Cuando callar no es una opción

Cuando callar no es una opción
diciembre 12, 2020 Aglaia Berlutti
feminismo

Unas semanas atrĆ”s, la cuenta Twitter de una de las activistas feministas mĆ”s brillantes y valientes que conozco fue suspendida por su ā€œvocabularioā€, lo que equivale a decir que antes o despuĆ©s, fue denunciada por usar lenguaje inapropiado, quizĆ”s por varios de los grupos con los que solĆ­a discutir sobre temas de enorme sensibilidad en la plataforma. No supe quĆ© responder.

Aunque sabía que sus discusiones eran la mayoría de las veces bastante apasionadas y en mitad de terrenos complicados como el aborto, el derecho sobre el cuerpo y la necesidad de un estamento legal equitativo, en ninguna ocasión leí que incluyera el habitual discurso de odio extremo que suele achacarse al feminismo.

Cuando finalmente pude hablar con ella, me sorprendió que se lo tomara todo con cierta tranquilidad. ā€œEn cuanto pueda regresar, seguirĆ© con mi lucha. No hay otro caminoā€ me contestó cuando lamentĆ© la sanción y, sobre todo, el triunfo simbólico de quienes usan las normativas de la red en detrimento de un argumento la mayorĆ­a de las veces controversial. ā€œNo hay nada que lamentar, sólo que seguirā€ insistió.

Es normal que a las feministas nos hagan callar. De hecho, es lo mÔs habitual que suele ocurrir cuando expones ideas que contradicen la imagen de la familia tradicional, las nociones conservadoras sobre la mujer y el papel que en teoría debe asumir. El feminismo es incómodo, resulta desagradable, la mayoría de las veces es una contradicción a posturas tan normalizadas que trae consigo una especie de sacudón intelectual.

-El feminismo estĆ” en contra de todo – me dijo en una ocasión una amiga querida – en contra de cualquier cosa que parezca agradable. ĀæCómo se puede defender algo asĆ­?

Me lo mencionó despuĆ©s que leyera uno de mis artĆ­culos sobre el amor romĆ”ntico, en el que analizo la versión del amor en la que la mujer tiene todas las de perder.Ā  En el texto, me preguntĆ© en voz alta por quĆ© las mujeres siempre son las que se deben sacrificar para que ā€œel sentimiento mĆ”s grande de todos fructifiqueā€, porque se sacraliza una idealización de una emoción muy humana y al final, el peso moral que conlleva amar ā€œsegĆŗn la tradiciónā€.

¿En dónde quedan las historias de amor incompletas? ¿las que no coinciden con el final feliz? ¿las que son algo mÔs que buen sexo y compartir unos cuantos gustos afines? A mi amiga no le gustaron esas preguntas.

-ĀæNo quieres que alguien se enamore apasionadamente de ti? – me preguntó alarmada.

La verdad, quiero que alguien se enamore con honestidad de mí, cosa que ha ocurrido y ha sido de las mejores experiencias de mi vida. Un amor que permitió crecer, sentir poder y felicidad, que consoló los pequeños miedos al desarraigo que la cultura moderna nos hereda sin saber. Pero al parecer, eso no es suficiente y para mi amiga, es un tipo de conformismo difícil de entender.

– El amor es mucho mĆ”s que eso.

– ĀæQuĆ© es el amor?

– Ya saliste con tus cosas feministas. Mejor nos callamos.

De modo que la conversación terminó allĆ­ y me quedĆ© pensado en todas las ocasiones en que el feminismo es el Ćŗltimo tĆ©rmino en conversaciones duras. Como la ocasión en que leĆ­ a una amiga decir que JAMƁS SERƍA FEMINISTA – asĆ­, en mayĆŗsculas -, que era incapaz de ā€œdefender esoā€. Como la ocasión que una de mis mejores amigas me pidió no hablar sobre ā€œese activismo mĆ­oā€ en su cumpleaƱos. O cuando mi madre admitió que le avergonzaba decir que su Ćŗnica hija era activista de ā€œuna causa perdidaā€.

