El arte de ser egoĆ­sta: Disertaciones de la mujer creadora

El arte de ser egoĆ­sta: Disertaciones de la mujer creadora
julio 1, 2024 Aglaia Berlutti
feminismo

La madre de la escritora Mary Shelley fue una mujer trÔgica. No sólo se trató que Mary Wollstonecraft fuera una libre pensadora adelantada a su tiempo, sino que de alguna manera, esa noción de la mujer con capacidad para comprenderse a través de la idea, la condenó a un tipo de ostracismo social del que nunca pudo zafarse. Murió marginada, destrozada por el prejuicio de su época y aplastada por el habitual anonimato al que la historia somete al sexo femenino. Unas décadas después, su hija crearía un monstruo literario espléndido tan solitario y aislado como ella, en una alegoría inquietante de la que quizÔ la brillante escritora no fue del todo consciente.

Como escritora y artista en formación, de vez en cuando me sobresalta el pensamiento que como tantas otras mujeres de la historia, Mary Wollstonecraft pareció destinada de origen a carecer de nombre e importancia. Como si el mero hecho de ser mujer —esa percepción de la feminidad como un todo que estigmatiza y elabora una identidad esencial cultural— no sólo convirtiera el arte creado por mujeres en una especie de curiosidad cultural sin mayor importancia, sino en una idea abstracta sobre la que no se medita demasiado. DespuĆ©s de todo, hasta hace relativamente poco tiempo, la mujer artista —la personalidad creativa femenina— fue considerada una especie singular, unĀ rara avisĀ de la que se comprende muy poco. Pocas dĆ©cadas atrĆ”s, la mujer que crea, simplemente no existĆ­a.

Siempre supe que deseaba fotografiar y escribir. El ā€œsiempreā€, asumido como una idea que nació en algĆŗn momento de mi adolescencia y me acompañó durante toda mi primera juventud. Creaba con la compulsión de la niƱez, con esa obsesiva necesidad de la novedad y con el transcurrir del tiempo, descubrĆ­ que expresar ideas complejas a travĆ©s de mi producción artĆ­stica —ya fuera fotografiando o escribiendo— era parte de mi visión del mundo. No obstante, para quienes me rodeaban, no resultaba tan sencillo. Mucho menos comprensible. MĆ”s de una vez me tuve que enfrentar a esa incredulidad, a esa exigencia de ā€œsentar cabezaā€ que parecĆ­a condenar mi vocación artĆ­stica a una cierta perplejidad espontĆ”nea carente de verdadera sustancia.

ā€œEs una etapa, ya se te pasarĆ”. Todos empezamos en la vida queriendo ser artistas, ser famosos, ser reconocidos. Escribimos, pintamos, bailamos. Creemos que es fĆ”cil hacerlo y nos emociona creer que seguiremos en eso toda la vida. Pero sólo es una etapa, crĆ©emeā€, me dijo en una ocasión una de mis profesoras de secundaria, que impartĆ­a la asignatura de Literatura con cierto desgano prĆ”ctico. Lo hacĆ­a por un salario, para cumplir cierta función educativa, no por pasión y mĆ”s de una vez lo admitió en voz alta con toda tranquilidad. Y por supuesto, le llevaba esfuerzo entender mi amor por la palabra escrita, mi definitiva necesidad de asumir el mundo a travĆ©s de la literatura.

Su punto de vista me dolió. No sólo porque pareció desacralizar mi idea sobre la necesidad artĆ­stica, sino que la vulgarizó, convirtiĆ©ndola en un mero capricho pasajero. Ya por entonces, consideraba escribir era una idea importante. Lo suficiente como para que abarcara una buena parte de mi vida, como para que formara parte de mis aspiraciones a futuro y sobre todo, esa expresión personal que todos tenemos sobre nuestra forma de comprendernos. EscribĆ­a porque lo necesitaba, porque no podĆ­a ser otra cosa y porque esa necesidad —impaciente, devastadora— ocupada cada espacio vacĆ­o en mi vida. Lo hacĆ­a desde muy niƱa, abrumada por un impulso vital difĆ­cil de explicar a quien no lo sintiera y desconcertada por el poder de esa persistencia del deseo de vivir para escribir, que no al contrario.

