En estos días estaba recordando una conversación que tuve hace algún tiempo con mi hermano y mi cuñada en un parque, estábamos sentados en un banco esperando a que mis sobrinos terminaran de jugar. En algún momento mi cuñada miró hacia otro banco y dijo: “Mira, aquel señor está en su momento de no existir”, mi hermano se rió de lo que aparentemente era un chiste entre ellos que yo no entendía, así que les pregunté qué significaba y me explicaron que así habían llamado a esos momentos en los que mi hermano simplemente se sentaba en algún lugar y sin proponérselo, se quedaba absolutamente en blanco durante un rato. No estaba pensando en nada, ni en el trabajo,  ni en el futuro, ni en el pasado o algún problema imaginario, mi cuñada y yo nos reímos porque ambas al mismo tiempo respondimos que para nosotras eso era prácticamente imposible.

La conversación siguió por otro lado, pero yo me quedé pensando en eso durante mucho tiempo. ¿Cuándo había sido la última vez que yo había tenido un momento de no existir? No encontraba la respuesta, porque incluso cuando intento meditar, mi cabeza sigue trabajando, intento concentrarme en la respiración, comienzo a imaginar cosas, intento volver a la respiración mientras sigo pensando que debería estar dejando de pensar y continuo el ciclo una y otra vez, porque mi cerebro rara vez se queda quieto, para mi siempre hay algo pendiente, algo que recordar o algo que resolver, honestamente no sé si mi hermano tiene alguna capacidad especial para apagar el cerebro o si simplemente aprendió algo que yo nunca aprendí, pero aquella conversación me hizo pensar en cuántas veces confundimos estar descansando con estar haciendo otra cosa sin darnos cuenta de que seguimos mentalmente conectadas.

Llevaba días sintiéndome agotada, estos últimos meses han sido especialmente duros, pensar en todo lo que ocurre en Venezuela, en el tema migratorio en Estados Unidos, en la cantidad de desastres naturales que estamos viendo últimamente, en un retroceso de derechos que parece no tener fin y, además, seguir cumpliendo con las responsabilidades del día a día termina pasando factura, aunque después de tantos años una aprende a funcionar incluso estando agotada, recordé la conversación con mi hermano y mi cuñada y entendí que necesitaba parar, tener un momento de no existir o de desaparecer.

Abandoné por dos días el teléfono, hablé con mi esposo solo lo estrictamente necesario y me dediqué a no hacer absolutamente nada, necesitaba desconectarme por completo. Me habría gustado muchísimo más estar en la playa, porque hay pocas cosas que me hagan sentir tan lejos de todo como el mar,  pero a falta de playa me conformé con mi patio, un libro y un café, o con mi habitación, una vela aromática y música, no hice nada extraordinario, ni nada productivo.

También pensé en mi mamá, recuerdo que cuando era adolescente más de una vez la escuché decir:  “Un día de estos me voy a desaparecer a ver qué hacen sin mí”.  Aquella frase me parecía  demasiado dramática  en aquel momento, no entendía qué quería decir mi mamá con desaparecer, ni por qué tendría que hacerlo para que los demás se dieran cuenta de algo, justo ahora es que la vengo a entender.

Mi mamá no estaba hablando de irse realmente, mi mamá estaba hablando desde el cansancio de ser necesaria todo el tiempo, de querer comprobar qué pasaría si durante un día dejaba de sostener las cosas, si no recordaba, no resolvía, no cuidaba o si dejaba de estar pendiente de todo. Hay frases que solamente entendemos muchos años después, cuando un día nos encontramos exactamente en el lugar desde el que fueron dichas.

Fuimos educadas para sostener demasiadas cosas, cuidamos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestras parejas, a nuestros amigos y muchas veces terminamos ocupando una cantidad absurda de papeles, somos maestras, enfermeras, cocineras, psicólogas, administradoras, mediadoras, organizadoras de cumpleaños, recordatorios ambulantes y, en algunos casos, hasta exorcistas, es tanto lo que abarcamos que  incluso cuando no tenemos hijos parece que siempre encontramos a alguien a quién terminamos maternando en algún momento.

Sabemos quién necesita ayuda, quién está triste, quién tiene una cita médica, quién no está comiendo bien y qué cosa se supone que tenemos que resolver antes de que alguien siquiera la pida. Estar disponible pasa de ser una costumbre a una expectativa que nos termina costando demasiado caro, pero ¿Qué pasa cuando el agotamiento nos obliga a desaparecer?  ¿Por qué nos cuesta tanto permitirnos ese espacio para nosotras sin sentir culpa?

Claro que soy consciente de que la desconexión, aunque pueda parecer un derecho básico, es también un privilegio que yo puedo permitirme, pude apagar el teléfono durante dos días porque tenía un lugar donde estar, porque alguien más podía hacerse cargo de ciertas cosas, porque no había una emergencia que dependiera de mí y porque tenía las condiciones para desaparecer un rato sin que eso significara dejar a alguien sin comida, sin cuidados o sin dinero, pero hay muchas mujeres que  no pueden hacer lo mismo porque tienen a su cuidado niños pequeños, familiares enfermos o personas mayores; mujeres que trabajan jornadas interminables o que tienen varios empleos, mujeres que viven solas y no tienen a quién pasarle por unas horas aquello que llevan encima todos los días y para ellas, desaparecer no es tan sencillo como apagar el teléfono.

Y aquí es cuando aparece una pregunta bastante incómoda: ¿Qué pasa cuando lo que debería ser un derecho se convierte en un privilegio?

Quizás por eso aquella frase de mi hermano sigue dando vueltas en mi cabeza, ese “momento de no existir” puede parecer una cosa pequeña, incluso ridícula, pero quizá no lo es, tener esa posibilidad de sentarse en un banco y mirar hacia ninguna parte, poder tomar un café sin pensar en la siguiente tarea, poder pasar horas sin revisar el teléfono, son pequeñas formas de descanso que se vuelven difíciles cuando llevamos demasiado tiempo funcionando con la cabeza llena.

No sé si mi hermano realmente tiene una habilidad especial para dejar la mente en blanco, tampoco sé si esto tiene algo que ver con ser hombre o mujer, puede que simplemente somos personas distintas, lo que  sí veo claro es que muchas de nosotras hemos aprendido a vivir con una lista invisible que sigue funcionando incluso cuando estamos “descansando” y por ello nos urge aprender que aunque sea por  un rato no tiene  que pasar nada.

Después de esos dos días volví a mi teléfono, a mis pendientes, a mis conversaciones y a las cosas que tenía que hacer. No resolví mi vida, tampoco desapareció ninguna de esas otras cosas que habían contribuido a dejarme exhausta, simplemente descansé y entendí lo importante del derecho a desaparecer.

 

 

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Veronica Arvelo

Autor/a Veronica Arvelo

Abogada de profesión y escritora por afición. Libre pensadora, viajera incansable y lectora insaciable. Leo, aprendo, vivo y me reinvento. Cuenta Instagram: @eldiariodevarda

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