Durante mucho tiempo me enseñaron que la fe era creer en lo que no se ve. Creer en Dios, en una promesa a ciegas, en un orden invisible que sostiene el mundo incluso cuando la realidad parece negarlo. La fe era confianza, entrega, esperanza contra toda evidencia.
Cursé mi bachillerato en un colegio católico donde la fe era parte del ritmo cotidiano, ya que comulgaba cada semana, decía rezos sin entender del todo lo que decía y durante años seguí ese camino casi por inercia. Me casé por la iglesia, bauticé a mis hijos, los inscribí en un colegio católico donde hicieron la primera comunión, cumplí con cada rito como quien sostiene una tradición heredada. Sin embargo, nunca encontré un verdadero anclaje en la espiritualidad. Algo no terminaba de tener sentido para mí.
Tal vez mis estudios como psicóloga me empujaron a mirar más hacia dentro que hacia arriba, a desconfiar de las respuestas cerradas y a buscar explicaciones en lo humano, en lo tangible. Viví así, durante décadas, en una especie de ateísmo tranquilo, acompañada además por un compañero de vida que siempre cuestionó los dogmas y las verdades absolutas.
Sin embargo, ahora algo ha cambiado. A mis 65 años, está apareciendo una necesidad distinta, más silenciosa pero persistente, de conectar con algo que no pasa por la religión, pero tampoco se agota en la razón. No sé si tiene que ver con la edad, con el paso del tiempo o con la conciencia más clara de la finitud. Lo cierto es que ha sido el feminismo, paradójicamente, el que me ha llevado hasta aquí.
No es que sienta que ahora regreso a las creencias de mi época de adolescente, es más como una apertura hacia otra forma de fe que no exige sumisión, que no teme a las preguntas y que se construye desde la libertad y la búsqueda de sentido.
Cuando me hice activista feminista, hace apenas unos 15 años atrás, siento que di un salto de fe que implicó para mí creer que lo que había sido configurado “naturalmente”, podía ser transformado políticamente. El proceso me llevó a aprender a confiar en que lo que parece inevitable, realmente no lo es.
Porque el feminismo, además de ser una teoría, una consigna o un movimiento político, involucra un acto de fe. Las feministas creemos contra la costumbre, contra la tradición, contra estructuras milenarias, que la dignidad de la mujer es irrenunciable y sostenemos por sobre todas las cosas que la igualdad no es una concesión, sino un principio.
Esa confianza, esa convicción profunda, es una forma de fe que nos lleva a defender la tesis de que ninguna mujer nace para ser “lo otro”, fe en que ninguna de nosotras está destinada a la subordinación. El feminismo cree en una sociedad donde la igualdad, más que aspiración, sea estructura y eso es algo que aún hoy no existe plenamente en ningún lugar del mundo como para tener referencia. Esa creencia, sin embargo, está lejos de ser involuntaria, antes bien, es una decisión ética.
Pero no quiero idealizar. En el proceso de convencer sobre principios feministas he sido testigo de tensiones internas, de radicalismos que excluyen, de dogmatismos que olvidan la complejidad. Y es que toda fe corre el riesgo de convertirse en fanatismo cuando deja de examinarse. Por eso creo que el feminismo necesita pensamiento crítico tanto como necesita convicción.
También he visto como se caricaturiza al feminismo reduciéndolo a actos de rebeldía basados en resentimiento, pero también se ridiculiza a la fe como sumisión o negación del pensamiento crítico. Ambas posturas resultan ser simplificadoras, porque tanto la fe como el feminismo parten de una revisión interior profunda para tener coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Llamo FEminismo a la decisión consciente de creer en la igualdad como valor no negociable. Una fe crítica, incomodadora, que hace preguntarse constantemente si se está siendo coherente con aquello que se dice defender.
Pero no toda fe fortalece la lucha. Hay una fe que calla, que justifica, que divide a la gente en puros e impuros, que mantiene estructuras injustas y que premia el silencio. Y hay una fe que libera, que indigna ante las injusticias, que cuestiona y que nos impulsa a construir un mundo más justo.
FEminismo nace de esta segunda forma de fe, la que no se conforma con la tradición ni con el poder establecido, la que sostiene la lucha incluso cuando parece que todo está en contra. Esa fe radical, consciente, compasiva, es la que me impulsa a creer y a actuar, a intentar ser libre y a luchar por la libertad de todas.
Fe en la justicia significa revisar sistemas que normalizamos sin cuestionar.
Fe en la igualdad significa aceptar que el talento, la inteligencia y la autoridad no dependen del sexo con el que se nace.
Fe en la dignidad significa afirmar que ninguna mujer vale menos por su cuerpo, su historia, su maternidad o su decisión de no ser madre, por ejemplo.
