El Ășltimo cuento de hadas: La princesa que ya no besa sapos

El Ășltimo cuento de hadas: La princesa que ya no besa sapos
septiembre 6, 2024 Aglaia Berlutti
feminismo

Esta historia comienza asĂ­: Un amigo me envĂ­a por correo electrĂłnico un «inspiradĂ­simo» texto, donde segĂșn me comenta, se celebra a la «mujer real». Te va a gustar, insiste. Es una de esas visiones «realistas» sobre la mujer, añade. Entusiasmada, comienzo a leer y encuentro que lo que me enviĂł es algo asĂ­ como el manual de instrucciones del tipo de mujer de la que todo hombre debe enamorarse. ÂĄAh
 quĂ© bonito! Pienso con cierta cautela, mientras leo las palabras del autor, que con tintes poĂ©ticos comienza a enumerar cosas como: «EnamĂłrate de una mujer que no mate hormiguitas sĂłlo porque puede, enamĂłrate de la que agarra la hormiguita en la uña y la devuelve a su filita. Eso significa que es buena y capaz de apiadarse de los que no tienen las mismas herramientas que ella».

Bueno, me digo un poco incĂłmoda. Un punto menos para para mĂ­: no sĂłlo no las rescato con la uñita sino que ademĂĄs las pisoteo, les echo insecticida, y por si eso fuera poco, cuando era niña, las amenazaba con una lupa gigantesca y luz solar. ÂżSoy demonĂ­aca? me pregunto tomĂĄndome un sorbo de cafĂ©. ÂżSoy del tipo de mujer que hay que tener cuidado si te la tropiezas? ÂżEstoy loca por tener un lado no-tan-amable y disfrutarlo? ÂżSoy la mujer temible, la que preocupa a los padres solo por matar hormiguitas? ÂżQuĂ© tan lejos me encuentro de ese estereotipo de lo extraordinario que se le achaca a la mujer? ÂżEsa imagen estĂĄtica, sin fisuras que la condena —sĂ­, esa es la palabra que quiero usar— a la abnegaciĂłn y eterna amabilidad? Se me escapa una risita incĂłmoda. Estoy exagerando, es eso. Siempre mi imaginaciĂłn se desboca a la mejor provocaciĂłn. Bueno, veamos que mĂĄs dice esto.

Tomo una bocanada de aire para continuar leyendo: «EnamĂłrate de una mujer que sepa cocinar, que le guste lavar platos o que tenga real como para comprar un lavaplatos. Trust me on this one». ÂżY quĂ© ocurre como la que como yo no tiene remota idea de lo que se hace en la cocina? ÂżO que simplemente no quieren hacerlo? Recuerdo en una imagen casi cinematogrĂĄfica, las quince veces —sĂ­, quince— que durante el año he quemado ollas y sartenes intentando cocinar algo medianamente comestible. TambiĂ©n recuerdo la pila de platos sucios que justamente estĂĄ en la cocina ahora mismo —y lo va a estar un rato mĂĄs— y me pregunto por quĂ© motivo eso puede hacerme que me quieran menos. El motivo por el cual mi habilidad —o responsabilidad— sobre el cuidado de la cocina representa alguna visiĂłn sobre lo deseable que puedo o no ser.

