Hace unos meses, alguien me insistió que el “Feminismo no sirve”. AsĆ de simple y de directo. Lo hizo mientras debatimos acerca de los logros de la nueva feminidad y sobre todo, sobre todos los logros y triunfos que ha obtenido la defensa de los derechos de las minorĆas durante el siglo XX y el siglo XXI. Para mi interlocutor, no vale la pena ni tiene sentido en plena segunda dĆ©cada del nuevo milenio, insistir en defender los derechos de la mujer. ĀæPor quĆ© hacerlo si tiene todos los derechos que necesita e incluso “algunos que ni siquiera espero tener”? Me pidió mirar a mi alrededor y asumir que las mujeres actuales no necesitan “un movimiento polĆtico caduco” para luchar por la inclusión y la equidad.
– Mira, no lo tomes como algo personalā-āaƱadió luegoā-āsólo que todo movimiento polĆtico y social tiene su perĆodo de vigencia. Y el feminismo lo perdió hace un buen tiempo. Una mujer de esta Ć©poca no necesita que nadie reivindique sus derechos.
No es la primera vez que escucho argumentos parecidos. De hecho, me tropiezo con ellos con tanta frecuencia que de vez en cuando me pregunto si se trata de una lĆnea de pensamiento o una opinión generalizada. Con seguridad lo es: despuĆ©s de todo, el feminismo ha luchado contra todo tipo de prejuicios casi desde su nacimiento. Pero ahora, el ataque parece ser mĆ”s sutil, insistente y sobre todo, estructurado. Una y otra vez, parece enfrentarse no sólo a los mismos prejuicios de siempreā-āla acusación de radicalismo, de innecesario, de simplificar conflictos históricos de gĆ©neroā-āsino a su menosprecio directo. ĀæPor quĆ© es necesario la defensa y promoción de los derechos de la mujer? Vamos, en un siglo donde las mujeres pueden hacer prĆ”cticamente cualquier cosa ĀæPor quĆ© alguien deberĆa defender la inclusión? ĀæPor quĆ© nadie deberĆa preocuparse por la equidad, por las insistentes diferencias de gĆ©nero? ĀæPor quĆ© alguien deberĆa insistir en visibilizar los problemas y las circunstancias que atraviesan las mujeres a diario sólo por el hecho de ser infravaloradas en lo cultural y lo social? En un mundo obsesionado por sus propios dolores y tragedias, en una Ć©poca egocĆ©ntrica, superficial y decidida a homogeneizar a todos los ciudadanos bajo una misma óptica anónima ĀæQuiĆ©n necesita un movimiento que insista en enfrentarse a la discriminación y los prejuicios?
– El feminismo sólo es un conjunto de ideas sin mayor coherenciaā-āme dice P., quien se llama asĆ misma “Humanista” y suele insistir que cualquier defensa por los derechos de la mujer carece de valorā-āEs decir Āæpara quĆ© proteger a quien no necesita que lo protejan? Los problemas de gĆ©nero actuales no se comparan a los que sufrĆan mujeres de otros siglos. Hubo una Ć©poca donde era imprescindible la defensa de derechos individuales por gĆ©nero. Actualmente, no lo es.
Me habla de la multitud de logros que el feminismo obtuvo a travĆ©s de las dĆ©cadas: el derecho al voto, la igualdad en derechos económicos y sociales para las mujeres, la lucha por el reconocimiento de la individualidad e identidad femenina. La celebración de la obra intelectual, artĆstica y cultural asociada a la mujer. Me explica que una mujer de la segunda dĆ©cada del siglo XXI no necesita protegerse del “patriarcado” sino asumir que cualquier diferencia es cosa del pasado y asĆ se comprende. AdemĆ”s, insiste, toda mujer actual sabe cómo luchar sus propias batallas. No necesita que nadie lo haga por ella.
– AdemĆ”s, hablamos de un tipo de movimiento social tan retrógrado como poco Ćŗtilā-āme dice como colofón a todo lo anterior. SonrĆe cuando lo haceā-āĀ”No necesitamos que nadie nos proteja de una horda de bĆ”rbaros que vienen para violar y asesinar!
Recuerdo esa conversación, mientras leo la noticia sobre la violación que sufrió una adolescente argentina a manos de cinco hombres. La agresión despertó la polĆ©mica en el paĆs, sobre todo cuando varios periódicos reseƱaron la tragedia, insistiendo en que “la muchacha no deberĆa estar allĆ”. Leo el estilo ambiguo y malintencionado que no sólo culpabiliza a la vĆctima, sino que la coloca en la dolorosa situación de justificar el mero hecho de exigir seguridad y protección legal. Por supuesto, no es la primera vez que algo semejante ocurre: con enorme frecuencia se pone bajo el foco de la atención pĆŗblica su vida emocional y sexual. Se le juzga, se le seƱala. Ya no se trata que una mujer fue violada por cinco hombres, sino de lo que pudo hacer para “provocarlo”. La torpeza que cometió al alejarse del lugar en que se encontraba su familia, lo irresponsable fue frecuentando un grupo de hombres. La forma como se “expuso” a la violencia machista. Como si su cuerpo fuera un objeto a disposición de cualquiera. Como si una violación fuera un castigo moral. Como si la sociedad no tuviera el firme compromiso de educar para no violar.
