Creo que la construcciĂłn semántica que llamamos “humanidad” es, casi por encima de cualquier otra cosa, un conjunto de comportamientos esperados desde los individuos y comunidades de nuestra especie. Por lo tanto, tambiĂ©n creo que la condiciĂłn de humanidad cambia, cambiando esos comportamientos esperados ÂżHasta quĂ© punto ese cambio nos permite reconstruirnos como sociedad? ÂżEn cuánto tiempo se concretarán algunos de esos cambios, por ejemplo, los que más vinculamos con la igualdad entre hombres y mujeres? ÂżCuánto cambio deseable cabe esperar desde un proceso planificado de largo plazo, por ejemplo, una generaciĂłn? ÂżCuánto en muy largos plazos, por ejemplo, 100 años o más? ÂżCĂłmo se construyen estos cambios? ÂżHay que acordarlos primero? ÂżCon cuáles mecanismos? ÂżLa polĂtica de hoy, la de cada pueblo/territorio y sus interpretaciones? Y esos cambios Âżforman parte de alguna planificaciĂłn o eso es solo una ilusiĂłn intelectual y las transformaciones tienen su propia pauta histĂłrica cargada de azar e indeterminaciĂłn?
Algunas de estas preguntas llevan a la dicotomĂa entre estructura y variaciĂłn, eje y plasticidad, genĂ©tica y aprendizaje ÂżQuĂ© tan biolĂłgicamente arraigados están nuestros comportamientos? No estudiĂ© psicologĂa, pero el comportamiento parece tener, como el resto de nuestras cosas, una combinaciĂłn de elementos conformadores entre ambas lĂneas, que en el pasado se creĂan separadas, pero que cada vez más parecieran apuntar a cierta fluidez compartida. En ese fluir de estructura y cambio, quizá la genĂ©tica impulsa sustancialmente algunas dinámicas muy básicas que, desde incluso antes de nacer, nos condicionan, como salivar, comer, orinar, defecar, llorar, reĂr, activarse sexualmente o dormir.
Por otro lado, la mayor parte de lo que creemos ser, cómo nos vemos, cómo hablamos, cómo recreamos el mundo a nuestro alrededor, qué creemos que es falso o cierto, cómo nos relacionamos con las otras personas, está más condicionado por la imitación y el aprendizaje.
Otras áreas de avances en el conocimiento sobre el comportamiento han permitido teorizar sobre el sistema nervioso central humano, como base neurolĂłgica de cualquier comportamiento. AsĂ están los “programas mentales”, como mecanismos adaptativos para generar respuestas repetibles en situaciones conocidas y que se constituyen en sistemas más o menos recurrentes, como “hábitos”, junto a distinciones cada vez más claras entre las interpretaciones tĂpicas de este sistema nervioso y las explicaciones cientĂficas que cuestionan estas interpretaciones, se han venido haciendo más y más evidentes.
AsĂ, hoy, nos reconocemos incapaces de manejar intuitivamente el conocimiento sobre la fĂsica cuántica, el tamaño de lo que llamamos Universo o reconocer las fallas tĂpicas que llevan a un cerebro humano a engaño en tĂ©rminos de procesamiento probabilĂstico, como bien nos ha hecho saber Kahneman en “Pensar rápido y pensar despacio” o nuestra propensiĂłn a sesgar y ensuciar lo interpretable que nos muestra este mismo autor junto a Sibony y Sunstein en su obra “Ruido: un fallo en el juicio humano”.
Otra dicotomĂa importante es si el cambio de comportamiento de las sociedades humanas precede al cambio de tecnologĂa o es un descubrimiento tecnolĂłgico azaroso el que altera nuestro comportamiento y estructura social. Algo asĂ como quĂ© es primero, el huevo o la gallina. Porque la historia reciente se estudia a partir de transformaciones polĂticas, pero la historia a largo plazo se estudia a partir de periodizaciones condicionadas por los cambios tecnolĂłgicos, por ejemplo, nuestra manera de extraer del medio fĂsico para luego manipular ciertas piedras como herramientas para fabricar otras, por ejemplo, hachas o puntas de flechas. O el acceso a tecnologĂas como hornos, ruedas, palancas, poleas… Además, cada vez los perĂodos histĂłricos se aceleran y resultan más prĂłximas entre sĂ, por frecuentes, las fronteras tecnolĂłgicas importantes, con un antes y un despuĂ©s que condiciona todo el desenvolvimiento de la especie humana.