Por ese motivo, no podĆ­a comprender la pasividad de la profesora, la manera superficial como asumĆ­a mi impulso creativo. Pero ella continuó haciĆ©ndolo durante todo el largo aƱo que fui su alumna —recordĆ”ndome cada vez que podĆ­a que ser escritor era un asunto largo y tedioso que en realidad no formaba parte del mundo de la mujer— hasta que finalmente, me rebelĆ© contra esa percepción simplista y llana de la creación de la mejor manera que podĆ­a: escribiendo.

—¿Y esto quĆ© es? —me preguntó cuando dejĆ© en su escritorio un fajo de hojas escritas a mano. Me las arreglĆ© para sonreĆ­r. — Un regalo para usted.

El ā€œregaloā€ casi me cuesta la expulsión del colegio: se trataba de un cuento donde una criatura sebosa y peligrosa muy parecida a la profesora, acechaba en los pasillos de un colegio idĆ©ntico al mĆ­o. Las escenas, abigarradas y llenas de referencias nada disimuladas a los monstruos fabulosos de Lovecraft, convertĆ­an a la mujer pasiva e insulsa del aula de clase en una aparición imposible, temible, peligrosa. La describĆ­an como una especie de supra conciencia totalitaria y amenazante que se alimentaba del entusiasmo de sus desprevenidas alumnas. Y aunque en ningĆŗn momento le mencionĆ© directamente, el parecido fue tan obvio que terminĆ© castigada por meses en la dirección de la Escuela. La monja que fungĆ­a como directora simplemente no lo podĆ­a creer.

— No entiendo como hiciste algo semejante —comentó entre dientes, cuando leyó el cuento y por supuesto, encontró parecidos razonables entre la profesora y mi monstruo—, es una groserĆ­a como jamĆ”s pensĆ© podrĆ­as cometer.

Luego vino un largo sermón sobre la santidad de la escritura, sobre el hecho que preclaras mujeres como Sor Juana InĆ©s de la Cruz y Santa Teresa de Ɓvila jamĆ”s habrĆ­an utilizado la palabra para herir de la manera grosera y descarada como yo lo habĆ­a hecho. Me recordó que la creación era una capacidad divina y que utilizarla de esa forma habĆ­a sido poco mĆ”s que un oprobio no sólo contra la profesora —pobre alma dulce— sino contra la escuela, que me estaba educando como una mujer de bien. EscuchĆ© toda la diatriba, un poco asombrada por la insistencia en la bondad de la escritura y sobre todo, su supuesta capacidad redentora.

—Una mujer escribe para ser excelsa, para expiar el pecado original con arte —me dijo por Ćŗltimo la monja—. PiĆ©nsalo y trata de alcanzar un instante de paz que te permita asumir lo que haces como un trabajo divino.

La frase me sonó extraƱa pero sobre todo, infinitamente asfixiante. Ya por entonces, admiraba profundamente a mujeres como Simone de Beauvoir y Virginia Woolf, para quienes la escritora era una forma de vida y no una exaltación de una supuesta bondad en la que ninguna creĆ­a. No se trataba solo que ambas fueran las escritoras que secretamente yo deseaba ser —salvando las distancias evidente entre ambas y mi propia circunstancia— sino del hecho, que tanto una como la otra creaban por necesidad, por egoĆ­smo, por una profunda alegrĆ­a hedonista basada en el arte que entendĆ­a mucho mejor que todo el pregón de la santidad inherente a la idea de la mujer artista.

Obsesionada con la escritura como lo estaba, la mera idea que hacerlo fuera una manera de conectarme con un planteamiento generoso sobre lo que podĆ­a crear —y deseaba crear— me parecĆ­a no sólo impensable sino tambiĆ©n, profundamente despiadado. DespuĆ©s de todo, escribĆ­a por deseo, por la necesidad mĆ”s irrevocable y dura. No tenĆ­a nada de beatĆ­fico ni mucho menos sagrado. EscribĆ­a por dolor, por furia, por alegrĆ­a, por deseo, por la reciĆ©n descubierta capacidad para la lujuria, por la reciĆ©n nacida visión del mundo que me proporcionó la adolescencia. ĀæQuĆ© tenĆ­a que ver eso con alguna visión ultraterrena y divina?

