El entusiasmo con el que el Foro de Davos volvió a declarar la igualdad de género como prioridad económica me dejó una sensación ambivalente, porque por un lado lo que afirma en buena medida suena racional y convincente, pero por el otro, la lógica que lo sostiene y las implicaciones políticas de ese encuadre no son tan fáciles de digerir.
La insistencia en presentar la igualdad como una “estrategia inteligente” para el crecimiento económico revela hasta qué punto el reconocimiento de los derechos de las mujeres continúa dependiendo de su capacidad de generar rentabilidad, como si la justicia necesitara justificarse en los términos del mercado para ser tomada en serio.
El reporte emanado del 56º Foro Económico Mundial (realizado del 19 al 23 de enero de 2026 en Davos, Suiza, bajo el lema «Un espíritu de diálogo», con la asistencia de más de 3 mil líderes) se apoya en cifras contundentes que prometen billones adicionales al producto interno bruto si se cerraran las brechas de participación laboral, construyendo un argumento que resulta eficaz para atraer la atención de gobiernos e inversores, pero que no se detiene a considerar el terreno de lo posible.
Cuando la igualdad se formula en clave de retorno financiero, el horizonte de transformación queda condicionado por aquello que puede ser medido, monetizado y escalado, mientras quedan en segundo plano dimensiones fundamentales de la vida de las mujeres que no producen beneficios inmediatos ni visibles en los balances.
Por un lado, se reconoce que ninguna economía ofrece igualdad real de oportunidades, lo que comprueba la existencia de estructuras profundas de desigualdad; por otro, las soluciones propuestas se concentran en mejorar la eficiencia del gasto, movilizar capital privado y ajustar métricas de inversión. La desigualdad aparece así, como una falla que puede corregirse con mejores instrumentos financieros, evitando una discusión más incómoda sobre las relaciones de poder que sostienen esas brechas.
En este reporte se presenta la inversión con perspectiva de género como una herramienta que combina impacto social y rentabilidad, apoyada por datos que muestran mejores resultados en fondos con liderazgo equilibrado y en empresas que promueven la participación de las mujeres. Sin embargo, el énfasis en estos casos exitosos corre el riesgo de construir una narrativa selectiva que privilegia a aquellas mujeres que ya logran insertarse en los circuitos del capital, dejando fuera a la enorme mayoría que enfrenta condiciones de precariedad, informalidad o exclusión estructural.
El propio informe reconoce el enorme déficit de financiamiento que enfrentan las pequeñas y medianas empresas lideradas por mujeres, así como la persistente invisibilización del trabajo de cuidados no remunerado, que representa una porción significativa de la economía global y justamente, este reconocimiento, abre una grieta importante en el discurso, que evidencia que el problema no radica únicamente en la falta de inversión, sino en la manera en que el sistema económico define lo que cuenta como valor y lo que queda fuera de sus registros.
Mientras los cuidados sigan siendo considerados un recurso inagotable y gratuito, cualquier estrategia de crecimiento que dependa de la participación femenina continuará apoyándose en una base desigual.
El llamado a redefinir las métricas más allá del PIB apunta en una dirección relevante, aunque todavía incipiente, porque aún cuesta reconocer que la economía no es un espacio neutral sino un campo atravesado por decisiones políticas que distribuyen reconocimiento y recursos. No obstante, el reporte mantiene demasiada confianza en la capacidad de los mercados para adaptarse a estas nuevas métricas, como si bastara con hacer visible el problema para que el capital fluya hacia su solución.
También resulta significativo que entre los principales obstáculos identificados aparezcan la “falta de valentía política, la desalineación del capital y las dificultades de ejecución a gran escala”. Estas barreras apuntan más a la voluntad y a la coordinación que a conflictos de interés o a resistencias menores, lo que suaviza el carácter profundamente político y estructural de la desigualdad de género. La redistribución de recursos, el reconocimiento del trabajo de los cuidados y la necesaria transformación de los mercados laborales, para que cada vez más mujeres tengan una opción real para insertarse en la dinámica económica productiva, no se resuelven únicamente con consensos en foros internacionales.
La narrativa que emerge de Davos logra entonces posicionar la igualdad de género en el centro de la conversación económica global, lo que representa un avance en términos de visibilidad y de legitimidad en espacios históricamente dominados por élites masculinas. El problema es que esa narrativa encierra el riesgo de domesticar las demandas feministas al traducirlas en el lenguaje de la eficiencia, la productividad y el crecimiento.
La tarea que debería seguir a continuación es ampliar el horizonte de transformación planteado para que el feminismo no quede condicionado por un supuesto potencial para generar beneficios, sino que se impulsen cambios dirigidos a plantear la redistribución del poder, del tiempo y de los recursos, colocar en el centro la vida y la justicia como criterios irrenunciables, para a partir de allí, reorganizar la economía y sus prioridades. Pero esto de Davos, es un nuevo saludo a la bandera.

