La rabia es una respuesta legítima ante lo ilegítimo. Es la alarma que suena cuando algo está completamente mal. Y lo que le han hecho a Venezuela, lo que les han hecho a sus mujeres durante décadas es indignante.

Carmen Teresa Navas acaba de morir. Murió diez días después de que el Estado venezolano le confesara, por fin, que su hijo Víctor Hugo Quero llevaba muerto desde julio de 2025. Que mientras ella lo buscaba en cárceles y en tribunales, ellos lo sabían. Y le mintieron. Durante meses enteros, mirándola a los ojos, le mintieron.

Carmen Teresa postergó su propia salud para seguir buscándolo. Se tragó el dolor para seguir de pie. Convirtió su desesperación en denuncia, su amor en resistencia. Y cuando finalmente le dijeron la verdad, su cuerpo no aguantó.

El Estado venezolano no solo mató a Víctor Hugo. Mató a su madre dos veces, primero con el silencio y luego con la verdad que llegó demasiado tarde para que ella pudiera sobrevivir a ella.

Elvira Pernalete lleva nueve años de pie frente al mismo Estado que le mató a su hijo, exigiendo justicia. Juan Pablo tenía 20 años cuando un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana le disparó una bomba lacrimógena directo al pecho en una protesta en Altamira. Era estudiante de contaduría, jugador de baloncesto, un joven que decía que manifestar no era un delito. Ese mismo Estado que lo mató salió a decir que lo habían matado sus propios compañeros. La mentira como primera respuesta.

Elvira y su esposo José, fundaron Alfavic, la Alianza de Familiares y Víctimas, para que la muerte de Juan Pablo no fuera solo su tragedia sino la memoria colectiva de un país entero.

Génesis Carmona tenía 22 años cuando un colectivo le disparó en la nuca durante una protesta estudiantil en Valencia, en febrero de 2014. Era modelo, había sido Miss Turismo Carabobo, estudiaba Marketing. Vestida de blanco, como todos los manifestantes que ese día salieron a exigir un país diferente. Una fotografía la inmortalizó: el momento en que un motorizado la cargaba en brazos hacia la clínica. La imagen dio la vuelta al mundo. Pero la justicia no llegó. Doce años después, el caso sigue impune.

Tres mujeres, tres historias y junto a ellas muchas más.

7,2 millones de mujeres, niñas y adolescentes en Venezuela que no reciben atención médica cuando la buscan en el sistema de salud público. (Alerta Venezuela,2026.) Más que una estadística, este número habla de mujeres pariendo solas.  Adolescentes con embarazos de alto riesgo que no tienen dónde ir. Mujeres con cáncer de cuello uterino que no consiguen el tratamiento porque el hospital no tiene insumos. Y en esta misma línea un 40% de las mujeres en edad reproductiva que no usa anticonceptivos, no porque no quieran, sino porque no los consiguen o no los pueden pagar. (Amnistía, 2024) El aborto sigue siendo delito. El Estado criminaliza los cuerpos de las mujeres mientras los abandona a su suerte.

Los feminicidios no se cuentan oficialmente desde 2016 (Human Rights Watch, «Informe Mundial 2024: Venezuela) El régimen prefiere que no existan las cifras, como si borrarlas del papel borrara también los cuerpos.

Las mujeres presas políticas, muchas de ellas víctimas de torturas y violaciones en cárceles diseñadas por y para hombres, sin atención ginecológica, sin productos de higiene menstrual, sin espacios para la maternidad   Estructuras improvisadas donde el Estado las mete y se olvida de que existen.

Las madres de los presos políticos. Las que madrugan. Las que llevan bolsas de comida que no siempre dejan pasar. Las que esperan en filas interminables sin saber si su hijo está vivo. Las que han convertido esa espera en activismo porque no tienen otra opción.

Las que se quedaron y se han convertido en el sostén de sus hogares. Las abuelas que crían a sus nietos porque sus hijos se fueron a otras tierras a buscar sustento.

Las que se fueron. Las que dejaron todo para salvar algo. Las que cruzaron fronteras con sus hijos en brazos y sin saber adónde iban.  Las que desde lejos lloramos por la tierra que nos quitaron…

Cuando capturaron a Maduro, muchas respiramos. Lo entiendo. Era el símbolo más visible de todo lo que nos habían hecho. Yo también sentí algo que parecía alivio. Pero el alivio no es lo mismo que la justicia. Y el símbolo capturado no es lo mismo que el sistema desmantelado.

Carmen Teresa Navas murió hace unos días, con el régimen todavía en pie, con su hijo todavía sin justicia, con el Estado que los mató a los dos todavía sin rendir cuentas. Eso hay que nombrarlo. Sin el optimismo fácil que nos piden cada vez que cae un dictador y el mundo aplaude como si hubiera terminado algo, cuando en realidad solo ha comenzado la parte más larga y más dura. Venezuela no se cura con una captura. Venezuela necesita verdad, memoria, justicia y garantías de que esto no volverá a ocurrir. Todo eso está pendiente. Todo.

La rabia y el dolor que siento cuando pienso en Carmen Teresa es real. Pero la rabia sin brújula se convierte en ruido. Y el ruido no transforma nada.

La rabia con brújula pregunta: ¿Quién hizo esto? ¿Qué sistema lo permite? ¿Qué queda en pie que hay que seguir combatiendo? ¿Qué puedo hacer yo con lo que sé, con lo que tengo, con lo que soy? Elvira Pernalete respondió esa pregunta construyendo Alfavic. Carmen Teresa la respondió convirtiéndose en voz pública. Las miles de mujeres que llevan bolsas a las cárceles cada semana la responden con su cuerpo. Yo la respondo escribiendo esto. Nombrando a estas mujeres. Negándome a que el mundo se olvide de sus nombres en cuanto pase el ciclo de noticias.

Porque la memoria es una forma de resistencia. Porque un Estado que mata y luego borra los cuerpos de la historia necesita que alguien insista en que esos cuerpos existieron, que esas vidas valían, que ese crimen ocurrió.

Las mujeres venezolanas llevan décadas demostrando que la rabia se puede convertir en búsqueda, en organización, en lucha sostenida, en memoria colectiva, en alianza. Que se puede estar rota y seguir de pie al mismo tiempo. Que el dolor no tiene por qué apagarte si sabes a dónde apuntarlo.

Venezuela no ha terminado de liberarse. Y nosotras no hemos terminado de luchar.

La rabia es mía. Es tuya. Es nuestra.

Reivindico el derecho a la rabia. A la rabia limpia, dirigida, sostenida. La que no se ahoga en el llanto ni se dispersa en el ruido. La que pregunta, la que exige, la que mueve. Esa rabia es nuestra herramienta más poderosa para transformar la realidad.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Veronica Arvelo

Autor/a Veronica Arvelo

Abogada de profesión y escritora por afición. Libre pensadora, viajera incansable y lectora insaciable. Leo, aprendo, vivo y me reinvento. Cuenta Instagram: @eldiariodevarda

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