Hace unas semanas, una mujer fue violada en grupo a plena luz del dĆa. Ocurrió en Argentina, en Palermo, en una avenida populosa.Ā Ocurrió mientras habĆa transeĆŗntes en las calles, actividad comercial en los locales alrededor del automóvil en que se cometĆa el delito. Ocurrió mientras los violadores disimulaban los gritos de su vĆctima con mĆŗsica y canciones en voz alta. A pesar de todo lo anterior, todavĆa preguntan sobre la mujer que padeció un tipo de agresión inimaginable. ĀæQuĆ© hacĆa ahĆ? ĀæCómo provocó algo semejante?Ā Ā Una y otra vez, leo hombres que se preguntan en voz alta āquĆ© tipo de enfermos eran esosā. En otro extremo, leo a quienes insisten que los agresores son āescoria de la sociedadā. āLo peor, enfermosā. Alguien en redes sociales insiste āsolo hay que verlos para saber son unos monstruosā.
Miro la fotografĆa de los agresores. Cinco hombres corrientes, dos sonrĆen a la cĆ”mara, uno lleva una camiseta como una imagen graciosa. Otro tiene los ojos muy abiertos y levanta una botella de cerveza. āFue la drogaā insiste alguien. āLa bebidaā. Pero lo cierto es que no fue la bebida o la droga, tampoco una sĆŗbita enfermedad mental. El verdadero motivo de lo que ocurre es una sociedad machista, sostenida sobre una idea misógina que lo abarca todo, que lo roza todo, que lo corrompe todo. ĀæSuena exagerado? Āæwoke? Ya he escuchado esa frase muchas veces. O la inevitableā¦ā No todos los hombresā¦ā. Y me aterroriza, que para buena parte de la sociedad sea tan sencillo disminuir, plantear el problema desde epĆtetos polĆticos o dando un paso atrĆ”s, seƱalando su comportamiento o el de otros.
El problema es otro. Uno mĆ”s grave, mĆ”s abrasivo y violento. El problema real son todas las situaciones que normalizan, sostienen y estructuran la posibilidad que una mujer sea agredida. El problema es un sistema que modula la idea de la violencia hasta hacerla comĆŗn. āĀæQuĆ© hacia esa mujer?ā se pregunta un comentarista en redes sociales. āĀæPor quĆ© no estaba en su casa?ā. Para buena parte de nuestra cultura, una violación es un error que se comete. No un crimen inclasificable, una tortura cruenta y deshumanizante. Un error, cometido por la vĆctima. Y eso demuestra la gravedad del problema endĆ©mico, lo profundo de sus consecuencias, lo angustioso de la posibilidad que ocurra bajo un manto de absoluta indiferencia.

Foto: ambito.com
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Hace unos aƱos, luego de escuchar la sentencia de la llamada āManadaā de Pamplonaāāāque insistió que una mujer agredida por cinco hombres no fue violada, sino abusada, porque no opuso suficiente resistenciaāāāme llevó unos minutos recuperar el sentido de la objetividad. O, mejor dicho, lograr sofocar la sensación de odio que me cerró la garganta y me dejó paralizada, como si el hecho de la sentenciaāāāsus implicacionesāāālastimara una parte de mi mente que pocas veces analizo a profundidad. Esa parte que siempre tiene miedo, que siempre estĆ” preocupada por lo que pueda ocurrirme, la violencia que puedo sufrir por el mero hecho de ser una mujer.
Es un pensamiento duro ese, en ocasiones insoportable. Una fragilidad asumida desde la cultura en la que naces, que te persigue a todas partes. Que forma parte de cierta identidad espectral que todas las mujeres llevamos a cuestas de un modo u otro. Se trata de una idea abrumadora, de una que agobia durante buena parte de tu vida. Que te deja muy claro que lo femenino en nuestra sociedad, lleva una carga invisible de prejuicios, culpas impuestas y una sensación sempiterna de pura amenaza que la mayorĆa de las veces te desborda, te abruma, te deja sin voz.
