El feminismo moderno y la discusión necesaria

El feminismo moderno y la discusión necesaria
marzo 28, 2022 Aglaia Berlutti
feminismo

La palabra feminista es incómoda, y lo es porque describe no sólo un movimiento polĆ­tico, sino tambiĆ©n una perspectiva sobre la cultura en que vivimos y, sobre todo, la fĆ©rrea estructura social que sostiene a nuestra Ć©poca. De manera que ser feministaā€”ā€Šo declarase como tal, sin medias tintas ni tampoco matices al respectoā€Šā€”ā€Šconlleva un riesgo. O, mejor dicho, un enfrentamiento directo con la percepción de lo femenino contemporĆ”neo, sus implicaciones y limitaciones históricas.

El feminismo evade cualquier explicación sencilla y se sustrae de cualquier anĆ”lisis que desmenuce sus objetivos en un esquema de valores. En otras palabras, se trata de una reflexión evidente y consecuente sobre lo que la mujer puede ser y lo que puede aspirar. Una visión sobre la identidad del individuoā€Šā€”ā€Šy su percepción colectivaā€Šā€”ā€ŠaĆŗn incompleta, desprovista de elementos esenciales y lo que es aĆŗn peor, de profundidad.

Es un conocimiento que no puede olvidarse una vez que se aprende. Hace aƱos, una de mis parejas decidió que nuestra relación no podĆ­a prosperar por mis ideas polĆ­ticas. Viviendo en un paĆ­s tan complejo como el mĆ­o, la idea de ā€œpolĆ­ticaā€ tiene mucha relación con la identidad, e incluso con la manera de percibir tu relación con la realidad. De manera que no entendĆ­ muy bien a que se referĆ­a, hasta que me explicó que se tratabaā€Šā€”ā€Šcómo noā€Šā€”ā€Šde mi percepción sobre los derechos de la mujer.

ā€”ā€ŠNo se puede estar siempre pendiente sobre quĆ© lesiona tus derechos y quĆ© noā€Šā€”ā€Šme dijo, con cierto aire de tedio que me dolió mĆ”s que cualquier otra cosaā€Šā€”porque algunas ideas siempre serĆ”n las mismas y nadie las podrĆ” cambiar.

Por supuesto, no me sorprendió en absoluto su punto de vista. Era un hombre muy consciente de su masculinidad. En un país como el nuestro, la percepción sobre lo viril y su circunstancia suele ser compleja, relacionada de manera directa con la forma en la que se analiza la libertad intelectual, moral e incluso económica.

Cuando empezamos a salir, me dejó muy claro que era ā€œel hijo consentido de su madreā€, que sabĆ­a que sólo debĆ­a pedir para recibir de inmediato atención maternal. Por supuesto, en Venezuela la cultura que favorece el privilegio masculino es comĆŗn y se normaliza por completo. Pero no lo sabesā€Šā€”ā€Šo no lo notasā€Šā€”ā€Šhasta que comienzas a comprender las implicaciones de la manera en que se educa a un hombre. En cómo afecta y lesiona esa visión sobre el ā€œmacho vernĆ”culoā€ cualquier planteamiento sobre igualdad y comprensión del otro. No lo entiendes, hasta que te encuentras en mitad de una diatriba constante, agotadora, tan agresiva que te asfixia en muchas maneras secretas y sutiles. Hasta que debes enfrentarte a esa idea para defenderte a ti misma.

No es que se tratara de un hombre agresivo. De hecho, hasta el último día de nuestra relación le consideré el hombre mÔs amable imaginable, el mÔs amoroso. Pero también estaba esa otra interpretación de las cosas, esa noción binaria sobre lo que el hombre y la mujer deben ser, como un peso cultural a cuestas del que pocas veces podíamos desembarazarnos. Y estaba en todas partes: en las cosas simples de la relación, en la forma con la que nos mirÔbamos uno al otro. En esa percepción de lo que éramos en medio de esa ecuación simple del hombre y la mujer tratando de convivir juntos. No es algo sencillo en una cultura como la mía, tan obsesionada con los roles y cÔnones, tan convencida de esa cierta arbitrariedad de decidir qué es lo correcto y lo que no. Con una sociedad empecinada en que la normalidad es sólo una cosa y sólo así debe percibirse. En indicarte el camino a seguir.

La palabra feminista es incómoda, y lo es porque describe no sólo un movimiento político, sino también una perspectiva sobre la cultura y la férrea estructura social que sostiene a nuestra época.

Al principio, fueron pequeƱas cosas: las peleas burlonas por decidir la pelĆ­cula del sĆ”bado, las escaramuzas fugaces sobre quiĆ©n debĆ­a pagar la cena. Eso podĆ­a soportarlo, de hecho lo hacĆ­a con enorme buen humor. Pero despuĆ©s, todo pareció hacerse mĆ”s complejo: el hecho insistente de imponer una opinión sobre otra. Las cada vez mĆ”s frecuentes peleas por ideas y planteamientos contradictorios. ā€œUna mujer es distinta a un hombre y por tanto, ambos avanzan de manera distinta en la relación. El hombre lleva la iniciativaā€, llegó a decirme, en medio de una acalorada discusión sobre el futuro de la relación. SentĆ­ un sobresalto muy claro, un escalofrĆ­o helado que me dejó sin voz.

