Cuando leí el libro “Por qué fracasan las naciones” de Acemoglu y Robinson (2012) en el curso de Economía Política que ofrecen el Centro de Estudios del Desarrollo (CED) y la plataforma Diálogo Político, junto a la Fundación Konrad Adenauer, no pude dejar de pensar en América Latina, en sus ciclos repetidos de crecimiento limitado y su persistente desigualdad. Creo que las explicaciones que los autores ofrecen sobre instituciones extractivas e inclusivas iluminan dimensiones que a menudo quedan fuera del análisis económico tradicional, especialmente, la manera en que el poder se organiza en la vida cotidiana, más allá de las leyes formales.
Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson ganaron el Premio Nobel de Economía 2024 por sus investigaciones sobre cómo se forman las instituciones y cómo afectan a la prosperidad de los países. Demostraron que las instituciones inclusivas fomentan el desarrollo, mientras que las extractivas estancan a las naciones.
Para ellos, una institución extractiva se caracteriza por: concentrar el poder político en una élite reducida que toma decisiones sin rendición de cuentas amplia; reglas económicas diseñadas para transferir recursos y riqueza hacia ese grupo dominante; barreras de entrada y restricciones que limitan la competencia, la innovación y el acceso a oportunidades; e inseguridad en los derechos de propiedad y en el Estado de derecho, lo que desincentiva la inversión y el desarrollo de largo plazo.
Por otro lado, las instituciones inclusivas: procuran una distribución más amplia del poder político con mecanismos de participación y control ciudadano; promueven reglas económicas que permiten el acceso generalizado a oportunidades, mercados y recursos; ofrecen protección sólida de los derechos de propiedad y un Estado de derecho relativamente imparcial; y dan incentivos a la inversión, la educación, la innovación y la movilidad social, favoreciendo el crecimiento sostenido.
Estas características son las que sostienen la tesis central del libro de que la diferencia entre prosperidad y pobreza no está en la geografía o la cultura en sí mismas, sino en cómo las sociedades organizan sus instituciones. Coincido con sus autores en que las dinámicas extractivas descritas, contribuyen a explicar una parte importante de la persistencia de la pobreza en nuestros países, ya que forman un entramado que restringe la participación amplia y reduce la capacidad de las sociedades para sostener trayectorias de crecimiento inclusivo.
Como feminista, no puedo dejar de ver la economía y la política sin lentes de género, por ello y en términos de ese marco teórico expuesto por los autores, me parece que el sistema patriarcal puede entenderse como una institución de carácter extractivo que atraviesa nuestras sociedades y que organiza la distribución del poder, del tiempo y de los recursos, por parte de los hombres, de manera profundamente desigual.
¿Por qué extractivo? Porque es una estructura provista de normas y prácticas que limitan de forma sistemática la participación de las mujeres en la economía, en la política y en los espacios de decisión, por lo que representa una forma de extracción de valor que reduce la capacidad productiva agregada y restringe los procesos de innovación que dependen de la diversidad de experiencias y perspectivas. No hay que olvidar que las mujeres no somos un colectivo ni una minoría, somos el 50% de la población, por lo que las políticas públicas que se formulen sin tomar en cuenta las expectativas ni necesidades de la mitad de la sociedad no pueden ser sostenibles para el 100% de quienes la componen.
Creo que esta lectura me permite entender el sistema de prácticas machistas, usualmente ubicado en el terreno de lo cultural o lo moral, dentro del marco de la teoría económica y la política del desarrollo, porque lo que está en juego no es solo la igualdad en abstracto sino la forma en que nuestras sociedades organizan sus incentivos, asignan sus recursos y definen quiénes pueden contribuir plenamente al crecimiento y, en ese sentido, el machismo no es un fenómeno marginal sino un componente activo de los arreglos institucionales que limitan el desempeño económico de los países.
El feminismo, visto desde esta misma perspectiva, opera como una fuerza que empuja hacia la construcción de instituciones más inclusivas al ampliar el acceso de las mujeres a derechos, recursos y espacios de poder, lo que tiene implicaciones directas sobre la productividad, la innovación y la calidad de la democracia.