Los historiadores y los antropĂłlogos indagan sobre elementos prehistĂłricos de nuestro comportamiento social, muchas veces a partir de datos y relaciones muy frágiles, sometidos a reinterpretaciĂłn a partir de nuevos descubrimientos. Por ejemplo, en mi propia educaciĂłn básica (hace unos 45 años), los humanos Ă©ramos propiamente humanos solo desde hace unos cien mil años, todos surgidos desde grupos africanos subsaharianos de origen cromañón que, en sucesivas migraciones, fueron poblando otros territorios y, durante varias decenas de miles de años de ese lapso, llegamos a compartir (un compartir que incluyĂł, probablemente, competir por territorios, oportunidades y recursos) con los neandertales, otra especie humana, que, quizá a partir de esa interacciĂłn con nosotros, quedĂł condenada y desapareciĂł sin dejar rastro en nosotros. Hoy sabemos que en el humano moderno hay genes neandertales (tambiĂ©n denisovanos, una tercera especie humana reciente, no serĂa extraño que tambiĂ©n de varias otras especies) y que no parecieran llegar solo por mĂnimas interacciones, es probable que el espacio compartido y fĂ©rtil fuese más amplio de lo que antes se suponĂa.
AĂşn más recientemente que este conocimiento, sabemos que los humanos podrĂan haber existido como especie desde hace 230 mil años, un perĂodo mucho más largo de lo que antes se suponĂa y, tambiĂ©n, que en ese perĂodo podrĂa haber habitado áreas mucho más al norte de lo que antes suponĂamos, por ejemplo, espacios del actual Marruecos o Argelia.
Humanidad reciente y revoluciĂłn neolĂtica
No ha cambiado mucho la concepciĂłn histĂłrica de nuestras transformaciones más recientes, las derivadas de la RevoluciĂłn NeolĂtica. Las personas domesticaron animales y plantas y gradualmente los excedentes que producĂan y que resultaban almacenables, les permitieron asentarse en territorios, crecer demográficamente y, con poblaciones reunidas más grandes, moldear comportamientos que, hasta entonces, no habĂan sido practicados, por ejemplo, la especializaciĂłn del trabajo para la guerra. Está claro que se dispone de mucha más informaciĂłn de los humanos a partir de estos asentamientos y su evoluciĂłn cultural, aunque es solo un poco más fluida y uniforme desde la mitad de este perĂodo, hace apenas cinco o seis milenios atrás (y durante el 50% de ese perĂodo es realmente pobre en comparaciĂłn con la otra mitad más reciente, es decir, solo en la Ăşltima cuarta parte más reciente desde la RevoluciĂłn NeolĂtica, los Ăşltimos tres milenios, la informaciĂłn incluye mucha más informaciĂłn disponible.
Desde el neolĂtico sabemos mucho mejor como se ha venido comportando la humanidad y, por ello, el contraste con el paleolĂtico resulta tan importante. Si somos humanos más o menos similares al humano de hoy en dĂa desde hace 100, 200 o incluso 250 mil años, entonces la informaciĂłn que manejamos de nosotros mismos a partir de la Historia (expresiones culturales, destacando aquellas que tienen expresiĂłn escrita) es contrastable con la informaciĂłn sobre nosotros hace 10, 15 o 20 mil años, aĂşn dominados por el nomadismo, en grupos pequeños (25-40 individuos), en estrecho contacto con la Naturaleza y, seguramente, con estructuras de poder, mecanismos de especializaciĂłn del trabajo y mecanismos de comunicaciĂłn intra e inter grupo, diferentes a los de hoy en dĂa.
Aunque los antropĂłlogos cuentan con una fuente informativo sumamente valiosa en el estudio de comunidades humanas que, aĂşn hoy en dĂa, viven en condiciones aparentemente parecidas a las de miles de años atrás, no es extraño que se idealice un poco esta vida, en sentido romántico y casi siempre ajeno a la ciencia. Sin embargo, tambiĂ©n han surgido investigaciones que dan cuenta de nuevas interpretaciones sobre la informaciĂłn disponible, en las que se cuestionan ciertas generalizaciones previas sobre el comportamiento de aquellos humanos primitivos, por ejemplo, aquellas vinculadas a las relaciones de poder entre hombres y mujeres, negando que hubiese mucha diferencia entre ellos o que el hombre ejerciera un rol más prĂłximo a la violencia y el control en detrimento de la mujer.
No tengo experticias para manejar ese tema, pero me confieso escĂ©ptico con respecto a cualquier versiĂłn de nuestro pasado que no incluya, en buena parte de la vida de aquellos humanos, importantes retos de sobrevivencia que continuaron acumulando socialmente comportamientos que ya venĂan estructurados durante cientos de miles de años. Entre ellos, los derivados del dimorfismo sexual, con machos más fuertes y capaces de ejercer violencia, probablemente y en la mayor parte de los casos, en defensa del grupo, pero tambiĂ©n violencia intra grupo, sobre todo a partir de la interacciĂłn con otros machos que se retan el espacio de liderazgo y poder (una caracterĂstica de casi todos los mamĂferos superiores).