Es difĆcil explicar a un hombre esa inquietud persistente, mitad de camino entre el instinto de supervivencia y un miedo muy definido, que aprendesāāāte inculcan, mĆ”s bienāāādesde muy niƱa. DespuĆ©s de todo, un hombre jamĆ”s deberĆ” temer a la mayorĆa de los terrores mĆnimos que lleva a cuestas una mujer. Ese sobresalto que te hace apurar el paso en una calle vacĆa, el cuerpo rĆgido de angustia, la sensación inmediata de encontrarte al borde un peligro recurrente. La sensación plena de indefensión que te agobia, en los momentos mĆ”s inesperados. La impotencia que te hace preguntarte por quĆ© debes soportar piropos e insinuaciones sexuales que no has pedido, las miradas lascivas que te siguen a todas partes. Una especie de experiencia conjunta que todas las mujeres padecemos alguna vez y que, en conjunto, parece reflejar algo pĆ©rfido y pervertido de la sociedad de lo que pocas veces se habla. De ese secreto que todas llevamos a cuestas, con esfuerzo, entre la frustración y una clara sensación de desazón.

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La sentencia de la Manada dejó toda esa fragilidad disimulada expuesta, como una herida que jamĆ”s cura del todo. Lo pienso, mientras leo los comentarios y discusiones en redes sociales, cuando escucho la enconada defensa que un considerable nĆŗmero de personas le brinda a una inquietante visión sobre el consentimiento sexual, las retorcidas relaciones de poder en la que la mujer parece llevar todas las de perder. Como si se tratara la sĆntesis de todos los prejuicios, los temores y dolores que acarrea un hecho semejante en la psiquis colectiva.
De pronto, soy muy consciente que un considerable nĆŗmero de personas sigue considerando a la violación un delito con graduaciones, uno en el que ademĆ”s, la vĆctima lleva cierta carga de la culpa. Me hace pensar en todas mujeres que llevan las historias de sus agresiones y maltratos como una forma de vergüenza. De todas las que callan, de las que estĆ”n convencidas que de una manera u otra, provocaron la agresión de las que fueron vĆctimas.
Mi amiga G. es una de ellas: Hace cuatro aƱos, el hombre con el que salĆa la golpeó hasta fracturarle el brazo derecho. Aunque denunció el hecho en la fiscalĆa venezolana, no obtuvo otra cosa que un incómodo interrogatorio judicial donde el policĆa insistió en preguntarle āquĆ© habĆa hecho para provocar algo asĆā. Finalmente, mi amiga desistió de la vĆa legal y tuvo soportar el acoso de su agresor, sino tambiĆ©n, la indiferencia de quienes le rodeaban. Se vio obligada a renunciar a su trabajo y mudarse, para evitar la persecución que sufrĆa.
Con todo, su familia le culpa. Por ātomar malas decisiones personalesā, por āinsistir en una relación violentaā. Cuando me lo cuenta, lo hace con lĆ”grimas en los ojos de pura impotencia.
ā A veces me pregunto si deberĆ© pasar toda mi vida explicando que no tuve la culpa que un hombre me golpeara, me maltratara a toda hora y de todas las formas posibles. De ser una vĆctimaāāāme dice y la voz le tiembla cuando lo hace. De furia, de cansancio, de profunda frustraciónāāāque deba explicar una y otra vez, que nadie āse buscaā los golpes, las violaciones. Que nadieā¦
Sacude la cabeza. No sĆ© que responder, aturdida y abrumada por su tristeza, pero sobre todo por la certeza que tiene motivos para estar tan asustada. Porque en nuestro continenteāāāquizĆ”s en el mundoāāācasos como el suyo son los mĆ”s frecuentes. En pocos paĆses la legislación se preocupa por calificar y condenar un delito contra la mujer, sin incluir una serie de atenuantes que parecen seƱalar directamente a su comportamiento moral y sexual.
