Por Irene Aguilera Monroy
Cumplo 70 años el próximo 3 de julio y me pregunté cómo hacer un recuento de vida sin caer en la nostalgia ni en el ajuste de cuentas. Pensé en celebrar conmigo misma, pero también con otras mujeres. Ofrecer una serie de ideas útiles a las que vienen detrás. Desde esa intención nace este texto.
Nací en una época en la que a las mujeres se nos permitían muchas cosas, excepto pensar demasiado alto. A mis setenta años miro hacia atrás y descubro que casi todo lo que valió la pena en mi vida tuvo un costo. Y aun así, volvería a pagar el precio.
Provengo de una familia tradicional, patriarcal y profundamente amorosa. Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir una profesión, descubrí que el afecto y los límites podían convivir en la misma mesa. Estudiar Psicología no fue una decisión celebrada. En una familia donde las ingenierías y la medicina representaban el prestigio, el pensamiento parecía un destino incierto para una mujer: algo útil para comprender a los demás, quizás una ocupación aceptable para una esposa. Nada más lejos de lo que terminaría siendo.
Ahí comenzó mi verdadera educación.
No era una niña particularmente intrépida, ni rebelde. Tampoco la más sociable. Me gustaba leer, escuchar a los adultos conversar, observar. Mientras otros jugaban, yo parecía estar tomando apuntes invisibles sobre el mundo. Fui una estudiante destacada, pero no porque persiguiera reconocimientos, sino porque disfrutaba aprender. Encontraba placer en las ideas.
Y entonces aparecieron las mujeres faro.
En mis estudios universitarios conocí profesoras que expandieron mi horizonte. Ellas hicieron algo extraordinario sin proponérselo: me mostraron que una mujer podía pensar con rigor, ocupar espacio intelectual y construir una vida propia sin pedir disculpas por ello.
No enseñaban únicamente teorías; encarnaban una posibilidad.
En una época en la que los modelos femeninos seguían orbitando alrededor de los roles tradicionales, aquellas mujeres habitaban el conocimiento con naturalidad. Tenían voz, criterio y autoridad. No necesitaban parecerse a los hombres para ejercer liderazgo. Tampoco renunciaban a su condición de mujeres para ser tomadas en serio.
Después de conocerlas, nunca volví a mirar mi vida de la misma manera.
Quiero detenerme aquí para agradecerles. A ellas y a tantas otras que seguramente olvido nombrar. Mujeres que me formaron profesionalmente y, sin saberlo, también me ayudaron a construir una identidad. Gracias a ellas entendí que el feminismo no consiste en despreciar lo femenino ni en restar valor a la maternidad, al cuidado o al hogar. Consiste en algo mucho más profundo: ampliar el territorio de lo posible para las mujeres.
Ellas me enseñaron que una mujer podía amar y pensar. Cuidar y liderar. Formar una familia y construir una carrera. Equivocarse, cambiar de opinión y empezar de nuevo.
Me enseñaron, sobre todo, que la libertad no siempre llega en forma de revolución. A veces llega en forma un permiso reflexivo.
Nunca terminé de encajar del todo en mi familia ni en mi entorno cercano. Durante mucho tiempo pensé que aquello era una carencia. Hoy creo que fue un regalo. Porque justamente en ese desajuste encontré el espacio necesario para convertirme en quien era.
Las mujeres que me precedieron me enseñaron a reflexionar. La vida, después, me enseñaría el precio y el privilegio de hacerlo.
Y ese aprendizaje me acompañó en cada decisión importante de mi vida: en el amor, en la maternidad, en el trabajo, en la enfermedad y en la búsqueda constante de libertad.
Mis hijas fueron y son mi norte en toda mi vida, lo son y lo siguen siendo, a pesar de las críticas. Mi amor por ellas me hizo tomar decisiones que celebro todos los días. En la medida de lo posible traté de generar modelos alternativos femeninos a la sumisión y obediencia. Estoy segura que esos logros y mi modelaje se percibirá mejor cuando yo no esté en este plano.
Me casé, me divorcié, volví a casarme y volví a divorciarme. Seguí intentando construir espacios donde pudiera convivir con otros sin renunciar a mí misma. Pero los modelos de pareja que conocí eran, con frecuencia, menos amenazantes para los hombres cuando las mujeres limitábamos nuestras preguntas, nuestras opiniones y, a veces, nuestras ambiciones.
Nunca me resultó natural ocupar un lugar secundario dentro de una familia. Quizás porque desde muy joven entendí que el amor no debería exigir la renuncia a la propia voz. Sin embargo, durante años observé cómo se esperaba de las mujeres una discreción que rara vez se exigía a los hombres: escuchar más que hablar, acompañar más que decidir, adaptarse más que cuestionar.
