Cada octubre las empresas se visten de rosa, las redes sociales se llenan de lazos, aparecen productos “solidarios”, los edificios cambian de color y durante unas semanas parece que el mundo entero recuerda que las mujeres tienen mamas y que esas mamas pueden enfermar. Después llega noviembre y el rosa desaparece de las fachadas, de las campañas y de las conversaciones, como si el cáncer también tuviera la cortesía de tomarse un descanso hasta el próximo octubre.
Pero el cáncer de mama no desaparece cuando termina octubre.
En América Latina y el Caribe se estimaron 218.121 nuevos casos de cáncer de mama y 61.565 muertes en 2024, según las estimaciones más recientes de GLOBOCAN, publicadas por la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) en 2026.
El cáncer de mama continúa siendo el cáncer más frecuente entre las mujeres de la Región, pero detrás de estas cifras hay una desigualdad que merece mucha más atención: no todas las mujeres tienen las mismas posibilidades de acceder a un diagnóstico temprano, a tratamientos oportunos y a los recursos necesarios para atravesar la enfermedad. Estamos hablando, por tanto, de mujeres que están criando hijos, trabajando, dirigiendo empresas, emprendiendo, sosteniendo hogares y cuidando a otras personas mientras sus propios cuerpos les exigen detenerse.
Por eso una mirada feminista sobre el cáncer de mama tiene que ir mucho más allá de la mamografía, la detección temprana y el famoso lazo rosa, porque cuando una mujer recibe un diagnóstico no solamente entra en contacto con un sistema sanitario, sino también con una compleja red de relaciones familiares, laborales, económicas, sexuales y afectivas que puede determinar cómo transitará la enfermedad y qué posibilidades tendrá de recuperar su vida después del tratamiento.
Una de las conversaciones más incómodas tiene que ver con las parejas. Hay data que da cuenta de la proporción de hombres que abandonan a sus esposas cuando reciben un diagnóstico de cáncer de mama, particularmente cuando el tratamiento implica una mastectomía, pérdida del cabello, cambios hormonales, disminución del deseo sexual o una transformación importante del cuerpo.
¿Qué hemos construido alrededor del cuerpo femenino para que una mama pueda representar simultáneamente feminidad, maternidad, atractivo sexual y valor dentro de una relación? Una mujer puede perder una mama y seguir siendo exactamente la misma persona, pero nuestra cultura puede hacerle sentir que ha perdido algo mucho más grande, obligándola a reconstruir no solamente su cuerpo, sino también la imagen que tiene de sí misma como mujer.
Mientras tanto, seguimos llenando octubre de mensajes que hablan de “guerreras”, “luchadoras” y “mujeres fuertes”, como si una mujer enferma tuviera que demostrar fortaleza permanente para merecer admiración, cuando quizá lo que necesita es poder estar vulnerable, tener miedo, estar cansada, pedir ayuda y dejar de cuidar a los demás sin sentirse culpable.
Y aquí aparece el rosa.
El pinkwashing cuestiona aquellas campañas que utilizan el cáncer de mama para construir una imagen positiva de empresas, marcas u organizaciones sin que exista necesariamente una contribución equivalente a la investigación, el tratamiento o el bienestar de las pacientes.
Cuando una empresa pinta su logo de rosa durante octubre ¿cuánto está aportando realmente a la causa? Cuando vende un producto “solidario” ¿qué porcentaje llega a las pacientes? Cuando organiza una actividad como maratones y jornadas ¿qué impacto tendrá más allá de la fotografía corporativa?
Porque una empresa puede iluminar de rosa su edificio y seguir sin tener políticas laborales adecuadas para una trabajadora con cáncer; puede organizar una campaña de sensibilización y no ofrecer apoyo durante el tratamiento de una de sus empleadas; puede hablar de autocuidado y, al mismo tiempo, esperar que una colaboradora enferma continúe cumpliendo exactamente con las mismas responsabilidades o aplicarle descuentos por ausencias.
La verdadera conversación empresarial sobre cáncer de mama debería incluir flexibilidad laboral, protección del empleo, acompañamiento durante el tratamiento, retorno progresivo al trabajo, apoyo emocional y condiciones que permitan a una mujer enferma dejar de ser productiva durante un tiempo sin sentir que está poniendo en riesgo su carrera.
También deberíamos hablar de quién cuida a la mujer cuando ella enferma, porque en sociedades donde las tareas de cuidado continúan recayendo desproporcionadamente sobre las mujeres, un diagnóstico de cáncer puede producir una paradoja cruel, ya que ella necesita dedicar toda su energía a cuidar su propio cuerpo precisamente cuando su familia sigue esperando que cuide de todos los demás.
Quizás este octubre podríamos hacer algo más que vestirnos de rosa y empezar a pedir resultados. Podríamos preguntar cuánto dinero se destina realmente a investigación, qué apoyo reciben las pacientes de las empresas y del Estado, qué políticas laborales tienen las organizaciones para sus trabajadoras con cáncer, cómo se facilita el acceso al diagnóstico y al tratamiento y qué estamos haciendo para que una mujer no tenga que elegir entre cuidar su salud y conservar su empleo.
Detrás de cada lazo rosa hay una mujer de carne y hueso que tiene derecho a enfermar sin quedar económicamente desprotegida, a recibir tratamiento sin sentirse sola, a conservar su empleo sin ser penalizada, a vivir su sexualidad sin sentirse defectuosa, a recibir cuidados sin tener que continuar cuidando a todo el mundo y a reconstruir su vida sin que nadie le exija convertirse en una heroína.
Ojalá este octubre, cuando nos pongamos un lazo rosa en la solapa, pensemos en todo esto, porque el cáncer de mama no necesita solamente más visibilidad, necesita más justicia.