Este proceso obviamente no ocurre en el vacío y enfrenta resistencias persistentes que el propio libro ayuda a explicar con notable claridad. Acemoglu y Robinson muestran con ejemplos concretos a través de la historia, que las élites tienden a bloquear revoluciones que podrían generar crecimiento cuando perciben que esas transformaciones amenazan sus privilegios. Algo similar ocurre en la defensa del orden de género tradicional (lo tenemos bien documentado también), donde distintos actores reproducen normas, prácticas y discursos que limitan la autonomía de las mujeres, restringen su acceso a posiciones de liderazgo y naturalizan su sobrecarga en el trabajo no remunerado (muy lucrativo por cierto para el sistema productivo), generando así una estructura que reduce el PIB al desaprovechar talento, disminuye la innovación al excluir voces y experiencias y debilita la calidad institucional, al concentrar la toma de decisiones en grupos homogéneos.
Al leerlo, no pude dejar de pensar en cómo esta resistencia no es irracional desde la perspectiva de quienes se benefician del sistema, aunque sí lo es desde el punto de vista del bienestar colectivo, porque mantener instituciones extractivas puede resultar funcional para ciertos grupos aun cuando implique costos significativos para el conjunto de la sociedad, lo que ayuda a entender por qué persisten estructuras que limitan el desarrollo, incluso cuando existen alternativas más eficientes.
Me parece que el machismo actúa en este contexto como un multiplicador de desigualdades porque, al reforzar la exclusión de las mujeres y limitar la presión social que se ejerce desde el movimiento feminista para lograr mejores instituciones, debilita la calidad del debate democrático y coarta las posibilidades de construir arreglos más inclusivos que permitan aprovechar plenamente el potencial productivo de la población.
Sostengo, en consecuencia, que la disputa entre machismo y feminismo puede entenderse como una lucha institucional de largo plazo que, de hecho, ya va por 300 años, en la que se busca definir no solo la distribución de derechos sino también el horizonte de desarrollo económico de la Región, sobre todo porque el movimiento feminista no lucha solo por las mujeres, sino por la sociedad en su conjunto.
Ampliar la participación de las mujeres en condiciones de igualdad implica fortalecer la productividad, la innovación y la calidad de las decisiones públicas, mientras que sostener estructuras de exclusión lleva a perpetuar un modelo de crecimiento limitado y desigual.
Creo que una de las contribuciones más sugerentes de “Por qué fracasan las naciones” es precisamente recordarnos que la riqueza de un país depende de la capacidad de las sociedades para construir instituciones que distribuyan el poder de manera más amplia y, en América Latina, ese proceso pasa necesariamente por cuestionar las bases institucionales machistas para avanzar hacia arreglos más inclusivos que permitan a todas las personas participar plenamente en la vida económica y política, independientemente de su sexo.
El argumento sobre el costo económico del patriarcado encuentra un respaldo empírico contundente en el trabajo de otra Premio Nobel de Economía 2023, Claudia Goldin, quien demostró que las trayectorias laborales de las mujeres están marcadas por interrupciones y penalizaciones asociadas a la maternidad y a la organización social del cuidado, lo que reduce su participación en el mercado laboral y limita su acumulación de ingresos a lo largo del tiempo. (Recomiendo leer su libro “Carrera y familia”).
Ella, de forma brillante, explica que este fenómeno genera brechas y pérdidas agregadas de productividad y crecimiento y me parece que su análisis dialoga directamente con la idea de las instituciones extractivas planteada en “Por qué fracasan las naciones” porque cuando las normas sociales y económicas empujan a las mujeres fuera del empleo remunerado o restringen su progreso profesional, lo que se produce es una forma sistemática de desaprovechamiento de talento que empobrece a las economías en su conjunto y refuerza las trampas de bajo desarrollo que el propio libro describe.
Fenómenos como la brecha salarial de género, la feminización de la pobreza, la baja tasa de participación femenina en el trabajo formal, la feminización del trabajo de cuidados, la alta tasa de mujeres jefas de hogar con trabajos informales y precarios, la brecha digital y la escasa autonomía física, política y financiera de las mujeres, registrados a la fecha en toda América Latina, son consecuencia de este modelo extractivista patriarcal que impide que las naciones despeguen económicamente.
Entender el machismo como una institución extractiva, me permite replantear el debate en términos de crecimiento económico y no solo de derechos, así como esperar que su transformación sea una condición para romper con las trampas de bajo crecimiento y alta desigualdad que han marcado a la Región, una tarea que no es menor ni sencilla, pero que resulta imprescindible si se aspira a construir sociedades más prósperas.

