Clarice Lispector muy pocas veces se llamó a sĆ misma escritora. MĆ”s de una vez rio en voz alta del tĆtulo y se autoproclamó Ā«la no escritora por excelenciaĀ». Desenfadada y reflexiva, a lo largo de su vida repitió siempre que pudo que Ā«la escritura es un espejo dolorosoĀ» y no veĆa mĆ©rito alguno en su casi obsesiva auto referencia.
No obstante, en las contadas ocasiones en que se miró asĆ misma como creadora literaria, insistió en el tĆtulo no definĆa su profesión, sino algo mucho mĆ”s profundo que la simple capacidad para asumir el mundo a travĆ©s de las palabras. Porque para Lispector, la escritura era parte de su identidad, mĆ”s allĆ” que cualquier otra cosa. Un fragmento no solo de su racional intuición para descubrir āy describirā el mundo sino esa insistencia creadora que definió su obra, la hizo mĆ”s rica y comprensible.
Por supuesto que Lispector es en sĆ misma una contradicción, un cruce de influencias inverosĆmil, un sĆmbolo frontal de la revisión del gĆ©nero femenino en la literatura.
Y es que esta no escritora / escritora, esta voz femenina que sin embargo, no buscaba reivindicación alguna en el método y la forma de escribir, siempre estuvo muy consciente del poder y la trascendencia de su capacidad para debatir y conmover a través de interpretación de la literatura.
Una reinterpretación polĆ©mica, que pareció surgir del origen mismo de su dilatada carrera en el mundo de las letras: Porque Clarice Lispector, que no sabĆa freĆr un huevo ni tenĆa la mĆ”s mĆnima habilidad para ningĆŗn quehacer domĆ©stico, publicó durante una dĆ©cada una columna de consejos femeninos. Lo hizo, ademĆ”s, con un conocimiento profundo y conmovedor de la naturaleza femenina.
Como amante de la palabra que era, Clarice Lispector consideró el lenguaje mĆ”s que una herramienta, un vehĆculo de construcción y lo usó sabiamente. Sus lĆŗcidas reflexiones sobre los alcances y lĆmites de literatura crearon un anĆ”lisis casi orgĆ”nico sobre lo que se escribe, el mismo hecho de escribir y sobre todo, la noción de la escritura āla palabraā como lĆmite y visión de la identidad del autor. La literatura como tamiz de todo lo humano y comprensible. Un reflejo certero de la realidad.
Pero Clarice, mĆ”s que una acadĆ©mica que usaba la palabra como escudo, era una observadora nata que la enarboló como bandera de libertad. Para ella, la palabra tenĆa una consonancia directa con su visión del ser āo de lo que no eraā y a su vez una durĆsima crĆtica sobre la realidad. La propiaĀ Clarice insistĆa continuamente en la necesidad que el escritor comprendiera el limite de la palabraĀ y asĆ, el enorme valor de lo que se escribe. O mejor dicho, de lo que se muestra como obra concluyente.
Para la escritora, Ā«la palabra tiene su terrible lĆmite. MĆ”s allĆ” de ese lĆmite estĆ” el caos orgĆ”nico. DespuĆ©s del final de la palabra empieza el gran alarido eternoĀ». Esa obsesión con la nada, el absurdo, la visión anĆ”rquica y finalmente, la conclusión en una comprensión de lo que nos rodea, fue una constante en toda su obra.
Rebelde y contestataria Clarice Lispector encarnó esa búsqueda de la escritora en busca de la reivindicación del género pero no a través del enfrentamiento con lo masculino, sino la reinterpretación de lo femenino. Y es que Clarice simbolizó a la nueva mujer de las letras, a la creadora literaria en estado puro.
Una vez, la escritora contó que aunque se ocupaba de los quehaceres domĆ©sticos como cualquier otra mujer de su tiempo, tambiĆ©n lo despreciaba. Era entonces cuando desaparecĆa tres o cuatro dĆas en un hotel. Para escribir, para precisar y encontrar esa libertad de construir su propia visión del mundo sin ataduras, sin otra respuesta que la propia a la vicisitudes y conflictos.
En una ocasión, quiso explicar esos perĆodos de absolución, de ostracismo espiritual y lo hizo de la mejor manera que sabĆa, con metĆ”foras a cuentagotas, con esa expresión del yo interior tan sabio como elemental en el que confiaba.Ā Ā«QuiĆ©n sabe quizĆ” esa actitud o falta de actitud proceda de que yo, al no haber tenido nunca marido ni hijos, no he necesitado mantener ni romper grilletes: yo era continuamente libre. Ser continuamente libre tambiĆ©n era ayudado por mi naturaleza que es fĆ”cil: como, bebo y duermo fĆ”cilmente. Y tambiĆ©n, naturalmente, mi libertad venĆa de que era económicamente independienteĀ».
A Clarice Lispector se le ha llamado la Virginia Woolf latinoamericana y aunque la comparación parece contradictoria a priori, tambiĆ©n es la que mejor permite definir esa ruptura entre el discurso de la literatura para mujeres āy escrita por mujeresā que ambas representaron. Cada quien bajo un aspecto distinto y definida bajo un paradigma casi contradictorio, ambas mujeres representaron esa necesidad de la mujer de reescribir la realidad, de analizar y conceptualizar bajo esa emoción que se atribuye a lo femenino, pero sin el prejuicio que lleva aparejado o esa percepción limitada que por siglos insistió en alejar a la mujer de la literatura.
Tanto Clarice como Virginia, meditan sobre los acontecimientos triviales cotidianos que parecen desencadenar algo mĆ”s, una idea mucho mĆ”s dura que lo que podrĆa sugerir un anĆ”lisis inmediato. La introspección, la conciencia de la soledad, la conciencia humana sobre sus limitaciones son temas insistentes en la obra de ambas escritoras, que analizaron su tiempo y la Ć©poca que les tocó vivir con idĆ©ntica crueldad. La plenitud del temor hacia la incertidumbre y sobre todo, la tristeza que sobrevive a lo que se cuenta, parece ser ese ingrediente que se repite una y otra vez en el discurso tanto de una como de la otra. Un punto de inflexión entre dos estilos disĆmiles pero que coinciden en el mĆ©todo de observación de la realidad.
En ocasiones, casi puedo imaginarme a esa Clarice Lispector contradictoria, que escribĆa columnas bajo seudónimo para sobrevivir y a la vez, caĆa en esa intrigante necesidad de introspección que la llevarĆa a escribir su obra mĆ”s conocidaĀ La Pasión segĆŗn G. H., un libro angustioso, desconcertante y que mĆ”s de una vez ha sido llamado Ā«duro de leerĀ».
La veo sentada en el salón impecable de su casa de RĆo de Janeiro, con los dedos curvados sobre el bolĆgrafo, las hojas cubiertas de anotaciones sobre las rodillas. Y la sensación, bendita y confusa de crear. Entonces escribe, con esa crudeza de la observadora, de la temeraria pero sobre todo, deĀ la escritora que se atreve a reinventar sus propios mitos. Escribe y describe, destruye y construye para finalmente alcanzar una lĆnea difusa entre lo que cuenta y lo que oculta. Lo que teme y lo que aspira. Y quizĆ”s por Ćŗltimo, simplemente lo que necesita callar, para expresar. La contradicción misma.
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Foto: https://mujeresbacanas.com/