Cuando revisamos los orígenes del movimiento feminista constatamos que éste surge como respuesta a las injusticias cometidas contras las mujeres y a sus acciones de protesta, se las califica de herejía. Pero no creo que a lo largo de su historia haya renegado de la fe, sino que la rescató de la obediencia y la puso en un lugar más peligroso para el “statu quo”, el de la conciencia crítica. Por eso, después de “ver” el sistema, no hay vuelta atrás. Es, como decía mi mentora Evangelina, una experiencia “terremótica”.
Se nos ha exigido a las mujeres aceptar limitaciones impuestas a nuestro sexo y ante esta orden el feminismo propone un acto radicalmente distinto, creer en nosotras mismas. Ese gesto, aparentemente íntimo, es profundamente político porque marca el proceso de dejar de aceptar verdades heredadas y empezar a abrir espacio al sentido de lo deseable. Ésta es una “herejía necesaria”, porque no hay transformación sin cuestionamiento ni justicia sin desobediencia.
Nawal El Saadawi (escritora egipcia, 1931-2021), tras dedicar una década al estudio de textos sagrados como la Biblia, el Corán, la Torá y los Vedas, concluyó de forma reveladora que, más que espirituales, son textos profundamente políticos que han contribuido a sostener jerarquías, controlar cuerpos y perpetuar desigualdades, especialmente para las mujeres. Este señalamiento no niega la necesidad de la fe, sino que la reubica. Ella afirma que la fe no puede reducirse a la obediencia ni a la repetición de mandatos heredados, sino que debe convertirse en una práctica consciente, crítica y ética, capaz de cuestionar incluso aquello que durante siglos se nos presentó como incuestionable.
Por ello, este libro recoge mi convicción de que el feminismo no es lo opuesto a la fe, sino una de sus posibles expresiones. Que tener fe en un dios o en una diosa, para quienes así lo viven, implica reconocer plenamente la humanidad de las mujeres y que, incluso para quienes no se identifican con una religión, el feminismo demanda una confianza radical en algo que aún estamos construyendo.
Aquí encontrarás ensayos que escribí en los últimos cinco años, nacidos en medio de procesos personales como migrante, lecturas diversas, conversaciones con gente interesante y búsqueda entre las noticias. Lo escribí convencida de que el feminismo, lejos de ser enemigo de la espiritualidad, puede convertirse en una herramienta para devolverle a la fe su centro más luminoso basado en la justicia, la dignidad y el amor. A fin de cuentas, como dice Eugenia Almeida “escribir es un acto de fe”.
A lo largo de los siete capítulos que siguen, les propongo un recorrido que entrelaza reflexión y acción. Comienza con la fe en la potencia del movimiento feminista como punto de partida político y ético; continúa con una invitación a reconocer la importancia de confiar en nuestras propias capacidades para coger fuerza y perderle la fe al patriarcado y sus reglas; se adentra luego en el poder transformador del lenguaje y en la necesaria fe en la palabra de las mujeres, para luego rendir homenaje a aquellas que han abierto camino con sus luchas y culmina afirmando que otra forma de vivir no solo es necesaria, sino también, posible.
Al cierre de cada capítulo te muestro aquellas reflexiones que, por su fuerza y claridad, iluminan el camino trazado como un gesto consciente de memoria y sentido, que espero sea un aporte que nutra el pensamiento, fortalezca la palabra y alimente el argumentario que sostiene nuestra lucha feminista.
En Maracaibo, mi ciudad de acogida en Venezuela, donde viví más de 30 años, se usa mucho una expresión que me encanta: “no me perdáis la fe”. Es como un ruego íntimo para que no se rompa la confianza y que se sostenga el vínculo aun cuando las cosas no salgan bien; además reconoce la fragilidad de las promesas, pero aun así insiste en sostener la esperanza como práctica cotidiana.
También dicen por allá: “tené fe”, pero ésta aparece cuando hay duda, cuando lo que se espera no está asegurado y el resultado es incierto. Introduce la conciencia de que lo que buscamos no está garantizado, pero dicho en forma desafiante que, para mí, apela a la valentía de sostener la posibilidad de un resultado distinto, incluso cuando todo parece indicar que no se dará. Tengo ambas expresiones muy presentes en esta tarea del activismo y en mis intentos transformadores.
Si al cerrar estas páginas descubres que tu fe no se apagó, sino que se volvió más consciente, más libre y más tuya, entonces este libro habrá cumplido su propósito. Porque el feminismo no busca que creas menos, sino que creas mejor.
Y si nada de eso ocurre, te pido por favor, no me perdáis la fe.
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