Como si se tratara de una excusa tĆ”cita para quien agrede, la cultura occidental parece definir cierto tipo de delitos sobre el hecho de ācómo la vĆctima pudo haberlo evitadoā o incluso āel hecho de haberlo permitidoā. ĀæEn cuĆ”ntas ocasiones no se insiste en que la forma de vestir de una mujer, su comportamiento social, su manera de beber o de hablar o incluso, el maquillaje que lleva no son elementos que podrĆan āprovocar una agresiónā? ĀæCuĆ”ntas veces no se insiste que la mujer ādebe tener mĆ”s cuidadoā para evitar la violencia fĆsica y sexual? ĀæQuĆ© ocurre con una sociedad que insiste en enseƱar a la mujer temer y no el hombre a no violar?
No es una idea sencilla para un considerable nĆŗmero de hombres y mujeres. Menos aĆŗn, una que se analice con frecuencia. Por ese motivo, me pregunto en voz alta cuĆ”l serĆa la manera mĆ”s directa de no sólo enfrentarse a esa idea, sino tambiĆ©n, de comprender hasta que punto, nuestra perspectiva sobre el tema parece apuntar directamente hacia una contradicción real sobre cómo percibimosāāāasumimosāāāla violencia machista. Y quizĆ”s, la mejor forma de hacerlo sea apuntando directamente hacia el origen del problema o mejor dicho, la percepción que se tiene de Ć©l. Esa interpretación general que no sólo distorsiona lo que es o lo que puede ser la violencia contra la mujer sino tambiĆ©n, nuestra comprensión sobre el tema.
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SegĆŗn cifras de la ONUDD ( United Nations Office on Drugs and Crime ) cada aƱo se cometerĆ” un millón de violaciones. Es una cifra falsa, por supuesto, porque no incluye a todas las vĆctimas que no denunciarĆ”n, que serĆ”n presionadas por sus familiares, esposos, el miedo natural de la vĆctima o quizĆ”s solo la cultura para guardar silencio.
Probablemente, por ese motivo se insiste en que la violación es un delito invisible. O se pretende que lo sea: En muy pocos paĆses estadĆsticas claras y las muy escasas disponibles, no reflejan la crueldad de una circunstancia que enfrenta a la mujer con una idea cultural que no controla y la supera. Porque cuando hablamos de violación, no hablamos de sexo. Hablamos de poder, hablamos de destrucción de la identidad femenina.
La violación no tiene nombre ni rostro: es un delito anónimo. Lo es en la medida que la vĆctima muchas veces debe lidiar con la violencia y tambiĆ©n con la responsabilidad moral de verse estigmatizada por el peso de una culpabilidad ficticia. A diferencia de otros crĆmenes, en la violación se especula sobre culpabilidad, sobre cuĆ”nta responsabilidad pudo tener la vĆctima en un hecho de violencia sin matices. Es sin duda ese terreno borroso, esa cualidad que supone interpretable el delito, lo que hace que una mujer violada sea dos veces vĆctima: Lo es a manos de su agresor y tambiĆ©n de la sociedad que la ataca con el prejuicio. MĆ”s allĆ”, el silencio cómplice de una cultura que admite la violencia como manifestación de poder y que incluso, la intenta justificar como idea social.
Todo lo anterior, es sin duda consecuencia directa de lo que ha sido una visión históricamente confusa sobre lo que es el abuso sexual, de sus implicaciones y la identidad sexual de la mujer. Durante siglos, la violación no fue considerado delito, a menos que cumpliera especialĆsimas condiciones: en la edad Media, solo una doncella podĆa ser violada. Las victimas de guerreros y la violencia masculina casadas y viudas, eran ignoradas e incluso presionadas para ocultar āpor decoroā la agresión que habĆan sufrido.
En multitud de tribus y sociedades primitivas, la mujer menor de edad era considerada propiedad de los varones y su desfloración, un premio en disputa. Incluso ese delito confuso llamado āestuproā, nunca fue otra cosa que una manera de asegurar la virginidad de la mujer casadera, de la hija que serĆa entregada en prenda y en ofrenda al futuro marido. La mujerāāāy su sexualidadāāāestaban bajo el tutelaje del hombre: del hogar paterno la mujer pasaba a la del marido y en el trĆ”nsito entre ambas cosas, el sexo quedaba prohibido. De manera que lo que en realidad protegĆa la ley no era a la mujer de la violencia sino el hombre de la vergüenza de sufrir el peor bochorno imaginable: una mujer desobediente.