Si eres feminista, siempre tiene que guardar silencio. O al menos, esa es la idea de los que te enfrentan, los que te mandan a callar, los que dicen que moderes tu vocabulario. Los que te miran preocupados cuando disientes de una idea concreta, de un valor en apariencia esencial. Cuando decides llamar a una idea por su nombre.

No les ocurre sólo a las activistas anónimas como yo. Hace unos aƱos, la actriz Emma Watson pronunció un interesante discurso en la ONU, donde debatió el controvertido tema del ā€œfeminismo actualā€. Lo hizo de manera personal, apasionada y sobre todo, poniendo en tela de juicio una serie de parĆ”metros y conceptos que han convertido la lucha por los derechos de la mujer en poco menos que una batalla de ideas extremas y contradictorias. El discurso, ademĆ”s, tocó varios aspectos imprescindibles que pocas veces se discuten a la luz pĆŗblica. ĀæCómo terminó el feminismo siendo una palabra que asusta y preocupa? se cuestionó la actriz con enorme delicadeza intelectual. ĀæEn quĆ© momento defender nuestros derechos se volvió tabĆŗ?

Como era de esperarse, el discurso causó revuelo y extrañamente, no sólo porque fue pronunciado por una mujer muy joven y triunfadora que parece representar todas las ideas espléndidas que un mundo de inclusión promete. Lo hizo porque despertó el viejo debate sobre hasta dónde es idóneo y necesario aupar e insistir porque los derechos de la mujer sean reivindicados.

De hecho, las palabras de Emma Watson causaron un inesperado malestar: desde quienes la acusaron de crear una ā€œvisión limitante de la mujerā€ hasta quienes insistieron en la interpretación del tema ā€œdenigra la imagen tradicional de la mujerā€. Y es que el hecho de que Watson hablara directamente sobre esa idea de la mujer estereotipo, incomodó esa nueva tendencia que insiste que la defensa sobre los derechos de la mujer no es necesaria. Que el mundo necesita ā€œigualdadā€ pero mĆ”s allĆ” del gĆ©nero. Estoy de acuerdo, por supuesto: la igualdad y la exclusión cultural y social no debe limitarse a la mujer. Pero tambiĆ©n sĆ© que ignorar que el gĆ©nero es una de las razones fundamentales para la discriminación, es menospreciar una larga lucha cultural, silenciosa y cotidiana. Un debate que por dĆ©cadas ha intentado demostrar que el gĆ©nero es una cualidad antes que un motivo para denigrar.

De todos los comentarios que leĆ­, probablemente uno de los que mĆ”s me sorprendió fue el siguiente: ā€œLos hombres y las mujeres jamĆ”s podrĆ”n aspirar a la igualdad porque sus cerebros funcionan de manera distintaā€. Lo leĆ­ y escuchĆ© en diferentes lugares, dicho por diferentes personas. La mayorĆ­a, mujeres. La frase, que ademĆ”s fue analizada desde la perspectiva de ā€œel hombre y la mujer son seres totalmente antagónicosā€ parecĆ­a describir ese cierto malestar inevitable que Ćŗltimamente produce la idea del feminismo. Un planteamiento que quedó bastante claro luego de los ataques que recibió la actriz Emma Watson luego de su discurso sobre el tema. Al menos, es lo que pude deducir de la reflexión. El pensamiento me entristeció.

Y es que parece que la palabra ā€œfeminismoā€ incomoda. Una que debe silenciarse. Lo suficiente como para que nadie quiera asumirla como una planteamiento polĆ­tico y social. Mucho menos personal. Nadie quiere que se le relacione con una palabra que define una postura radical. O eso parece sugerir esa insistencia de muchas mujeres que conozco en dejar claro de entrada ā€œNo soy feministaā€. Que no dudan en explicar que no podrĆ­an serlo, por el sólo hecho de considerarse ā€œfemeninasā€, como si ambos conceptos se contrapusieran uno contra el otro. Ese replanteamiento de la lucha de los derechos que parece bordear el prejuicio, mirar la lucha por la inclusión como un fenómeno limitado y hasta vergonzoso.

