vicaria ha sido nombrada, debe ser vista y tomada en cuenta siempre, por las familias, por la sociedad y las instituciones judiciales como un factor de riesgo latente previo, durante la separación y posterior al divorcio.

Una decisión reproductiva , tener hijos o no tenerlos, no define el valor humano, moral o afectivo de una mujer.

Sin embargo, en contextos de violencia de género, violencia familiar, violencia hacia las infancias, violencia vicaria, al responsabilizar exclusivamente a la madre «por no escoger mejor» se termina generando otro problema mucho mas grave: se desplaza la atención del comportamiento del progenitor violento hacia la conducta defensiva de la mujer. Ahí muchas veces las mismas familias, la sociedad y hasta el sistema judicial dejan de preguntarse o actuar para proteger a las infancias y empiezan a evaluar si las madres son “lo suficientemente buenas, perfectas, aptas o santas”, las Vírgenes Marías sacrificadas por sus hijos, dispuestas a aguantar lo innombrable.

Este escenario es más común de lo que parece ya que funciona como el caldo de cultivo perfecto que le permite a la sociedad y los agresores levantar sospechas y señalamientos sobre la madre o incluso para aceptar que su agresor realice falsas denuncias en su contra y tenemos como consecuencias todo el peso del sistema judicial funcionando para lo que ha sido construido, en favor de las denuncias que protegen al agresor, con una rapidez y eficacia impresionante pero no en generar la misma eficacia y protección hacia los derechos de quienes más lo necesitan, las víctimas, mujeres, niñas, niños, adolescentes.

Conociendo el estudio de Baruch Fischhoff sobre el Sesgo Retrospectivo que señala que «tras conocer el resultado de un evento, las personas tienden a sobrestimar a capacidad previa para haberlo anticipado», cabe preguntar si las familias, la sociedad y el sistema judicial están preparados para reconocer -el sesgo retrospectivo- como un punto ciego social, que ha impedido dirigir la atención y valoración de la violencia vicaria, violencia de género e Infancias donde verdaderamente corresponde, no es otra cosa que análizar con profundidad las condiciones de origen,  familiares, sociales, culturales que llevan a los hombres a normalizar su violencia y no en juzgar a las mujeres por no haber escogido un hombre como «pareja, esposo o padre menos violento».

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Carolina Hernández León – Co-fundadora Voces de la Violencia Vicaria  – Acompañamiento Resiliente a mujeres, NNyA en situación de riesgo y vulnerabilidad de violencia vicaria – Activismo, Defensa y Protección Pro Derechos de la infancia.

https://psiconetwork.com/sesgo-retrospectivo-cuando-el-pasado-parece-previsible/

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