La consecuencia mĆ”s clara de toda esta visión histórica es una percepción de la violencia sexual como accesoria e incluso justificable. Durante los aƱos ā70 se acuñó el concepto que define la llamada āCultura de la violaciónā y que relaciona la violación y la violencia sexual a la cultura de una sociedad, que normaliza, excusa, tolera y ademĆ”s, culpabiliza a la vĆctima e incluso perdona la violación. Una idea que se extiende mĆ”s allĆ” del parĆ”metro legal e incluye a la sociedad que la admite hasta hacerla casi imperceptible, una sutileza que incluye el rol social de la mujer y la percepción social que se tiene sobre su sexualidad.
Inquieta la idea que tal vez esa percepción de atenuar, justificar, interpretar la violación sea debido al miedo. La cultura, que asume el sexo como acto Ćntimo y sacralizado, asume la violación como una ruptura del esquema del valor de lo sexual como simbólico. Pero mĆ”s allĆ” de esa mera interpretación, la violación es poder, es una declaración de intenciones evidentes sobre lo que la sociedad juzga es lo femenino y la cultura asume como normal y evidente.
Y es por ese motivo que Cultura de la Violación quizĆ”s siempre se encuentre en debate: sobre su existencia, sobre la posibilidad del extremo, la exageración. El escepticismo sobre la posibilidad que la violencia sexual como acto ilĆcito y de agresión, sea tamizada bajo el velo de una mirada complaciente hacia el agresor. Pero, aĆŗn se continĆŗa insistiendo sobre la responsabilidad de la vĆctima, sobre lo que pudo hacerāāāo noāāāpara evitar el acto de violencia que padeció. ĀæAlguna vez se hace los mismos cuestionamientos al analizar los hechos que propiciaron un asesinato? ĀæSe pregunta en voz alta el juez de la cultura si la vĆctima tuvo oportunidad de evitar ser asesinada o torturada? ĀæPor quĆ© la violación si admite el cuestionamiento? O tal vez, sea mucho mĆ”s inquietante pensar el motivo por el cual la sociedad considera necesario analizar la violación como un juego de poderes y de culpas, en lugar de una agresión directa y frontal.
Tal vez se deba a que una violación parece menos terrible, menos cercana, si podemos entender que ocurrió, si somos capaces de asumir quĆ© pudo haberse evitado, que no es un acto de violencia gratuita, cruel y sin sentido. Por ese motivo, para mucha gente, una violación debe ser un hecho sin matices, directo y evidente: la violación solo ocurre si el caso es extremo y demostrable. Que no quede duda, pues, que la vĆctima fue maltratada, coaccionada, herida, violentada, aterrorizada. Solo asĆ, la sociedad baja la cabeza, asiente con preocupación y murmura muy preocupada sobre lo salvaje del agresor, sobre el castigo que merece por haber cometido un crimen. QuizĆ”s por desconocer las numerosas posibilidades que supone un acto de violencia semejante, el ciudadano de a pie, siempre condenarĆ” una violación si puede asumirla como inevitable.
ĀæPero quĆ© ocurre si la violación es algo mĆ”s que una paliza y sexo forzado? ĀæQuĆ© ocurre con las violaciones que no implican violencia fĆsica directa? ĀæQuĆ© pasa con las mujeres violadas que no gritan, que no pueden defenderse, sino que aceptan, aterrorizadas y sumisas, un hecho de violencia que las supera? ĀæExiste un perfil que haga vĆ”lida o creĆble una violación? ĀæCuĆ”ndo la violencia es menos o mĆ”s directa? ĀæCuĆ”ndo el miedo es mĆ”s destructor? ĀæQuĆ© ocurre con la mujer abusada por el esposo? ĀæQuĆ© pasa con la mujer que bebió y llevaba una falda corta? ĀæEs menos violento y devastador el abuso sexual porque la mujer no gritó ni golpeó a su agresor?