MĆ”s de una vez, esa postura me ha parecido no sólo inquietante, sino contradictoria. Porque no dejo de preguntarme el motivo por el cual produce tanta preocupación y desconcierto que la mujer asuma un rol activo en cuestionar su herencia histórica, en analizar su lugar social desde una perspectiva totalmente nueva. ĀæSe trata de una incómoda visión cultural sobre nuestro rol biológico que no termina de evolucionar? ĀæSe resume a esa idea sobre el quiĆ©nes somos o cómo nos percibimos que carece de verdadero sustento? Lo pienso, cada vez que una mujer insiste en menospreciarse en silencio, en asumir que el mundo ā€œes asĆ­ā€, que lo acepta porque es inevitable y mĆ”s aĆŗn, que lo mira como un rasgo que define esa diferencia inevitable entre los gĆ©neros. ĀæPor quĆ© produce incomodidad asumir que el mundo menosprecia de muchas formas a la mujer y que es necesaria la reivindicación? ĀæPor quĆ© inquieta?

Mi amiga Ana (no es su nombre real) me escucha con atención cuando me hago las preguntas anteriores en voz alta. Ana es psiquiatra y durante los Ćŗltimos aƱos, se ha dedicado a la investigación de lo que llama ā€œla consciencia distorsionada de la vĆ­ctimaā€, una expresión que usa para definir esa desconcertante culpabilidad que suele sufrir quien padece abuso y violencia. Para Ana, buena parte de las vĆ­ctimas de la violencia sexista, de gĆ©nero y crĆ­menes de odio, estĆ”n convencidas que ā€œprovocaronā€ el ataque. Que, de alguna manera, no pudieron evitarlo por el mero hecho de provocarlo aunque no sepan cómo.

— Es una percepción de la Violencia necesaria, de la que ocurre, de la que se asume como una parte esencial de la culturaā€Šā€”ā€Šme explica Anaā€Šā€”ā€Šla violencia natural, inevitable, debida. La violencia como consecuencia, antes que sĆ­ntoma.
— ĀæPodrĆ­a explicar esa idea de la violencia como inevitable, esa insistencia sobre la imposibilidad de la igualdad entre hombres y mujeres?ā€Šā€”ā€Šle preguntoā€Šā€”ā€Šescucho la frase con frecuencia.
— No exactamente. La idea que la igualdad entre gĆ©neros es una imposibilidad, nace de la interpretación parcial de un juego de roles, por esa percepción que la mujer y el hombre son biológicamente complementarios. No puedes igualar dos elementos en esencia distintos. Ahora bien, el hecho de que la diferencia sea un motivo para justificar la exclusión y el menosprecio es la raĆ­z del odio sexista, de la discriminación y el prejuicio.

En una ocasión, una amiga me insistió que ella disfrutaba de ser ā€œmujerā€. Me lo comentó insistiendo en que para ella maquillarse y llevar ropa a la moda era parte de su identidad. Abogada, triunfadora y empleada de un prestigioso bufete, me dijo que la lucha ā€œde la mujer por la mujerā€ era una reliquia cultural. Se burló un poco de lo que suele llamar ā€œEl feminismo de la hojilla perdidaā€ (en referencia a las imĆ”genes de mujeres con axilas velludas que suelen representar el feminismo puro y duro) y que ella desde luego, se consideraba mucho mĆ”s ā€œque una mera lucha de extremosā€.

— No entiendo por quĆ© molesta tanto que disfrute de mi feminidad, que sea crea que un poco de vanidad no estĆ” reƱida con mi percepción sobre mis capacidadesā€Šā€”ā€Šme insistió.
— Nadie dice que lo estĆ©, o al menos yo no lo creo. Lo que sĆ­ me pregunto es como manejas el hecho de que, debido a esa feminidad, te menosprecien.
— No lo hacen. Me admiran.
— Y es maravilloso que te admiren. Nos admiren. Pero lo que sĆ­ resulta preocupante es que esa cualidad estĆ©tica que tanto celebras sea un motivo para limitarte o restringirte.
— Eso no me ha ocurrido nunca.
— ĀæEstĆ”s segura?
— Por supuesto.
— ĀæCuĆ”l es tu sueldo en el bufete donde trabajas?

