A veces me invitan a eventos a hablar de empoderamiento femenino pensando que como soy psicĂłloga voy a decir un montĂłn de frases motivacionales o a subirle la autoestima a las mujeres presentes o que infundirĂ© esperanza y ánimo mostrando el cielo sin lĂmites de nuestras fantasĂas.
En cuanto empiezo a hablar, pronto se dan cuenta de que no va por ahà la cosa. Y es que empoderar mujeres no tiene nada que ver con dar pruebas de autosuficiencia, ni con negar obstáculos presentes, aunque muchas veces invisibles, ni con ocultar la discriminación de la que somos objeto- unas más y otras menos-, ni con asignar al mérito y al esfuerzo propio, la principal palanca que nos permitirá avanzar.
Las arengas que llaman a las mujeres a ser guerreras, independientes, valientes, fuertes, luchadoras, invencibles, emprendedoras y otros epĂtetos similares sin tomar en cuenta las limitaciones, procedencias y reales posibilidades para emerger de las que asisten a esos actos, para mĂ, lejos de motivar, desempoderan, porque del dicho a la acciĂłn hay una brecha enorme que si no la vemos, nos traga. Se vuelven consignas vacĂas.
Empoderamiento bien entendido
Según ONU Mujeres, el empoderamiento es una estrategia de capacitación para la emancipación y adquisición de poder e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación. No todas tenemos los mismos privilegios ni condiciones de partida para lograr nuestros sueños. Esa es una realidad innegable.
Ir a estudiar en la universidad, espaciar los embarazos o decidir si ser madre o no, tener un fondo de ahorro, contar con una pareja o una familia que dĂ© soporte, comer tres veces al dĂa por lo menos, estar saludable, tomar propias decisiones financieras, jurĂdicas, personales y de toda Ăndole… todo ello, configura una posiciĂłn en la vida muy distinta a la de las que no pueden darse esas libertades, que son la gran mayorĂa en nuestros paĂses de la regiĂłn. Esas son las mujeres que me encuentro en mis talleres.
No es verdad además, que aun teniendo toda esa lista de privilegios y estando en la mejor de las posiciones, esa motivaciĂłn para salir adelante contra todas las adversidades está dada de manera innata de forma que lo que tienes que hacer es creĂ©rtelo con mucha fĂ©. Tampoco es verdad que aun estando cansada tienes que levantarte y seguir sin perder la sonrisa. Y mucho menos que tu misiĂłn en la vida sea cargar a toda tu familia, tu comunidad y el paĂs entero sobre tus hombros para luchar incansablemente con vocaciĂłn de servicio, por encima de tus propias posibilidades y capacidades. Esa imagen está lejos de lo que significa ser una mujer empoderada.
Sin intención se puede hacer daño
Hace unos meses en un acto de emprendedoras de bajos recursos econĂłmicos convocadas por una ONG, escuchĂ© a una conferencista invitada, toda emprendedora-exitosa-entaconada-empoderada ella, contar cĂłmo empezĂł “de la nada” en la cocina de su mamá a hacer comida para la venta y cĂłmo en el experimento dañó un montĂłn de licuadoras y ollas aprendiendo. Y que esto era una muestra de que si ella pudo, las demás tambiĂ©n podĂan. La cara del casi centenar de mujeres que estaba presente era de angustia. Una me dijo: yo no tengo ni gas ni luz, imagĂnate licuadoras y ollas para dañar. No dudo de la buena intenciĂłn de la expositora, pero invitar a pintar de colores un cuadro para quien no tienes pinceles, es llamar a engaño.
Muchas mujeres me critican este enfoque pensando que es tĂłxico. Me invitan a conectarme con la psicologĂa positiva para ver siempre las posibilidades y no las debilidades. Quizás piensen que como toda feminista, tengo algĂşn trauma que me generĂł resentimiento (como el caso de mi asistente que al contarle a sus amigos que ahora trabaja en una organizaciĂłn feminista, le preguntaron si la habĂan violado para tener que meterse a hacer una cosa asĂ. Lo que hay que oĂr…)
El asunto es que si todo fuera un asunto de querer-es-poder ya fuĂ©ramos mayorĂa en jefaturas de Estado, juntas directivas, dueñas de empresas; apareciĂ©ramos en las listas de los más millonarios del mundo y estuviĂ©ramos copando todas las posiciones de poder; no enfermáramos de estrĂ©s acumulado ni tuviĂ©ramos tanta necesidad de ir a talleres para que nos revelaran la fĂłrmula instantánea de la felicidad. Vivo asombrada por la cantidad de mujeres que van a este tipo de seminarios, señal de que la bĂşsqueda no se ha saciado. Quizás las consignas habituales llenas de lugares comunes despiertan en muchas la sospecha de que no le han dicho todo lo que hay que saber.
Es un enfoque optimista
No obstante todo esto, para mà sigue siendo un mensaje optimista el que doy. Siendo cultural y no natural la manera como se nos enseña a actuar en la vida, se puede desaprender, modificar, deconstruir lo que te dijeron, para volver a aprender pautas de acción más eficaces en la relación con los demás y en la consecución de metas personales, cualquiera que estas sean. Pero no puedes taparlo o negarlo con cantos florales y mantras positivistas, porque lo que no se analiza, no se transforma. Mejor estar fortalecidas desde el conocimiento de las amenazas reales, que engañadas por el espejismo de un camino abierto y sin tropiezos.
Repensar lo femenino, no en plan “esencia de mujer”, sino como un cuento que nos echaron los patriarcas, que puede ser escuchado con dolor, pero modificado en su final, es un hermoso acto de liberaciĂłn. Por ello hay que recibirlo con todo y sus malos capĂtulos para tomar conciencia de pertenencia a un gĂ©nero al cual se le ha negado mucho, para desde ahĂ activarse y entonces sĂ, cambiarlo todo.



