Impactada por la noticia sobre el juicio a la madre que asesinó a sus tres hijos y las discusiones que el caso ha generado, pensé en escribir sobre mi experiencia personal con la depresión post parto, pero he decidido ampliar discerniendo sobre lo que implica traer hijos al mundo y las promesas hechas de cuidarlos y protegerlos cuando les bautizamos porque, al menos en Venezuela, hasta el más ateo bautiza a los muchachos si no por convicción, al menos como acto social sin dar importancia a lo que religiosamente implica ese rito católico.
Respecto al caso de Lindsay Clancy es necesario aclarar que lo suyo no fue una depresión postparto sino algo más grave. Ella desarrolló un trastorno mental que la desconecta de la realidad y por ese motivo no es responsable de sus actos aún los más atroces. En todo caso, los responsables de que su enfermedad terminara en tragedia son quienes la rodeaban y por la razón que fuera, subestimaron o ignoraron las evidentes manifestaciones de su trastorno mental.
Una pareja conoce íntimamente la forma de reaccionar de su compañera(o), enseguida se da cuenta de que “algo” la molestó porque se comporta “raro”. ¿El esposo con quien tenía años conviviendo no pensó que era anormal que ella andara como una «robotina» acelerada participando en maratones casi que recién parida? ¿Nunca la observó verdaderamente? ¡Eso es imposible! Quienes tenemos familiaridad con los trastornos mentales detectamos cuándo comienzan las crisis porque se reconoce inmediatamente por el cambio de conducta del enfermo y si es de tipo maníaco (como al parecer es el caso de Lindsay) los delirios, alucinaciones, ideas obsesivas, el aceleramiento de su conducta y forma de hablar evidencian claramente el problema
¿El esposo y entorno familiar nunca vieron alguna de estas manifestaciones o varias a la vez en su cotidianidad? Fue la mano de Lindsay la que ocasionó la tragedia, pero el abandono en el que la dejaron fue responsable. La gente no desarrolla una psicosis de la noche a la mañana, es un proceso donde incluso los enfermos se dan cuenta de que “algo no va” pero no lo pueden detener porque no depende de su voluntad. Se conoce que pidió ayuda, la llevaron a un médico que le indicó un tratamiento y de nuevo vuelta al ruedo familiar a continuar enfrentando sola a sus demonios. La verdadera ayuda era relevarla de todas sus responsabilidades maternales y domésticas validando sus peticiones de ayuda, arropándola hasta que se recuperara totalmente.
Lamentablemente las enfermedades mentales son aún tabú y causan vergüenza. Los enfermos mentales apestan porque la gente le tiene mucho miedo a la locura, como si fuera contagiosa o los enfermos tuvieran culpa de estarlo. Sucede algo parecido cuando las mujeres enferman de cáncer, pestañean y la pareja ya las ha dejado sola con su enfermedad. En esto, por supuesto, también está metido el doble parámetro de discriminación machista: las mujeres son las que cuidan incluso enfermedades mentales y cáncer… Ojalá este caso sirva para ayudar a mucha gente que sufre en silencio porque además hay otro problema y es que muchas pólizas de salud no cubren trastornos mentales, que suelen ser enfermedades largas, incapacitantes y costosas.
En las psicosis el hilo de la lucidez mental se rompe totalmente y como decía mi profe de Psicopatología, toda enfermedad mental tiene una base bio-psico-social, un contexto que propicia la aparición y desarrollo de la enfermedad ¿Qué pasó con el de ella?
Por otra parte, están las depresiones postparto que son igualmente generadas por los cambios fisico-químicos del embarazo, pero también influenciadas por el contexto vital de la parturienta, la realidad que le toca vivir. La depresión es un padecimiento grave de la cual es difícil salir para algunas personas, tampoco depende de su voluntad “animarse” pero a diferencia del maníaco, el deprimido siente un aplastamiento emocional que no puede resolver a punta de deseos y voluntad; estas tampoco pueden subestimarse ni ignorarse porque también pueden tener consecuencias fatales y, al igual que otros trastornos mentales, los deprimidos suelen ser rechazados y abandonados con su problema, porque se convierten en una “carga” difícil de entender y resolver.
