El otro día estaba aburrida scrolleando, dejando que el algoritmo decidiera qué parte de mi atención merecía ser secuestrada durante treinta segundos y de pronto me encontré sumergida entre una cantidad poco saludable de reels de mujeres explicando la diferencia entre lo “elegante” y lo “vulgar”, cómo vestirse para “verse cara” y, en general, cómo construir esa versión de mujer aprobada previamente por un comité internacional de señoras y “señoros” con muchísimo tiempo libre. Entre un consejo y otro apareció un video sobre tacones que me impactó tanto que dejé de scrollear, porque la protagonista del video en cuestión estaba dando consejos para llevarlos como una toda una “mujer poderosa” y evitar el dolor al mismo tiempo.
La recomendación que más ruido me hizo fue la de utilizar un spray con lidocaína, había escuchado antes todo tipo de recomendaciones pero no recuerdo haber escuchado algo así, o tal vez alguna vez lo escuche pero en un tiempo donde no tenía tan integradas a mi cerebro las gafas violetas y lo olvidé, el hecho es que preocupada por lo que implica que otra mujer diga de forma tan casual que para poder lucir “hermosa” y “poderosa” solo necesitas usar un anestésico en tus pies, corrí a leer los comentarios, en ellos, puede leer a algunas mujeres que advertían sobre la posibilidad de perder sensibilidad con el spray y de esta manera llegar a hacerse daño sin darse cuenta porque el cuerpo deja de avisar y mientras leía todo eso no podía dejar de pensar ¿en qué momento la respuesta a que algo nos está haciendo daño dejó de ser quitárnoslo y pasó a ser buscar la manera de dejar de sentir el daño para poder seguir utilizándolo?
Y con esto no pretendo hacer una cruzada contra los tacones, tengo que decir algo que probablemente complique un poco más esta conversación, me gustan los tacones, aunque no los uso porque nunca aprendí a caminar con ellos. Entiendo perfectamente por qué una mujer puede sentirse hermosa, sexy, elegante o poderosa cuando se pone unos tacones, porque la ropa y los objetos que utilizamos sobre nuestros cuerpos también pueden producir placer, seguridad y una determinada relación con nuestra propia imagen, precisamente por eso me resulta tan incómodo pensar en ellos como algo sencillo, porque una cosa puede gustarnos y, al mismo tiempo, formar parte de una cultura que ha construido determinadas expectativas sobre nuestros cuerpos.
Elegir algo de forma consciente importa, cada una de nosotras es libre de escoger lo que prefiere, al menos por ahora y en este contexto, pero la existencia de una elección individual tampoco hace desaparecer el contexto cultural en el que aprendimos a desear determinadas cosas y a asociarlas con determinadas versiones de “feminidad”.
Porque los tacones modifican la manera de caminar, alteran la postura, cambian la distribución del peso y obligan al cuerpo a adaptarse a una posición que responde a una determinada idea estética y a riesgo de parecer demasiado existencialista no puedo evitar preguntarme ¿Qué significa que durante generaciones hayamos aprendido a considerar deseable una prenda que puede dificultarnos algo tan básico como caminar cómodamente? ¿Qué nos dice de nuestra relación con el cuerpo el hecho de que, cuando duele, muchas veces nuestra primera reacción sea buscar cómo soportarlo mejor? No puedo evitar pensar en esa frase que he escuchado tantas veces desde pequeña “ para ser bella, hay que ver estrellas” lo que se resume en aguantar zapatos incómodos, aguantar ropa que aprieta, aguantar las dietas sin sentido, aguantar procedimientos dolorosos y hasta determinadas formas de comportarnos para no ocupar demasiado espacio, mientras tanto el cuerpo protesta y nosotras aprendemos a negociar con él para que siga cumpliendo con las expectativas estéticas del momento.
Los tacones como objeto cultural tienen una relación bastante curiosa con la movilidad y con la libertad de movimiento. Una mujer con tacones puede sentirse espectacular y, al mismo tiempo, caminar más despacio, prestar más atención al suelo, perder estabilidad o limitar espontáneamente ciertos movimientos para no caerse y para mi es imposible no observar cómo funciona una estructura cuando consigue que determinadas formas de disciplina se experimenten también como belleza, sensualidad o poder, porque de esta forma la norma funciona de una manera especialmente eficaz cuando deja de sentirse como una orden y empieza a sentirse como algo que queremos para nosotras mismas.
Cuando observamos culturas distintas a la nuestra somos capaces de identificar rápidamente cómo determinadas formas de cubrir el cuerpo de las mujeres están atravesadas por normas religiosas, sociales o culturales, y entonces empezamos a hacernos preguntas sobre el género, el poder, la tradición y el control del cuerpo femenino. Nos preguntamos quién estableció esas normas, qué margen de elección tienen las mujeres, qué ocurre cuando una mujer decide no cumplirlas y qué significado tiene esa práctica dentro de una sociedad determinada, incluso si una mujer escoge libremente ( entendiendo lo que significa libremente dentro de una cultura patriarcal de la que nadie se salva) seguir esas prácticas, solemos cuestionar su decisión por pensar que con ella está contribuyendo a perpetuar una práctica que en muchos casos oprime a otras. Sin embargo, cuando miramos nuestras propias costumbres dejamos de hacernos esas mismas preguntas porque hemos aprendido a entenderlas como moda, gusto o simplemente, una elección personal.
Una práctica puede ser cultural, puede ser elegida por las mujeres que la realizan y, aun así, puede estar atravesada por relaciones de poder y las cosas se vuelven mucho más interesantes cuando somos capaces de reconocer todas esas dimensiones al mismo tiempo, en lugar de convertir cualquier discusión sobre el cuerpo de las mujeres en una pelea entre “mujeres libres” y “mujeres sometidas”.
Y aquí es donde regreso una vez más a esa otra tendencia que me estaba apareciendo en Instagram, la de mujeres explicando qué cosas se ven “vulgares” y cuáles se ven “elegantes” o cómo construir una apariencia que transmita dinero. ¿Quién decidió que determinados colores, telas, cortes, maneras de hablar, de caminar o de arreglarnos representan elegancia, mientras otras formas de vestir son consideradas vulgares? Cuando empezamos a mirar con un poco más de atención, muchas de esas reglas que se presentan como “buen gusto” tienen una relación bastante evidente con códigos históricamente asociados al dinero, al estatus y a determinados espacios sociales y todo se vuelve mucho más interesante cuando esos códigos dejan de presentarse como códigos de una clase social y empiezan a venderse como si fueran simplemente la definición universal de lo “femenino”, lo elegante y lo bonito.
El tacón es apenas una pieza dentro de un sistema mucho más grande que nos enseña desde pequeñas que nuestro cuerpo siempre puede ser mejor, más delgado, más alto, más joven, más deseable y, ahora también más “caro” y tal vez si logramos todo eso, podremos sentirnos felices, hermosas, poderosas y completamente dueñas de nuestras decisiones.
En realidad no tengo interés en tratar de quitarle a ninguna mujer ese placer de ponerse unos tacones y verse en el espejo sintiéndose espectacular; pero siento que es necesario hablar de esto mil veces hasta que podamos mirar alrededor y preguntarnos por qué hemos aprendido a llamar belleza a determinadas formas de incomodidad, por qué algunas prácticas que modifican, disciplinan o limitan nuestro cuerpo se presentan como símbolos de poder y por qué tantas veces nuestra respuesta frente al dolor consiste en aprender a soportarlo mejor.

