Leer La estación de las mujeres de Carla Guelfenbein (escritora chilena nacida en 1959, ganadora del Premio Alfaguara de Novela el año 2015 por su libro “Contigo en la distancia”) me puso a pensar ¿Cuánto de lo que las mujeres viven, callan o sostienen también lo he vivido yo… o lo hemos vivido todas?
Son las pequeñas grietas las que incomodan, como el silencio en una relación, la insatisfacción en el propio cuerpo, la necesidad de ser vistas sin tener que pedir permiso. En su relato, confirmo una vez más que lo personal sigue siendo político, incluso cuando creemos que estamos “bien”. Porque muchas veces ese estar bien es, en realidad, una forma sofisticada de adaptación.
Otra de las enseñanzas que me dejó esta lectura tiene que ver con el deseo, pero no el deseo romántico idealizado, sino ese deseo más complejo, contradictorio, incluso culposo, que rara vez se nos permite habitar con libertad. Las mujeres de esta historia desean, dudan, se equivocan. Y en ese proceso, me recordaron algo que a veces olvidamos en los discursos más normativos del feminismo: también tenemos derecho a no ser coherentes todo el tiempo, a sentirnos divididas, a explorar zonas incómodas, a no tener todas las respuestas.
La novela también pone sobre la mesa el peso de los mandatos. Esos que no siempre vienen en forma de imposición directa, sino los que se cuelan en nuestras decisiones cotidianas: cómo amar, cómo ser madres (o no), cómo envejecer, cómo habitar el cuerpo. Lo que más me impactó es que no hay una rebelión épica contra esos mandatos, hay tensiones, negociaciones, silencios. No todas las resistencias son visibles, pero eso no las hace menos válidas.
También me hizo pensar en la complicidad entre mujeres. La sororidad que todo lo resuelve con cercanía, pero también distancia; hay apoyo, pero también juicios. Y sin embargo, incluso en esa imperfección, el reconocimiento de una experiencia compartida es el hilo que conecta. No somos iguales, pero nos entendemos en lo profundo.
Pero la sorpresa más grande fue esta
A través de la historia terminé acercándome, casi sin proponérmelo, a Gabriela Mistral. El reto de mi Club de Lectura era claro: leer a una autora del sur global. Pero lo que empezó como la elección de una escritora se convirtió en el descubrimiento de dos voces que dialogan, se rozan y, en cierto modo, se interpelan a través del tiempo.
Conocer a Doris Dana, la amante de Mistral, es entrar en una zona íntima de la poeta chilena premio Nobel de Literatura. Doris Dana fue una escritora y editora estadounidense que conoció a Mistral en los años 40, cuando la poeta ya era una figura consagrada. Entre ellas se construyó un vínculo profundo que trascendió lo intelectual. Dana fue su secretaria colaboradora y compañera más cercana en los últimos años de su vida. Vivieron juntas, compartieron viajes, enfermedades, rutinas y sobre todo, una intimidad que durante décadas fue cuidadosamente borrada del relato oficial.
Durante mucho tiempo, la historia entre Mistral y Dana fue presentada de forma edulcorada: como una relación de amistad, de admiración o de servicio. Pero la publicación de sus cartas, muchas de ellas conservadas por la propia Doris, permitió ver un vínculo amoroso, cargado de afecto, dependencia, celos y cuidado mutuo. Leer esas cartas hoy es un ejercicio profundamente político. Porque nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿por qué fue necesario ocultar ese amor? La respuesta no es difícil: por el peso de una época profundamente conservadora, pero también por la necesidad de preservar una imagen “aceptable” de una mujer que ya era un símbolo nacional.
Su presencia en La estación de las mujeres nos recuerda que las mujeres no solo han sido borradas como autoras o protagonistas, también como amantes, como compañeras, como parte de historias afectivas que no encajaban en lo permitido. Creo que no basta con leer a las mujeres, también tenemos que leer sus vínculos, sus redes, sus afectos. Porque en esos espacios, muchas veces considerados privados, también se juega la historia.
Interpreto a Guelfenbein como si dijera: ya no queremos ser la primavera de nadie; queremos entender nuestras propias estaciones, incluso las más incómodas.