En mi caso, considero que lo que viví (afortunadamente!!!) no alcanzó la severidad de lo que es una depresión con todas sus letras sino que fue un período de turbulencia mental y emocional de adaptación como madre primeriza (mucha fatiga, tristeza, incapacidad para organizarme y realizar oportunamente tareas cotidianas, las demandas de atención de la criatura me desesperaba y hacía llorar continuamente, pérdida de la noción del paso de las horas, el día no me alcanzaba y sentía que “perdía” el tiempo, etc.) y la responsabilidad que significaba que un ser humano indefenso, que no pidió venir al mundo, al que yo deseaba fervientemente y amaba profundamente, dependiera total y exclusivamente de mí para existir y crecer con bienestar y felicidad, protegida y cuidada por sus padres de todas las amenazas.
Ese período difícil para mí duró un año exactamente y me sucedió como una especie de epifanía (¡Por esa maña de introspección que tenemos las mujeres de hacernos preguntas existenciales!). Fue físicamente un momento entre los festejos de diciembre (mes en que cumplía 1 año mi hija) y el reinicio de actividades de enero que, reflexionando en cómo me sentía con los acontecimientos de ese último año de mi vida, de repente caí en cuenta (¡por eso lo de epifanía!!!) de que ¡Coño, esa “incapacidad” para gestionar el tiempo y las responsabilidades de la vida diaria habían sido depresión!
¡Yo había estado un año deprimida y nunca lo concienticé como tal! ¡Y yo tengo conocimiento profesional de ese tema!!! Había estado funcionando en piloto automático tratando de ser lo más eficiente posible pero emocionalmente triste, insatisfecha, amaba con locura a mi hija y creía ser feliz, pero había piezas del rompecabezas que no encajaban (ahora sé qué y por qué, gracias al tiemmmpooo que pone todo en SU lugar…) En ese momento entendí que había estado hundida y había logrado por mis propios medios y sin ayuda (profesional) emerger de esa caquexia emocional que me arropó. Con ayuda psicológica no hubiera sufrido tanto, hubiera salido más rápido y me hubiera divorciado antes, así que agarre sus riales y vaya a por ayuda, no sea tonta ni crédula, hágase ese gran favor.
Lo que ocurre en el postparto con las mujeres se deja por tradición “a la naturaleza”, como si un instinto ancestral nos guiara. Después de la clínica, la sueltan a una en casa con el recién nacido y ¡apáñatelas como puedas y de paso, no descuides al marido que por eso las abandonan y luego se quejan! Yo evalúo la situación en retrospectiva y pienso ¡Qué riñones tenemos las mujeres! Con razón existen los trastornos postparto, el desgano, que la casa esté sucia y desordenada porque el día se les pasa en “tonterías” o que les agarre las 9 de la noche con el sostén (brasiere) enchumbado y hediondas a leche materna sin bañarse, ese tipo de situaciones es lo que llamo “incapacidad” y no es sano ni normal que una madre se sienta así.
Si la gente valorara y entendiera el gran privilegio de traer hijos al mundo no sería tan superficial con el ejercicio de su sexualidad y con la capacidad de engendrar vida. Si se tuviera real conciencia sobre lo que eso significa no ocurrirían parricidios ni niños abandonados, y desde el punto de vista religioso la gente tendría más cuidado con las promesas que hace frente a un Altar Sagrado en una iglesia al casarse y más aún al bautizar a esos hijos (esto también le cae a los padrinos y madrinas).
Soy creyente, católica y feminista, es lo que me ha ayudado a sortean tiempos oscuros y difíciles. Mi Dios es un padre responsable y amoroso y es el modelo de padre que quiero para todos los niños y niñas del mundo: Responsable, generoso, paciente, piadoso que jamás abandona, que no aplica aquello de “hasta los 18 años” o lo de “si tu me quieres, yo te quiero”. Preciso ésto porque mucha gente asume los Sacramentos como “acto social”, se casan y prometen cosas a DIOS (no sólo a la que tienen al lado), están presentes en el bautismo de sus hijos aunque se autodenominen “ateos” y vuelven a prometer frente a un altar sagrado cuidar y proteger a esos hijos en común, repitiendo las fórmulas del rito sin verdadera conciencia de lo que están pactando con Dios. Los Sacramentos no son actos sociales.
