Lindsay Clancy mató a sus tres hijos y eso no está en discusión. Tampoco, que fue un crimen atroz y uno que probablemente marcará un hito en la historia penal y criminal estadounidense. No obstante, lo que sí está en debate y es el punto más escalofriante que rodea al caso, es cómo una mujer que jamás había dado muestras de violencia, que era un ama de casa conocida por su amor y abnegación a sus hijos (algo que sus padres, suegros y hasta su marido admitieron en corte durante el juicio que se llevó a cabo en las últimas semanas), terminó por convertirse en una asesina. ¿Qué ocurrió para que una enfermera obstetra, que había dedicado buena parte de su vida adulta a ser madre y una especialmente dedicada al hogar, de pronto matara a todos sus hijos en un hecho espeluznante?

Quizás, por eso, el caso de Lindsay Clancy es mucho más que solo uno que debe ser condenado enfáticamente, algo que nadie niega que debe hacerse. Pero tampoco puede dejar de señalarse el giro más duro de lo ocurrido: la terrorífica perspectiva acerca del desconocimiento de las consecuencias del descuido en la salud mental. Un indicio de cómo nuestra época y sociedad siguen procesando (analizando y comprendiendo) el sufrimiento psiquiátrico de las mujeres: Lindsay Clancy, que acudió por más de un año a todo tipo de recursos psiquiátricos aterrorizada por sus síntomas mentales, que recurrió a sus padres, suegros y marido, no recibió ayuda. O al menos, no la que habría evitado una tragedia de las proporciones que ahora aterroriza a Norteamérica y al resto del mundo.

¿Qué ocurrió para que Lindsay Clancy no fuera apartada de inmediato como tutora de sus hijos, luego de admitir que sufría de un cuadro mental cada vez más duro de superar? ¿Qué evitó que Patrick Clancy no tomara la decisión de recluir a Lindsay? ¿Por qué no evitó que estuviera a solas con sus hijos, siendo que había dejado claro que tenía pensamientos intrusivos que apuntaban directamente a la posibilidad de que pudiera hacerles daño?

El caso Clancy demuestra el desconocimiento total y peligroso sobre las consecuencias de la depresión posparto y la psicosis posparto, esta última una condición psiquiátrica todavía en debate. O peor todavía, el hecho de que nadie en la larga línea de responsables de asumir que Lindsay Clancy podía ser un peligro para ella misma y sus hijos tomara una posición determinante. ¿Por qué Patrick no consideró que el peligro era real y tan cercano como para tomar precauciones más allá de quedarse en casa o contratar una niñera para aliviar la carga de trabajo de su mujer? ¿Qué ocurrió para que Patrick y todo el entorno de Lindsay no comprendieran a cabalidad que el trastorno que ella padecía era algo más que un malestar emocional?

Por supuesto, que una enfermera de 32 años haya asesinado a sus tres hijos en Duxbury es, sin duda, un hecho devastador que no admite justificación y nadie intenta hacerlo. Pero la manera en que el relato público se ha construido alrededor de Lindsay (dividido entre la villana calculadora y la enferma trágica) revela algo más profundo que el destino individual de una mujer. Revela un sistema cultural que exige a las madres perfección emocional constante y, al mismo tiempo, les niega el derecho a nombrar su propio colapso. Lindsay escribió en sus diarios “quiero ayuda, quiero estar bien”; ese fragmento, que debería leerse como un llamado de auxilio, terminó convertido por la fiscalía en evidencia de lucidez y premeditación. Mucho más, resulta malinterpretado en toda su terrorífica carga siniestra: Lindsay sabía que el trastorno que sufría, era mucho más que una mezcla de emociones como madre y esposa incapaz de abarcar los deberes de la vida cotidiana. Se trataba en realidad de un proceso psiquiátrico peligroso. Uno que al final, terminó por convertirse en un asesinato brutal que ahora, abre un debate inevitable. ¿Por qué la sociedad menosprecia los llamados de ayuda de las mujeres sobre su estado mental?

