Budapest, 06-06-2026

Estos días me reencontré con una niña de nueve años que soñaba con ser arquera. Una niña que esperaba cada Mundial con emoción, que apoyaba a las selecciones latinoamericanas porque Venezuela nunca lograba clasificar, y que encontraba en el fútbol una ventana para imaginar otros mundos posibles.

Pensé en ella mientras caminaba por la Plaza de los Héroes de Budapest durante las actividades previas a la final de la Champions League. Allí estaba el trofeo, rodeado de aficionados que, por unas horas, podían sentirse parte del espectáculo. Porque el verdadero escenario, el estadio, estaba reservado para quienes podían pagar precios que resultan inalcanzables para gran parte de la población.

Fue entonces cuando apareció una sensación incómoda. No porque no hubiera mujeres presentes, sino porque el mensaje implícito parecía ser otro: este no es un espacio pensado para ustedes.

Recordé las palabras de Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos, quien defendía que las mujeres debían limitarse a aplaudir los logros de los hombres. Más de un siglo después, cuesta aceptar que muchas estructuras deportivas sigan reproduciendo esa misma lógica. Una lógica en la que las mujeres aparecen como acompañantes, adornos o consumidoras, pero rara vez como protagonistas.

Mientras observaba el ambiente, también me preguntaba cómo una mujer que ama profundamente el deporte puede sentirse completamente cómoda en espacios donde se normalizan comportamientos asociados a la violencia, al consumo excesivo de alcohol y a formas de masculinidad que convierten la pasión deportiva en un territorio hostil para muchas personas. No se trata de condenar la emoción de la afición, sino de cuestionar por qué tantas veces esa emoción parece construirse excluyendo a otros.

Y entonces regresó otro recuerdo: el de aquella niña a la que le gustaba el fútbol, pero que apenas encontraba lugares donde jugarlo. Durante décadas, el balón pareció pertenecer a los niños. Las academias femeninas eran escasas, los referentes casi inexistentes y las oportunidades limitadas. A muchas niñas nunca se les prohibió explícitamente practicar deporte; simplemente se les negó la posibilidad de imaginarse dentro de él.

También observé a las familias que habían acudido al evento. Padres, madres e hijos compartiendo una experiencia deportiva. Y pensé en la enorme responsabilidad social que tiene el deporte. Porque el deporte no es únicamente entretenimiento. Es también un espacio donde aprendemos qué cuerpos importan, quiénes pueden liderar y quiénes tienen derecho a soñar.

Por eso me resulta difícil escuchar los discursos triunfalistas sobre inclusión cuando no van acompañados de políticas concretas. Sin inversión, sin programas específicos y sin voluntad institucional, la inclusión se convierte en una palabra vacía. En muchos casos, el deporte no reduce desigualdades: las amplifica.

He recordado también a muchos amigos que afirman que el fútbol femenino es aburrido o de menor calidad, a pesar de nunca haber visto un partido completo. Otros argumentan que no genera suficientes ingresos económicos. Sin embargo, esas críticas suelen ignorar una realidad fundamental: nadie puede desarrollar un producto deportivo competitivo si durante décadas se le niegan recursos, visibilidad e inversión.

El problema de fondo no es deportivo. Es cultural y político.

No hemos construido espacios donde la feminidad pueda desarrollarse plenamente dentro del deporte. ¿Qué ocurriría si una final de Champions incluyera, en igualdad de condiciones simbólicas, la final femenina y la masculina? ¿Qué mensaje recibirían las niñas que sueñan con jugar al fútbol? ¿Qué pasaría si los grandes eventos deportivos dejaran de tratar las competiciones femeninas como anexos secundarios?

Las excusas relacionadas con la logística o la rentabilidad resultan poco convincentes cuando hablamos de una industria que mueve miles de millones de euros al año. Si el fútbol fuera un país, su economía estaría entre las más grandes del mundo. El problema no es la falta de recursos; es la falta de voluntad para redistribuirlos.

A veces parece que la contribución más visible de las mujeres en los grandes eventos deportivos consiste en aparecer durante los espectáculos musicales o en campañas publicitarias cuidadosamente diseñadas. Mientras tanto, las estructuras de poder continúan siendo predominantemente masculinas.

La desigualdad tampoco termina cuando una mujer logra convertirse en atleta. En muchas disciplinas, los equipos femeninos siguen funcionando como apéndices de las estructuras masculinas. Con frecuencia cuentan con menos recursos, menor atención médica especializada y personal técnico que desconoce aspectos fundamentales de la fisiología femenina. Las consecuencias son profundas: lesiones mal gestionadas, trastornos alimentarios, afectaciones hormonales, problemas de salud mental y entornos donde la protección frente a los abusos continúa siendo insuficiente.

Al final de esa jornada comprendí algo importante.

No odio el fútbol.

Lo amo. Como amo el deporte en todas sus formas.

Lo que me duele es observar una gestión deportiva que todavía no incorpora plenamente a las mujeres y a las niñas en la ecuación. Una gestión que limita la posibilidad de soñar a casi la mitad de la población mundial.

Porque cuando una niña practica deporte no solo desarrolla habilidades físicas. También construye confianza, liderazgo, autonomía e identidad. El deporte puede convertirse en una herramienta extraordinaria para desafiar las barreras sociales que todavía persisten.

Por eso las organizaciones deportivas no pueden limitarse a responder ante patrocinadores, audiencias o balances financieros. También tienen una responsabilidad social.

El deporte pertenece a toda la sociedad. Y mientras las niñas y las mujeres no puedan verse plenamente reflejadas en él —como aficionadas, deportistas, entrenadoras, directivas y líderes— seguirá siendo un proyecto incompleto.

La pregunta no es si el deporte puede permitirse incluir a las mujeres.

La pregunta es cuánto talento, cuánto potencial y cuántos sueños estamos perdiendo por no hacerlo.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Maria Jose Bermudez Rojas

Autor/a Maria Jose Bermudez Rojas

Venezolana. Hija de una larense y un cumanés. Socióloga y feminista en permanente construcción, destrucción y reconstrucción.

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