Nunca me gustó llorar delante de la gente, nunca me gustó sentirme vulnerable frente a otros. Había algo dentro de mí que asociaba las lágrimas con perder poder, como si mostrar dolor fuera entregar un pedazo de dignidad. Pero migrar cambió todo. Porque hay dolores que no se pueden disimular, duelos que se te salen por los ojos aunque intentes contenerlos. Migrar te rompe el idioma, la rutina, la identidad, el orgullo. Te obliga a empezar desde cero mientras finges que puedes con todo.

Mi primer día de trabajo en Memphis, una compañera me preguntó cómo era el clima en Caracas. Y apenas empecé a hablar, lloré. En mi defensa: era mi primer invierno. Pero no lloraba por el clima. Lloraba por el sol que extrañaba, por mi ciudad, por mi casa, por la versión de mí que había tenido que dejar atrás. También lloré en un supermercado porque no entendía lo que me decía la cajera, lloré porque quería pedir delivery y terminé pidiendo pick up, lloré por sentirme perdida, torpe, extranjera. He llorado frente a desconocidos, frente a compañeros de trabajo, frente a personas que probablemente nunca imaginaron que detrás de mi acento había tanto cansancio acumulado.

Al principio me daba pena. Después entendí algo importante: el problema nunca fueron mis lágrimas. El problema era vivir en un mundo que me enseñó a avergonzarme de ellas. Porque llorar no me hizo más débil. Me hizo humana. Y hay algo profundamente revolucionario en permitirnos ser humanas en una sociedad que constantemente nos exige ser máquinas productivas, fuertes, resilientes, que sonrían incluso cuando se están cayendo a pedazos.

Nos enseñaron que llorar era debilidad.

Que las lágrimas eran una grieta, una falla, algo que había que esconder rápidamente antes de que alguien pudiera verlo. El patriarcado hizo algo muy inteligente y muy cruel: convirtió la vulnerabilidad en vergüenza. Y luego le puso género. Llorar pasó a ser «cosa de mujeres». Y como todo lo asociado a las mujeres en una sociedad machista, automáticamente perdió valor.

Pero esto no fue accidental. El patriarcado construyó un sistema de valores donde todo lo femenino quedó del lado de lo inferior y todo lo masculino del lado del poder. Las emociones, la sensibilidad, el cuidado, la empatía, todo eso, fue catalogado como femenino y por lo tanto descartado como algo menor, irracional e incontrolable. Las lágrimas se convirtieron en sinónimo de histeria, de drama, de debilidad, de incapacidad. Una mujer que llora no es tomada en serio. Una mujer que llora en una reunión de trabajo pierde autoridad. Una mujer que llora en público es «demasiado emocional» para liderar, para decidir, para ser escuchada.

Y aquí viene la ironía que a mí todavía me cuesta sostener sin indignarme: mientras a nosotras nos descalifican por llorar, los hombres llevan siglos liderando el mundo desde la violencia. Y la violencia también es una emoción. Una de las más primitivas y destructivas, pero una emoción al fin. Solo que a esa nunca le pusieron el letrero de «demasiado emocional para gobernar». Al contrario. Un hombre que golpea la mesa tiene carácter. Un hombre que eleva la voz tiene presencia. Un hombre que intimida tiene liderazgo. Un hombre que destruye tiene decisión. Hoy los vemos hacer berrinches en público, tomar decisiones desde el ego herido, arrastrar países enteros a guerras que no son más que el capricho de machos resentidos que nunca aprendieron a procesar una derrota. Y a eso lo llamamos política. A eso lo llamamos poder.

Dicho esto, y porque creo en la honestidad más que en los discursos cómodos, no estoy diciendo que todos los hombres sean violentos. Hay hombres que lloran, que sienten, que han desafiado lo que el patriarcado les impuso y han elegido otra forma de estar en el mundo. El problema no son los hombres, el problema es el sistema que a muchos de ellos también los mutiló emocionalmente desde la infancia. Tampoco estoy diciendo que las mujeres seamos ajenas a la violencia. En un mundo que asocia la violencia con el poder, muchas mujeres han aprendido a ejercerla también, porque es el único lenguaje que el sistema reconoce. El patriarcado no nos hace automáticamente mejores, nos hace víctimas de las mismas lógicas que critica el feminismo.

Lo que sí estoy diciendo es que el patriarcado nos ha querido quitar hasta la libertad de sentir. Construyó una jaula emocional para todos, pero con reglas distintas: a ellos les prohibió las lágrimas y les permitió la rabia. A nosotras nos permitió la tristeza siempre que encontráramos la forma de hacerla  silenciosa .

Y así, sin que nadie lo declarara abiertamente, aprendimos a tragarnos el dolor.

A los hombres les dijeron que llorar los hacía menos hombres. A nosotras nos enseñaron que llorar nos hacía exageradas, inestables, dramáticas, incapaces de liderar, demasiado emocionales para ser tomadas en serio. El resultado fue el mismo para todos: aprender a desaparecer mientras nos rompíamos. Porque sí, lloramos, mujeres y hombres, pero casi siempre a escondidas. En el baño, en silencio, en la ducha para que nadie escuche, en el carro antes de entrar al trabajo. Con la diferencia de que a nosotras además nos toca pedir disculpas mientras lloramos, como si sentir fuera una falta que hay que justificar.

Qué distinto sería el mundo si la violencia diera tanta vergüenza como llorar. Si nos hubieran enseñado a nombrar el dolor en lugar de convertirlo en rabia. Si les hubieran dicho  a los hombres que llorar no los hace menos hombres, pero golpear, gritar, humillar o destruir a otros sí debería avergonzarlos. Quizás si hubiéramos criado generaciones capaces de llorar sin culpa, tendríamos menos personas incapaces de gestionar su dolor sin herir a otros.

El patriarcado tolera mejor nuestra tristeza silenciosa que nuestra vulnerabilidad visible. Porque una mujer que llora en público incomoda, interrumpe, rompe el personaje de «la mujer que puede con todo». Y además recuerda algo fundamental: no nacimos para soportarlo todo. Por eso reivindicar el llanto también es feminista. Porque llorar no es rendirse, no es fracasar, no es ser menos capaz o menos fuerte. A veces llorar es exactamente lo contrario: es dejar de violentarnos a nosotras mismas fingiendo que no duele.

He aprendido que las lágrimas son una forma de honestidad, una descarga necesaria, una manera del cuerpo de decir «esto me atravesó». Y después de tantos años escondiéndome para llorar, hoy entiendo que no quiero seguir castigándome por sentir. Porque el mundo ya tiene demasiada gente emocionalmente mutilada. Quizás la verdadera rebeldía sea esta: sentirlo todo y seguir adelante igual. Llorar, respirar, limpiarse las lágrimas y continuar.

Sin vergüenza. Sin escondernos más.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Veronica Arvelo

Autor/a Veronica Arvelo

Abogada de profesión y escritora por afición. Libre pensadora, viajera incansable y lectora insaciable. Leo, aprendo, vivo y me reinvento. Cuenta Instagram: @eldiariodevarda

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