Mi amiga sacudió la cabeza, con una sonrisa socarrona. SabĆ­a a quĆ© me referĆ­a. Durante aƱos, se habĆ­a quejado una y otra vez, de que a pesar de su impecable trabajo, de su dedicación y sobre todo, de trabajar el triple que cualquier otro compaƱero de trabajo, seguĆ­a teniendo un salario porcentualmente menor a cualquiera de ellos. Era la mujer mĆ”s joven en un despacho de abogados, un club ā€œde muchachosā€, donde la mayorĆ­a de los socios y empleados llevaban unos diez aƱos conociĆ©ndose.

SolĆ­a comentarme que para todos, el hecho de haber contratado a una mujer era ā€œun triunfoā€ y que recibĆ­a un trato caballeroso o asĆ­ me lo describió: halagos, piropos y un trato preferencial que mĆ”s de una vez me insistió era ā€œintachableā€. No obstante, en la escala administrativa la cosa no parecĆ­a ser mĆ”s amable: mi amiga no habĆ­a recibido un beneficio contractual desde hacĆ­a mĆ”s de dos aƱos. Mi amiga se lo atribuyó a su poca experiencia, al hecho que no habĆ­a obtenido las mejores calificaciones en la Universidad e incluso, a elementos de propia personalidad, a la que con frecuencia solĆ­a tachar de ā€œdiscutidoraā€.

Cuando le pregunté si cualquiera de esas ideas era suficiente para la considerable diferencia en la percepción que se tenía sobre su desempeño laboral en contraposición a sus compañeros del sexo masculino, se rio de mí.

— No se trata de machismo, se trata que aĆŗn no tengo un cargo de responsabilidad para demostrar mi capacidadā€Šā€”ā€Šme insistiĆ³ā€Šā€”ā€Šcuando ocurra, se notarĆ” la diferencia.

Trascurrieron tres aƱos antes de que mi amiga recibiera la promoción que esperaba. Tres aƱos donde vio a compaƱeros menos dotados y mucho menos comprometidos con la oficina avanzar profesionalmente. Mientras tanto, ella siguió desempeƱando cargos intermedios y de relativa poca importancia. Siempre que tocĆ”bamos el tema, me insistĆ­a que se trataba de ā€œla lĆ­nea administrativaā€ normal. Finalmente, una vez promovida de cargo, estuvo segura de que la larga carrera de obstĆ”culos para el Ć©xito profesional que habĆ­a emprendido se hacĆ­a mĆ”s corta. O asĆ­ me lo comentó.

— Solo se trata de esperar una oportunidadā€Šā€”ā€Šconcluyó.

Pensé mucho en esa frase, preguntÔndome cuantas mujeres deben usarla para disculpar esa limitación laboral que muchas veces sufren y que es tan común en nuestro continente. Cuantas veces una mujer asume que sólo necesita se confíe en su trabajo y en su talento, para demostrar su capacidad profesional. Y sin embargo, quejarse sobre el tema parece ser tabú, ese incierto límite entre lo que consideramos habitual y esa línea incómoda que consideramos extremo.

De nuevo, el feminismo como una palabra que asusta, que preocupa. ā€œNo soy feminista, pero necesito una oportunidadā€ es la sĆ­ntesis de esa contradicción, de esa bĆŗsqueda en paralelo del derecho y la necesidad de convalidar el propio talento. ĀæPor quĆ© resulta un problema analizar la idea desde una óptica especĆ­fica, en la que prima la justicia, que celebra la necesidad de convalidar y apreciar a la mujer no desde su gĆ©nero sino desde su forma de expresión? ĀæPor quĆ© produce incomodidad esa interpretación?

Y mientras esa incomodidad aplasta, se insinúa que la mujer sigue considerando innecesario reclamar en voz alta lo que asume justo. Continúa callando la incomodidad que le produce el menosprecio, el hecho de ser juzgada por la ropa que lleva o el maquillaje que luce, por el hecho de desempeñar el rol de madre, por la forma como se ve, por el aspecto de su cuerpo. Continúa callÔndose la inquietud que le produce que su éxito profesional dependa de la forma como se interprete su género, su rol sexual. Un silencio que duele, que inquieta, que desconcierta, que hiere.