Así que la pregunta no es solo si Lindsay Clancy es culpable o inimputable, sino quién tiene la autoridad de definir la locura de una mujer y bajo qué términos se le permite estar rota. O en cualquier caso, por qué el estado psiquiátrico de una mujer parece solo conducir a ideas abstractas sobre el bien y el mal. Lindsay continuó cuidando a sus hijos en medio de sus precarias condiciones mentales porque se asumió que era su deber como madre. Que si mujeres de todas partes del mundo debían lidiar con la depresión posparto sin resultar un riesgo para sus hijos y ellas mismas, Lindsay Clancy también podía hacerlo. De modo que se desestimó la evidencia de algo más duro. El hecho de que antes de ser acusada, Lindsay Clancy fue paciente. Acudió voluntariamente a programas ambulatorios, pasó cinco días internada en el Hospital McLean y recibió, en los meses previos a la tragedia, una combinación desordenada de antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos y estabilizadores del sueño.

Este dato, que la defensa usa como argumento clínico, merece también una segunda lectura inquietante: la historia de la psiquiatría está plagada de mujeres cuyo malestar fue tratado a fuerza de químicos antes que de escucha genuina. La psicosis posparto (una condición rara, aguda y potencialmente letal si no se trata a tiempo), sigue siendo confundida en la práctica clínica con la depresión posparto común, un error que no es meramente técnico, sino estructural. Cuando el sistema de salud homogeniza el sufrimiento materno bajo la etiqueta genérica de “tristeza posparto”, invisibiliza los cuadros más graves y deja a las mujeres solas frente a experiencias que ni ellas mismas logran nombrar con precisión. Lindsay advirtió a su esposo y a otros familiares sobre pensamientos intrusivos de dañar a sus hijos; intentó internarse tres veces. Aun así, fue devuelta a su hogar, rodeada de los mismos niños que temía lastimar. Esta cadena de decisiones clínicas (o de omisiones) no ocurre en el vacío: ocurre dentro de un sistema de salud que históricamente ha subestimado el dolor reportado por mujeres, que tarda más en diagnosticar correctamente sus condiciones y que prefiere sedar antes que investigar.

La demanda civil que tanto Lindsay como Patrick Clancy interpusieron contra el sistema médico no es un simple trámite legal: es la constatación de que el cuerpo médico falló en reconocer una emergencia psiquiátrica severa porque, una vez más, el relato de una mujer sobre su propia mente fue tomado como exageración manejable y no como advertencia urgente.

El tribunal como escenario moral: la madre juzgada dos veces

Todo juicio penal evalúa hechos, pero el de Lindsay Clancy evalúa también, de manera implícita, su desempeño como madre. La fiscalía no solo intenta probar premeditación: construye la imagen de una mujer fría, resentida con sus hijos mayores por “interferir en su tiempo”, una mujer que documentó distanciamiento emocional hacia el menor. Es decir, se procesa penalmente no únicamente el actacto,no el sentimiento maternal insuficiente, la desviación respecto al ideal de amor incondicional que la cultura exige a toda madre bajo pena de sospecha moral. Ningún padre acusado de un crimen similar enfrentaría el mismo escrutinio sobre si amaba “correctamente” a sus hijos; ese estándar es exclusivamente femenino.

Al mismo tiempo, la defensa recurre a la figura de la mujer desbordada por la biología y la enfermedad, una narrativa que, aunque puede ser clínicamente correcta, también reactiva el viejo estereotipo de la histeria: la mujer que actúa fuera de sí misma, gobernada por su cuerpo antes que por su voluntad. Ambas estrategias, la acusatoria y la de la defensa, dependen de arquetipos femeninos preexistentes (la madre desnaturalizada o la mujer histérica), antes que de un marco verdaderamente centrado en la neurobiología específica de la psicosis posparto. Los peritos de la fiscalía, todos hombres, cuestionan si la voz alucinada que Lindsay describió cumple con las “características” esperadas de una psicosis auténtica, como si existiera un guion universal y objetivo para la locura, uno que además ellos, sin haberla vivido, están en posición de auditar. Este ejercicio de autoridad experta sobre la experiencia subjetiva de una mujer es, en sí mismo, un acto de poder profundamente generizado: la ciencia, mayoritariamente masculina en su cúpula institucional, decide qué locura femenina es creíble y cuál es simple actuación.