Actualmente es difícil encontrar personas que respeten sus promesas y que como decían los viejos de antes, consideren que “su palabra es un documento”. Si las personas irrespetan sus promesas, fueron desleales con su pareja, abandonaron a sus hijos, fueron egoístas y mezquinos con ellos escamoteándoles lo que tenían la responsabilidad de darles y se lo negaron, todas esas acciones y omisiones contra la palabra empeñada tienen consecuencias de alta temperatura eterna y daños a los hijos abandonados porque los niños aprenden (y tienden a reproducir) lo que viven. El abandono material y emocional nunca es inocuo y jamás entenderé cómo un padre es capaz de abandonar hijos sin ningún escrúpulo y olvidarlos para siempre.
Y sirva lo expuesto precedentemente para entender que las enfermedades mentales post parto no ocurre en el vacío, siempre hay un contexto familiar que la genera o propicia. Si se entendiera verdaderamente los cambios físicos y químicos que ocurren en el cuerpo de las mujeres (incluyendo el cerebro) la sociedad cuidaría de ese “proceso demográfico” con mayor interés y atención. Detrás de cada madre que cae en depresión o pierde la lucidez mental hay (o no hay) un contexto familiar. Aún hoy en día, en pleno siglo XXI cuestionar la maternidad como institución (patriarcal) es un tabú. Las propias madres evita(ban) hablar con libertad de sus sentimientos, no lamentaban haber traído al mundo a sus hijos sino sentirse solas, y encima presionadas para seguir funcionando como si ellos no existieran: ser altamente eficientes y capaces en todo los ámbitos de la vida como antes de ser madres.
Por eso, en medio de todas las discusiones del caso de Lindsay Clancy más allá de lo lamentablemente irreversible hay que dirigir la mirada hacia su contexto familiar, hacia quienes debieron ver las señales, y discutir sobre políticas públicas para la atención de las enfermedades mentales post parto y que el Estado apoye a las familias (como era antes cuando existían los institutos públicos de salud mental). Me pregunto sobre el entorno familiar de esa madre de 3 hijos (ya 1 es agobiante por el volúmen de tareas que genera su cuidado y crianza, imaginen el de 3 hijos en simultáneo, más la casa, más sus propias responsabilidades laborales, más el “cuidado” de su relación de pareja, etc., etc., etc.) ¿Qué pasó con el esposo que convivía con ella y los niños y la veía todos los días? ¿Qué pasó con ese compañero de vida que dormía con ella en la misma cama todas las noches? ¿Qué pasó con ese papá que tenía qué darse cuenta cómo eran tratados y cuidados sus hijos, uno de ellos bebé aún? ¿Era Shakiro? ¿Él no vió ni sintió nada raro o anormal en la dinámica familiar? ¿O prefirió no ver porque era más cómodo, son “asuntos” de mujeres o el agobio por mantener económicamente a la familia le impedía reconocer la realidad?

En esas tristes situaciones los “entornos” son parte del problema. La gente no suele ser consciente de los motivos para tener hijos. Por socialización de género a las mujeres se nos enseña a aprender a desear ser madres incluso como máxima aspiración en la vida, eso no ocurre con los hombres, a ellos no se les enseña a desear ser padres como destino vital. A lo largo de mi vida he escuchado que “se debe tener hijos” para “no envejecer sola” o “tener quien te entierre” siempre dirigido a mujeres.
En el caso de los hombres encuentro que algunos desean ser padres y terminan siendo padres maravillosos. Otros establecen desde muy jóvenes que la paternidad no es para ellos y hasta se hacen su vasectomía (Aplausos para esas raras excepciones) pero encuentro que la mayoría, debido a su socialización machista, van por la vida como unas “ruletas rusas” dejando su reproducción “a la suerte”. No desean abiertamente ser padres, aceptan (o no) el “accidente” y arrean con la realidad engendrada “hasta que el cuerpo aguante” o se aburran de la responsabilidad y vayan a libar en otra flor más jóven y con menos problemas, como si los hijos fueran objetos que no van a sufrir consecuencias por su desafecto y abandono, porque muchos padres “están” pero son como fotografías: ni huelen ni hieden porque con ellos no se cuenta.