No deseé asumir un papel secundario en una familia que se creía mejor que los demás, ni tampoco pude esconderme en una familia que se creía menos que los demás. En ambos extremos encontré una expectativa común: la esposa debía ser complaciente, no demasiado inteligente, no demasiado visible, no demasiado exitosa. Y, desde luego, no debía formular preguntas incómodas, aunque fueran evidentes.
Las buenas esposas no preguntan, parecía decirnos la cultura de aquellos años.
Yo preguntaba.
Mis divorcios y separaciones no fueron el final de una historia de amor. Fueron el comienzo de una historia de respeto. La decisión de abandonar una vida que ya no me representaba fue también la decisión de regresar a mí misma.
Celebro haberme elegido. Celebro haber comprendido que la paz no siempre llega cuando todo permanece intacto, sino cuando finalmente dejamos de traicionarnos para conservar lo que ya no nos hace bien.
Mi vida profesional fue exitosa y continúa siéndolo. Logré construir una carrera que me permitió ejercer una profunda pasión por comprender a las personas y las culturas. Encontré en la comunicación, la publicidad y la estrategia un espacio donde mi curiosidad natural podía convertirse en oficio.
Durante años compartí jornadas con mujeres extraordinarias. Mujeres inteligentes, trabajadoras y talentosas que salían al amanecer para dejar a sus hijos en la escuela, atravesaban la ciudad para llegar a la oficina y, al terminar la jornada, comenzaban una segunda jornada en casa. Las vi llegar impecables, cansadas, resolutivas. Las vi sostener proyectos, equipos, familias y sueños al mismo tiempo.
Siempre las admire.
Las hijas de aquellas mujeres ya son adultas. Muchas de ellas han seguido caminos propios y hoy ocupan espacios que para generaciones anteriores parecían impensables. Cuando observo ese recorrido colectivo entiendo que el avance de las mujeres rara vez ocurre de manera individual. Cada generación empuja un poco más lejos los límites para la siguiente.
Sin embargo, el camino profesional no estuvo exento de obstáculos. En los sectores donde desarrollé mi carrera, dominados históricamente por hombres, los techos de cristal eran visibles para quien quisiera verlos. En más de una ocasión observé cómo el liderazgo femenino era cuestionado con criterios distintos a los aplicados a los hombres. Todavía recuerdo la frase que escuché alguna vez: “en realidad la empresa es del dueño, ella solo tiene la facilidad de ser la hija”. Como si el talento, la preparación o el trabajo pudieran quedar anulados por una condición familiar.
Con los años aprendí que muchas mujeres hemos tenido que demostrar dos veces nuestra capacidad para recibir la mitad del reconocimiento. Y aun así avanzamos.
Observo con alegría a las mujeres que hoy son dueñas de su tiempo, de sus empresas, de sus decisiones y de sus proyectos de vida. Celebro a quienes se atrevieron a tomar lugares que durante demasiado tiempo les fueron negados. Los tiempos han cambiado. Queda mucho por hacer y algunos retrocesos nos recuerdan que ningún avance es definitivo. Pero también es cierto que hemos abierto caminos que ya no podrán cerrarse por completo.
Además de mi trabajo profesional, encontré una enorme satisfacción en la vida académica. Fui y soy actualmente con éxito, profesora, mentora y asesora estratégica. Tuve el privilegio de acompañar a jóvenes que hoy son profesionales brillantes y que, con los años, se convirtieron también en colegas y amigos. Pocas alegrías se comparan con ver florecer el talento de otros.
Enseñar me permitió comprender algo esencial: el conocimiento solo cobra sentido cuando se comparte. Aprendí tanto de mis alumnos como ellos de mí. Juntos construimos conversaciones, proyectos, preguntas y aprendizajes que siguen acompañándome.
Mirando hacia atrás, también recuerdo las decepciones. Hubo personas, muchas de ellas lamentablemente mujeres, ancladas en conceptos patriarcales, que confundieron la competencia con la rivalidad y el poder con la deslealtad. Las mujeres debíamos competir entre nosotras.
Descubrí también, que cuando una mujer destaca, algunas personas dejan de hablar de su trabajo y comienzan a hablar de ella, de su físico, de su sexualidad, de cómo eran como madres, en fin, de su vida privada.
Durante mucho tiempo me pregunté las razones. Hoy ya no necesito hacerlo. Con los años comprendí que incluso las decepciones tienen algo que enseñarnos.
