Salud mental y sororidad

Salud mental y sororidad
enero 19, 2026 Feminismo INC

Es difícil acompañarla, no sé si quiero estar ahí, además estoy cansada de que no se dé cuenta y más de que no se responsabilice de sus peos; es algo que no puedo sostener. Recuerdo claramente esa conversación con M. En una de nuestras sesiones de terapia, su respuesta fue como un mantra que me acompaña hasta hoy: Todos tenemos problemas, Niyireé, pero quien viene a terapia es quien quiere solucionarlos.

Yo decidí comenzar seriamente mi proceso terapéutico en 2021. Siempre me he considerado una mujer con alta pulsión de vida; amo vivir y las maravillas que ello conlleva. No obstante, la violencia —siempre presente en la vida de nosotras, las mujeres— se manifestó ese año en forma de ideación suicida. Entonces me dije: “Basta, bebé, ¿qué es esto? Hay que buscar ayuda”. Así llegué a M., y pronto cumpliremos un quinquenio de trabajo juntas. Hoy puedo decir que me gusta la mujer que ha aflorado en terapia. Aunque los días malos siguen apareciendo, tener herramientas para afrontarlos es un gran alivio.

Hace algunas semanas, en un círculo de mujeres, escuché hablar a Synthia. Entre lágrimas contó cómo la muerte y ella habían coqueteado, y lo duro que le había resultado sostener estos meses de vida —lo que interpreté como un posible intento de suicidio—. Su relato me conmovió. Quizá porque me costaba acompañarla: había visto cambios abruptos en ella que al principio no quería reconocer y que poco a poco me generaron rechazo. Me incomodaba mantener cualquier conversación dentro del espacio académico que compartíamos; incluso llegué a excluirla de ciertos planes y salidas para no tener que “lidiar” con ella y el malestar que me generaba. Sinceramente, no sabía cómo manejar ese rechazo. Pero al escucharla aquel día, sus palabras resonaron dentro de mí con fuerza y la coraza que había erigido se debilitó.

Recordé mis primeros pasos en el feminismo, cuando trabajaba en la torre Bandagro, cerca de la avenida Urdaneta. Allí, una de mis amigas y compañeras se fue sumiendo en un cuadro depresivo tremendo. En la oficina —un penúltimo piso de algún vapuleado Instituto de la Mujer—, aquellas cinco mujeres que conformábamos la Coordinación de Formación e Investigación intentamos acompañarla. Pero con el paso de los días, la situación se volvió insostenible. Una compañera, que incluso la llevó a vivir a su casa, terminó desbordada en llanto: “No puedo más, no sé cómo manejar esta situación. La mitad del día los medicamentos la tienen dopada y odio verla así, pero si no se los toma, entra en pánico o se queja sin parar. No sé qué hacer, chicas”. Esa escena de hace más de una década parece repetirse hoy, solo que ahora soy yo la que no sabe qué hacer; pienso en los paralelismos de la vida.

Las mujeres hablamos de sororidad —ese concepto acuñado por Marcela Lagarde que refiere al amor y la hermandad entre mujeres— y de la urgencia de hablar de salud mental como un logro generacional. Pero nadie nos cuenta lo difícil que es acompañar de verdad. Lo duro de estar ahí en medio del proceso, lidiando con nuestras propias crisis, el cansancio, el rechazo y la hecatombe emocional que puede generar cuidar a otra persona.

Hay un costo emocional alto para quienes acompañamos: la culpa, el miedo, la tentación de ignorar. A veces pienso que sería más fácil invisibilizar y excluir a quien atraviesa estos procesos. Y al mismo tiempo, me debato entre la negativa y mi falta de empatía. Son dos caras de mí misma: la que no quiere estar y la que, aun sin estar, coloca un límite que no sé si siempre es sano o si termina dañando a la persona que necesita ayuda. Allí, la culpa aparece como un eco: ¿seré mala feminista por no querer sostener? ¿seré egoísta si me aparto? Nadie nos enseña que acompañar en tiempos de crisis mental también duele.

Acompañar desgasta. Nos dicen que la sororidad es sostener sin condiciones, pero ¿quién nombra el costo para quienes decidimos hacerlo? La culpa, el miedo y la rabia se vuelven parte de la experiencia, y casi nunca se reconocen. Esa fractura no es individual, es estructural, porque cuando no se garantizan las condiciones para mantener el bienestar, que incluye la salud mental, el límite personal se confunde con abandono.

Al final, acompañar la salud mental de otras mujeres nos enfrenta no solo a nuestros propios límites, sino también a los estigmas que la sociedad impone sobre nosotras: ser vistas como “locas”, competitivas o incapaces” de sostenernos entre nosotras. Esa mirada externa contribuye a la exclusión y al aislamiento, tanto de quien atraviesa la crisis como de quien intenta acompañarla. Reconocer este costo, nombrarlo y sostener la sororidad con conciencia de nuestros límites no es un fracaso; es una forma de resistencia frente a la cultura que nos deshumaniza y nos obliga a competir incluso en nuestra vulnerabilidad. Solo así podemos empezar a construir espacios donde la salud mental deje de ser un tabú y el cuidado mutuo sea posible de verdad.

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Niyireé Baptista (Caracas, 1990) es historiadora, escritora e investigadora feminista, magíster en literatura latinoamericana. Su trabajo combina lo literario y lo académico para explorar el cuerpo, la experiencia de las mujeres y las violencias patriarcales como espacios políticos. Autora de Mujer cadáver (2021) y colaboradora en la Revista Cuerpo y Territorio, también publica su columna Soltera en la ciudad de la furia en Analítica Web. Su voz conecta lo cotidiano con los feminismos latinoamericanos, invitándonos a mirarnos con crítica, sinceridad y resistencia.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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