En los últimos días, Venezuela ha enfrentado una de las mayores emergencias en lo que va del siglo XXI. Hablamos del terremoto del 24 de junio de 2026, un evento que dejó comunidades afectadas y familias devastadas. El terremoto se llevó, en cuestión de segundos, una parte importante del país y a la otra mitad, que sobrevivió, la dejó sumida en un dolor colectivo difícil de borrar. Cuando ocurre un desastre natural de esta magnitud, los daños no se miden únicamente por los edificios colapsados, las carreteras destruidas o las pérdidas materiales, sino también por las heridas invisibles que deja la debacle: el miedo, la incertidumbre, la pérdida de seguridad y el duelo que la situación implica.

Ante un desastre natural, las consecuencias no son solo cuantificables, pues existe una realidad mucho más dura: el impacto de un sismo afecta de maneras diferenciadas la vida de las personas. Esto no quiere decir que unas sufran más y otras menos, o que una vida sea más importante que otra. La diferencia está en que no todas las personas enfrentan la emergencia desde el mismo lugar. Las condiciones de vida previas al desastre, el género, la edad, la discapacidad, la pertenencia étnica o el lugar donde se vive influyen en la forma en que cada persona experimenta la crisis y en las posibilidades que tiene para recuperarse. Si se obvian estas diferencias, pasa desapercibida una realidad fundamental: las emergencias no afectan a todas las personas de la misma manera.

Durante mucho tiempo, los desastres naturales se analizaron principalmente desde una mirada centrada en los daños visibles (las viviendas destruidas, la infraestructura afectada o las pérdidas económicas). Estos datos son importantes, pero no muestran cómo se reorganiza la vida cotidiana cuando la tierra deja de temblar. Fueron los feminismos y los estudios de género los que comenzaron a cuestionar la forma de comprender las emergencias. Investigadoras como Elaine Enarson demostraron que, aunque los desastres afecten a toda una comunidad, sus impactos no son iguales para todas las personas, porque las desigualdades previas determinan las condiciones de recuperación (desigualdades sociales, económicas, culturales, entre otras). Desde esta perspectiva surgieron nuevas preguntas: ¿Quién consigue agua cuando no hay suministro?, ¿Quién prepara los alimentos?, ¿Quién cuida a las personas enfermas, a niñas, niños o personas mayores?, ¿Quién sostiene la vida cotidiana cuando todo lo demás colapsa?

Estas preguntas hicieron visible algo que históricamente había permanecido fuera de la mirada de los estudios sobre desastres: el trabajo de cuidados. Actividades esenciales para la vida como cocinar, limpiar, cuidar, acompañar emocionalmente o garantizar el bienestar del hogar; recaen principalmente sobre las mujeres y rara vez son reconocidas como trabajo. Cuando ocurre una emergencia, esta carga aumenta. Las mujeres no solo enfrentan pérdidas materiales; sino que también buscan alimentos, cuidan a familiares, gestionan refugios temporales y sostienen emocionalmente a sus familias, y la mayoría de las veces sin apoyo suficiente. Porque, incluso en medio de una emergencia, la vida no se detiene.

Cuando las necesidades no son iguales: mujeres e infancias en el centro

Aunque un desastre transforme completamente las condiciones de vida de una comunidad, las personas siguen teniendo necesidades específicas relacionadas con sus cuerpos, sus ciclos de vida, sus responsabilidades y las condiciones que atraviesan sus experiencias. Reconocer estas desigualdades permite entender que una emergencia no suspende las necesidades que existen en la vida cotidiana. Las mujeres no viven la emergencia de manera uniforme. La menstruación no se detiene durante un desastre, por lo que continúan siendo necesarias condiciones básicas para garantizar la higiene y la dignidad: productos de gestión menstrual, acceso a agua limpia y espacios privados. Los embarazos tampoco se detienen. Las mujeres embarazadas requieren controles prenatales, nutrición adecuada y atención médica segura, incluso cuando los servicios de salud se encuentran afectados o limitados por la crisis. Una atención obstétrica oportuna puede ser determinante para la vida de la madre y el bebé.

Las mujeres lactantes enfrentan desafíos adicionales en contextos de emergencia. El estrés, la incertidumbre, la falta de privacidad y las condiciones precarias pueden afectar la lactancia y aumentar la presión sobre quienes tienen la responsabilidad de alimentar y cuidar a sus bebés. Las mujeres mayores también requieren una atención diferenciada. Muchas pueden vivir con enfermedades crónicas, movilidad reducida o depender de medicamentos y apoyos que pueden interrumpirse o perderse durante un desastre, generando mayores barreras para acceder a la ayuda y a los servicios disponibles. De igual manera, las mujeres con discapacidad enfrentan obstáculos adicionales: dificultades de movilidad, falta de accesibilidad en refugios y servicios, interrupción de apoyos técnicos y mayores riesgos de aislamiento y exclusión. Estas barreras no aparecen únicamente durante la emergencia, pero una crisis puede profundizarlas y limitar aún más su autonomía y participación.

