Sesgo de autoridad: ¿Quién tiene el privilegio?

Sesgo de autoridad: ¿Quién tiene el privilegio?
febrero 6, 2026 Feminismo INC

Por: Vanessa Marcano Boos.

En estos días veía unas fotos en Instagram de una prima muy querida y a quien admiro mucho por todo lo que ha logrado y cómo se ha transformado a través de varios procesos personales.  Ella estaba con una persona muy conocida en el mundo de la innovación y la tecnología, a quien le estaba haciendo un registro en video con una cámara muy potente y equipos técnicos de avanzada. Mi prima tiene un esposo que también es fotógrafo profesional. Mi pareja, a quien enseñé la foto muy orgullosa, enseguida comentó: ¡Me imagino que está con su esposo!

No voy a profundizar en lo que pasó de allí en adelante porque no es relevante para este escrito, pero obviamente vino una gran respuesta indignada de mi parte. Se preguntarán ¿por qué? Aquí va mi explicación:

Hay un sesgo inconsciente, de los muchos que se han venido estudiando y analizando, que se llama sesgo de autoridad. Stanley Milgram fue un psicólogo social estadounidense, reconocido mundialmente por sus investigaciones sobre la obediencia a la autoridad. Sus experimentos demostraron hasta qué punto personas comunes pueden ceder su criterio y su juicio moral cuando una figura es percibida como legítima autoridad.

Aunque Milgram estudió la obediencia, esta frase resume uno de los pilares del authority bias (Sesgo de autoridad): creemos más en quien percibimos como autoridad, incluso sin evidencia objetiva. Es perfectamente aplicable a contextos cotidianos, laborales y culturales. “Tendemos a atribuir mayor exactitud y credibilidad a la opinión de una figura de autoridad, y a dejarnos influir por ella de manera desproporcionada.”[1]

Lo relevante de los estudios de Milgram no es solo la obediencia extrema, sino la confirmación de que la autoridad no siempre se construye sobre el mérito, también sobre la percepción. Y esa percepción, como sabemos desde el feminismo, no es neutral.

Como señala Celia Amorós, el feminismo no solo lucha por derechos de las mujeres, sino también por visibilizar justamente este efecto sesgado de criterios de autoridad que definen quién puede hablar con legitimidad. En un orden patriarcal la palabra de las mujeres ha sido históricamente tolerada, pero no reconocida como autoridad.

No siempre somos reconocidas como sujetas legítimas de saber, criterio o excelencia. Esta deslegitimación no suele ser explícita ni consciente; opera a través de sesgos automáticos que atribuyen la autoridad, el talento o el éxito a figuras masculinas, incluso cuando la evidencia contradice esa suposición. “La razón patriarcal ha definido históricamente quién puede hablar con autoridad y quién queda relegada a una posición de minoría discursiva.”[2]

Tengo semanas identificando situaciones que revelan ese sesgo de voz de autoridad. Digo semanas, pero seguramente han sido décadas sin darme cuenta. Afortunadamente tanto estudio sirve para aprender y ver más claramente cómo funciona el sistema patriarcal en el que nos desenvolvemos.

Anoche, para sumar a mi lista de eventos que demuestran esta subestimación a la voz de las mujeres, estuve en una cena y traje a la conversación el caso de Rosalía y su nuevo disco que admiro, Lux, que a mi juicio es uno de los más completos, atrevidos, y magistrales del momento.

Uno de los comensales (hombre) agregó que este éxito provendría de su vinculación con su productor musical (un hombre). Me preguntaba ¿Por qué esa necesidad  constante de relacionar el éxito de una mujer a la ejecución o acompañamiento de un hombre? ¿Por qué no podemos simplemente admitir que una mujer es la lideresa de su proyecto, el cerebro que lo impulsa, la creadora de su propia obra?! ¿Por qué nos cuesta tanto admitir ese valor, ese liderazgo, ese talento, esa inteligencia magistral y sobresaliente?