Lo terrible del caso argentino no es sólo la manera como reflejó la opinión de un paĆs sobre la mujer y sus derechos, sino que, ademĆ”s, dejó muy claro que la percepción sobre la violaciónā-ācomo delito y agresiónā-āsigue siendo ambigua, la mayorĆa de las veces peligrosa e incluso, una simple noción moral de la que la vĆctima debe defenderse como pueda. No se trata sólo de la violencia fĆsica que sufre la vĆctima, sino de la cultural, emocional y social que padece, sólo por ser mujer. Sólo por no coincidir con lo que se supone debe ser la imagen femenina. Sólo por transgredir esa sutil frontera entre la normalidad y lo debido que a la mujer se le impone desde la cuna.
El mismo dĆa que salta a las noticias la violación grupal, almuerzo con un grupo de amigos. Alguien saca a colación el tema y de inmediato, el debate se centra no sólo en el hecho sino tambiĆ©n, en la reacción machista que lo rodea. Varias opiniones parecen apuntar a que no “todo estĆ” muy claro” con respecto a todo lo ocurrido y sobre todo, a todo el escĆ”ndalo que parece preceder a la situación.
– Hablamos de una muchacha de catorce aƱos que ya deberĆa saber que estar con cinco desconocidos es peligrosoā-ādice alguien en tono condescendienteā-āno creo que todo sea tan simple como que un grupo de salvajes la violaron.
El comentario, me recuerda a otro casi terrorĆfico. Hace tres aƱos, una mujer brasileƱa de diecisiete aƱos fue violada por casi treinta hombres y poco despuĆ©s, las imĆ”genesā-āy videosā-āde la agresión se convirtieron en virales a travĆ©s de las redes sociales. En esa oportunidad, la discusión fue mĆ”s o menos parecida. La muchacha tenĆa tres hijos y, ademĆ”s, habĆa bebido, por lo que la opinión pĆŗblica del paĆs se burló de ella de inmediato. LeĆ que la chica perdió el conocimiento cuando el hombre nĆŗmero veintiocho la agredió. Que estaba tan drogada que no sabĆa que ocurrĆa y sólo sentĆa dolor y miedo. Que gritó hasta que comenzó a escupir sangre y entonces le dieron alcohol y mĆ”s drogas. Que uno de los agresores la golpeó con el puƱo cerrado hasta que le rompió tres dientes. Entonces se quedó callada, testigo impotente y horrorizado de un tipo de violencia tan hórrida como impensable. Una agresión brutal que con toda seguridad destruyó su vida para siempre. Con la chica argentina ocurrió algo semejante. Estaba drogada y bebida cuando fue violada por cinco adultos. Contó que apenas recordaba otra cosa que el dolor y los golpes que le propinaron. Pero aun asĆ, se le culpabiliza, se le seƱala, se le toma con desconfianza su testimonio.
– Lo que quiero decir es que no es ninguna inocente: ĀæquĆ© hacĆa en la carpa de cinco hombres que no conocĆa? ĀæBebiendo?ā-āprosigue el opinadorā-āĀæQuĆ© se puede esperar de una tipa asĆ? ĀæQuĆ© esperaba ella que le pasara?
Recuerdo de nuevo a la muchacha brasileƱa. En su oportunidad, la escritora Zuleika Esnal contó en un pequeƱo texto que se hizo viral en Facebook que la vĆctima fue encontrada deambulando en estado de shock a unas calles de su casa. Estaba semi desnuda, baƱada en sangre, temblando de horror. Que no recordaba bien que habĆa sucedido y que cuando pudo hacerlo, comenzó a gritar y llorar horrorizada a gritos. Que lo primero que dijo es que no querĆa llegar a los dieciocho aƱos.
– ĀæO sea que se lo buscó?ā-ādigo sin disimular lo mucho que me enfurece la idea. El opinador levanta las manos en un gesto tranquilizador y se apresura a sacudir la cabeza.
– No, no. Peroā¦
Pero estaba bebiendo. Pero estaba en la carpa de cinco hombres. Pero se alejó de su familia. Peroā¦ĀæQuĆ©? ĀæHasta que punto somos conscientes que disculpamos un acto de violencia inimaginable como lo es la violación por nuestros prejuicios? ĀæQuĆ© cada vez que tratamos de explicar, justificar, atenuar, minimizar las consecuencias de una agresión sexual cimentamos la idea que es un delito donde la vĆctima tambiĆ©n tiene responsabilidad? ĀæQue en cada ocasión en que titubeamos al condenar una agresión sexual alentamos la posibilidad que otra posible vĆctima sea menospreciada, estigmatizada, seƱalada?
