
El feminismo entra a 2026 bajo fuego cruzado. No es una metáfora exagerada ni una consigna alarmista, me gusta verlo como un diagnóstico político. Mientras los discursos de igualdad intentan consolidarse, una contraofensiva conservadora cada vez más organizada, digital y global, busca revertir avances que costaron décadas de lucha colectiva. No estamos ante una simple diferencia de opiniones, sino frente a una disputa cultural profunda por el sentido mismo de la democracia, los derechos y la autonomía de las mujeres.
Esta arremetida se expresa en múltiples frentes. Desde gobiernos y partidos que reivindican “valores tradicionales” hasta iglesias, medios y ejércitos de influencers que romantizan la familia heterosexual como destino natural y único para las mujeres. La narrativa política de estos últimos meses nos está vendiendo la subordinación como elección libre y para ello presenta al feminismo como una amenaza a la felicidad, la maternidad o la estabilidad social.
El impacto social de este retroceso es claro. Aumenta la polarización, se endurecen los discursos de odio, se justifican recortes en políticas de igualdad y se vuelve más hostil el espacio público para las mujeres, especialmente el digital.
Pero no todo es negativo porque al mismo tiempo ocurre algo más incómodo y, a la vez, potente: el feminismo deja de ser un tema sectorial para convertirse en un eje central de las disputas democráticas. Cuando los derechos de las mujeres están en juego, lo que se discute es el tipo de sociedad que queremos habitar.
Ante este escenario, el feminismo no puede responder solo con indignación moral. Necesita evolucionar. Liderar en tiempos de retroceso exige habilidades nuevas y otras olvidadas. Comunicación estratégica, por ejemplo. No basta con tener razón: hay que saber disputar sentido en entornos hostiles, entender cómo operan los algoritmos, cómo se viraliza la mentira y cómo construir narrativas que conecten emocionalmente sin renunciar a los principios.
También se vuelve imprescindible una formación política y jurídica más sólida. Conocer leyes, políticas públicas y marcos de derechos humanos ya no es opcional: es una herramienta de defensa frente a intentos de retroceso, reinterpretación conservadora o vaciamiento institucional. El feminismo necesita ser más técnico sin perder su potencia transformadora.
Y, quizá más urgente que nunca, necesita fortalecer su capacidad de articulación y cuidado colectivo. La violencia digital, la persecución simbólica y la sobre exigencia militante están pasando factura. La fragmentación interna, la competencia por visibilidad y la falta de recursos debilitan los liderazgos. Insistir en figuras individuales heroicas es funcional a un sistema que quema a quienes se exponen. Replantear el liderazgo feminista como una práctica colectiva, sostenida en redes de apoyo, autocuidado y solidaridad intergeneracional, más allá del gesto ético, es una estrategia de supervivencia política.
La innovación también es clave. Frente a campañas de desinformación y acoso, será necesario desarrollar herramientas de inteligencia artificial, monitoreo digital y ciberseguridad con perspectiva de género. Pero la innovación no es solo tecnológica, también tiene que serlo a nivel de la narrativa. El desafío es ampliar el alcance del feminismo sin vaciarlo de contenido, así como conectar con públicos diversos sin diluir la radicalidad de sus propuestas.
A las nuevas generaciones que quieren liderar o ganar visibilidad les diría esto, sin rodeos: coherencia, estrategia y cuidado. Formarse políticamente para no repetir errores. Usar la visibilidad con propósito, entendiendo que tener voz pública implica responsabilidad. Aliarse en lugar de competir, porque el feminismo no necesita estrellas solitarias sino constelaciones. Y protegerse emocional y digitalmente. El activismo en contextos polarizados es desgastante y nadie transforma el mundo desde el agotamiento permanente.
El feminismo de hoy no enfrenta solo retrocesos: enfrenta la oportunidad incómoda, desafiante, de reinventarse. Resistir ya no alcanza. Liderar implica transformar la adversidad en creatividad política, en nuevas formas de organización y en expansión de derechos. Porque si algo ha demostrado el feminismo a lo largo de su historia es que, incluso bajo ataque, sabe mutar, aprender y volver más fuerte. Y esta vez no será la excepción.