Es un pensamiento inquietante, porque asume la idea de que existen violaciones ārealesā y las que no lo son tanto. ĀæUna cita que salió mal quizĆ”s? Las que la vĆctima soportó la violencia sexual por miedo, por angustia, por no tener otra posibilidad. La mujer que cree que es normal que el sexo sea violento, crudo. Las niƱas que son obligadas a contraer matrimonio aĆŗn con muƱecas en los brazos. ĀæEs menos violento el sexo no consensuado si la vĆctima no puede o no sabe cómo defenderse? ĀæEs menos cruel una agresión sexual porque la vĆctima vestĆa de una manera especĆfica? ĀæA dónde conducen todas estas interpretaciones y justificaciones sobre la posibilidad de la violencia sexual? Un pensamiento inquietante, por donde se le mire.
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Hace tres años, un hombre que caminaba a unos pasos detrÔs de mi, extendió la mano y me tocó el trasero. Hablo que me sujetó una nalga y apretó hasta causarme dolor. Un gesto muy directo, que no pudo disimular a los transeúntes que nos rodeaban. Cuando me detuve y le grité, entre asustada y sorprendida, el hombre soltó una carcajada.
ā Mija, acostĆŗmbrate, estĆ”s en LatinoamĆ©rica.
Por primera vez en mi vida, era muy consciente que un hombre podĆa agredirme como lo habĆa hecho y que no ocurrirĆa gran cosa. Que tal y como me habĆa gritado el hombre, en LatinoamĆ©rica, ser una mujer conlleva ciertos riesgos que se deben asumir. Y uno de ellos, es por supuesto, que tu cuerpo pueda ser amenazado, invadido y violentado por el hombre, bajo la mirada permisiva y resignada de la cultura. Una idea escalofriante, pero sobre todo inquietante que por aƱos me atormentó.

RecordĆ© esa sensación mientras leo lo ocurrido en Colonia, Alemania durante la nochevieja del 2015: mĆ”s de un centenar de hombres atacaron a mujeres de todas las edades en plena calle y bajo la mirada indiferenteāāāen ocasiones, incluso levemente divertidaāāāde quienes las rodeaban. Se trató de un ataque organizado, que se llevó a cabo con una precisa y escalofriante organización: la multitud de hombres borrachos y agresivos recorrieron la calle de la ciudad acorralando a sus vĆctimas. Hubo desde manoseos hasta violaciones grupales y tambiĆ©n, se habla de una mujer quemada luego que uno de los atacantes le arrojara un fuego artificial para hacerla correr y caer. La situación se desbordó a tal medida que muy pronto, la policĆa fue incapaz de controlar los ataques, que se sucedieron en los alrededores de la estación central de Colonia, al lado de la famosĆsima catedral de la cuarta mayor ciudad de Alemania.
No obstante, la noticia no llegó a los periódicos alemanes sino cuatro dĆas despuĆ©s del suceso: ĀæEl motivo? que la mayorĆa de los atacantes fueron identificados como sirios o africanos. MĆ”s allĆ” de la repercusión polĆtica del hecho, sorprende que las autoridades alemanas minimizaran por motivos no muy claros el ataque sistemĆ”tico a cientos de mujeres, la mayorĆa de ellas muy aterrorizadas como para denunciar un hecho inĆ©dito en la historia del paĆs. Preocupa aĆŗn mĆ”s, que la atención mundial y posteriormente la alemana parezca mĆ”s interesada en debatir las repercusiones xenófobas del hechoāāāque las tiene y resultan preocupantes en pleno auge de la islamofobia en Europaāāāque en asumir que hubo una multitud de ataques sexuales violentos contra mujeres. Organizados a travĆ©s de las redes sociales disponibles. Llevados a cabo sin que ninguna autoridad interviniera de inmediato o al menos, con la suficiente firmeza como para detenerlos. Y lo que resulta mĆ”s preocupante, que parecen ser minimizados por la lectura polĆtica que pueda tener el asunto.