Agradezco a quienes me apoyaron, pero también a quienes me desafiaron y traicionaron, Los primeros me dieron confianza. Los segundos me dieron discernimiento.
Y si algo me enseñó la vida profesional fue esto: la integridad siempre tarda más en construirse que una reputación, pero también dura mucho más.
Con los años comprendí que muchas de aquellas reacciones no hablaban de mí, sino de la incomodidad que provoca una mujer cuando se niega a reducir su pensamiento para encajar en las expectativas ajenas.
Durante décadas nos enseñaron que sostener era una virtud, incluso cuando sostener significaba desaparecer. Que sacrificar era sinónimo de amar. Que permanecer era siempre más noble que partir.
Hoy pienso distinto.
Hay nombres que pertenecen a la geografía secreta de una vida. Magos discretos, oráculos generosos, alquimistas de los procesos invisibles. Ellos me ayudaron a emprender el viaje más largo que he realizado, aunque nunca implicó cruzar fronteras: el viaje hacia mi interior. Con paciencia y sabiduría me enseñaron a convivir con las preguntas esenciales, esas que iluminan y duelen al mismo tiempo. Gracias a ellos comprendí que la madurez no consiste en acumular certezas, sino en aprender a habitar los misterios de una vida propia.
También viví experiencias que me enseñaron el arte más difícil de todos: el desprendimiento. Aprender a soltar personas, lugares, certezas, proyectos e incluso versiones de mí misma que ya habían cumplido su ciclo.
La migración y el cáncer de mama fueron dos de las pruebas más profundas de mi vida. Ambas me enfrentaron, una y otra vez, a la misma pregunta: ¿por qué me está pasando esto a mí?
Durante mucho tiempo busqué una respuesta. Con los años comprendí que quizás la pregunta correcta no era esa.
La enfermedad y la migración me enseñaron algo distinto: la vida no siempre nos pide explicaciones; a veces nos pide humildad. Humildad para aceptar que el cuerpo habla cuando el alma ha permanecido demasiado tiempo en silencio. Humildad para reconocer que las pérdidas también forman parte de la existencia. Humildad para entender que dejar atrás una tierra, una casa, amigos, rutinas y afectos puede doler tanto que el cuerpo termine cargando con ese duelo.
Migrar no fue solamente cambiar de país. Fue despedirme de una parte de mí misma. Fue aprender que hay ausencias que nunca desaparecen del todo, pero que pueden transformarse en nuevas formas de pertenencia.
Y el cáncer llegó para recordarme que somos mucho más frágiles de lo que imaginamos y, al mismo tiempo, mucho más fuertes de lo que creemos. Me obligó a detenerme, a escuchar, a mirar mi vida con otros ojos. Ya no preguntarme únicamente por qué ocurrían las cosas, sino para qué podían enseñarme algo.
Hoy miro ambas experiencias bajando la cabeza. No porque hayan sido fáciles, sino porque me enseñaron que soltar no es perder. Soltar es confiar en que la vida sigue encontrando caminos incluso cuando desaparecen los mapas que nos guiaban.
En el camino, hay preguntas que nacen en soledad y otras que solo encuentran su forma definitiva en compañía de una amiga. A las mujeres que caminaron a mi lado les debo una parte esencial de mi historia. Ellas escucharon mis incertidumbres cuando todavía eran apenas un murmullo, sostuvieron mis silencios cuando las palabras no alcanzaban y celebraron conmigo cada descubrimiento. Con los años comprendí que la amistad femenina es una de las formas más profundas de sabiduría compartida. Gracias a ellas aprendí que una buena amiga no es quien responde nuestras preguntas, sino quien nos ayuda a formularlas mejor.
Hoy, sigo activa, viva y preguntando, gracias a Dios y puedo mirar mis elecciones sin resentimiento ni nostalgia. Las contemplo con la serenidad que solo concede el tiempo. Fueron decisiones difíciles, a veces dolorosas y, en ocasiones, incomprendidas. No siempre acerté. Hubo caminos que me llevaron a lugares inesperados y otros que me obligaron a empezar de nuevo. Pero todos, incluso los más arduos, fueron profundamente necesarios.
Gracias a ellos comprendí que la libertad no consiste en vivir sin miedo, sino en no permitir que el miedo decida por una. Comprendí también que la madurez no llega cuando dejamos de equivocarnos, sino cuando aprendemos a honrar nuestras decisiones sin quedar atrapadas en ellas. Hoy no celebró haber tenido siempre razón. Celebro haber tenido el valor de elegir, de rectificar cuando fue necesario y de seguir avanzando aun cuando no podía ver con claridad el camino completo.