Pero vayamos mĂĄs allĂĄ de esa evidente broma: ÂżAlguna vez se le exige a un hombre que sepa cocinar? ÂżQue quiera lavar platos? EstĂĄ bien, hagĂĄmoslo menos «feminista» —ajĂĄ, ya sĂ© lo que estĂĄ pensando algĂșn lector—, hagĂĄmoslo real. ÂżPor quĂ© esperar enamorarnos de alguien que pueda satisfacer exigencias? ÂżPor quĂ© exigir caracterĂ­sticas a esa emociĂłn tan abstracta, personal y carente de sentido como lo es el amor? ÂżPor quĂ© es necesario que el amor tenga algo que complacer? ÂżNo puede ser el amor libre, un juego de dos, un experimento destinado a triunfar, una manera de comprenderte a travĂ©s de las diferencias? ÂżPor quĂ© debes enamorarte de alguien que te complazca? ÂżNo es como muy sencillo eso? ÂżNo es muy fĂĄcil amar al que te lo hace sencillo? ÂżAl hombre que siempre sonrĂ­e? ÂżA la mujer que no te contradice? ÂżAl hombre que es muy parecido al estereotipo del «prĂ­ncipe azul» que te enseñaron a creer que existĂ­a? ÂżLa mujer que te dice que sĂ­ porque tiene miedo de perderte? ÂżCuĂĄnto tarda la realidad en escapar por las rendijas? ÂżPor cuĂĄnto tiempo puedes fingir siempre decir que sĂ­ cuando quieres decir que no? ÂżPor cuĂĄnto tiempo necesitarĂĄs lavar platos para que te sigan queriendo? ÂżY cuĂĄndo no quieras hacerlo? ÂżCuĂĄndo te provoque simplemente flojear, en pijama y cafĂ© en mano, mirando hacia otro lado el orden, las buenas costumbres? ÂżEl amor no sobrevive a las sobras del almuerzo? ÂżEl amor no sobrevive a las grietas pequeñitas de la realidad?

En una ocasiĂłn, uno de mis ex me acusĂł de distraĂ­da. De mirar hacia otra parte en todas las ocasiones especiales, de no responder llamadas telefĂłnicas de inmediato. De estar obsesionada con libros, cĂĄmara y cuadernos cuando deberĂ­a «estarlo con la vida». Me lo dijo en un tono condescendiente y en apariencia cariñoso que por esas cosas por completo inexplicables de mi carĂĄcter, me enfureciĂł aĂșn mĂĄs. Lo escuchĂ© durante largos minutos, olvidando por momentos el sonido de su voz y mirando sus labios moverse, articular las frases como una seguidilla de movimientos. ÂżSomos conscientes del hecho que la otra persona es una complejidad inabarcable?m e preguntĂ© en silencio, doblando una servilleta de papel sobre la mesa del lugar donde nos encontrĂĄbamos. Un misterio incompleto que jamĂĄs se revela. Una mirada hacia una percepciĂłn en ocasiones decepcionante sobre ese romanticismo a medias que nadie puede definir. Un doblez en la servilleta, recordĂ© todas las ocasiones en que habĂ­a dicho sĂ­ para complacerle. Otro doblez: las sonrisas fingidas, el aceptar que «quizĂĄs no es tan malo». Otro doblez: esa sensaciĂłn de «esforzarte demasiado», la crĂ­tica dolorosa. MirĂ© el mĂ­nimo cuadrado de papel que sostenĂ­a en la palma de la mano con el extraño pensamiento de verme reflejada en sus pequeñas rupturas.

—Creo que esto estĂĄ funcionando mal —dije entonces. Y fue como si siempre lo hubiese sabido. QuĂ© liberador resultĂł —o quizĂĄs nunca funcionĂł.

La manera como uno recuerdas las cosas, Âżno? Pero sigamos leyendo. A estas alturas, me he tomado tres tazas de cafĂ© y estoy muy exaltada, casi de mal humor. Ah, seguramente ya no me merezco el amor del esforzado autor del artĂ­culo, que insiste: «EnamĂłrate de una mujer que hable bastante, para que tĂș no tengas que hacerlo. La parte fĂĄcil es tuya: asiente y sonrĂ­e como si tuvieras idea de lo que estĂĄ hablando». Algo asĂ­ como «enamĂłrate de alguien que no te interese cĂłmo piensa, ni sus opiniones. Tu mueve la cabeza y mira sus tetas». ÂżExagero verdad? Claro, seguramente es eso. Y ademĂĄs exagero en esperar enamorarme —y que se enamore de mí— alguien que le guste escucharme, que se rĂ­a de mis chistes —malos— o no se tome a mal cuando me quedo callada, mirando fijamente a mi interlocutor, solo por gusto.

