La noche del martes 3 de noviembre, mientras seguía los resultados de las elecciones de medio término en Estados Unidos, me descubrí haciendo algo que tengo tiempo sin hacer cuando de política se trata: celebrar. Esta nueva victoria demócrata me produce una mezcla de asombro y alivio, porque después de tantos meses viendo cómo se intentan desmontar muchos derechos feministas conquistados y cómo se ataca a las mujeres, a las personas migrantes y a las minorías, esta sucesión de resultados parece recordarnos que la historia no siempre tiene por qué caminar hacia atrás.
Los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del congreso y conquistaron gobernaciones estratégicas, incluyendo estados donde el Partido Republicano había mantenido el poder durante décadas. Pero uno de los resultados más significativos obtenidos es el avance de las mujeres en cargos de elección popular.
Según el Center for American Women and Politics de Rutgers University, con los resultados disponibles al 4 de noviembre, al menos 17 mujeres serán gobernadoras en 2027, superando el récord anterior de 14; al menos 23 mujeres integrarán el Senado; 116 mujeres demócratas formarán parte del Congreso, una cifra récord; al menos 100 mujeres demócratas estarán en la Cámara de Representantes. Texas eligió a Gina Hinojosa como su primera gobernadora latina, Georgia tendrá a Keisha Lance Bottoms, la primera mujer afroamericana en gobernar un estado y Nuevo México eligió a Deb Haaland, la primera mujer indígena en ocupar una gobernación en Estados Unidos.
Estos resultados tienen un valor que va más allá de la representación simbólica porque traen un mensaje político que puede tener consecuencias importantes para las mujeres estadounidenses y para quienes, desde América Latina, hemos observado con preocupación la expansión de una agenda conservadora que pretende devolvernos a tiempos en los que nuestros derechos dependían de la voluntad masculina (movimiento de las tradwives, quitar el voto a las mujeres, ilegalizar el aborto, eliminar fondos para organizaciones feministas, permitir el alquiler de vientres y otros retrocesos más).
Las mujeres que ahora llegan a gobernaciones y al congreso estadounidense pueden impulsar leyes, definir presupuestos, controlar instituciones y colocar en la agenda pública problemas que tradicionalmente han sido considerados secundarios. La nueva mayoría demócrata en el Congreso podrá frenar iniciativas regresivas, fiscalizar las políticas de la actual administración, investigar posibles abusos y defender recursos destinados a salud sexual y reproductiva, así como contribuir a restituir el derecho al aborto, las políticas de diversidad, igualdad e inclusión laboral y la prevención de la violencia de género. Obviamente no se podrán revertir automáticamente todas las decisiones del presidente, ni garantizar que cada mujer elegida comparta una agenda feminista porque, aunque la representación importa, necesita traducirse en políticas concretas, pero confío en que esto está por venir.
También, quizá, sea una señal de potencial alerta al Partido Republicano, porque se ha dejado llevar por la retórica más populista y ultraconservadora que la aleja de los espacios de centro democrático que son, finalmente, los que facilitan la estabilidad en el poder. El feminismo es una expresión de los derechos humanos y negarlo solo contribuye a una lectura excluyente que facilita la violencia, no la disminuye.
Además, el votante de EE. UU. mira mucho al bolsillo, pero si golpeas a migrantes y mujeres, la economía no mejora. No se dinamiza el empleo encerrando a las mujeres en su casa, no se generan más innovaciones limitando los derechos. Las elecciones ayudan a entender que el enfoque más práctico de la política no tiene una sola lectura y que la ciudadanía es capaz de asumir una mezcla de convivencia e innovación, en medio de la IA y de las guerras, como generadoras de crecimiento.
Para las mujeres latinoamericanas esta elección tiene una dimensión que va más allá de la política dentro de USA. Trump se ha convertido en una figura de referencia para sectores conservadores de nuestra región, que encontraron en su discurso una legitimación para atacar las políticas de igualdad, cuestionar la educación sexual, desacreditar al feminismo y promover una visión restrictiva de los derechos de las mujeres. Su derrota puede debilitar ese impulso y demostrar que la ofensiva conservadora no es una corriente inevitable ni invencible.
Por otro lado, creo que el impacto más urgente se encuentra en la vida de las mujeres migrantes que residen en Estados Unidos. Para muchas venezolanas, mexicanas, centroamericanas, caribeñas y sudamericanas, estos años han estado marcados por el miedo a las redadas, las detenciones y las deportaciones, por la incertidumbre sobre sus posibilidades de permanecer en el país y por la angustia de que sus familias puedan ser separadas. Algunas han dejado de acudir a servicios de salud o de denunciar situaciones de violencia por temor a que su situación migratoria las exponga a consecuencias aún más graves.
La victoria demócrata no detendrá por sí sola las deportaciones ni modificará automáticamente las restricciones migratorias. Trump conserva el poder ejecutivo y su administración puede continuar aplicando las políticas que ha defendido. Sin embargo, un congreso dispuesto a ejercer control sobre esas decisiones puede investigar abusos, exigir transparencia, proteger el debido proceso y abrir espacios para defender a las mujeres que enfrentan violencia o explotación en empleos precarios.
Esta experiencia ofrece una lección valiosa para el movimiento feminista latinoamericano y es que las mujeres migrantes, sobre todo las que pueden votar, pueden convertirse en un puente de incidencia política con sus países de procedencia, fortaleciendo alianzas con organizaciones de derechos humanos, colectivos feministas y redes comunitarias que trabajan a ambos lados de las fronteras. Sus experiencias deben ocupar un lugar central en las agendas de igualdad, porque la autonomía de las mujeres también depende de poder vivir sin miedo, trabajar con dignidad, cuidar a sus familias y ejercer sus derechos sin que la amenaza de deportación las silencie.
No es realista esperar que una victoria demócrata resuelva por sí sola los problemas de las mujeres latinoamericanas ni que la política estadounidense se convierta de pronto en una aliada incondicional del feminismo, porque los movimientos conservadores de nuestra región tienen sus propias raíces y seguirán disputando poder, pero sí podemos reconocer que se ha abierto una ventana de oportunidad para renovar la esperanza.
Aquella alegría que sentí, frente a los resultados de este proceso electoral, es el reflejo del alivio que se siente al comprobar que todavía existen mecanismos para poner límites al poder. El feminismo está bajo fuego, lo hemos dicho antes, cuando tratan de convencernos por todos los medios de que nuestros derechos son negociables y nuestras demandas, cuestionables. Estas elecciones nos recuerdan, sin embargo, que ninguna conquista está completamente asegurada, pero que tampoco un retroceso tiene que ser definitivo.
Y para quienes creemos que el feminismo es una lucha por una democracia más justa, más igualitaria y más humana, esa es una razón poderosa para tener fe y seguir creyendo y luchando.