Las redes sociales y la doble vara: compasión viral, condena viral

La reacción digital al caso confirma que la sociedad no tiene un solo lenguaje para juzgar a las madres que fallan catastróficamente, sino dos que compiten sin tregua. Por un lado, un ejército de mujeres (muchas de ellas madres) que se identifican con Lindsay no porque justifiquen el crimen, sino porque reconocen en su historia una versión extrema de la desatención que ellas mismas han experimentado: la ansiedad posparto minimizada, la fatiga interpretada como fragilidad de carácter, la petición de ayuda que se disuelve en la burocracia médica.

Por otro lado, una ola de indignación que exige la máxima condena y que, de forma reveladora, dirige buena parte de su furia no solo hacia Lindsay sino hacia quienes la defienden, acusándolas de “excusar” la violencia materna con un vocabulario terapéutico que consideran conveniente. Es sintomático que Patrick Clancy, exculpado por completo por las autoridades, haya sido igualmente blanco de teorías conspirativas en TikTok que lo señalan como autor intelectual del crimen: incluso cuando el hombre es inocente, una parte del imaginario colectivo necesita reintroducirlo como sospechoso, como si resultara insoportable que la responsabilidad recayera enteramente en una mujer sin la sombra de una mano masculina detrás.

Este reflejo cultural (buscar culpabilidad masculina oculta incluso ante evidencia exculpatoria) es la otra cara de la misma moneda que sobrecarga moralmente a las mujeres: la sociedad no sabe sostener la idea de una mujer completamente responsable de un acto extremo sin, al mismo tiempo, intentar diluir o redirigir esa responsabilidad. El caso Lindsay Clancy se ha convertido así en un campo de batalla ideológico donde la salud mental materna es instrumentalizada tanto por el feminismo popular como por sectores conservadores, cada uno leyendo en la tragedia la confirmación de su propio relato preexistente.

Lo que el caso Clancy exige repensar sobre la locura, la ley y el género

Más allá del veredicto que emita el jurado en Plymouth, el caso Lindsay Clancy deja una pregunta que trasciende lo penal: ¿está diseñado el sistema legal para comprender formas de sufrimiento psíquico que se manifiestan específicamente en cuerpos gestantes y maternos? La definición jurídica de inimputabilidad por demencia se construyó históricamente sobre modelos psiquiátricos que rara vez incorporaron la especificidad hormonal, neurológica y social del posparto, un vacío que deja a mujeres como Lindsay atrapadas entre dos narrativas insuficientes: la criminal fría o la enferma manipulable, sin espacio para la complejidad real de una psicosis aguda superpuesta a un sistema de salud negligente. El estigma que distingue (o confunde) la psicosis posparto de la depresión posparto no es un detalle clínico menor, sino la manifestación concreta de cuánto le cuesta a la cultura tomar en serio el colapso mental de una madre hasta que ya es demasiado tarde.

Claro está, analizar lo anterior no significa despojar a Lindsay Clancy de responsabilidad ni minimizar el horror sufrido por Cora, Dawson y Callan; significa exigir que la conversación no termine en el veredicto individual, sino que se traduzca en una revisión estructural de cómo se diagnostica, se escucha y se acompaña a las mujeres que piden ayuda antes de que la tragedia ocurra. El verdadero legado de este juicio, si algo bueno puede extraerse de una pérdida tan brutal, sería obligar al sistema de salud, al aparato legal y a la conversación pública a dejar de tratar la salud mental materna como un asunto periférico y empezar a reconocerla como una emergencia estructural con consecuencias irreversibles cuando se ignora.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Aglaia Berlutti

Autor/a Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento, escritora por obsesión, fotógrafa por pasión, desobediente por afición. Feminista porque no tengo más remedio.

Más artículos por Aglaia Berlutti

Deja tu respuesta

Share