Hoy soy una mujer postmenopáusica. Lo digo asĂ, sin rodeos, porque durante mucho tiempo esa palabra —menopausia— fue un susurro incĂłmodo, algo que parecĂa mejor no nombrar. Yo atravesĂ© la perimenopausia y la menopausia a ciegas, sin informaciĂłn clara, sin acompañamiento, sin mĂ©dicos preparados para explicarme quĂ© estaba pasando en mi cuerpo. Y, sobre todo, sin que nadie validara lo que yo sentĂa.
Recuerdo la confusiĂłn. El cansancio extremo, la gordura, los cambios de humor, el insomnio, la niebla mental, el cuerpo que ya no respondĂa como antes. Recuerdo tambiĂ©n las consultas mĂ©dicas en las que todo se reducĂa a frases como “es normal a tu edad”, “relájate” o “son cosas hormonales”.
Hoy entiendo que normalizar el malestar sin explicarlo es una forma de abandono. Y cuando ese abandono se repite de manera sistemática hacia las mujeres, deja de ser descuido para convertirse en violencia.
Porque la violencia no siempre grita. A veces se manifiesta como ignorancia médica, como falta de investigación, como silencios largos. El cuerpo de las mujeres, especialmente cuando deja de ser joven y reproductivo, ha sido históricamente desatendido. Nuestro dolor se minimiza, se psicologiza o se vuelve invisible.
Pero los procesos de perimenopausia y menopausia realmente transforman el cuerpo y ocurren en medio de una estructura social que no sabe, no quiere o no considera necesario acompañarnos en esa transición vital.
Vivà ese proceso preguntándome si me estaba volviendo exagerada, o débil o inestable. Ahora sé que esa duda también es una forma de violencia interiorizada porque cuando no hay lenguaje para nombrar lo que pasa en el cuerpo, una aprende a desconfiar de sà misma. Y eso tiene consecuencias emocionales, laborales, relacionales profundas. El cuerpo vivido, ese que siente, envejece, duele, se cansa y cambia, queda fuera del relato oficial.
Pero algo está cambiando. Gracias a los movimientos de mujeres, al feminismo y a la lucha colectiva, la menopausia empieza a salir del clĂłset. Se investiga más, se habla más, se escribe más. Aparecen profesionales formadas, divulgadoras, redes de apoyo. Ya no estamos dispuestas a aceptar la ignorancia como destino ni el silencio como norma. Nombrar la menopausia es un acto polĂtico: es decir que nuestros cuerpos importan en todas las etapas de la vida.
Hoy, desde este lugar de postmenopausia, miro hacia atrás con rabia, sĂ, pero tambiĂ©n con claridad. Lo que vivĂ no fue un problema individual, fue una experiencia compartida por millones de mujeres. Y por eso merece ser contada.
Nuestros cuerpos no son un misterio natural sino territorios históricamente desatendidos. Hablar de perimenopausia y menopausia es hablar de dignidad, de derechos, de salud y de una vida vivida con información, acompañamiento y respeto.