Si algo deseo dejarles no es una lista de logros ni una colección de cicatrices. Deseo dejarles permiso. Permiso para cambiar de opinión. Para partir cuando sea necesario. Para comenzar de nuevo a cualquier edad. Para confiar en su inteligencia. Para ocupar espacio sin pedir disculpas. Para amar sin desaparecer y para hacer preguntas, todas las necesarias.
Porque si mis setenta años me han enseñado algo, es que la libertad nunca llega de una vez y para siempre. Se construye. Se pierde. Se recupera. Se defiende.
Y vale cada uno de los precios que pagamos por ella.
A los setenta años he llegado a una conclusión sencilla: gran parte de mi vida ha estado marcada por preguntas. Algunas me abrieron puertas. Otras me obligaron a cerrar ciclos. Muchas me hicieron perder certezas, pero también me permitieron encontrarme a mí misma.
Durante siglos se esperó de las mujeres una virtud silenciosa: recibir, aceptar, adaptarse. Escuchar más que hablar. Acompañar más que cuestionar. La receptividad fue presentada como una cualidad femenina; la curiosidad, en cambio, rara vez fue celebrada en nosotras. Sin embargo, cada avance importante de mi vida comenzó con una pregunta.
Mientras terminaba de escribir estas páginas, Venezuela volvió a estremecerse. El terremoto del 24 de junio dejó tras de sí un dolor imposible de medir únicamente en cifras. Miles de familias perdieron seres queridos, hogares, recuerdos y la tranquilidad de una vida que, hasta unos segundos antes, parecía estable. Durante varios días no pude volver a leer este artículo. Sentí que la vida acababa de formularme una nueva pregunta. Comprendí que, después de una tragedia de esa magnitud, ya no podía hablar de mis setenta años desde la celebración. Solo podía hacerlo desde la gratitud. Gratitud por el tiempo vivido, por las personas que todavía puedo abrazar, por las conversaciones pendientes, por la posibilidad de seguir aprendiendo y por la conciencia, tan propia de esta etapa de la vida, de que nada de lo verdaderamente importante puede darse por sentado.
Quizás esa sea una de las enseñanzas más profundas que llegan con los años. La madurez no consiste en acumular respuestas, sino en aceptar con humildad que la vida siempre tendrá la última palabra. Una enfermedad, una migración o un terremoto pueden transformar en un instante aquello que creíamos permanente y obligarnos a mirar nuestra existencia con otros ojos. Si estas páginas comenzaron siendo una reflexión sobre el derecho a preguntar, hoy terminan siendo también una invitación a agradecer. Porque cuando comprendemos la fragilidad de la vida, las preguntas dejan de ser un ejercicio intelectual y se convierten en una forma de honrar el tiempo que nos ha sido concedido.
Preguntar fue mi manera de aprender. Preguntar fue mi manera de disentir. Preguntar fue mi manera de amar sin desaparecer. Y con los años comprendí que preguntar también fue mi primer acto feminista.
Porque cada pregunta desafía una frontera. Cada pregunta cuestiona una jerarquía. Cada pregunta abre una posibilidad que antes no existía.
Hoy no celebro haber encontrado todas las respuestas. Celebro algo mucho más valioso: no haber renunciado nunca a mi derecho a preguntar.
A mis hijas, a mis amigas, a mis alumnas y a las mujeres que lean estas palabras, quisiera dejarles ese mismo permiso: el permiso de cuestionar, de explorar, de cambiar de opinión, de volver a empezar y de pensar por sí misma
Porque una vida libre no se construye a partir de las respuestas que heredamos, sino de las preguntas que nos atrevemos a formular.

Irene Aguilera
Psicóloga, consultora estratégica y coach, con una trayectoria desarrollada en corporaciones multinacionales, agencias de comunicación y proyectos de consultoría en Venezuela y México. Mi experiencia se ha centrado en la planificación estratégica, el comportamiento humano y el desarrollo de oportunidades de crecimiento para personas y organizaciones.
Participo activamente en conferencias, foros y proyectos dedicados a visibilizar el edadismo y promover una nueva mirada sobre la longevidad y la tendencia Silver, contribuyendo a transformar la forma en que la sociedad piensa, siente y conversa sobre el envejecimiento. Esta pasión dio origen a IAMSilver, mi marca y canal de Instagram, un espacio dedicado a celebrar lo plateado, destacar el valor de la experiencia y promover una visión más humana, positiva y contemporánea de esta etapa de la vida. A través de esta plataforma comparto reflexiones, tendencias y conversaciones que invitan a reconocer la longevidad como una oportunidad de crecimiento, contribución y reinvención