A todas estas situaciones se suma una dimensión menos visible: el impacto emocional. Muchas mujeres sostienen emocionalmente a sus familias mientras atraviesan sus propias pérdidas, duelos, miedos y agotamiento. La emergencia no solo les exige enfrentar las consecuencias del desastre, sino continuar sosteniendo la vida cotidiana en medio de la incertidumbre. Esta combinación de desigualdades y sobrecarga de responsabilidades puede aumentar riesgos de protección que ya existían antes de la emergencia. La violencia basada en género, la separación familiar, el abuso, la explotación, la trata de personas, el trabajo infantil, el matrimonio temprano, la discriminación, el maltrato y las barreras para acceder a servicios esenciales como salud, agua o educación; son riesgos de protección que se profundizan después de un desastre. Muchos de estos riesgos tienen raíces en desigualdades sociales y estructurales que históricamente se profundizan con la emergencia y se hace más difícil su prevención y respuesta.

Por otra parte, las niñas, niños y adolescentes también viven las emergencias de manera diferenciada. Para ellos, perder una vivienda o cambiar de entorno no significa únicamente una pérdida material; también implica la interrupción de rutinas, vínculos y espacios seguros que son fundamentales para su desarrollo. Al depender de las personas adultas para su protección y cuidado, las infancias enfrentan mayores riesgos cuando las familias se desplazan, los servicios colapsan o los mecanismos comunitarios de protección se debilitan. En estos contextos pueden aumentar situaciones como la separación familiar, la violencia, la violencia sexual, el trabajo infantil, la explotación, el matrimonio temprano o la negligencia.

Además de estos riesgos visibles, las emergencias dejan huellas emocionales que pueden permanecer en el tiempo: miedo, ansiedad, cambios de comportamiento, dificultades para dormir o concentrarse y afectaciones en su desarrollo. Proteger a la infancia no significa únicamente garantizar la supervivencia. Significa recuperar, lo antes posible, aquellos espacios que les permiten sentirse seguros, aprender, jugar y desarrollarse en entornos donde sus derechos sean respetados. Reconocer estas necesidades diferenciadas no significa establecer que unas vidas tienen más valor que otras. Significa comprender que las personas no enfrentan una emergencia desde las mismas condiciones y que, por tanto, una respuesta adecuada debe considerar las desigualdades que atraviesan sus experiencias.

Mirar a las mujeres y las infancias en el centro implica reconocer los riesgos que enfrentan, pero también su capacidad de participación, sus saberes y el papel fundamental que tienen en la recuperación de sus comunidades. Su agencia.

¿Qué significa colocar la vida en el centro?

Colocar la vida en el centro significa reconocer que las emergencias no solo afectan infraestructuras, territorios o medios de vida; también afectan las redes, los vínculos y las condiciones que hacen posible la existencia cotidiana. Los desastres ocurren en sociedades donde ya existen desigualdades, formas diferenciadas de acceso a recursos y una distribución desigual de las responsabilidades de cuidado. Por ello, responder ante una emergencia no puede limitarse a atender los daños visibles. También implica mirar quiénes sostienen la vida cuando todo cambia, qué apoyos necesitan y cómo se distribuyen las responsabilidades de cuidado.

Desde los feminismos, las políticas de cuidado han permitido visibilizar que cuidar a niñas y niños, acompañar a personas mayores, atender a personas con discapacidad, sostener emocionalmente a las familias y garantizar las condiciones básicas para la vida cotidiana NO SON tareas individuales ni responsabilidades exclusivas de las mujeres, sino responsabilidades sociales que requieren reconocimiento y apoyo. En contextos de emergencia, esta mirada resulta fundamental. No basta con reconstruir viviendas o restablecer servicios si no se consideran las barreras que enfrentan las personas para acceder a la ayuda, participar en las decisiones y recuperar sus proyectos de vida.

Una respuesta que coloca la vida en el centro escucha a las comunidades, reconoce los saberes de las mujeres, fortalece las redes de apoyo y garantiza condiciones para que quienes han sido históricamente más afectadas puedan recuperarse con dignidad. Esto implica incorporar una mirada de género y protección que permita prevenir la violencia, reducir las desigualdades y asegurar que mujeres, niñas, niños, adolescentes, personas mayores y personas con discapacidad sean consideradas en la planificación y respuesta ante las crisis. Porque reconstruir después de una emergencia no significa únicamente levantar edificios, reparar carreteras o recuperar infraestructura. Significa crear las condiciones para que las personas puedan volver a vivir con seguridad, dignidad y derechos.

Al final, una nación no se recupera solo cuando sus estructuras vuelven a levantarse; se recupera cuando quienes sostenemos la vida cotidiana también cuenten con condiciones necesarias para hacerlo.

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Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Niyireé Baptista

Autor/a Niyireé Baptista

Caraqueña, feminista, defensora de derechos de las mujeres y las infancias. Mujer, joven, madre, motorizada lectora y con muchas ganas de vivir. Observadora cotidiana de las vidas que transcurren en los bordes. Académica, coordina diversos proyectos sociales y de investigación, escribe para no enloquecer del todo. Esta columna es su manera de pensar(se) y narrar(se) desde la ciudad y sus mujeres.

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