Cuando la tierra se sacude, los cimientos de las estructuras físicas no son los únicos que colapsan; también lo hacen los frágiles sistemas de protección social que apenas logran sostener la seguridad y protección de las niñas, adolescentes y mujeres en tiempos de normalidad.

Existe un mito profundamente arraigado de que los desastres naturales son democráticos y neutrales en cuanto al género. Sin embargo, la teoría y la evidencia feminista demuestran que el impacto diferenciado de las catástrofes entre hombres y mujeres, como por ejemplo los terremotos, no hacen más que amplificar, acelerar e institucionalizar las desigualdades y violencias de género preexistentes.

Bajo esta idea se tiende a priorizar el rescate las primeras 72 horas, como si las violencias sexuales y las redes de trata van a esperar, sin considerar que en los contextos post-desastre, los cuerpos de las mujeres y las niñas se convierten en el territorio donde se recrudece la violencia sexual. En este artículo se analiza cómo el desplazamiento, la pérdida de infraestructura y la militarización de la ayuda humanitaria interactúan para crear un escenario de vulnerabilidad extrema para las niñas, adolescentes y mujeres.

Se debe superar el mito de la neutralidad del desastre, entender que existe un continuo de la violencia, para comprender la violencia sexual tras un terremoto, es imperativo abandonar la idea de que estos eventos son puramente «naturales». Los desastres son construcciones sociales (Enarson y Morrow, 1998). La violencia de género no brota de la nada entre los escombros; opera bajo lo que las teóricas feministas denominan el continuo de la violencia. Si una sociedad ya es estructuralmente patriarcal como la venezolana, el colapso del orden público liberará y legitimará las agresiones sexuales como mecanismos de control y dominación.

En Venezuela, vivimos un doblete sísmico de 7,2 y 7,5, es importante comprender como los factores de riesgo habituales, durante y después de los terremotos se multiplican exponencialmente: por la pérdida de la vivienda y del espacio seguro, su destrucción obliga al hacinamiento en alojamientos temporales; destrucción de redes de apoyo, con la ausencia o muerte de familiares, amigas y redes comunitarias de cuidado deja a las niñas y mujeres en un estado de aislamiento social y desprotección; el colapso institucional, las policías, fiscalías y centros de salud suelen quedar inoperativos, eliminando las vías de denuncia y la atención médica de emergencia (como la anticoncepción de emergencia o la profilaxis post-exposición para el VIH).

Paradójicamente, los lugares diseñados para salvaguardar la vida de las sobrevivientes, los alojamientos temporales, suelen transformarse en zonas de alto riesgo para la integridad sexual de las mujeres y las niñas, los espacios carecen de sanitarios, así como de la planificación desde un enfoque de género intersectorial. Las deficiencias estructurales operan como facilitadores de las violencias sexuales a través de dinámicas muy específicas, como la falta de privacidad y segregación espacial. En las primeras semanas tras un terremoto, los alojamientos temporales suelen consistir en macro-carpas o espacios comunes sin divisiones por sexo ni núcleos familiares, las mujeres se ven obligadas a cambiarse de ropa, dormir y amamantar a la vista de extraños, lo que incrementa el acoso y las agresiones nocturnas (Fisher, 2010).

También la inseguridad en las infraestructuras de agua, saneamiento e higiene (WASH), por ejemplo, los baños y duchas comunitarios suelen estar mal iluminados, carecer de cerrojos internos y estar ubicados en las periferias oscuras de los campamentos, lo cierto que caminar hacia los baños durante la noche se convierte en una de las actividades más peligrosas para las mujeres y niñas en zonas de desastre (World Health Organization [WHO], 2002).

A todo ello, se le suma la escasez de recursos básicos, como la comida, agua, colchonetas, medicamentos, además de los sesgos al momento de entregar la ayuda humanitaria también empuja a muchas mujeres a la violencia sexual transaccional. En estos casos, se ven forzadas a intercambiar actos sexuales con líderes comunitarios, gestores de refugios o incluso personal de ayuda a cambio de insumos de supervivencia para ellas y sus hijos e hijas (IASC, 2015).

