Me recordó a esas muñecas antiguas de mejillas arreboladas con el traje mustio de tanto esperar que las sacaran de las vitrinas. Sus ojos… ¡No!, su mirada color esmeralda contrastaba con su tez maltratada y su cabello rojizo desvanecido. Sí, fue la imagen descriptiva que evoqué cuando la conocí.

Estrechamos una cercanía, a pesar de sentir una extraña distancia, la cual no la asociaba a desconfianza hacia mí, sino a una forma de estar en el mundo o de estar a medias y a veces de no estar. Siempre hablaba muy pausado como esperando su turno, quizá, esperando que la sacaran de la vitrina.

No supe las razones, sólo me narró e interpreté:

-Que siendo muy pequeña estuvo interna en un hospicio de monjas, quizá, por eso siempre esperaba su turno o que la sacaran de la vitrina. Apenas medía medio metro de estatura, por lo que tenía que subirse a una banquetica para alcanzar la olla con agua  jabonosa hirviendo donde estaban todos los pañitos testigos silenciosos de ser mujer, los que las monjas usaban los días del periodo menstrual. La niña le daba vueltas, vueltas y vueltas a los pañitos para que quedaran blancos, tan blancos que no atestiguaran nada acerca de sus sexualidades, que pareciera que ellas eran tan puras como María, aquella que fue Madre de Cristo, en cuanto hombre y en cuanto que Él es persona divina, tan pura que no requirió para ser madre, de la intervención de un hombre. La exigencia que la blancura fuera símil de pureza, era desconsiderada para una niña de su edad, pero no era por la mala índole de las monjas, sino que en el mismo libro que leyeron que deberían ser puras y por ello hicieron votos de castidad, leyeron que María madre de Jesús tuvo consideración y trato con María Magdalena, una vez que fue redimida de sus pecados carnales por Jesús, o sea, la cercanía entre ellas sí requirió de la intervención de un hombre, quiere decir que, la encona entre mujeres es un mandato bíblico, podría ser porque Eva no nació de mujer, sino de la costilla de un hombre, entonces las mujeres entre sí no tienen nada que agradecerse.

A ello añadió y yo descifraba:

-Que los pañitos de las niñas grandes eran lavados en agua jabonosa, pero sin hervir porque eran de colores, hechos de telas de retazos, como la vida de ellas. La exigencia de pureza no era al mismo nivel que el de las monjas, a fin de cuentas, más temprano que tarde, llegaría alguna familia caritativa a llevárselas con el compromiso de protegerlas con amor y darles estudios. Las monjas tenían una estricta vigilancia para que los compromisos del canje se cumpliesen, a veces eran comprensivas con algunas faltas en el compromiso adquirido por parte de las familias caritativas, por ejemplo, que les pegaran para corregirlas, pero en lo que sí eran inflexibles, era cuando no enviaban lo prometido para el buen funcionamiento del hospicio, viéndose en la dolorosa situación de regresar a la niña canjeada al mismo.

Ella continuó rememorando en soliloquio y yo con mi escucha:

-En ese hospicio caritativo las niñas debíamos bañarnos con unos vestidos largos para no caer en la tentación de mirarnos el cuerpo, acto estimado impuro, además debíamos comer poquito para aprender a combatir la gula, las monjas estaban exentas de combatir la gula porque ya lo habían aprendido y, en caso tal que comieran demasiado no era por gula, sino por necesidad del espíritu y era más pecado no satisfacerlo.

Con su voz pausada, reemprendió su narrativa:

– ¡¡Ah!! A veces, cuando las monjas celadoras apagaban las luces, nos levantábamos descalzas para no hacer ruidos. Una de las niñas, quien nos acompañaba, deseaba dedicarse a la oración contemplativa, para no sentir culpa por desobedecer, decía que su participación era para andar descalza como una preparación para ser Carmelita, ella había aprendido a usar la hipocresía individual para soportarse a sí misma. Jugábamos a las reinas, princesas y esclavas, las reinas no eran las de más edad, sino las más vivas o en su defecto las que tuvieran más pertenencias materiales dentro de la pobreza de todas, parecido al mundo exterior. Una de las compañeras tenía una linterna, artículo muy preciado, en virtud que su luz nos permitía escabullirnos hasta el baño para jugar. Fue reina en varias ocasiones. Las princesas eran escogidas por la reina, no por votación, las esclavas siempre eran las más pequeñas, pues mientras menos edad más atrevimiento para cumplir las encomiendas, tales como, ir a la cocina a robarse algunas galletas, las pocas veces que había; tomar una olla con hollín para usarlo como sombra en los párpados de la reina, traer manteca para usarla como brillo en los labios de las princesas y traer colores vegetales en tonos rosados y rojos que usaban en repostería para las mejillas y labios de la reina. Estos títulos nobiliarios duraban hasta cuando pudiéramos volver a jugar, a veces la que era reina nos atemorizaba con el peligro de volver a jugar, era para tener la corona por más tiempo para disfrutar de mandar a las súbditas, pero por un desafortunado suceso una reina quedó vitalicia, fue cuando una de las esclavas se sintió muy humillada porque le fue exigido que debía ir a la capilla a buscar la corona de la virgen para la reina y  devolverla esa misma noche, como se negó, las penitencias fueron despiadadas, entonces, en venganza le contó lo que hacíamos a una de las monjas celadoras, quien esperó la noche del juego y llegó al baño encontrándonos a todas con nuestros camisones largos amarrados por encima de las rodillas, descalzas alrededor de la reina arreglándola con el hollín, la manteca y los colores vegetales, ¡Ah! y la reina comiendo galletas… Los castigos fueron de abajo hacia arriba en el orden jerárquico del juego, las más afectadas fueron las esclavas por liviandad de consciencia y acceder a robar objetos de la cocina… como en el mundo mundano.

Yo cavilaba. Estos pasajes de su vida han sido compartidos con profundo sentimiento, según la intensidad del mismo, su mirada esmeralda cambiaba de tonalidad en la gama de grises, como barómetro de pesares. Sin embargo, no todo fue tan opaco en su estadía en el hospicio, por supuesto que lo ameno era aquello que hacían oculto de las monjas, porque para estas la diversión era tentadora del pecado, justificada actitud porque una vez que han vivido en extrema soledad, sin vuelta atrás, la alegría de las otras debería serles más doloroso que la autoflagelación, dado que esta es aplicada al cuerpo por sí mismas, bien sea como castigo por estar ahí o para eximirse de sus pensamientos impuros o ambos, mientras que la alegría de otras era la evidencia de una posibilidad extraviada que causaba una frustración indecible.

También me reveló:

-Que, al hospicio, los domingos iba un padre a darles la misa con confesión y comunión obligatoria. Era un hombre español, viejo, gordo, rechoncho, con dos características imposibles de olvidar, cuando hablaba escupía con su seseo español y se sonaba la nariz cada media hora, al terminar su acometida nasal guardaba su pañuelo, blanco amarillento de tanto olvido, en el bolsillo. Algunos domingos de ocio para él, de sacrificio para nosotras, de éxtasis para las monjas, le daba por reunirnos para impartirnos guía espiritual para que fuéramos mujeres de bien. Sus consejos estaban centrados en hacernos entender que fuimos creadas por Dios con una naturaleza débil porque vinimos al mundo a dar amor, su mejor ejemplo: las monjas entregadas al Señor por puro amor. También ponía mucho énfasis en que un cuerpo que perdía su esencia mensualmente se debilitaba, tanto que, en pocos años, comparado con los hombres, se agotaba y dejaba de cumplir su misión de tener hijos. Nos decía que la historia ya había demostrado que las mujeres, quienes pretendieron desobedecer el mandato de su Creador, aspirando saber de ungüento, hierbas malignas para abortar, acomodar torceduras, en fin… habían sido quemadas en la hoguera, porque cualquier sabiduría que tuvieran las mujeres, sólo era posible siendo poseídas por el diablo, que por ello, poseyendo algún saber, no causaban el bien, sino enfermedades, muerte de personas y a veces de animales, conflictos matrimoniales, impotencia en los hombres, infertilidad o adulterio, usando la magia negra. Así mismo, sostenía que había una magia culta, sólo al acceso de clérigos y médicos, cuyo fin era espiritual y de conocimiento, se instalaba en espíritus benignos, por designios ocultos al entendimiento vulgar, usando la magia blanca.