– Bueno, lo que ocurre es que lo estamos viendo como algo absolutoā-āsalta alguien mĆ”sā-āo seaā¦Hablamos de que una chica que sabe lo que puede pasarle se va con cinco tipos borrachos. No es cultura de la violación, es que no podemos cuidarlas a todas.
Un silencio incómodo se extiende en el grupo. Me pregunto si las demĆ”s mujeres que estĆ”n sentadas a la mesa, recuerdan todas las veces que les han dicho lo mismo cuando se sienten agredidas y violentadas por un hombre. Si alguna recuerda el terror que provoca caminar a solas por la calle de noche. Si recuerda la ocasión en que tuvo que soportar un insulto machista, acoso callejero o laboral. O esa ocasión en que alguien le dijo que “las mujeres no hacen eso”. O esa otra donde descubrió que su salario es mucho menor que su contraparte masculina. O esa vez que un tipo en una discoteca la tocó y la persiguió sólo porque llevaba una falda corta. Tantas pequeƱas situaciones que hacen seas muy consciente de lo mucho que se necesita profundizar en una cultura de equidad e inclusión. De todas las pequeƱas heridas y grietas abiertas que exponen a la mujer al peligro, a la agresión, a la violencia sexista.
– Creo que ninguna mujer quiere que la cuidenā-ādice entonces una de las mujeres presentes. La noto pĆ”lida e incómoda. Yo tambiĆ©n lo estoyā-āsino que prefiere no temer ni tener que preocuparse pueda ser agredida.
Silencio de nuevo. Nadie parece saber que decir o que hacer. Pienso en todas las veces en que ese silencio significativo me produce temor o algo muy parecido al desconsuelo. ĀæPor quĆ© resulta tan difĆcil asumir la idea que aĆŗn existe una serie de ideas que sostienen y cimientan la desigualdad entre gĆ©neros? ĀæPor quĆ© nadie analiza esa idea perenne sobre la mujer que resulta un cerco, un lĆmite, una restricción moral absurda? ĀæQuĆ© ocurre cuando simplemente la tradición que menosprecia se normaliza hasta el punto de considerarse inevitable?
– Ā”Ya salió la feminista!ā-ādice entonces alguien al fondo. Lo dice de buen humor, en un evidente intento por restarle importancia a ese silencio, a la tensión involuntaria que se percibe en el ambiente. Una broma, sin mĆ”s. De esas que suelen hacer reĆr. Pero esta vez no hay risas. El silencio continĆŗa y eso es mĆ”s significativo que cualquier otra cosa.
QuizĆ”s todos estamos recordando todas las veces en que hemos tenido que enfrentarnos al machismo social. Todas las veces que cada uno de los hombres sentados a la mesa ha tenido que responder “como un hombre”, sin saber muy bien que significa esa obligación confusa. Pórtate como un hombre. Los hombres no lloran. Deja de portarte como una mariquita. Eres un hombre, compórtate como tal. O todas las veces que las mujeres que estamos aquĆ, hemos alimentado ese estereotipo del macho ancestral. Las ocasiones en que hemos sostenido los estereotipos y arquetipos sobre lo masculino que son tan daƱinos y violentos como los que se impone a la mujer. ĀæSomos conscientes hasta quĆ© punto soportamos el mismo peso social? ĀæHasta quĆ© punto somos vĆctimas del mismo argumento fallido?
De nuevo, la brecha entre la necesaria defensa de las diferencias de gĆ©nero y tambiĆ©n los derechos de la mujer, parece ser mucho mĆ”s profunda de lo que podemos suponer. Y esa profundidad, ese silencio, esa ignorancia sobre lo que puede significar la agresión machistaā-āy sus consecuenciasā-āes cada vez mĆ”s preocupante. Lo es, porque parece no sólo abarcar esa imposición cultural sobre lo que la mujer y el hombre pueden ser y mĆ”s allĆ” de eso, las implicaciones que esa insistencia en el deber ser puede acarrear. Esa visión distorsionada del gĆ©nero y tambiĆ©n, de la individualidad.
ĀæEs necesaria la defensa de los derechos de la mujer? Analizo el pensamiento mientras me tropiezo con otro comentario burlón sobre la violación de la chica brasileƱa, en la que alguien se pregunta en voz alta si alguien puede “violar a una trolla”. Y me aterroriza la idea que alguien piense que no es necesario, que aĆŗn no sea imprescindible insistir construir una nueva visión sobre la mujer y el hombre. Esa batalla no sólo contra los prejuicios sino tambiĆ©n la cultura y la sociedad que los sostiene.
Comment (1)
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SĆ, es necesario esa defensa y es una que se lleva a cabo desde siglos. Cuando una mujer alza la voz para mostrar su descontento o expresar sororidad siempre buscarĆ”n la manera de hacerla callar, La verdad para muchos es incómoda, pero es importante nunca dejar de hablar sobre ello.



