No hace falta estar bajo el mismo techo para que te caigan los escombros encima. En Barquisimeto el suelo vibró, pero las verdaderas grietas se me abrieron en el pecho al mirar la pantalla del teléfono. Los videos de Caracas cubierta de polvo, los mensajes de voz entrecortados desde La Guaira, el terror de mis amigos y mi familia buscando respuestas en medio del caos; todo eso me atravesó con la misma violencia que si el asfalto se hubiera partido en el patio de mi casa.

El dolor de Venezuela no tiene fronteras geográficas. La angustia de saber a los tuyos a la intemperie te devora por dentro, recordándonos que en este país el sufrimiento del otro hace mucho tiempo que dejó de ser ajeno.

Llevamos años sometidos a un estado de alerta perpetuo, gestionando crisis tras crisis, intentando aplicar la lógica del derecho o la exactitud de las normativas a un país que pareciera no estar. Nos hemos acostumbrado a tragar grueso. Pero cuando la tierra ruge con esta magnitud, se rompe el andén. De pronto, el miedo te paraliza y la rabia te inunda. Sientes un enojo, denso, que no pide permiso y que te hace cuestionar cada estructura de aparente normalidad que te habías empeñado en sostener.

Y quiero decirlo con todas sus letras, alejándome de esos discursos pulcros que exigen un tono uniforme y previsible: sentir terror está bien. Sentir una furia que te quema la garganta frente a la devastación y el colapso, está bien. A las mujeres, históricamente, se nos ha exigido ser el ancla emocional en medio de la tormenta. Se espera que seamos administradoras del cuidado, pilares inquebrantables que no se quiebran ni siquiera cuando el mundo entero se viene abajo.

Nos exigen resiliencia cuando lo que realmente necesitamos es gritar. Negar nuestra vulnerabilidad, disfrazar nuestro miedo con palabras prefabricadas, es traicionar la profundidad de nuestra experiencia humana. Hoy, rechazo la obligación de ser fuerte. Hoy, reivindico mi derecho a estar aterrorizada.

Para entender la dimensión de lo que sentimos hoy, hay que comprender que este terremoto físico solo vino a destapar un sismo emocional de proporciones incalculables. El luto en Venezuela no comenzó el 24 de junio. Llevamos años vistiendo un duelo crónico, silencioso, que se nos ha enquistado en las vísceras.

Nuestro luto está hecho de adioses en el aeropuerto de Maiquetía. Está tejido con las ausencias en las mesas de Navidad, con los amigos que se dispersaron por el mundo buscando un futuro que aquí se les negaba, con los abrazos que ahora solo existen a través de una videollamada que se corta por las fallas de conexión. Los que hemos sido víctimas de un terrorismo judicial que casi me destruyo … dolor, rabia, miedo … nos ha convertido en sobrevivientes de una fractura nacional. Hemos perdido la cercanía, la rutina, la certeza de saber dónde estarán los nuestros mañanas. Hemos perdido fragmentos de nuestra propia identidad.

Por eso, cuando las imágenes de la destrucción en la capital y en la costa comenzaron a circular, no estábamos reaccionando únicamente al desastre natural. Estábamos reaccionando a la fragilidad absoluta de lo poco que nos queda. Cada edificio que cedió en Caracas, cada calle bloqueada en La Guaira, fue un recordatorio brutal de que todo lo que amamos está constantemente al borde del abismo. Es el terror a perder aún más.

Frente a este remolino de emociones, mi formación académica se vuelve inútil. Ningún doctorado en filosofía te prepara para el pánico de no saber si tu familia está a salvo. Ninguna matriz de Compliance corporativo sirve para auditar la desolación de una madre que busca a los suyos entre las ruinas y confieso que mi única respuesta frente al desastre no fue jurídica, fue puramente biológica: el llanto.

¿Qué hacemos, entonces, con todo este enojo? ¿Cómo procesamos este miedo paralizante para poder abrir los ojos al día siguiente y no dejarnos consumir por la desesperanza?

En medio de este dolor, una mujer, siempre mis mujeres, Helen Keller me corta la respiración: «Los que estamos de luto no estamos solos. Pertenecemos a la compañía más grande de toda la tierra: la de aquellos que han conocido el sufrimiento y han decidido acompañarse.»

Esa es la única respuesta válida. No hay fórmulas mágicas, no hay discursos políticos que reparen el alma, ni hay leyes que mitiguen el terror de la madrugada. Lo único que nos queda es la feroz decisión de acompañarnos. Aún con dolor, rabia, miedo, pues los venezolanos hemos transitado por un sufrimiento tan hondo y tan prolongado que pareciera que hablamos el lenguaje del dolor. Y es precisamente ahí donde nace la compasión. Decidir acompañarse en medio del luto significa mirar la devastación de frente y elegir, no abandonar al otro. Es el vecino de La Guaira compartiendo su única botella de agua. Es el amigo en Barquisimeto organizando ayuda mientras su propia casa tiene grietas. Es la red de mujeres que, aun temblando de miedo, levantan listas de desaparecidos y organizan refugios.

Como mujeres, liderar desde la compasión no significa que no tengamos miedo; significa que nuestro amor por el prójimo y nuestro sentido de humanidad son más grandes que la parálisis del terror. Al reconocer nuestro propio luto por los que se fueron, por lo que perdimos, por el país que se nos desdibujó, somos capaces de mirar el dolor del que tenemos al frente y decirle: «Yo también estoy rota, pero no te voy a soltar».

Las semanas que vienen serán oscuras. El ruido mediático eventualmente bajará, pero el silencio que queda tras la pérdida es ensordecedor. Si algo me queda claro, es que no podemos seguir exigiendo respuestas integrales vacías que suenan bien pero no dicen nada. La solución no va a venir de un documento ni de una declaración. Va a venir de cada uno.

Transformar el remolino de miedo y rabia en compasión es el acto más poderoso que nos queda. En una realidad que constantemente nos empuja al aislamiento, al egoísmo de la supervivencia individual y a la desconfianza, decidir cuidar al otro es una sublevación.

No escribo estas líneas para dejar una moraleja, o dar un discurso de moral. Escribo para dejar testimonio de nuestra vulnerabilidad. Porque el dolor de Venezuela no se cura con tiempo, se sostiene en comunidad.

La tierra volverá a quedarse quieta, pero la advertencia ya está dada. No nos abrazamos en medio de la calle porque tengamos la garantía de que todo estará bien. Nos aferramos los unos a los otros porque hemos aprendido, a golpes y a lágrima viva, que cuando las paredes se caen, cuando los que amamos están lejos, cuando fuimos víctimas de terrorismo judicial y cuando el miedo amenaza con devorarnos, la única tierra firme que nos sostiene de que nunca más caminaremos solos en nuestro luto. Y si Hoy, reivindico mi derecho a estar aterrorizada.

 

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
María Alejandra Mancebo

Autor/a María Alejandra Mancebo

Experta en Compliance, Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones Consultora y Voz Visionaria htps://consultorias.visionarias.business/project/maria-alejandra-mancebo Una de las directoras de la Revista Igualdad de Género en Venezuela

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