Hace poco, mi amiga S. me mostró un post en X (antes Twitter), en el que alguien comentaba que uno de los motivos del divorcio de Bette Davis, fue que su marido consideraba que leía ‘demasiado’ y sin ‘un motivo para hacerlo’. A la distancia, puede parecer una obra o una rareza de un tiempo remoto, pero en realidad, se trata de una preocupante mirada al terreno resbaladizo que muchas mujeres atraviesan a diario. El de tener que luchar y enfrentar la misoginia en todas partes. Mucho más en la actualidad, cuando la vergüenza por odiar a las mujeres, se ha convertido en un estilo de vida para un número creciente de hombres.
Por supuesto, cuando hablamos de misoginia no nos referimos a un sentimiento aislado ni a un simple prejuicio individual. Es una estructura que atraviesa lo íntimo, lo cultural, lo institucional y lo político. La encontramos en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la calle y, de forma cada vez más visible, en lugares que deberían ser neutrales, como los gimnasios.
El odio o desprecio hacia las mujeres no siempre se expresa en su forma más brutal — como el feminicidio o la violación — , también se manifiesta en las pequeñas prácticas que generan inseguridad, incomodidad y silencio. La misoginia es flexible: cambia de máscara para sobrevivir. Puede ser un juez que no cree en la palabra de una víctima, un compañero de clase que ridiculiza a una adolescente, un entrenador que se siente con derecho a invadir el espacio físico de sus alumnas, o un desconocido que observa sin descanso a una mujer que solo intenta terminar su rutina de ejercicios.
El dolor de las mujeres
Resulta crucial comprender que esta violencia no siempre es explícita. Muchas veces se presenta como “atención”, “curiosidad” o “cortesía”, pero detrás de esos gestos está la misma lógica patriarcal: la idea de que los cuerpos de las mujeres son públicos y disponibles. Lo vemos en los gimnasios, donde mujeres jóvenes y adultas cuentan cómo han sido perseguidas por miradas, interrupciones o comentarios sobre su apariencia.
Lo vemos también en oficinas donde las trabajadoras son juzgadas por su vestimenta o en colegios donde a las niñas se les exige “madurar” más rápido que los niños, ignorando el peso del acoso y las presiones que enfrentan desde muy temprana edad. Esta violencia simbólica y cotidiana tiene consecuencias concretas: abandono de espacios, deterioro de la salud mental y perpetuación del miedo como herramienta de control. La misoginia se asegura de que las mujeres vivan siempre en alerta, evaluando si un lugar es seguro o no.
Miedo en todas partes
Al hablar de misoginia extrema pensamos en mutilaciones, matrimonios forzados, feminicidios. Y sí, esas realidades existen y deben denunciarse sin pausa. Pero sería un error creer que solo esas expresiones son importantes. La misoginia opera también en los actos que muchos llaman “insignificantes”. Decir “los hombres son así”, justificar comportamientos invasivos, normalizar que una mujer interrumpa su vida por miedo: todo esto contribuye a sostener la violencia.
Un gimnasio donde las denuncias se minimizan o un hogar donde se cuestiona a la víctima por no abandonar a su agresor, son ejemplos de cómo la misoginia se esconde bajo la tolerancia social. La clave está en reconocer que cada gesto de impunidad alimenta la cadena. No hay neutralidad posible: quienes callan frente al acoso reproducen la violencia.
La misoginia es un sistema que se sostiene gracias a esa complicidad silenciosa. El mismo control que obliga a las mujeres a justificar por qué no abandonan una relación violenta, o el que las expulsa de un gimnasio por sentirse acosadas. Es una red de opresiones que conecta lo íntimo con lo público. No se trata de incidentes aislados, sino de un mecanismo global que atraviesa religiones, leyes y costumbres. Esa red se traduce en desigualdad permanente: más riesgo, menos libertad, más miedo, menos derechos.
¿Misoginia en las mujeres? Sí, es posible.
Lo más retorcido y doloroso, es que la presión social y cultural sobre las mujeres está en todas partes, incluso en la misma capacidad de las mujeres para comprenderse a sí mismas. Después de todo, hemos luchado y batallado con un sistema que nos educa y contamina la mayoría de nuestras opiniones. Por lo que reconocer la misoginia dentro de una misma es un paso doloroso pero necesario. Muchas veces incluso personas que se dicen feministas reproducen preguntas o actitudes que refuerzan el sistema.
Preguntar por qué una mujer no deja a su agresor, en lugar de cuestionar al hombre que golpea, es un ejemplo claro. Yo misma he caído en esa lógica. Creía que estaba mostrando preocupación, cuando en realidad estaba trasladando la responsabilidad a la víctima. Investigar, leer testimonios de sobrevivientes y escuchar a quienes han dedicado su vida a acompañar a mujeres maltratadas me abrió los ojos. Comprendí que cada frase importa, que las palabras también pueden ser violencia.
Muévete del lugar de comodidad
El aprendizaje no termina con reconocer la misoginia en lo externo o en lo propio. Hace falta acción. Las disculpas, aunque necesarias, no bastan. Se requieren cambios concretos: confrontar al amigo que normaliza chistes machistas, apoyar a la compañera que denuncia acoso en el gimnasio, exigir a las empresas políticas claras de protección y sanción, romper el silencio cuando vemos violencia en la calle.
El feminismo no se conforma con señalar, busca transformar. Eso implica incomodidad, implica perder privilegios, implica dejar de lado la neutralidad. El sistema se alimenta del conformismo; combatirlo exige romper inercias. No es una tarea exclusiva de mujeres ni de activistas profesionales. Es responsabilidad colectiva, porque la misoginia nos atraviesa a todos, aunque afecte de manera desigual.
La misoginia es como un virus que se transmite en gestos, discursos y estructuras. No basta con desear que desaparezca; hay que erradicarla con conciencia, educación y acción sostenida. Reconocerla en los gimnasios, en las escuelas, en los hogares, en las instituciones, es el primer paso. El siguiente es no tolerarla nunca más, ni en lo privado ni en lo público. Combatirla requiere valentía, porque implica desafiar costumbres, religiones, leyes y hasta pensamientos propios. Pero la transformación es posible.
Cada vez que alguien nombra la violencia, cada vez que se cuestiona un acto machista, cada vez que se apoya a una mujer en lugar de juzgarla, se crea una onda expansiva. Una ola que puede convertirse en marea. La lucha contra la misoginia no es opcional: es urgente. Porque la vida, la libertad y la dignidad de las mujeres dependen de que dejemos de justificar lo injustificable y empecemos a cambiarlo todo.

