Por Carolina Hernández León

Ante la situación actual que promueven ciertas mujeres en Estados Unidos, tradwife, esposa tradicional, «un voto por familia», las mujeres en el resto del mundo tenemos la oportunidad de organizarnos para promover, dentro de la educación escolar, Aprender a Votar, como un conocimiento universal, además de ser un derecho que se formalice en las escuelas, en el bachillerato, en la preparatoria, en la educación media superior, en la universidad, y que llegue también a la población en general, para que la ciudadanía, no solo desde la infancia y la adolescencia, en cualquier país del mundo sepa por quiénes va a votar y a quiénes va a ceder el poder de gobernar o destruir un país.

Urge además implementar un sistema que permita focalizar las señales de alerta cuando se persiga o criminalicen a la ciudadanía, que promueva el conocimiento sobre qué regímenes o gobiernos están en vías de convertirse en dictaduras híbridas, hasta someter a la población entera a los criterios personales de un pequeño grupo que gobierna en beneficio propio. Ya lo hemos visto en personas, grupos o partidos que llegaron al poder nombrando valores y derechos humanos, «la familia» y «los valores tradicionales» y una vez instalados recortaron derechos reproductivos conquistados décadas atrás, como ocurrió recientemente en EEUU o en Polonia con el endurecimiento casi total de la ley del aborto bajo un gobierno que se presentó precisamente como defensor de la familia. El patrón es el mismo, se repite, se usa como un lenguaje conocido, casi anhelado pero que antecede al recorte inminente de nuestros derechos.

La democracia como lugar donde vivimos el futuro.

La democracia sigue siendo la forma de gobierno adoptada en la mayoría de los países. Incluso en las monarquías existe la figura de un primer ministro, sostenida por un ejercicio de elección democrática.

El futuro es el lugar donde todos vamos a vivir, para una niña o un niño, el futuro puede ser la adolescencia, para un adolescente, puede ser su mayoría de edad, para las juventudes, el futuro es poder decidir en libertad, lo qué quieran hacer con sus vidas sin necesidad de exponerse a riesgos innecesarios, el derecho a decidir sobre su cuerpo, el nombrar y reconocer que sus derechos son los límites de su propia soberanía, para un hombre o una mujer adultos, el futuro varía según sus necesidades, la influencia de su entorno, de su infancia, de su propio criterio.

Decidir quién gobierna el futuro de un país repercute directamente en las posibilidades de superación, progreso y desarrollo profesional de sus habitantes, en la calidad de vida, paz, bienestar, tranquilidad, a la que pueden y tienen derecho a aspirar. Cuando ignoramos que estos factores dependen en gran medida del gobierno de cada país, no tenemos otra opción que abocarnos, como sociedades organizadas, a sembrar una cultura de conocimiento político sobre nuestros gobernantes y sobre el poder que les otorgamos. El poder del voto sigue siendo un factor decisivo y hasta definitivo en nuestras vidas.

Aprender a Votar no consiste en ejercer ese derecho en un momento específico, sino en investigar, con anticipación cuáles son los verdaderos intereses de quienes aspiran a ocupar cargos de elección popular.

El depredador humano y su conveniencia sobre una mujer sumisa.

En su libro Ponerología Política, Andrzej Lobaczewski, médico psiquiatra y sobreviviente del totalitarismo soviético en Polonia durante la guerra fría, explicó, en términos de patocracia y ponerología, cómo un pequeño grupo de personas con una agenda encubierta, al instalarse en el poder, puede convertirse en la peor forma de depredación sistemática sobre una población y los recursos. Y por increíble que parezca, no se trata necesariamente de la clase política, sino de depredadores humanos camuflados a la perfección dentro de los gobiernos: personas con carisma y encanto superficial, capaces de devastar países enteros desde las instituciones democráticas y las esferas de poder, empujando a poblaciones sanas hacia niveles de pobreza inimaginables, forzando el exilio, el desplazamiento y la desaparición, mientras se aseguran de permanecer en el poder el mayor tiempo posible, tal como ha sucedido en países como Venezuela y Cuba.

Y qué mejor manera de evitar que se nombre y se identifique a estos depredadores en el poder que quitándole a la mujer precisamente desde el hogar, la capacidad de reconocer ese mismo perfil cuando aparece integrado con normalidad dentro de la vida familiar.

