Por Mari Montes

Hoy quiero atreverme con una palabra que puede generar más de una reacción: feminista.

¿Jesús fue feminista?

Si usamos el término en su sentido histórico, la respuesta sería no. El feminismo, como movimiento y como concepto, no existía en tiempos de Jesús. Sería un anacronismo ponerle a Jesús una etiqueta nacida muchos siglos después.

Pero hay algo que para nosotros, como cristianos, es fundamental: Jesús fue, pero Jesús es.

Fue un hombre que caminó por Galilea, que habló con hombres y mujeres, que sanó, que lloró, que tuvo hambre y sed, que murió en la cruz. Eso pertenece a la historia.

Pero para nosotros, Jesús no quedó en la historia.

Cristo resucitó. Cristo vive. Cristo es.

Por eso, cuando hablamos de cómo trató a las mujeres hace dos mil años, no estamos solamente recordando el comportamiento de un hombre extraordinario de su tiempo. Estamos mirando a Jesús vivo, y descubriendo en su manera de relacionarse con las personas una enseñanza que sigue interpelándonos hoy.

Entonces, si utilizamos “feminista” en un sentido sencillo —alguien que reconoce la dignidad de la mujer, que la escucha, que respeta su libertad, que reconoce su capacidad de creer, de pensar, de decidir y de anunciar—, podemos decir que el modo de actuar de Jesús fue profundamente revolucionario para su tiempo y sigue siendo profundamente actual.

Y eso es precisamente lo que me interesa mirar.

Porque para comprender lo que Jesús hizo hay que recordar el mundo en el que vivió. No podemos leer sus gestos solamente con los ojos del siglo XXI. Tenemos que volver a aquella sociedad y preguntarnos: ¿qué significaba que Jesús tratara así a las mujeres?

Miremos a María, su Madre.

En Caná la llama “Mujer”. Y vuelve a llamarla así en la cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. María está al comienzo de su vida pública y está también junto a Él en la hora de la cruz.

Y desde la cruz, Jesús confía a Juan a María y a María a Juan.

No la deja como una figura decorativa al margen de la historia. María está dentro de la historia de la salvación.

Miremos a la mujer que padecía hemorragias.

Una mujer enferma, considerada impura, que se acerca a Jesús escondida entre la multitud y toca su manto. Jesús podría haber dejado que se marchara en silencio. Pero la busca.

La hace salir del anonimato.

Y le dice: “Hija, tu fe te ha salvado”.

No la define por su enfermedad. La mira como persona. La devuelve a la comunidad con dignidad.

Y está también la mujer adúltera.

La llevan delante de Jesús para que sea condenada. Una mujer convertida en su pecado, expuesta públicamente y colocada frente a una multitud que ya había decidido su destino.

Pero Jesús no participa de la condena.

Se inclina. Guarda silencio. Y cuando insisten en que debe ser castigada, responde:

“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.

Uno a uno se van.

Y entonces ocurre algo profundamente humano: Jesús no humilla a aquella mujer. No la convierte en un ejemplo de desprecio. No la reduce para siempre a aquello que hizo.

Tampoco le dice que el pecado no importa.

Le dice:

“Vete y no peques más”.

Hay una diferencia enorme entre justificar una conducta y negarse a reducir a una persona a su pecado.

Y hay algo más que no deberíamos pasar por alto: la mujer está allí, pero el hombre con quien supuestamente cometió adulterio no aparece.

¿Por qué la condena recae solamente sobre ella?

Jesús no entra en esa lógica.

No somos nadie para lanzar piedras desde nuestra propia supuesta perfección.

Antes de juzgar, deberíamos recordar que también nosotros necesitamos misericordia.

Jesús no solamente salva a aquella mujer de una muerte física. La salva de convertirse para siempre, ante los ojos de los demás, en “la adúltera”.

Le devuelve la posibilidad de comenzar otra vez.

Miremos a la samaritana.

Jesús se sienta a hablar con ella junto al pozo. Una mujer. Samaritana. Extranjera para los judíos. Y no solamente conversa con ella: habla de Dios, de la verdadera adoración y del Mesías.

