Por Lady Xana · ladyxana.es
Hay una pregunta que me han hecho muchas veces.
«But isn’t that basically striptease?»
«Pero eso no es básicamente striptease?»
La primera vez que me la hicieron no supe qué responder. No porque no tuviera argumentos – los tenía- sino porque la pregunta me dijo algo sobre quién la hacía. Sobre lo que esa persona necesitaba creer para sentirse cómoda.
El striptease es algo que se hace para otros. El burlesque es algo que se hace para una misma, delante de otros. La diferencia parece pequeña. No lo es.
Lo que nadie cuenta sobre los orígenes
El burlesque no nació como entretenimiento erótico. Nació como sátira.
En el siglo XIX, el burlesque era teatro de parodia. Se reía de la ópera, del teatro serio, de las instituciones. Era comedia subversiva, no seducción. Las mujeres que lo practicaban no estaban ahí para excitar a nadie, estaban ahí para ridiculizar el orden establecido.
Eso cambió, claro. Todo cambia. Pero la raíz política nunca desapareció del todo.
Cuando el burlesque evolucionó hacia el cabaret americano de los años 20 y 30, las performers no eran víctimas pasivas de la mirada masculina. Eran empresarias. Artistas con nombre propio, con agencia, con criterio. Gypsy Rose Lee, la figura más icónica de esa época, era escritora, actriz y productora. Construyó su propio mito con una inteligencia que incomodaba a sus contemporáneos. No se desnudaba porque alguien se lo pedía. Se desnudaba porque ella lo decía, y esa diferencia le importaba enormemente.
«Soy la chica que empezó a quitarse los guantes y no paró.» — Gypsy Rose Lee
Una mujer controlando el ritmo. Controlando qué se ve y qué no. Controlando la sala entera con un guante en la mano. Eso, en 1930, era radical.
El cuerpo femenino como campo de batalla
Llevamos siglos escuchando que el cuerpo de las mujeres es un problema.
Demasiado visible o demasiado invisible. Demasiado sexual o demasiado frígido. Demasiado grande o demasiado pequeño. Siempre en falta. Siempre necesitado de corrección, de contención, de disculpa.
El burlesque no resuelve eso. No sería honesto decir que lo resuelve. Pero hace algo que pocas disciplinas hacen: pone el control del cuerpo en manos de quien lo habita.
En un número de burlesque, la performer decide qué mostrar. Decide cuándo. Decide cómo. No hay ningún otro contexto cultural donde una mujer pueda presentarse ante una audiencia, mostrar su cuerpo de forma explícita y tener el control absoluto de la situación. El público no puede exigir nada. No puede acelerar el ritmo. No puede decidir el final.
Ella puede parar cuando quiera. Puede cambiar de opinión a mitad del número. Puede mirar al público a los ojos y hacer que espere.
Eso es poder. No el poder que se da, el que se toma.
Por qué el feminismo y el burlesque se llevan tan mal (y tan bien)
Aquí viene la parte incómoda.
El burlesque ha tenido una relación tensa con el feminismo y, entenderlo, importa.
Hay feministas que ven el burlesque como colaboracionismo con el patriarcado. El argumento es conocido: si un sistema lleva siglos sexualizando el cuerpo femenino sin el consentimiento de las mujeres, participar voluntariamente en esa sexualización no es empoderamiento sino interiorización del problema.
Es un argumento serio. No lo voy a descartar con una frase.
Pero hay otro argumento, igual de serio.
Decirle a una mujer que no puede usar su propio cuerpo como herramienta de expresión porque eso refuerza el patriarcado es, en sí mismo, una forma de controlar el cuerpo femenino. Es sustituir un tipo de restricción por otro. El problema no es que una mujer se quite la ropa, el problema es cuándo lo hace sin elegirlo, sin controlarlo, sin beneficiarse de ello.
El burlesque, cuando funciona, es exactamente lo contrario. Es una mujer que elige, controla y se beneficia de su propia expresión.
Y, aun así, la tensión existe. Y es una tensión útil. Porque nos obliga a hacernos preguntas que el feminismo necesita hacerse: ¿Quién decide qué cuerpos pueden expresarse y cómo? ¿Quién tiene autoridad para llamar a algo empoderamiento o sometimiento? ¿Puede una misma práctica ser las dos cosas dependiendo del contexto? Sí. Puede. Y eso no es una contradicción, es la realidad.
El neo-burlesque: cuando el arte se vuelve desobediente
Desde los años 90, el burlesque vive un renacimiento que va mucho más allá de los guantes y las plumas.
El neo-burlesque rompió todas las normas. Empezó a incluir cuerpos que los medios mainstream consideraban invisibles. Cuerpos gordos, cuerpos con discapacidad, cuerpos trans, cuerpos que no encajaban en ningún ideal de belleza establecido. Y no los incluyó de forma condescendiente, los incluyó como protagonistas plenos, con la misma capacidad de seducir, de provocar, de ocupar el espacio que cualquier otro cuerpo.