Así es, mujeres como Erika Kirk terminan prestándose para proponer «un voto por familia» como algo menos riesgoso o sospechoso, solo porque la propuesta viene de una mujer viuda. Este mecanismo también es un patrón, primero se romantiza la dependencia económica como entrega y sacrificio de amor, después se disfraza como algo deseable su falta de voz y representación política, presentándola como máxima armonía y paz en el hogar y al final, cuando la mujer ya no reconoce su propia falta de poder de decisión como un problema, tampoco reconoce el mismo patrón cuando un mismo perfil gobierna y rige el destino de un país.

Un hogar sin voz propia, sin contrapesos de participación en la vida y en las decisiones es justo lo que hemos sobrevivido las mujeres e Infancias víctimas de Violencia Vicaria, pero este es un escenario que representa además una miniatura, la maqueta perfecta de una dictadura: de estar en posiciones de asimetría de control y poder, un mismo depredador solo necesita reproducir a mayor escala o a escala nacional lo que ya perfeccionó dentro del hogar, rodeándose de personas afines a sus intereses con una agenda oculta.

¿Y qué necesita un depredador para llevar a cabo ese plan? 

Empezar por convertir la imagen de la mujer en la de alguien obediente, sumisa, complaciente, la estética típica de las revistas de los años cincuenta, la añoranza vintage y hogareña, todo limpio, todo en orden, felizmente dedicada a la crianza y al hogar, sin remuneración, sin conflictos aparentes, sin violencia visible o ella misma, justificando las violencias que no dejan golpes ni marcas en su cuerpo. Como si en verdad pudieran deshumanizarnos al punto de decidir que, el uso y la cosificación de la vida de las mujeres puede transcurrir dentro de las hojas y páginas de una revista, pornográfica o de modas, da lo mismo.

Por qué Aprender a Votar y no «un voto por hogar».

Frente a este escenario factible, el verdadero contrapeso no es prohibir ni condicionar el voto de nadie y conviene decirlo abiertamente, no es un problema que una mujer elija, en libertad, dedicarse al hogar y a la crianza, esa elección, hecha con información, consentimiento y sin coerción, es legítima y merece nuestro respeto, el conflicto aparece cuando esa elección individual se transforma en una programación política, en una agenda encubierta pero para toda una sociedad, una nación, o peor, cuando deja de ser una opción entre otras y se presenta como una propuesta deseable para las mujeres, en un país, o una propuesta de exportación ideológica para otros países.

Lejos de proponer «un voto por familia», es necesario dejar en claro que Aprender a Votar es la oportunidad que tenemos hoy día como sociedades, se trata de construir suficiente conciencia social para reconocer públicamente quién o quiénes representan el verdadero riesgo para la democracia, nombrar patrones, grupos o personas que transforman sus intereses personales en un trasfondo social, disfrazándolos de derechos colectivos, para después someter poblaciones enteras empezando por la propia familia, usando como instrumento a la mujer, a los hijos e hijas.

Vale todo nuestro esfuerzo recordar que las generaciones anteriores a nosotras estuvieron conformadas por mujeres y esposas «tradicionales», de quienes no se esperaba otra cosa que obediencia y sumisión, toda una vida de entrega y sacrificio dentro del hogar, sin embargo, de esa lucha social donde la dignidad fue ignorada por completo, ellas se atrevieron a heredarnos nada más y nada menos, que el derecho a votar. Es hora de retomar ese derecho para transformar realidades sociales en el presente, en beneficio de las generaciones que vienen. Eso empieza hoy, no en la próxima elección: exigiendo que en cada país, Aprender a Votar entre oficialmente como una materia escolar igual de importante como entraron la educación cívica, matemáticas, deportes o educación sexual, exigiéndolo con carácter de urgencia en las escuelas de nuestros hijos e hijas. Aprender a Votar tiene que aparecer en la boleta o como una propuesta de la próxima reunión de padres y madres, en la agenda de cualquier organización de mujeres a la que pertenezcamos. La conciencia social y política no se hereda sola: o se cultiva, se enseña o se pierde.

Si vamos al pasado y regresamos solo para constatar que en el presente todo sigue igual o ha empeorado, entonces no hicimos historia, hicimos turismo.

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Carolina Hernández León – Co-Fundadora Voces de la Violencia Vicaria. Acompañamiento Resiliente a Mujeres-NNyA en situación de riesgo y vulnerabilidad de Violencia Vicaria. Defensa y Activismo Pro Derechos de las Infancias.

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