Leer «La bajamar», de Aroa Moreno Durán, fue para mí una experiencia profundamente emocional porque, más allá de la historia concreta que narra la novela, tuve la sensación constante de estar observando la forma en la que muchas mujeres heredamos dolores, miedos y silencios que no pertenecen exactamente a nuestra propia experiencia, pero que terminan formando parte de nuestra manera de amar, de relacionarnos y hasta de entendernos a nosotras mismas.
Creo que uno de los grandes aciertos de la autora es haber construido una novela que habla de memoria histórica sin convertirla en un simple telón de fondo, porque aquí la guerra, el exilio, la violencia política y la dureza de determinadas épocas no aparecen únicamente como acontecimientos externos, sino como fuerzas que moldean emocionalmente a las personas y que terminan instalándose dentro de las familias, especialmente dentro de las mujeres, que son quienes históricamente han sostenido el peso del cuidado incluso en los contextos más devastadores.
Ruth, la bisabuela, representa para mí precisamente a esa generación de mujeres que tuvieron que sobrevivir a todo sin disponer jamás de un espacio real para procesar lo vivido, mujeres educadas para resistir, para callar y para seguir adelante incluso cuando el dolor resultaba imposible de nombrar y quizá por eso su personaje me parece tan conmovedor, porque debajo de su aparente contención emocional lo que hay en realidad es una vida completamente atravesada por la pérdida, el miedo y la necesidad permanente de protegerse del sufrimiento.
Desde una mirada feminista, me interesa especialmente cómo La bajamar desmonta esa imagen idealizada de la maternidad que tantas veces se nos ha impuesto culturalmente, esa idea de que las madres son figuras naturalmente generosas, emocionalmente inagotables y capaces de sostenerlo todo sin quebrarse nunca. La novela muestra a mujeres profundamente condicionadas por las circunstancias históricas que les tocaron vivir y que, precisamente por ello, muchas veces no supieron expresar el afecto de la manera en que probablemente habrían deseado hacerlo.
Lo más doloroso de la novela es que el sufrimiento de Ruth no termina en ella misma, sino que se convierte en una herencia emocional que atraviesa también a Adriana y más tarde a Adirane, creando entre las tres una relación marcada por silencios, distancias y emociones contenidas que ninguna logra comprender del todo porque el origen del dolor nunca se verbaliza completamente.
Por eso creo que la novela puede leerse perfectamente desde la idea de trauma intergeneracional, un concepto que explica cómo determinadas experiencias extremas —las guerras, las dictaduras, el exilio, la violencia o el miedo sostenido durante años— continúan afectando a las generaciones posteriores incluso cuando estas ya no han vivido directamente los acontecimientos traumáticos. El trauma no desaparece simplemente con el paso del tiempo, sino que muchas veces se transmite a través de los gestos, de las ausencias, de la educación emocional y de todo aquello que permanece sin decirse dentro de las familias.
En La bajamar, las hijas heredan mucho más que recuerdos; heredan formas de relacionarse con el mundo, maneras de contener las emociones y una sensación constante de fragilidad afectiva que parece atravesar a todas las mujeres de la familia, como si el miedo y el dolor hubieran quedado inscritos en ellas incluso décadas después de los acontecimientos que los originaron.
Y quizá por eso me parece tan importante el papel de Adirane, porque su necesidad de grabar a Ruth y reconstruir la memoria familiar no responde únicamente a una curiosidad por conocer el pasado, sino también al deseo de entenderse a sí misma y de encontrar una explicación para esas heridas emocionales que siente pero que nunca terminaron de ser nombradas dentro de su familia.
Mientras leía la novela, pensé muchas veces en cómo las mujeres solemos convertirnos en arqueólogas emocionales de nuestras propias familias, intentando descifrar los silencios de nuestras madres y de nuestras abuelas, preguntándonos por qué les costaba tanto hablar de sí mismas, por qué parecían vivir siempre desde la contención y por qué tantas generaciones de mujeres fueron educadas para soportarlo todo mientras relegaban sus propias emociones a un segundo plano.
También me parece muy significativo que Aroa Moreno Durán sitúe el foco precisamente en esa dimensión íntima de la memoria histórica, porque durante mucho tiempo los relatos sobre guerras y conflictos han estado dominados por narrativas masculinas centradas en la épica, la política o la violencia pública, mientras que novelas como La bajamar ponen atención en las consecuencias emocionales que la historia deja dentro de las casas, dentro de las maternidades y dentro de las relaciones entre mujeres.
Lamentablemente las guerras, invento masculino, no terminan cuando terminan los combates, muchas veces continúan viviendo durante décadas en los cuerpos, en los afectos y en las formas de vincularse de quienes sobreviven a ellas y de quienes vienen después.
Por eso el título de la novela me parece tan hermoso y tan preciso, ya que la bajamar deja al descubierto aquello que permanecía oculto bajo el agua y saca a la superficie los silencios heredados, las heridas familiares y todos esos dolores que durante generaciones quedaron sumergidos bajo la aparente normalidad de la vida cotidiana.
Al terminar el libro me quedé pensando en cuánto de lo que sentimos pertenece realmente a nuestra propia experiencia y cuánto forma parte de una memoria femenina colectiva construida a partir de todos los silencios, renuncias y heridas que otras mujeres cargaron antes que nosotras.