ā€”ā€ŠLa relación es tan tuya como mĆ­a. Y tengo el mismo derecho que tu de tomar decisiones, de insistir sobre mi punto de vista.

No era la primera vez que nos enfrentÔbamos por algo semejante. Pero sí fue la primera vez en que asumí que algo grave estaba ocurriendo. Que no se trataba de percepciones distintas sobre nuestra relación, sino de algo mÔs profundo. De algo mÔs doloroso y muy relacionado con su punto de vista sobre quién era yo y como afectaba eso nuestra relación. Me recuerdo muy claramente, de pie en mitad del pequeño salón de su apartamento, con una sensación de pequeña tragedia que me dejó agotada y entristecida.

ā€”ā€ŠEn otras palabras, Āædebo aceptar algunas cosas sólo por el hecho que soy una mujer?ā€Šā€”ā€Šle preguntĆ©. Y lo hice esperando lo negara, que aquel hombre inteligente, sensible y moderno me explicara que no se debĆ­a al gĆ©nero, sino a la disparidad de nuestras personalidades, incluso de nuestra opinión sobre el mundo. Pero no lo hizo. Se quedó de pie, mirĆ”ndome con expresión levemente horrorizada.

ā€”ā€ŠĀæPor quĆ© odias a los hombres?ā€Šā€”ā€Šrepuso. Lo dijo como si de verdad lo creyera, como si todas las respuestas a nuestras interrogantes y preocupaciones fundamentales tuvieran una directa relación con esa idea, con esa percepción. SentĆ­ que la garganta se me cerraba con un nudo amargo.

ā€”ā€ŠĀæCómo supones algo asĆ­?

ā€”ā€ŠTodo a lo que re refieres es que tienes derecho porque eres mujer. Que debes hacer esto y lo otro, porque nadie te puede decir quĆ© hacer o cómo pensar. Como si no entendieras que las cosas no son tan simples, que una relación tiene su ritmo. Que las cosas son asĆ­.

Sentí como si recibiera un golpe tan fuerte que me dejara sin aire. Ya no se trataba de pequeñas disparidades de criterio, sino algo mucho mÔs esencial, mÔs profundo y sin duda irreparable. Y aunque la relación terminó unas semanas después, tuve la sensación de que ese día había ocurrido una ruptura dolorosísima sobre algo muy concreto: mi necesidad de ser comprendida como individuo. De encontrarme en igualdad de condiciones con la persona con quien compartiría mi vida.

En los meses posteriores a esa conversación me pregunté muchas veces si él tenía razón, si pasaba buena parte de mi vida enfrentÔndome a algo invisible, a una idea difusa que nunca podría comprender en realidad. Una percepción sobre mí misma irregular e incluso dispareja. ¿Realmente era tan importante ese micro feminismo, como lo llamaba en ocasiones? ¿Esa lucha cotidiana y diaria que daba a diario por reivindicar ciertas ideas tan específicas que en ocasiones parecían incluso simples puntos de honor? No lo sabía y, en esa disyuntiva, me encontré preguntÔndome otra vez sobre el ideal del feminismo, su objetivo.

ā€”ā€ŠEl problema del feminismo es que no es algo que culturalmente se asuma como una lucha vĆ”lidaā€Šā€”ā€Šme dijo M., una de mis profesoras en la universidad y la persona que mĆ”s habĆ­a insistido en brindarme una percepción objetiva sobre lo que el feminismo podrĆ­a serā€Šā€”ā€Šes decir… Āæpor quĆ© luchan las mujeres que militan en la idea? Por equilibrio, equidad e inclusión. ĀæCómo le explicas eso a un hombre que toda su educación estĆ” dedicada y sostenida sobre la idea que es superior, mĆ”s fuerte y sobre todo, mucho mĆ”s competente que la mujer? ĀæCómo le contradices cuando cada elemento social estĆ” hecho para apuntalar esa idea? No es algo sencillo de asimilar.

El feminismo es algo mÔs que una posición política. Es una convicción sobre ideas que trascienden el Ômbito personal y tienen una definitiva influencia en lo que se asume justo y sobre todo, imprescindible para construir una visión sobre el mundo mÔs justa. Y esa versión de la realidad la que le otorga su valor esencial. Después de todo, me digo con frecuencia en medio de debates y anÔlisis incompletos sobre la igualdad, todos somos partes de una interpretación sobre el mundo que aspira a algo mucho mÔs profundo, valioso y preciado que la evidente. Una mirada esperanzada hacia el futuro que construimos a diario. O así lo espero, al menos.

 

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Foto: Ahmer Kalam en unsplash.com

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artĆ­culos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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