Todas las personas que son apresadas por su actividad polĂtica nos duelen. Que se encarcele gente por pensar, disentir, opinar o expresarse, es un atentado a uno de los derechos que mejor se asocia al significado pleno de la humanidad. Veo con pesar como en la actualidad, segĂşn el Country Reports on Human Rights Practice “hay más de un millĂłn de presos polĂticos encarcelados en más de 65 paĂses”.
Gente experta en la materia prefiere llamarles “presos de conciencia”, para enfatizar el hecho de que, si bien no han quebrantado ninguna norma o ley legĂtima y razonable, se les priva de libertad por la incomodidad que simbolizan para regĂmenes autoritarios. Cada vez se amplĂa más el espectro de quienes representan amenazas para los gobiernos: es habitual que, aparte de lĂderes polĂticos, sean apresados periodistas, estudiantes, defensores y defensoras de derechos humanos, militantes sindicales o simples personas que intentan ejercer la ciudadanĂa, expresan pĂşblicamente sus desacuerdos o participan de protestas pĂşblicas.
Las consecuencias del encierro las vive la persona indiciada que tiene que soportar condiciones muy duras de aislamiento y desconexión de su vida normal, pero también se ve afectada toda la comunidad, por el efecto ejemplarizante que persiguen estas acciones para controlar y doblegar a la gente. Nadie sale ileso de un problema como éste.
Pero hoy quiero hablar de las presas en general y polĂticas en particular, que a mĂ me duelen de una manera especial, básicamente porque a una fuente de discriminaciĂłn conocida -ser mujer- a las que ya se unĂan seguramente otras –nivel social, color de piel, edad, aspecto fĂsico…- se le suman las derivadas de la persecuciĂłn, tortura y humillaciĂłn a las que son sometidas antes, durante y despuĂ©s de la experiencia carcelaria. Además, estamos en las conmemoraciones tĂpicas de cada 8 de marzo, dĂa de las mujeres y sus derechos. Bien vale la fecha para abogar por las que lo están llevando peor.
Impacto diferenciado
Las mujeres se enfrentan a riesgos adicionales y especĂficos cuando son ellas la que ejercen derechos polĂticos y como consecuencia de ello resultan apresadas. El tipo de violencia que reciben tiene marcas caracterĂsticas vinculadas a su condiciĂłn de mujer: el tipo de abusos fĂsicos y verbales por parte de custodios u otras presas se agudizan en torno a su cuerpo, se dificulta su acceso a productos de salud menstrual; si está embarazada podrĂa exponerse gravemente a riesgo su salud y la del feto, en ocasiones las agresiones sexuales que recibe conducen a embarazos no deseados o contacto con enfermedades de transmisiĂłn sexual, abortos inducidos o espontáneos, sufren violencia obstĂ©trica al momento de un parto, no es extraño que sean separadas de sus criaturas, se dificulta el amamantamiento…
Si ya son madres al momento de su detenciĂłn, su rol tradicional de cuidadoras y la situaciĂłn frecuente de hacer su trabajo de crianza sin apoyo masculino, expone a su familia a riesgos y costos más graves, con la consecuente angustia emocional al tener que enfrentar su detenciĂłn con esa carga adicional, la mayorĂa de las veces sin la atenciĂłn mediática de quienes cuentan con bufetes de abogados y otros recursos.
Si hablamos de mujeres que tienen un familiar en prisiĂłn, por los estereotipados roles de gĂ©nero, deben lidiar con el cuidado de la familia y el hogar en ausencia del preso polĂtico, asumir en ocasiones el rol de proveedoras si la persona apresada traĂa ingresos al hogar, al mismo tiempo que se enfrenta la empinada cuesta de penurias derivadas del apoyo al encarcelado, las difĂciles gestiones para intentar visitarlo, alimentarlo, procurarle medicamentos, defenderlo jurĂdicamente, muchas veces bajo la presiĂłn social y judicial sobre sĂ misma, con una gran carga de indefensiĂłn, precariedad econĂłmica y el conjunto de estigmas y presiones sociales vinculados a esta vivencia.