He visto hombres que tienen hijos por motivos narcisistas, para verse en los hijos como su continuación, para demostrar que son “muy hombres” y tienen su colección de hijos (desatendidos y sin darles el apellido pero ¡Son suyos!). Otros tienen hijos porque vienen en el “combo matrimonial” pero se olvidan de ellos cuando se divorcian, se los sacan de la mente y del corazón (donde tal vez nunca estuvieron) de una manera que causa estupefacción. Los tipos se olvidan totalmente que tienen hijos y no les importa lo que termine pasando con ellos. Es un parricidio paterno en toda regla aunque no los maten físicamente, solo que naturalizado y normalizado socialmente bajo el eufemismo “paternidad irresponsable”.
Esta forma inhumana y despiadada de ser de los hombres con sus hijos se las inculca el patriarcado. La socialización de género machista les enseña que lo importante es hacer dinero, disfrutar de la vida y sus placeres sin remordimientos ni responsabilidades, que los hijos son “asuntos” de las mujeres que “por naturaleza” son quienes los cuidan y educan. Por eso quisiera enfocar el problema en la cantidad de mujeres recién paridas que se sienten agobiadas y superadas por lo que implica cuidar a un hijo luchando simultáneamente con los cambios físicos y químicos de sus cuerpos generados por el embarazo. ¡Doña Tiroides hecha mucha lavativa! Ella incluso es causante del trastorno bipolar, lo que antes se llamaba psicosis maníaco depresiva, que una vez que aparece en tu vida nunca te abandona porque permanece como una espada de Damocles haciéndote víctima de las hormonas de las emociones.
El hilo de la lucidez mental una vez roto no se puede reparar, queda “sentido” y puede desarrollar una crisis en el momento más inesperado cuando la persona esté pasando por una situación emotiva extrema: muertes de familiares, períodos laborales difíciles, divorcios, etc. Es como vivir con una bomba de tiempo que no se puede desactivar totalmente, se vive desconfiando de la fortaleza de la mente, por ésta razón hay que cuidar muchísimo la salud mental (y jamás nos han hablado de esto), reducir los niveles de autoexigencia, dejar los remordimientos por todo, aprender a vivir en el presente porque es lo único que realmente se tiene, no dar importancia a cosas que realmente no la tienen, tener sanos hábitos de salud mental.
Decía Robert Sapolsky, neurocientífico de Harvard que un mal hábito que te genera estrés es preocuparte por cosas que no han sucedido: “La cebra reacciona a un león durante 30 seg. luego pasta pacíficamente. Un humano se preocupa por un león imaginario durante 30 años”.
Por todo esto y mucho más es que las mujeres recién paridas deberían tener apoyo incluso del Estado (el bebecito tiene importancia demográfica porque es un futuro pagador de impuestos), ser acompañada y asistida en las labores cotidianas por un período superior a 6 meses para que ella se concentre en atender al recién nacido y en recuperarse física y emocionalmente del embarazo y, los “entornos”, deberían asumir con responsabilidad su rol de padres y esposos sin entrar en competencia con el bebé por la atención de la neo madre. El post parto debería ser un período especial donde la madre se sienta acogida, protegida y acocolada sin más preocupaciones que recuperarse y disfrutar de su bebé, eso sería lo principal para cuidar y garantizar su salud mental.
Lamentablemente en sociedades donde lo que importa es producir económicamente garantizar y financiar un descanso a las madres por un período tan largo es una utopía y luego se escandalizan hipócritamente cuando suceden las tragedias. El Estado también es responsable de lo que pasó… Se quejan de la baja natalidad en Occidente, que las musulmanas paren como conejas y van a ser mayoría pero ¿qué hacen para promover la natalidad respetando los derechos de las mujeres? (suenan grillos…)
Y respecto a los hombres y la responsabilidad con su capacidad reproductiva ¿Qué tipo de padres son y qué responsabilidad tienen sobre las vidas de la familia que libremente decidieron constituir? ¡Creo que si hicieran con honestidad este ejercicio de introspección sobre sus paternidades (como sí lo hacemos las mujeres que vivimos cuestionándonos si somos “buenas madres” y si nuestros hijos son felices) muchos caerían en depresión profunda y habría que hacerles hasta cura de sueño! ESE es el tema!!