Por supuesto, no es para sorprenderse que el ataque sexual a la mujer sea motivo de debate e incluso argumentación, antes de ser condenado como un ataque criminal o incluso, considerado directamente un delito. La controversia parece basada en esencia en la postura tradicional sobre la posibilidad que la vĆctima pueda de hecho, provocar el abuso que puede sufrir. Por aƱos, la cultura que promueve considerar a la vĆctima responsable de la violencia que sufre ha sido parte de la manera como se interpretan las violencia sexual en distintas partes del mundo y sobre todo, de crear una interpretación del tema ambiguo y peligrosamente cercano a la justificación.
Desde la controvertida campaƱa de la policĆa de HungrĆa, en la cual se insistĆa que la mujer que lleva ropa provocativa puede provocar una violación hasta el desconcertante fallo de un juez italiano que dictaminó que si una mujer es abusada sexualmente es porque lo permite de alguna manera, la violación parece encontrarse a mitad de camino entre una interpretación moral y cierto debate social preocupante. MĆ”s de una de vez, la Cultura de la violaciónāāāque premia, promueve e incluso, oculta las implicaciones de la violencia sexual contra las mujeresāāāparece sostenerse sobre esa visión del abuso sexual como aceptable o incluso admisible, desde cierto punto de vista. O lo que resulta aĆŗn peor: una perspectiva donde la mujer puede provocar el ataque que sufre.
O al menos, eso parece pensar Henriette Reker, alcaldesa de Colonia, que luego de comprender la serie de agresiones ocurridas en la ciudad, aconsejó a las mujeres de la localidad a seguir lo que llamó āun código de conductaā, para evitar posibles ataques. Reker recomendó pĆŗblicamente āmantenerse a un brazo de distanciaā de un desconocido y a cuidar āel comportamiento en las callesā como una manera de evitar ataques. Las palabras de la alcaldesa no sólo parece resumir la percepción que la violencia sexual puede ser āprovocadaā por el comportamiento de la vĆctima sino ademĆ”s, esa tendencia a excusar al violador en cierta medida. Un pensamiento muy cercano a esa noción sobre la violación como delito que requiere interpretaciónāāāy mĆ”s una idea moralāāāque otra cosa.
Por supuesto, se trata de una vieja herencia histórica. La violación no fue considerada delito independiente durante buena parte de la historia Occidental. Desde el código de Hammurabi hasta sociedades tribales como la hebrea y la egipcia, la violación sólo era considerada como un crimen cuando la sufrĆa una doncella. En otras palabras, lo que se penalizaba era el derecho del futuro marido a a disponer de la virginidad de la mujer y no la agresión sufrida por la vĆctima. En Roma por ejemplo, la violación se interpretaba como un prejuicio a la casa del padre de la mujer que la sufrĆa, al no poder reclamar una dote cuantiosa al negociar un futuro matrimonio. En Grecia, en donde la mujer jamĆ”s fue considerada otra cosa que un objeto posesión del marido, la violación sólo era penada por la ley cuando la mujer morĆa tratando de evitarla. Una y otra vez, la interpretación de la agresión sexual se relaciona mĆ”s con la forma como la cultura concibe a la mujer que al hecho de la violencia que pueda suponer.
Parte de esa percepción parece subsistir en la actualidad. Y se hace obvio cuando circunstancias como la ocurrida en Colonia demuestran que la percepción de la vĆctima parece mezclada y confundida con una concepción interpretativa sobre la violación. ĀæQuĆ© mensaje envĆa la alcaldesa Reker al recomendar a las mujeres precaución y no asegurar las medidas necesarias para evitar que agresiones como las ocurridas en Colonia puedan volver a ocurrir? ĀæCuĆ”l es la conclusión a la que puede llegar cualquier agresor cuando se le disculpa por el hecho de ser incontrolable y se insiste que es la vĆctima quien debe evitar que un hecho de violencia sexual ocurra?