QuizÔs por ese motivo, me obsesionaba Virginia Woolf mÔs que cualquiera otra escritora. Woolf no era santa, amable ni mucho menos correcta. Era una mujer de su tiempo, llena de defectos y con pocas virtudes que destacar, a no ser su maravilloso talento. Cínica, obsesiva y sobre todo, profundamente carnal, a Virginia le gustaba fumar tabacos, jugar a los bolos y escribir a maquina. Nada de las largas estelas romÔnticas a lo Bronte y a lo Austen. Virginia se inclinaba sobre la mÔquina de escribir y tecleaba por horas, un tac tac tac continuo que marcaba como un metrónomo el paso de sus pensamientos. Y es que Virginia era compleja en su humanidad, en su portentoso talento para contar el mundo. Para escribir por deseo, por furia. Por razones oscuras y obscenas que la hacían profunda y demoledora.

—EscribĆ­a como un hombre —me dijo en una ocasión uno de mis profesores universitarios— y no se trata de un comentario machista o que busque denigrar su enorme capacidad creativa. Se trata que hasta entonces, la mujer escritora —la artista en general— era una especie de esplĆ©ndida beldad delicadĆ­sima, sufriente y trĆ”gica, que dedicaba su impulso vital a escribir para sustituir la presencia del marido, los hijos, incluso de la salud. Por siglos, se consideró que la mujer que escribĆ­a echaba en falta algo. El amor familiar, el carnal, el emocional, el romĆ”ntico. Los hijos. Ninguna mujer escribĆ­a sólo por desearlo. Eso era inconcebible.

Mi profesor era devoto de lo que llamaba ā€œla furia infernal femeninaā€, un tĆ©rmino casi medieval para definir el poder creativo de la mujer, ajeno a cualquier virtud teologal que la cultura insistĆ­a en endilgarle. Para mi profesor, crear era un asunto pĆ©rfido, mĆ”s cercano al pecado que a la bendición. Y por ese motivo insistĆ­a que la mujer que crea, estuvo sometida a la idea de la castidad intelectual tanto tiempo como para resultar castrante. SolĆ­a decir que para la historia, la mujer y la creación eran tĆ©rminos contradictorios. DespuĆ©s de todo, no habĆ­a forma que una mujer se expresara artĆ­sticamente y se mantuviera alejada de placeres reservados para los impĆ­os. Como si el arte, con toda su carga simbólica y primitiva, no pudiera sostener la santidad que solĆ­a achacĆ”rsele a lo femenino.

—Mira, para occidente la mujer que crea es una puta. No hay manera que una mujer sea artista sin que pierda esa cualidad de pureza que tanto se le insiste en achacar —me dijo en una oportunidad, mientras debatimos la extraƱa y maravillosa vida de la filósofa Simone Weill, que por dĆ©cadas tuvo que disimular su inteligencia para formar parte de los cĆ­rculos mĆ”s preclaros de estudiosos de su Ć©poca: una contradicción espeluznante—. La mujer que piensa, que crea, que escribe, pinta, baila, no se debe a la tradición, a la historia y a la herencia social. Es independiente, poderosa, Ćŗnica. Y eso es impensable y oprobioso para una sociedad obsesionada en que sea justamente lo contrario.

ā€œEstudien, estudien ustedes Historia, damas y caballeros espaƱoles, antes de acusar de extranjerismo a un feministaā€, escribĆ­a por el 1917 la escritora y polĆ­tica feminista MarĆ­a LejĆ”rraga, alter ego lĆŗcido de su esposo Gregorio MartĆ­nez Sierra.Ā ā€œHĆ”ganlo por la supervivencia de su mente y su capacidad para ser Ćŗnicasā€Ā aƱadĆ­a, desde los labios de su esposo, que por dĆ©cadas la habĆ­a forzado a escribir ocultando su talento en su beneficio. Pero entonces, LejĆ”rraga, una asombrosa dicotomĆ­a que poca gente comprendió en realidad, convirtió al marido explotador en tĆ­tere y le hizo proclamar no sólo un novedoso pensamiento de reivindicación de gĆ©nero, sino algo mĆ”s complejo: la libertad de la mujer para construir su propia circunstancia.

