En redes sociales se ha vuelto viral un entrenador de fitness en Miami que cuenta con mĆ”s de 300 mil seguidores en Instagram por su peculiar modo de entrenar. Su mĆ©todo: gritar, humillar, decir groserĆas e incluso golpear fĆsicamente a sus alumnas mientras realizan rutinas de pesas y ejercicios con cierto nivel de dificultad.
Lo hace frente a cĆ”maras y sin disimulo, pero lo mĆ”s alarmante no es solo su comportamiento, sino la respuesta entusiasta de quienes le siguen. Comentarios como āĀ”eso sĆ es motivación!ā, āellas saben a lo que vanā o āĆ©l saca lo mejor de ellasā, se repiten sin crĆtica. Una de las alumnas del fĆsico culturista postea orgullosa āel dolor no te rompe, te moldeaā mientras hace lounges con pesas y es obligada a bajar las piernas mĆ”s allĆ” de sus fuerzas.
Pero les tengo una noticia: esto no es motivación. Esto es violencia. La forma en que este entrenador, ademĆ”s de sus agresiones verbales, presenta los cuerpos de las mujeres en sus redes sociales como trofeos, forma parte de ese mensaje cultural mĆ”s amplio āy profundamente arraigadoā de que las mujeres estĆ”n para aguantar abusos. Ćl mismo en un video lo dice a la cĆ”mara: āasĆ es como aprenden las mujeres, a los coƱazosā.
La excusa del consentimiento (āellas aceptan porque siguen yendoā) no es vĆ”lida cuando estĆ” mediada por relaciones de poder, presión social estĆ©tica y la seducción de la visibilidad en redes.
Aunque no siempre se exprese de forma abierta y se niegue y normalice, esta idea estĆ” presente cuando se hace ver que las mujeres solo logran resultados si sufren, si son humilladas, exigidas al lĆmite o incluso castigadas fĆsica o emocionalmente. Es la misma lógica que se usa en la pornografĆa y la prostitución, por lo que no me extraƱa la cantidad de likes que estas publicaciones generan. Es violencia psicológica, fĆsica, estĆ©tica y simbólica.
No es un caso aislado
Este fenómeno no es nuevo ni único. Mi propio entrenador me dice que eso es lo común en programas de alto rendimiento, tanto para hombres como para mujeres, sobre todo disciplinas como el boxeo. El problema con la violencia es que funciona como una espiral con pequeñas manifestaciones al inicio, pero que crece y se multiplica hasta formas mucho mÔs graves.
En Corea del Sur, por ejemplo, el escĆ”ndalo de las gimnastas agredidas por sus entrenadores sacudió al paĆs en 2020, revelando una larga cultura de abuso fĆsico y psicológico en el deporte profesional. En Estados Unidos, el caso de Larry Nassar, mĆ©dico del equipo olĆmpico de gimnasia, evidenció cómo dĆ©cadas de abuso se silenciaron bajo la fachada del rendimiento y el Ć©xito.
MĆ”s cerca de este fenómeno en redes sociales, tambiĆ©n han surgido āgurĆŗs del fitnessā en TikTok y YouTube que utilizan discursos misóginos y tĆ©cnicas humillantes para construir personajes ādurosā que supuestamente logran resultados, pero en realidad refuerzan roles de gĆ©nero tóxicos: un hombre que le pega a una mujer justificado por un contexto que lo permite y normaliza.
No es casual.
Desde mi perspectiva este tipo de dinĆ”micas son condenables porque forman parte de una estructura mayor de control sobre los cuerpos de las mujeres. No es casualidad que este entrenador mayamero presente en sus videos y posts a mujeres. No es casualidad que esos cuerpos estĆ©n hipersexualizados en las publicaciones de sus cuentas. Y no es casualidad que Ć©l, como figura masculina, ejerza dominio verbal y corporal con la excusa del progreso fĆsico.
Lo que nos enseƱa el analizar este caso, es lo que muchas veces se naturaliza y pocas estĆ”n dispuestas a ver: el valor de las mujeres se mide por cómo lucen mĆ”s que por lo que hacen o logran. El uso de imĆ”genes que destacan de forma insistente la apariencia fĆsica de las mujeres, especialmente a travĆ©s de poses, Ć”ngulos o vestimenta que centran la atención en zonas especĆficas del cuerpo, contribuye a reforzar una cultura en la que se invisibilizan aspectos clave como el esfuerzo, la salud o la autonomĆa personal y pone en primer plano una mirada masculina que convierte a las mujeres en objetos de deseo dentro del entorno del fitness.
Diversos estudios han demostrado que el contenido fitness que circula en redes sociales, especialmente el que promueve imĆ”genes de cuerpos atlĆ©ticos e idealizados āconocido como fitspirationā puede tener efectos negativos en la salud mental. Un experimento realizado en Italia evidenció que ver este tipo de imĆ”genes en Instagram disminuye la satisfacción corporal de mujeres jóvenes, siendo mĆ”s daƱinas las publicaciones sexualizadas que las neutras.
De manera similar, otras investigaciones seƱalan que la exposición constante a estos cuerpos āfit-normativosā genera motivaciones para el ejercicio centradas en la apariencia ācomo āquiero verme bienāā en lugar del bienestar integral.
Por otro lado, esto no solo afecta cómo las personas ven a otras, sino también cómo se ven a sà mismas. Al consumir imÔgenes donde el cuerpo femenino es presentado como objeto de deseo, se refuerza un fenómeno conocido como auto-objetificación: las mujeres comienzan a evaluar su propio cuerpo desde una mirada externa, lo que puede desencadenar ansiedad, baja autoestima y comparaciones dañinas.
No es normal
Lo que ocurre en este caso es un ejemplo claro y preocupante de cómo la cultura de la violencia se enmascara como disciplina o exigencia. Este tipo de prĆ”cticas son una violación a la dignidad de las mujeres porque perpetĆŗa la idea de que el sufrimiento fĆsico y emocional es necesario para conseguir una meta.
Por ello, este fenómeno no es anecdótico, sino estructural. Se vincula con una larga tradición que justifica la violencia como mĆ©todo de enseƱanza, corrección o mejora, sobre todo y principalmente, sobre las mujeres. Con ese argumento se aplica castigo fĆsico en la crianza, acoso en relaciones de poder o maltrato en las aulas: āla letra con sangre entraā, āquien bien te quiere te harĆ” llorarā, āpara ser bella hay que ver estrellasā y otros populares mantras que nos someten.
El hecho de que se permita y celebre que un hombre grite, insulte y golpee a una mujer como mĆ©todo de “entrenamiento”, da cuenta de una sociedad que ha fracasado en reconocer los lĆmites entre autoridad y abuso.
Abre los ojos
Cuando una figura con tantos seguidores como este entrenador, construye una narrativa en la que se presiona e insulta a mujeres en nombre del āprogresoā o la āsuperaciónā y eso es validado por una audiencia, se concreta la idea de que el cuerpo femenino existe para ser domado y forzado.
Si ademƔs estas imƔgenes son celebradas en redes sociales, el mensaje que se refuerza es que no solo debes soportar el dolor para merecer tu lugar, sino ademƔs lucir deseable mientras lo haces. El peligro estƔ en que esta enseƱanza es fƔcil extenderla luego a otros Ɣmbitos como las relaciones de pareja o laborales.
Como sociedad, necesitamos mirar con otros ojos estos comportamientos y dejar de aplaudir lo que, en realidad, deberĆa escandalizarnos. Porque cuando la violencia se vuelve parte del espectĆ”culo, todos somos cómplices.