Porque a la mujer no se le suele enseñar que quejarse y reclamar estÔ bien. Que estÔ bien reclamar en voz alta que te consideras menospreciada y limitada por el hecho de tu sexo. Que estÔ bien verse hermosa y a la moda, pero que no es necesario y obligatorio que lo hagas. Que estÔ bien quejarte que no obtengas el salario que merezcas. Que estÔ bien negarte a ser encasillada y estereotipada. Que estÔ bien no aceptar se te mire desde la perspectiva de la mujer objeto. Que estÔ bien discutir y polemizar cuando consideres que tus derechos estÔn siendo vulnerados. Que estÔ bien declarar que tomas decisiones conscientes sobre tu cuerpo y tu sexualidad. Que estÔ bien disfrutar del sexo, que puedes llevar a la cama a quien quieras. Que estÔ bien disfrutar de tu identidad y tu rol de género como prefieras. Que estÔ bien sentirte invadida e incómoda por piropos de naturaleza sexual. Que estÔ bien rechazar cualquier tipo de discriminación en tu contra. Que estÔ bien y ademÔs es necesario que siempre tengas muy claro que no depende de tu aspecto físico tu éxito profesional. Que estÔ bien ser ultrafemenina pero que eso no es excusa para disminuir tu rol cultural. Que estÔ bien si te sientes agredida por insinuaciones de índole sexual que no pediste. Que es necesario comprender que la diferencia no es justificación para la discriminación.

Porque nadie duda o cuestiona el hecho que el hombre y la mujer son en esencia distintos: que su manera emocional y mental de mirar el mundo es cuando menos contradictoria. Aun asĆ­, esa diferencia no es una excusaā€Šā€”ā€Šo no deberĆ­a serloā€Šā€”ā€Špara el menosprecio, mucho menos para considerarla un elemento limitante o restrictivo. La mujer y el hombre son distintos, por supuesto, pero esa diferencia es parte de esa mirada conjunta. JamĆ”s una forma de segregación.

Pienso en esas cosas mientras comparto un cafĆ© con mi amiga. Hace ya casi un aƱo renunció al bufete donde trabajaba. Lo hizo, luego de continuar insistiendo en lograr un salario justoā€Šā€”ā€Šque jamĆ”s obtuvoā€Šā€”ā€Šo de obtener beneficios profesionales que parecieron siempre encontrarse muy cuesta arriba. Una idea que la atormentó y lastimó hasta que finalmente asumió que debĆ­a exigir lo que consideraba justo. Algo que habĆ­a evitado todo lo que pudo, para no poner en riesgo lo que llamó ā€œsus perspectivas profesionalesā€.

— Pero cuando finalmente lo hice, descubrĆ­ que, en el bufete, mi perspectiva profesional tenĆ­a mucho que ver con que jamĆ”s pertenecerĆ­a al grupo de ā€œlos muchachosā€ā€Šā€”ā€Šme explicĆ³ā€Šā€”ā€Šque a pesar de cualquier intento mĆ­o por simplemente demostrar que mi capacidad era suficiente, siempre estarĆ­a por debajo de las expectativas con respecto a mi desempeƱo.

Silencio. No supe que responder. No supe como consolar esa angustia que percibí en sus palabras o como expresar mi propio miedo hacia lo que me contaba. Mi amiga sacudió la cabeza, como si pudiera percibir mi confusión.

— No se trata de nada que tenga que ver conmigo. Y eso es lo mĆ”s doloroso y humillante. Que en algĆŗn punto comprendĆ­ que nunca serĆ­a lo suficientemente buena sólo por ser quien soy.

Silencio otra vez. MÔs tarde, me pregunté cuÔntas veces las mujeres nos miramos desde esa limitada idea de la identidad, de ese descubrimiento de que bajo ciertos parÔmetros, sigue existiendo un menosprecio tan sutil que pocas veces reparamos en él. O del hecho, que nuestra concepción del mundo parece limitada por ciertas visiones sobre el deber ser de la identidad y quienes somos. ¿Hasta dónde somos capaces de luchar contra eso? La pregunta continúa en el tintero, como tantas otras, sin respuesta y por ahora, sin mayor resolución.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artĆ­culos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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