Está comprobado que todas las personas tenemos sesgos inconscientes, son esas creencias automáticas que no pasan por la razón y que nos llevan a tomar decisiones y llegar a juicios muy rápidamente sobre las personas de nuestro entorno. Decisiones que pueden ser injustas en cualquier entorno, en la oficina, por ejemplo, con nuestros equipos de trabajo.

Nuestro cerebro es una máquina natural de hacer juicios, van y vienen, y se generan de forma automática. Ya hay teorías que nos hablan de pensar lento y pensar despacio para que podamos hacer consciente ese proceso automática e infinito de producir juicios. Pero la lentitud en estos tiempos de productividad parece algo inalcanzable.

Reivindicar la voz de autoridad de la mujeres

Como ha demostrado la psicóloga Virginia Valian, los sesgos operan de forma automática y acumulativa, moldeando nuestros juicios sobre competencia y autoridad sin que medie una reflexión consciente. “Los sesgos suelen ser pequeños y sutiles, pero cuando se repiten de manera constante a lo largo del tiempo, producen grandes desigualdades.[3]

Para sumar a la causa feminista de revindicar la voz de autoridad de las mujeres propongo una serie de acciones concretas, que entre todas podemos ejecutar para sumar a este propósito:

  • El problema no es individual. Las mujeres no nacimos defectuosas. Es un problema estructural que hay que abordar. Introducir el tema a sensibilizaciones en organizaciones y empresas de cualquier tamaño.
  • Nombrarla. Comencemos a hablar de voz de autoridad, en nuestros escritos, en nuestras conversaciones cotidianas. Invitemos a pensar sobre ello trayéndolo a la mesa.
  • Señalamos el sesgo (“¿por qué asumiste que él era el experto?”), y devolvemos la autoría a quien corresponde.
  • No disculparse por saber, no suavizar para ser aceptadas, no pedir permiso para ocupar espacio discursivo.
  • No decir: “digo esto, pero no soy experta…”, “quizá estoy equivocada, pero…”
  • La autoridad no la recuperaremos en soledad sino en colectivo: Citándonos entre nosotras, mencionando mujeres poderosas con impacto, recomendaciones de mujeres públicamente, reconociendo el saber de otras mujeres sin mediación masculina. Cada vez que una mujer es presentada como referente por otra mujer, se rompe la ficción de que “no hay mujeres expertas”.
  • Recuperar la voz de autoridad también implica reclamar el derecho al error, sin que eso invalide todo lo dicho antes.
  • Se requiere: Paridad en paneles y medios, reconocimiento institucional del saber de las mujeres, sistemas de evaluación sin sesgos, liderazgos que no penalicen la voz femenina.

Recuperar la voz de autoridad de las mujeres no consiste en hablar más alto ni en parecernos a los modelos masculinos de liderazgo. Consiste en disputar los criterios mismos que deciden quién es escuchada, quién es creída y a quién se le reconoce el mérito. Porque mientras la autoridad siga teniendo género, la igualdad seguirá siendo incompleta.

 

[1]Milgram, Stanley (1974). Obediencia a la autoridad: una visión experimental [Obedience to Authority: An Experimental View]. Nueva York: Harper & Row.

[2] Amorós, Celia. Tiempo de feminismo. Cátedra, 1997.

[3] Valian, Virginia (1998). Why So Slow? The Advancement of Women [¿Por qué tan lento? El avance de las mujeres]. Cambridge, MA: MIT Press.

 

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Vanessa Marcano Boos

Empresaria y Consultora. Co-fundadora de FemData Consultoría : Una Consultora en igualdad de género. Máster en Violencia de Género. Universidad Complutense de Madrid.
Especialista en Políticas del Cuidado, Políticas Públicas con Perspectiva de Género y Masculinidades con Impacto Social. Máster en Medios y Educación. Ganadora de WAYRA, Google for StartUps y Programa IBM-IESA. Autora del libro: «Aliados por la Igualdad. Las 100 preguntas más frecuentes que se hacen los hombres en tiempos de feminismo, igualdad e inclusión». Mamá de Julieta y Venezolana que vive en Ciudad de México

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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