Recomponía mi discurrir “Ese padre no mentía, esa magia blanca fue la que dominó durante siglos en el Occidente del mundo, pero obvió que quienes poseyeron esos espíritus benignos fueron los que urdieron la quema de las mujeres sabias en la hoguera, obvió que ellas fueron las primeras médicas, enfermeras y consejeras de la historia de esta parte del mundo. Tal vez, no sabía que esa sabiduría y secretos se los transmitían de unas a otras, porque las excluyeron de los libros. ¡¡Ahhh!!, y fueron también parteras que iban de casa en casa y de pueblo en pueblo. Esos cuerpos portadores de espíritus benignos, como no podían engendrar, morían de envidia, ellos podían matar, pero nunca dar vida, entonces, lo que ocurría en los cuerpos portadores de espíritus hechiceros que sí estaban dotados para dar vida, lo veían como enfermedad, debilidad no sólo del cuerpo sino de intelecto”.

Encuentro tras encuentro, con su mirada esmeralda y su habla pausada, proseguía historiando:

-Que el otro hombre que visitaba el hospicio era el médico, quien iba una vez al mes o cuando había una emergencia. Era joven y bello, amable, con una mirada mojada en miel, unos labios que cuando hablaba los movía en armonía con los anhelos de que se quedara ahí para siempre, su cabello color avellana le caía sobre la frente y ella no podía fijar lo que él decía, sólo queriendo echarle el mechón de pelo hacía atrás con su mano, y empalagársela con la miel de sus ojos. Las monjas nunca nos dejaban solas con el médico, con el padre sí, porque era la encarnación de Dios en la tierra. Cuando teníamos el periodo menstrual y coincidía con la visita del médico, no nos permitían ir a la consulta de control, en la cual nos pesaba, medía la estatura, nos revisaba la boca, la piel y nos decía que podíamos preguntarle lo que quisiéramos, asunto muy difícil de hacer bajo la mirada juzgadora de dos monjas destacadas para nuestra intimidación. Además, los días que le correspondía visita al médico, antes de que llegara, la monja superiora, la única que le debíamos llamar madre, nos alertaba acerca de no hacerle ninguna pregunta al médico, que para eso estaban ellas, que siempre debíamos guardar la discreción de cosas que sólo les pasan a las mujeres, que así fuera médico era vergonzoso que supiera de nuestros misterios corporales.

       Yo seguía elucubrando, -En ese hospicio, como en tantos otros, se congregan monjas y niñas hijas de nadie. Unas han dado votos de obediencia, castidad y pobreza, como expresión y medios para poseer a Cristo, muchas de ellas no por vocación, sino por efugio de ser mujeres; en las niñas la obediencia es un medio para sobrevivir y la pobreza la expresión de la injusticia, les faltaba la castidad, la cual aquellas tratan de imponérselas creándoles extrañeza de sus propios cuerpos. Las monjas veían en las niñas el espejo borroso o el eco de sus vidas idas, quizá, sin regreso, las niñas eran todavía una posibilidad a la que ellas no podían siquiera soñar, no en vano quien las alertaba acerca del peligro de confesarle a un hombre sus intimidades, era la más vieja del hospicio. La sangre roja y viva de las niñas, era la medida mensual que le recordaba a las monjas que olía a juventud, a color de la pasión, a impetuosidad, por eso no las dejaban que el médico las viese menstruando, para no atestiguar las miradas, el calor y el olor de sus sexualidades a flor de piel… ya renunciada para ellas… El hospicio era el reducto de una feminidad impuesta por el patriarcado, las monjas y las niñas eran la fe viviente del mismo.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Marbella Camacaro Cuevas

Autor/a Marbella Camacaro Cuevas

Feminista militante. Doctora en Ciencias Sociales. Mención: Salud y Sociedad. Universidad de Carabobo. Docente Titular /Investigadora. Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad de Carabobo/Aragua. Coordinadora de la Unidad de Investigación y Estudios de Género “Bellacarla Jirón Camacaro”. FCS.UC/Aragua. Autora de libros, compilaciones, artículos en revistas científicas, en el área de la salud desde la teoría feminista. Autora del artículo sobre Violencia Obstétrica contemplado en la Ley orgánica sobre el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia. Conferencista Nacional e Internacional en Congresos, foros, seminarios como experta en salud sexual y derechos reproductivos.

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