Quizá no es asĂ. Quizá el humano encontrĂł nichos suficientemente amplios, en tiempo y espacio, de alimentos abundantes y se fortaleciĂł socialmente, desde hace cientos de miles de años, alejándose de las pautas naturales del resto de los mamĂferos, del resto de los monos y primates, para constituir un funcionamiento más armĂłnico de poder entre los individuos de su grupo social, indistintamente de su sexo y la cultura machista y patriarcal pueda ser circunscrita a un lapso reciente de adaptaciones a partir de esos cambios en el NeolĂtico. Esta idea podrĂa fortalecerse por el simple hecho de su amplia inteligencia social, por lo que algunos antropĂłlogos argumentan que lo esperable, lo razonable, es un comportamiento que supera las limitaciones impuestas por esa estructura biolĂłgica.
La evoluciĂłn cultural post neolĂtica es mucho más acelerada. Especialmente la que se percibe a partir de los cambios tecnolĂłgicos desde una de sus más recientes etapas, la revoluciĂłn industrial[1] (hace aproximadamente dos siglos y medio, es decir, una quincuagĂ©sima parte de este perĂodo de 12 mil años definido como revoluciĂłn reciente) y que han venido impactando positivamente las tasas de sobrevivencia en nuestra especie y, con nuestra ecologĂa, comprometiendo cada vez más claramente todos los ambientes naturales de este planeta en el que nos desenvolvemos.
EvoluciĂłn y revoluciĂłn feminista
ÂżCĂłmo será la persona humana en 500 o 1000 años? ÂżPrimará su evoluciĂłn biolĂłgico cultural tal cual se entendiĂł este proceso hasta ahora? ÂżO variará para incorporar hĂbridos de sĂ mismo a partir de innovaciones tecnolĂłgicas que alteran su genoma? ÂżQuĂ© implicaciones sociales y culturales tendrĂan estas variantes? ÂżPodrá acelerar los procesos de transformaciĂłn cultural positiva esperables hoy? ÂżQuĂ© impacto tendrá sobre las relaciones desiguales y sus brechas, incluyendo las que persisten entre hombres y mujeres?
Gracias al feminismo sabemos que romper algunas brechas con la inercia actual de cambios podrĂa suponer perĂodos de espera de más de cien años. La brecha salarial, la de representaciĂłn polĂtica, la de carga no remunerada de cuidados, la de acceso al poder patrimonial y el crĂ©dito para la mayorĂa de las mujeres en el planeta…Son muchas las áreas que requieren mejora y de las que se esperan transformaciones positivas que ayuden a una convivencia más pacĂfica, equilibrada y justa entre los seres humanos, más allá de su sexo. TambiĂ©n entre los seres humanos y el resto de los seres vivos cuya desapariciĂłn no hayamos provocado aĂşn.
Mientras, pareciera que también lidiamos con los retos de un diseño de nueva humanidad diferente, más fantástico (en el sentido literario) pero más concreto que nunca, quizá. El diseño de la inteligencia artificial que, asumiendo que aprende ya de manera mucho más efectiva y acelerada que nosotros, incluya como parte del aprendizaje la magia de no discriminarnos por nuestras interpretaciones de la diferencia (eso, dando por asumido que podemos controlar que no aprenda y domine un ejercicio ecológico sostenible para el planeta a partir de la medida de eliminar a los humanos naturales).
Si la polĂtica humana actual, con todos sus problemas y circunstancias, con la gran multiplicidad de sociedades, naciones, territorios y actores, consigue consolidar transformaciones que faciliten generalizar la igualdad social, econĂłmica, polĂtica y cultural entre hombres y mujeres, limitando el alcance de nuestras diferencias a las particularidades de un contexto general para ambos sexos y a las vocaciones o sensibilidades individuales de cada quien, quizá estemos frente a la más profunda revoluciĂłn polĂtica de la Humanidad. Quizá la base tecnolĂłgica de esa transformaciĂłn fueron los excedentes neolĂticos y su aceleraciĂłn a partir de la innovaciĂłn de la industrializaciĂłn, pero se construye, dĂa a dĂa, de posicionamientos polĂticos y culturales de todos los hombres y mujeres en torno a estos cambios. Aceleremos la tarea y construyamos las mejores bases que sirvan de legado desde los Ăşltimos humanos naturales.
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[1] Es mi apreciaciĂłn que los humanos no hemos salido aĂşn de ese perĂodo evolutivo que llamamos RevoluciĂłn NeolĂtica y que todos los cambios en nuestros procesos productivos desde que acumulamos excedentes, son parte derivada de aquel proceso.