Y a ella le revela quién es.

Después, esa mujer corre a anunciarlo a los demás.

Se convierte en mensajera.

Miremos a Marta.

Jesús entra en un diálogo profundo con ella sobre la vida, la muerte y la resurrección. Y Marta hace una de las grandes profesiones de fe del Evangelio: “Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.

Miremos a María de Betania, sentada a los pies de Jesús, escuchándolo.

En una sociedad donde enseñar y aprender públicamente era un ámbito predominantemente masculino, Jesús no la aparta.

Defiende su derecho a escuchar.

Y miremos a María Magdalena.

Después de la Resurrección, Jesús se aparece a ella y le encomienda anunciar la noticia a los demás.

La primera mensajera de la Resurrección es una mujer.

Y llegamos a la mujer cananea.

Una extranjera. Una madre desesperada que suplica por su hija.

Ella insiste cuando parece que Jesús guarda silencio. Insiste cuando los discípulos quieren que Él la atienda y que se vaya. Ella insiste incluso cuando la respuesta parece un rechazo.

Y Jesús termina diciéndole:

“Mujer, grande es tu fe”.

Qué impresionante.

Jesús no solamente le concede lo que pide.

Jesús reconoce públicamente su fe.

Una mujer extranjera se convierte en ejemplo de fe para todos nosotros.

Y entonces pienso que quizá aquí está la verdadera revolución de Jesús.

Él no necesitó enfrentar al hombre contra la mujer para dignificar a la mujer.

No necesitó despreciar a unos para elevar a otras.

Simplemente hizo algo mucho más profundo: miró a cada persona como hija de Dios.

Jesús rompió muchas barreras de su tiempo: habló con quienes otros evitaban, tocó a quienes otros consideraban impuros, escuchó a quienes otros no escuchaban y encontró fe donde otros solamente veían diferencias.

Y con las mujeres hizo algo extraordinario: les dio voz, dignidad, protagonismo y un lugar en la historia de la salvación.

Y hay algo aún más hermoso que a veces pasamos por alto: todo esto lo sabemos porque lo contaron unos hombres, los evangelistas. Hombres de su tiempo, formados en otra cultura, que sin embargo fueron capaces de reconocer y transmitir algo que probablemente les desbordaba: la manera en que Jesús trataba a las mujeres. Ellos no lo ocultaron, no lo suavizaron, no lo adaptaron a los esquemas de su mundo. Lo escribieron tal como lo vivieron, aunque eso rompiera muchos moldes.

Por eso, cuando digo que Jesús es “feminista”, no estoy intentando convertirlo en un hombre del siglo XXI.

Estoy haciendo exactamente lo contrario.

Estoy tratando de recordar lo revolucionario que fue Jesús en el siglo I, y al mismo tiempo recordar que ese Jesús sigue vivo y que su manera de mirar al ser humano no pertenece al pasado.

Y como católica, eso me conmueve profundamente.

Porque Jesús no miró primero si aquella persona era hombre o mujer, judía o extranjera, respetable o pecadora.

Vio a la persona.

Vio a María, su madre.

Vio a Marta.

Vio a Magdalena.

Vio a la samaritana.

Vio a la cananea.

Vio a la mujer adúltera.

Vio a aquella mujer enferma que solamente quería tocar su manto.

Y a cada una le devolvió algo que ninguna sociedad debería quitarle jamás: su dignidad.

Quizá por eso, cuando hoy discutimos tanto sobre los derechos, los lugares y las voces de las mujeres, vale la pena volver al Evangelio.

Porque mucho antes de que existiera la palabra “feminismo”, Jesús ya estaba enseñándonos a mirar a la mujer como Dios la mira: con dignidad, con respeto, con misericordia y con amor.

Y eso, para mí, sí es profundamente revolucionario.

Jesús no necesitó una etiqueta.

Le bastó el amor.

Y ese amor no fue.

Ese amor es.

***

Mari Montes

Escritora Dedicada al béisbol ✍ @elextrabase BBWAA member/ TEDx. Embajadora de marca de @baseball.reference.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
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