La ComisiĂłn para la EliminaciĂłn de la Violencia contra la Mujer (CEDAW) y la ComisiĂłn Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) establecen medidas dirigidas a proteger a mujeres en situaciĂłn de privaciĂłn de libertad e instan a las autoridades a respetar esos derechos y no hacer nada que agrave aĂşn más su situaciĂłn, sobre todo para quienes están detenidas por motivos polĂticos.  Muchas organizaciones, sobre todo las no gubernamentales, tienen como misiĂłn trabajar por reestablecer estos derechos y hacer que las instituciones responsables recuperen sus capacidades para reconocerlos y defenderlos, porque en la práctica no se cumplen.
El patriarcado es también una cárcel.
Una sociedad patriarcal se sustenta y cobra fuerza en antivalores como la opresiĂłn, la apropiaciĂłn inmerecida de los recursos, el autoritarismo, la interacciĂłn violenta, la bĂşsqueda del poder sin propĂłsito de bien comĂşn y sin importar sus costos, el control maquiavĂ©lico al servicio de intereses espurios, la dominaciĂłn, las jerarquĂas sociales a partir de estos poderes y dominios, la reducciĂłn social y hasta la eliminaciĂłn de quiĂ©nes se opongan a sus estructuras y reglas. Es propio de un sistema machista, discriminatorio, centrado en el castigo, generador de una cultura de la desconfianza, el uso de la fuerza como herramienta de gestiĂłn, especialmente contra las mujeres.
Es una cultura que hemos aprendido y en la que hemos sido educadas todas las personas, mujeres y hombres, basada en ideas construidas desde el pensamiento único, articuladas para imponer una sola verdad, alineada a los intereses del poderoso como forma usual de respuesta que pretende circunscribir a lo más privado cualquier divergencia desde la inevitable diversidad de la gente y sus relaciones.
Las cárceles y los centros en los que se practican torturas son inventos profundamente masculinos, asĂ como el ejercicio violento del poder y las guerras, en las que las niñas y mujeres formamos parte del botĂn para los triunfadores y, por lo tanto, siempre seremos perdedoras desde ellas, no importa la crisis de que se trate. Este modelo está colapsando nuestra civilizaciĂłn, solo trae angustia y sufrimiento para la mayorĂa de la poblaciĂłn, fuera del cĂrculo de quienes viven de los privilegios que otorga el poder, a veces ni siquiera para ellas dentro de esos cĂrculos.  Por eso valoro tambiĂ©n los esfuerzos que muchas mujeres están haciendo al participar de los mecanismos de construcciĂłn de paz que hacen el debido contrapeso a esa mirada patriarcal.
Mujeres libres
Nosotras queremos construir una sociedad mucho más democrática y feminista, donde pensar no sea un crimen y ejercer nuestros derechos polĂticos esenciales no implique un sacrificio heroico. Queremos derribar el andamiaje patriarcal que nos tiene presas a todas, echar abajo los barrotes de la misoginia y erradicar el castigo a la disidencia como mecanismo de opresiĂłn a las mujeres.
Queremos vivir en una sociedad basada en valores que superen el patriarcado con más cooperaciĂłn, más simetrĂa, más aprovechamiento de la diversidad y la innovaciĂłn, respeto a las diferencias, libertad de expresiĂłn, estĂmulos a la socializaciĂłn pacĂfica y la creatividad, con la participaciĂłn plena de mujeres y hombres en igualdad de condiciones para la toma conjunta de las decisiones que más impactan la vida pĂşblica en todos sus ámbitos.
Las presas polĂticas simbolizan uno de los peores castigos que pueden recibirse por hacer justamente lo que la gesta feminista quiere garantizar a todas: usar la palabra y la libre expresiĂłn de pensamiento como fuente de poder. A ellas las reprimen por hacer uso pĂşblico y polĂtico de ese derecho.
De las muchas conquistas pendientes, este 8 marzo 2024, no olvidemos a aquellas que en este momento, dentro y fuera de la cárcel, están siendo vĂctimas de injusto trato y violencia, impedidas de hacer vida normal por pensar por cuenta propia y tener conciencia crĂtica. No aceptemos acostumbrarnos a que esto siga pasando. ¡Libertad para todas las presas polĂticas en el mundo!