Hablo que segĂșn esta cuidadosa lista, quien se debe enamorar de mĂ­, debe ignorar que me gusta pensar y todo tipo de cuestiones complejas, que hablar para mĂ­ es un instrumento de valiosa comunicaciĂłn, que me gusta escuchar, que disfruto haciĂ©ndolo. Que amo debatir sobre polĂ­tica, ciencia, literatura, historia, cultura pop. Que paso buena parte de mi vida debatiendo sobre multiversos, astrofĂ­sica, libros en lectura o en trĂĄnsito de hacerlo. Que me gusta interrumpir, que las discusiones entre risas y con voz muy alta son mis favoritas. Que el amor nace de esas largas tardes de complicidad, de los secretos que se dicen por accidente, de las contradicciones, de las anĂ©cdotas de la niñez, de las lĂĄgrimas que empapan las palabras, de los temores que se esconden a veces en ellas. Ese es el amor de las largas conversaciones, de las que se cortan con besos, de las que culminan en orgasmos. No el amor del sĂ­gueme-la-corriente. No el amor del te-digo-que-si-porque-no-me-interesas-tanto-para-decirte-que-no.

Ya estoy estoy francamente disgustada. Pero sigo leyendo. Mira que soy terca, pienso comiĂ©ndome las uñas de furia, insistiendo en terminar aquel texto pendejo sĂłlo por entender esa visiĂłn facilista, necia y agrietada sobre el amor, la mujer, las relaciones y el tiempo que las crea. Pero tengo que leer dos veces cada pĂĄrrafo: estoy pensando en la realidad, en las veces que me he enamorado. De mi primer amor, que era mĂșsico y peludo y que le encantaba leer mis cuentos de terror. A cambio yo le escuchaba tocar su guitarra elĂ©ctrica y en mis enfurecidos diecisĂ©is, me sentĂ­a enloquecer de amor. Una conversaciĂłn de pasiones. O de aquel rebelde con causa del que me enamorĂ© en la universidad: era socialista y yo algo asĂ­ como descreĂ­da y tenĂ­amos demenciales discusiones que terminaban en besos y jadeos. Los amores fugaces, los atormentados, los extravagantes, los discretos. El amor ha sido generoso conmigo: siempre he sido muy querida y a cambio, yo he querido mucho tambiĂ©n. Y me han querido con mi aficiĂłn a matar hormigas, mis platos sucios, mis largos silencios o mis crisis parlanchinas. Y yo he querido a pesar de las discusiones, de las rarezas, de las locuras. Porque el amor es eso: una especie de comuniĂłn sin sentido, una especie de creaciĂłn de pura y profunda fe.

Pero sigo leyendo, esto lo tengo que terminar, pienso furiosa. Lo hago, con el Ășltimo sorbo de la cuarta taza de cafĂ© y repitiendo en voz alta la frase que cierra aquella lista de caprichos, esa extraña visiĂłn de la mujer que complace y el hombre que recibe y nada mĂĄs: «EnamĂłrate de una mujer que ame y deje amar. Que sea y deje ser. EnamĂłrate de mĂ­ o de alguien como yo, para que no me duela tanto». Ah, una idea lĂłgica, pienso con una sonrisa casi maligna, de esa que esbozo cuando mato a las hormigas o no lavo los platos. ÂżQuieren que se enamoren de ti, ilustre desconocido? ÂżQuieres a alguien que te ame siendo y dejĂĄndote ser? Te comprendo, claro. Es el sueño de todo el que aspira a ser querido. De manera que te darĂ© un consejo, que nadie me ha pedido: Si quieres que alguien se enamore de ti, empieza por romper esta lista. AsĂ­ de sencillo es. Toma tus aspiraciones, tus exigencias, tus delirios y tu visiĂłn limitada de la mujer y comienza a mirar a la que rĂ­e a carcajadas, a la callada, a la que tropieza, a la que es terrible ama de casa, a la confusa, a la que no es abnegada, a la que le gusta gritar, a la que no quiere escuchar. La libre, la furiosa, la inspirada, la que dice groserĂ­as, la que vive intensamente.

En suma, enamĂłrate, ahora sĂ­, de una mujer de verdad.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artĂ­culos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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