María, con su excelsa capacidad para asumir la ambigüedad y un cierto hermafroditismo mental, no sólo sentó las bases de la capacidad de la mujer futura para asumirse creadora por derecho propio, sino para evitar que la trampa en que cayó y sufrió la mayor parte de su vida, pudiera atrapar a cualquier otra mujer creadora. O al menos, eso era lo que pensaba mi profesor, quien fue el primero en hablarme sobre ella, su obra a la sombra del anodino Gregorio Martínez Sierra y sobre todo, su increíble historia.

—¿Lo ves? Hasta hace muy poco, la mujer que crea debĆ­a masculinizarse, hacerse asĆ­ misma como hombre y hacer asĆ­, menos chocante su independencia intelectual —me explicó en una oportunidad—, eso es la complejidad del arte femenino. Se trata de una doble lucha: contra la tradición que aplasta y el gĆ©nero que limita.

Algo de eso debió reflexionar Aurora Dupin cuando se transformó en George Sand, pienso con frecuencia. La escritora fue una de las primeras en asumir que necesitaba encontrar un espacio en el mundo literario de su Ć©poca —íntegramente masculino— a travĆ©s de un juego de espejos de gĆ©nero que sorprendió y escandalizó en su Ć©poca. Porque Aurora fue George, escribió nueve tomos de maravillosas novelas, impactó a la sociedad que la leĆ­a con avidez, habló de mujeres libres… pero fue hombre a todos los efectos de la presunción de su capacidad creativa. QuizĆ”s era la Ćŗnica manera en que podĆ­a haber escrito sobre hĆ©roes libres e independientes, sin resultar chocante, abrumadora, desconcertante. Y fue esa dualidad femenino y masculino lo que hizo de la figura de George Sand un sĆ­mbolo de la restricción social de la mujer que expresa, la mujer artista, la mujer poderosa.

george sand

SolĆ­a pensar en Aurora —que no en George— durante los difĆ­ciles aƱos de transición entre apasionada por la escritora, novata sin verdadera motivación y ese trĆ”nsito hacia el hecho de asumir la escritura como mi profesión. O al menos, una de mis maneras de crear. Muchas veces, me preguntĆ© cómo habĆ­a tomado Aurora la decisión de hacerse hombre, cuĆ”nto valor habĆ­a necesitado, para atreverse a enfrentarse a la historia que silencia desde su personal perspectiva. Me preguntĆ© si habĆ­a sido una decisión consciente, la de evadir esa noción de la mujer fĆ”cil y puta que crea, para deambular en la periferia. Por supuesto que no debió serlo, me digo en ocasiones, abrumada por la sensación de encontrarme en un terreno blanco y desconcertante de crear mi propia historia. Debió ser un trayecto escarpado, durĆ­simo, pero necesario. Porque Aurora creó su propia vereda, su propia circunstancia, la puerta abierta hacia algo mĆ”s. Y con ella, afianzó el camino de la escritora que existe a pesar de la presión social.

Hace poco, leía que María Fernanda Ampuero, escritora y periodista de Ecuador, ponderaba sobre el hecho que la mujer que escribe es un fenómeno reciente en nuestra patriarcal, machista y conservadora Latinoamérica. Hasta hace muy poco, la mujer creativa de nuestro continente debió enfrentarse a esa dicotomía insistente entre lo que la historia requiere de ella y algo mÔs abstracto. Y mucho mÔs que sus contemporÔneas en otras partes del mundo: Mientras Virginia Woolf ya se preguntaba por el año 1945 que necesitaba una mujer para escribir, en nuestros países, la idea continuaba siendo inquietante e incluso desagradable. Después de todo, la mujer estaba allí para completar el ciclo creativo, para acompañar y consolar.