Eso es político. No metafóricamente, literalmente político.
Poner un cuerpo gordo en un escenario, con lentejuelas, con actitud, sin disculparse por existir, es un acto de desobediencia cultural. Le dice al sistema que clasifica los cuerpos según su utilidad o su atractivo que ese sistema no tiene autoridad aquí.
El neo-burlesque también empezó a incorporar narrativas explícitamente feministas, queer, racializadas. Números sobre violencia obstétrica. Sobre el duelo. Sobre la rabia. Sobre la alegría que el sistema te dice que no mereces. El escenario del burlesque se convirtió en un espacio donde se podían decir cosas que en otros contextos se silencian. Y todo eso envuelto en purpurina y con una banda sonora de los años 40.
La mirada y quién la controla
Hay un concepto en teoría feminista del cine que se llama “la mirada masculina” (male gaze, en inglés). Lo formuló Laura Mulvey en 1975 y básicamente dice que la cultura visual occidental está construida desde el punto de vista de un espectador masculino heterosexual. Las mujeres en la pantalla no son sujetos -son objetos de una mirada que no les pertenece.
El burlesque complica eso de una manera que resulta fascinante.
En un número de burlesque, la performer es consciente de que la están mirando. No solo consciente, lo usa. Juega con esa mirada, la manipula, la convierte en una herramienta. La mirada del público no es algo que le sucede a ella sino algo que ella maneja.
Hay una diferencia enorme entre ser mirada sin saberlo y ser mirada mientras tú controlas exactamente qué ven. Entre ser el objeto pasivo de una mirada y ser el sujeto activo que decide cómo y cuándo ser vista.
Quitarse la ropa como lenguaje
Hay algo que se pierde cuando reducimos el burlesque a “quitarse la ropa”.
El striptease artístico -que es como se llamaba antes- tenía siempre una estructura narrativa. No era solo ropa que se quitaba. Era una historia que se contaba a través de la ropa. Cada prenda tenía un significado. El orden en que se quitaban importaba. El ritmo importaba. La pausa importaba más que el movimiento.
Es teatro. Es narración. Es comunicación.
Cuando una performer de burlesque trabaja con un corsé, no está simplemente quitándose una prenda, está deshaciendo algo que históricamente constreñía el cuerpo femenino. Cuando trabaja con guantes, está usando un símbolo de feminidad convencional y lo está convirtiendo en algo propio, irónico, subversivo.
Lo que el burlesque le ha dado a mujeres que no encajan
Llevo tiempo escribiendo sobre burlesque en ladyxana.es y una de las cosas que más me sorprendió cuando empecé fue la diversidad de mujeres que encontré dentro de este mundo.
Mujeres que habían pasado años sin poder mirarse al espejo. Mujeres a las que les habían dicho que su cuerpo no era válido para el baile, para el escenario, para ser vista. Mujeres mayores de 40, de 50, que encontraron en el burlesque un espacio donde la edad no era una limitación sino una ventaja.
No es terapia. No me gusta llamarlo así porque trivializa lo que ocurre. Es algo más específico: es un entrenamiento en ocupar espacio. En existir sin pedir permiso. En decidir cómo te ven en lugar de aceptar cómo te miran.
Eso no se aprende en un taller de autoestima. Se aprende ensayando. Se aprende fallando delante de un espejo. Se aprende la primera vez que te paras ante una audiencia y te das cuenta de que tienes el control.
La pregunta que queda
Vuelvo a la pregunta del principio.
«Pero eso no es básicamente striptease?»
Ahora ya sé qué responder. No porque tenga un argumento perfecto sino porque entiendo lo que esconde la pregunta.
Esconde el miedo a que una mujer tenga control sobre su propio cuerpo en público. Esconde la incomodidad ante algo que no encaja en las categorías habituales: no es arte serio, pero tampoco es pornografía. No es feminismo militante, pero tampoco es sumisión.
Quitarse la ropa puede ser muchas cosas. Puede ser explotación. Puede ser entretenimiento vacío. Puede ser también, en determinadas condiciones, un acto de afirmación política.
Las condiciones importan. La intención importa. El control importa.
Y cuando una mujer sube a un escenario, decide exactamente qué va a mostrar, cuándo y cómo, y lo hace mirando al público a los ojos sin pedir permiso — eso no es striptease.
Es otra cosa.
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Lady Xana es el nombre artístico detrás de ladyxana.es, el blog de burlesque en español más completo del momento. Escribe sobre historia, técnica, vestuario y cultura burlesque desde dentro de este mundo: sin filtros, sin moralejas y sin pedir permiso.