La historia reciente confirma este patrón sistemático de violencia, tras el devastador terremoto de Haití en el año 2010, los reportes de violaciones colectivas en los campamentos de Puerto Príncipe alertaron al mundo; la falta de iluminación y de seguridad policial convirtió las lonas de plástico en barreras inútiles contra las bandas armadas (Human Rights Watch, 2011).

Un panorama similar se observó tras el terremoto de Nepal en 2015, donde el colapso socioeconómico disparó no solo la violencia sexual en los asentamientos informales, sino también la trata de niñas con fines de explotación sexual hacia países vecinos (IPPF, 2016). Más recientemente, tras los sismos en Turquía y Siria en 2023, las organizaciones feministas locales denunciaron un repunte alarmante de la violencia familiar y agresiones sexuales en las zonas de refugio masivo, exacerbado por las tensiones del desplazamiento prolongado y la falta de espacios seguros exclusivos para mujeres.

Es así, como abordar las violencias sexuales en contextos de terremotos exige dejar de considerar la protección de las niñas y mujeres como una tarea secundaria o de «segunda fase» después de las 72 horas. Una gestión del riesgo con verdadera justicia de género debe implementar de inmediato a la ocurrencia del evento sísmico, las siguientes medidas:

  • Diseño seguro de alojamientos temporales con iluminación adecuada en zonas comunes, instalación de cerrojos en letrinas y segregación de espacios específicos para mujeres solas y familias lideradas por mujeres.
  • Distribución directa de la ayuda humanitaria, entregando los recursos y kits de dignidad (toallas sanitarias, linternas, silbatos de alerta) directamente a las mujeres para mitigar la dependencia y la explotación sexual.
  • Despliegue de patrullas comunitarias de mujeres, fomentando redes de autodefensa y monitoreo lideradas por las propias afectadas dentro de los alojamientos.
  • Puntos violetas para instalar clínicas móviles accesibles que garanticen la atención inmediata a las sobrevivientes de violación, destacando la necesidad de protocolos de emergencia médica y contención psicológica, sin necesidad de infraestructuras hospitalarias formales.

Finalmente, aunque el terremoto rompe la tierra, colapsando las infraestructuras, el patriarcado aprovecha las grietas para perpetuar su dominio a través de las violencias sexuales, no debemos seguir tratando la violencia de género en emergencias como un «efecto colateral» inevitable del caos, es importante reconocer que los desastres profundizan la opresión, es el primer paso para diseñar respuestas humanitarias que no solo reconstruyan paredes, sino que sostengan, de una vez por todas, la dignidad y la vida de las niñas y mujeres.

 Referencias bibliográficas

Enarson, E., y Morrow, B. H. (Eds.). (1998). The gendered terrain of disaster: Through women’s eyes. Praeger.

Fisher, S. (2010). Violence against women and natural disasters: Findings from post-tsunami Sri Lanka. Violence Against Women, 16(8), 902-918. https://doi.org/10.1177/1077801210377649

Human Rights Watch. (2011). Nobody remembers us: Failure to protect women’s rights in Haiti’s IDP camps. https://www.hrw.org/report/2011/08/29/nobody-remembers-us/failure-protect-womens-rights-haitis-idp-camps

Inter-Agency Standing Committee (IASC). (2015). Guidelines for integrating gender-based violence interventions in humanitarian action: Reducing risk, promoting resilience and aiding recovery. https://gbvguidelines.org/

International Planned Parenthood Federation (IPPF). (2016). Disaster and gender-based violence: A study on the aftermath of the 2015 Nepal earthquake. IPPF South Asia Region.

World Health Organization (WHO). (2002). Gender and health in disasters. Department of Gender and Women’s Health. https://apps.who.int/iris/handle/10665/67634.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Reina Alejandra Baiz Villafranca

Autor/a Reina Alejandra Baiz Villafranca

Abogada egresada de la Universidad Santa María, Núcleo Anzoátegui (2001), Especialista en Ciencias Penales y Criminológicas de la Universidad Católica Andrés Bello (2007), Master Internacional en Criminología, Victimología y Feminicidio, Master Internacional en Derechos Humanos de la Mujer y el niño Violencia Intrafamiliar y Violencia de Género, autora de artículos de investigación y libros sobre Feminicidio en Venezuela, Violencia Intrafamiliar, Violencia de Género contra las mujeres, Violencia Sexual.

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