Como comenta Ampuero: ā€œLas que callaron a los niƱos porque papĆ” estaba escribiendo, las que sirvieron litros y litros de tĆ© en silencio, las que mantuvieron el orden obsesivo del susodicho, las que organizaron veladas literarias en las que no podĆ­an ni debĆ­an opinar, las que hornearon tartas, asados, panes, las que vivieron pobrezas y sobresaltos… Es muy difĆ­cil hacer que la vida domĆ©stica no irrumpa como un estruendo en el proceso creativo. QuĆ© gusto debe de haber sido para estos seƱores nunca encargarse de nada de esoā€. Y en la ligera crĆ­tica, en el dolor que subyace debajo, hay toda una inclemente visión de lo que debĆ­a enfrentarse la mujer creativa latina. Esa noción de la tradición que intenta abrumar el impulso de construir sólo por el mero hecho de favorecer la tradición.

QuizĆ”s por ese motivo, Clarice Lispector (Chechelnik, 1920–RĆ­o de Janerio, 1977) sea toda una visión reivindicadora de esa percepción de la mujer que debĆ­a abandonar la necesidad en beneficio de lo que las exigencias de gĆ©nero. Se suele decir que Clarice no sabĆ­a freĆ­r un huevo ni tampoco tenĆ­a ninguna habilidad en los quehaceres domĆ©sticos, pero escribĆ­a. Y lo hacĆ­a tan bien como para que formara parte de su vida, su circunstancia, sin atenerse a ninguna idea cultural que pudiera constreƱir su deseo de escribir. ā€œLa recuerdo con una mĆ”quina de escribir en su regazo, tecleando absorta en medio del salón principal de la casa entre los ruidos de los niƱos, el telĆ©fono o la empleada. Por tanto, no tenĆ­a nada de escritora maldita que necesitaba aislarse del mundo para encontrar la inspiraciónā€, cuenta su hijo Paulo Gurgel, quien no sólo admiraba el poder creativo de su madre, sino sabĆ­a —y probablemente comprendió desde la infancia— que era el principal impulso que la animaba.

ā€œMi madre escribĆ­a por placer, trabajo y necesidad. Lo demĆ”s era subsidiario a esa necesidadā€, concluye, dejando en claro que para Clarice cualquier otra compulsión ademĆ”s del arte —incluyendo la maternidad— parecĆ­a encontrarse fuera de toda consideración. Una contradicción a la idea sobre la mujer que crea en nuestro continente e incluso, de la cultura occidental.

En una ocasión, Susan Sontag comentó que nunca caĆ­a bien a nadie. Que todos quienes la conocĆ­an solĆ­an decir que era una mujer insoportable. ā€œNo soy alguien agradableā€ insistĆ­a con una cierta ferocidad acerada y sobre todo, muy consciente que contradecĆ­a esa imagen de lo femenino que impone la cultura. Una mujer introspectiva, dura e incluso severa, que no hacĆ­a el menor esfuerzo por agradar, resultar encantadora e incluso amable. Sus crĆ­ticos tomaron su largos y empecinados silencios como una demostración de su soberbia. Pero en realidad Susan Sontag siempre fue una mujer que asumió el poder de la palabra como una parte indivisible de su personalidad: esa percepción de la palabra que crea, construye y elabora nuevas fronteras. La palabra como frontera entre el mundo personal y el mundo real. Y por ese motivo, quizĆ”s sufrió esa noción de la severidad y dureza que se le atribuye a la mujer que crea, que muy pocas veces se comprende. Que en ocasiones resulta desconcertante e incluso limitante. Una ruptura con el tópico de lo que la mujer debe ser a travĆ©s de una idea recurrente sobre el gĆ©nero que resulta incompleta para definir a la mujer que crea.

A veces, tengo la impresión que no he hecho otra cosa en mi vida que fotografiar, escribir y leer. Y esa sensación en ocasiones es profundamente egoĆ­sta, visceral y primitiva. Lo hago porque lo deseo, porque me place y me satisface y no por ninguna visión romĆ”ntica sobre la creación trĆ”gica. AĆŗn asĆ­, sigo preguntĆ”ndome cómo concibe la cultura donde nacĆ­ a la mujer que crea —que construye— y si esa percepción comienza a evolucionar o en todo caso transformarse en algo mucho mĆ”s profundo de lo que es. Por ahora, sigo intentando comprender el sentido de esa idea creativa femenina y sobre todo, la manera como concibe a un nuevo tipo de artista, que intenta de no definirse a travĆ©s de una tradición cultural y mucho menos, una opinión cultural.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artĆ­culos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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