El patriarcado nos quiere débiles. Siempre lo ha querido. Pero ahora tiene nuevas herramientas, nuevas estéticas y nuevos nombres científicos para justificar lo de siempre: un cuerpo femenino que ocupe poco espacio, que no moleste, que no interrumpa, que no incomode. Un cuerpo fácil de controlar porque está demasiado cansado para rebelarse.
No es nuevo.
Es reciclaje patriarcal con branding actualizado.
En los años 90, la industria de la moda nos vendió la idea de que lucir enferma era sofisticado. Cuerpos esqueléticos, con cara de insomnio crónico, la apariencia de alguien que no ha comido ni dormido bien en semanas. Lo llamaron heroin chic porque evocaba la apariencia de alguien consumido por la adicción a la heroína. Lo pusieron en las portadas de las revistas hasta convertirlo en aspiración. En algún punto de esta locura alguien se dio cuenta y lo comenzamos a criticar, nos indignamos y lo denunciamos y honestamente creímos haberlo superado.
Plot twist: no lo superamos. Solo lo pausamos.
Y aquí estamos otra vez.
Ahora no te dicen “no comas”. Ahora te dicen “optimiza tu cuerpo”.
No te venden hambre, te venden “control”.
No es una imposición, es una “decisión personal”.
Claro. Porque nada grita libertad como perseguir exactamente el mismo estándar de siempre.
Hoy la extrema delgadez está de regreso con una fuerza renovada, potenciada por algoritmos que la premian y por una industria farmacéutica que encontró en el cuerpo de las mujeres su nuevo mercado de lujo.
El Ozempic entra en escena, un medicamento creado para tratar la diabetes tipo 2 que funciona y que salva vidas, ahora convertido en el método de adelgazamiento de moda. Celebridades, influencers, mujeres con acceso económico suficiente empezaron a usarlo masivamente no por razones médicas sino estéticas. Y de repente, un nuevo estándar de delgadez, empezó a circular como si fuera simplemente cuestión de voluntad. El efecto colateral más perverso es que las personas que lo necesitan médicamente están enfrentando desabastecimiento porque el mercado estético lo agotó primero.
Todo listo, el mercado hizo lo suyo. El patriarcado también.
Y todo esto no ocurre en el vacío. Hace unos años algo hermoso empezó a moverse. El movimiento body positive, que no nació en Instagram por cierto, sino en la rabia legítima de mujeres que estaban hartas de ser tratadas como errores andantes, tiene sus raíces en los años 60, cuando mujeres cuyos cuerpos no encajaban en el estándar decidieron reclamar el derecho a existir sin vergüenza. Pero fue en la era digital donde ese movimiento encontró un nuevo impulso, justo cuando el feminismo estaba incomodando con toda su fuerza, cuando el Me Too sacudía estructuras y Ni Una Menos llenaba las calles de cuerpos que ya no pedían permiso. Los dos se retroalimentaban. Por un momento pareció que íbamos hacia algún lugar distinto, que algo estaba cambiando de verdad.
Pero entonces ocurrió lo que siempre suele ocurrir cuando algo que “no conviene” crece demasiado. El movimiento fue vaciado de su contenido político. Las marcas lo convirtieron en estrategia de marketing. En las redes influencers y celebridades lo redujeron a un hashtag de autoestima sin ninguna lectura crítica del sistema. Lo que nació como una denuncia radical contra la opresión estética terminó siendo un filtro de Instagram con un mensaje motivacional. Y cuando el body positive perdió sus dientes, cuando dejó de ser una herramienta de resistencia para convertirse en tendencia de consumo, el terreno quedó libre para el retroceso.
¡Qué enorme casualidad!
Justo en el momento en que el movimiento feminista pareciera comenzar a fragmentarse, justo cuando los movimientos ultraconservadores ganan terreno en las urnas y en las instituciones, justo cuando los derechos que tardamos décadas en conquistar comienzan a ser desmantelados uno por uno, justo en ese momento vuelve la moda del cuerpo que desaparece. Vuelve la delgadez extrema como ideal. Vuelve la mujer frágil, etérea, que no ocupa espacio, como modelo de belleza. No es coincidencia. Es un patrón que se repite cada vez que las mujeres avanzamos demasiado para la comodidad de quienes nos prefieren quietas. Cada vez que nos fortalecemos, aparece un mecanismo nuevo para debilitarnos. A veces es una ley. A veces es una moda.
Porque un cuerpo desnutrido no marcha, no organiza, no resiste. Tiene frío, tiene fatiga, tiene niebla mental. Un cuerpo que consume quinientas calorías al día no tiene combustible para la indignación sostenida que exige este momento histórico. Por eso cada vez que las mujeres ganamos terreno, aparece algún mecanismo nuevo para recordarnos que nuestro valor sigue siendo estético. Que nuestro cuerpo sigue siendo ajeno. Un cuerpo fuerte y sano tiene energía para decir que no, para organizarse, para ocupar espacios que no le fueron asignados. Por eso nos lo quieren quitar.
Según la ANAD (Asociación Nacional de Anorexia Nerviosa y Trastornos Asociados), la anorexia nerviosa tiene una de las tasas de mortalidad más altas de todos los trastornos psiquiátricos. No es un dato menor. Es una consecuencia directa de décadas de bombardeo estético sistemático que le dice a las mujeres que su cuerpo es un problema a resolver. Y ahora, con el regreso del heroin chic y la normalización del Ozempic como accesorio de lujo, estamos a la espera de una nueva ola. Ya se está viendo en redes sociales el regreso de comunidades que celebran e instruyen la anorexia, espacios que fueron prohibidos, que volvieron bajo nuevos nombres, con nuevas estéticas, pero con el mismo mensaje de siempre: desaparece. Esto no es una tendencia de moda. Es una crisis de salud pública con cara de glamour.
Sé que esto puede sonar radical y no me importa:
- Comer es político.
- Descansar es político.
- Ocupar espacio —físico, simbólico, emocional— es profundamente político en un sistema que te quiere pequeña.
Y no, no estoy hablando de “amar tu cuerpo” en versión Pinterest. Estoy hablando de algo mucho más incómodo: Estoy hablando de tener un cuerpo que te permita vivir y vivir bien. Tu cuerpo no es tu proyecto de vida y mucho menos debería ser el de alguien más. Tu cuerpo es la herramienta con la que habitas el mundo. Cuídalo porque te necesitas entera, no porque alguien decidió que esta temporada delgada es sinónimo de valiosa.
Si estás peleando contra un trastorno alimentario, o si sientes que esta tendencia te está afectando, no estás exagerando y no estás sola. Lo que sientes tiene nombre y tiene contexto político. No es debilidad tuya, es el resultado de un sistema que lleva siglos diciéndoles a las mujeres que su cuerpo es demasiado.
El patriarcado nos quiere débiles, pero recuerda que somos nosotras quienes elegimos estar enteras.