El zumbido del teléfono no ha parado desde la tarde del 24 de junio. Aquí, en las calles de Barquisimeto, el temblor nos sacudió con una fuerza que nos robó el aliento por unos segundos, pero las paredes de nuestras casas resistieron. Los daños materiales fueron, en su mayoría, menores. Sin embargo, la verdadera devastación no llegó por las vibraciones del asfalto, sino a través de las pantallas.

A medida que avanzaban las horas, cada imagen de los otros estados, cada nota de voz desesperada buscando a un familiar, cada video de fachadas desmoronadas se convirtió en un golpe directo al pecho. No hizo falta que el techo cayera sobre nuestras propias cabezas para que el impacto nos fracturara por dentro.

Ver a un país entero sumido en la incertidumbre es tragar un llanto contenido que se niega a desaparecer. Y es allí donde la ilusión de control que nos da la modernidad se hace añicos. Pasamos la vida diseñando matrices de Compliance, redactando manuales y debatiendo en foros sobre la dogmática del derecho penal, convencidos de que las normas nos protegen del caos. Pero cuando la tierra ruge y te muestra la fragilidad absoluta de la existencia, entiendes que la empatía no necesita proximidad geográfica.

El dolor ajeno, cuando se siente cerquita, te atraviesa sin pedir permiso. Amar al prójimo como a ti mismo deja de ser una cita bíblica para convertirse en el único mecanismo de supervivencia real ante la intemperie.

En un primer momento, la urgencia de la crisis me hizo pensar en los cimientos que históricamente hemos tejido las mujeres. Pero al caminar por la ciudad, al observar las aceras y las plazas, la realidad me corrigió de la manera más hermosa y desgarradora posible: no fuimos solo nosotras. Fueron todos.

Vi a hombres y mujeres por igual, a jóvenes y a ancianos, volcados en una solidaridad que no esperaba directrices ni decretos de emergencia. Vi a desconocidos compartiendo lo poco que tenían, organizando la búsqueda de comida, deteniéndose en medio de la calle simplemente para orar por otros, para abrazar a quien temblaba de pánico.

En esos rostros anónimos presencié la materialización de lo que filosóficamente he estudiado como el liderazgo del amor. Este liderazgo no es una abstracción romántica ni una habilidad gerencial vacía; es una influencia interpersonal que permite la cooperación y el reconocimiento del otro como un ser legítimo en la convivencia.

Como sostiene Humberto Maturana, el amor es un fenómeno biológico y relacional básico; es la emoción fundamental que erige nuestra coexistencia social. En medio de la tragedia, ese principio ético rector desplazó cualquier jerarquía corporativa o cargo en la administración pública. No importaban los títulos, ni quién era el gerente, ni quién el subordinado.

El instinto colectivo fue el de la preservación mutua. Nos reconocimos en la mirada aterrada del vecino, y en ese reconocimiento, la verdadera gerencia humanista tomó las riendas de la ciudad.

La magnitud de este dolor colectivo removió en mí una memoria muy honda, una cicatriz que llevo fundida en la piel del alma. Sentir la impotencia frente a la tragedia de otros es un sentimiento idéntico al que me atravesó cuando perdí a mi primer bebé a los ocho meses de gestación.

Quien ha mirado de frente a ese vacío abrupto sabe que es un dolor que no cesará nunca. No es una etapa que se supera con el tiempo, ni un expediente que se archiva y se cierra. Es un duelo con el que aprendes a respirar, una sombra que te acompaña en cada paso y que reconfigura tu manera de entender la fragilidad de la vida.

Pero es precisamente ese dolor intransferible, esa herida que nunca termina de cerrar, lo que me permite conectar hoy con la pérdida de tantas familias de una manera tan cruda. Cuando has sentido el desgarro de que la vida te arrebate de golpe lo que más amabas y esperabas, entiendes que el sufrimiento del otro te pertenece.

El instinto l de querer abrazar a quienes lloran frente a los escombros no nace de una caridad distante, sino de saber exactamente cómo se siente ese frío en el estómago. Sabes lo que es la desesperanza, y por eso, no puedes ser indiferente. La pérdida personal se convierte, paradójicamente, en el puente más sólido hacia la compasión.

Y entre el dolor que grita, seguirá el ruido de la reconstrucción material. Se levantarán nuevos informes, se reescribirán los protocolos de emergencia y las instituciones emitirán sus balances. Pero la perspectiva ya no puede ser la misma de antes del 24 de junio.

El reto que nos deja la tierra agrietada no es simplemente cómo mezclar mejor el cemento para que los edificios no colapsen. La advertencia es esencial. El dolor de las familias que hoy miran los escombros de sus hogares no va a desaparecer con el próximo ciclo de noticias, así como el dolor de una madre por el hijo que no llegó a nacer no se borra con el paso de los años.

Si nuestras leyes, nuestras corporaciones y nuestra filosofía no integran esa capacidad de abrazar al prójimo en su momento más oscuro, seguiremos construyendo ficciones de papel. La pregunta no es cuándo será el próximo temblor, sino si, cuando el polvo vuelva a levantarse, seguiremos dispuestos a ensuciarnos las manos por el otro.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
María Alejandra Mancebo

Autor/a María Alejandra Mancebo

Experta en Compliance, Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones Consultora y Voz Visionaria htps://consultorias.visionarias.business/project/maria-alejandra-mancebo Una de las directoras de la Revista Igualdad de Género en Venezuela

Más artículos por María Alejandra Mancebo

Deja tu respuesta

Share