Feminismo 2025: El péndulo no se rompió, solo está tomando impulso.

Feminismo 2025: El péndulo no se rompió, solo está tomando impulso.
diciembre 19, 2025 Aglaia Berlutti

A finales de este año extraño, conviene mirar el feminismo sin nostalgia ni pánico moral: con datos, memoria histórica y una pizca de ironía para no perder la cordura colectiva.

El cierre de este año deja una sensación curiosa: el feminismo sigue visible, pero no siempre reconocible. Aparece en camisetas, campañas publicitarias y discursos cuidadosamente pulidos, a veces más cerca del marketing que de la transformación social. Esa omnipresencia, incluso cuando resulta superficial, no es casual. Indica que la lucha por la igualdad se volvió imposible de ignorar. Si algo se vende tanto, es porque tiene peso simbólico. Nadie comercializa lo irrelevante. El problema no es la visibilidad, sino qué se hace con ella y quién controla el relato.

Conviene volver a lo básico, aunque suene aburrido. El feminismo, en su definición más clara, persigue la igualdad real entre géneros y el fin de las estructuras que sostienen la discriminación. No es una estética ni una identidad cerrada. Es una práctica política. Desde el siglo XIX, cuando las primeras activistas exigían el derecho al voto en Europa y América del Norte, el movimiento avanzó por etapas, siempre en diálogo — y conflicto — con su contexto histórico. Cada ola respondió a un conjunto específico de límites sociales, legales y culturales. Ninguna surgió por capricho.

La primera etapa organizada tuvo como eje la ciudadanía formal. Sin voto, no había negociación posible. Décadas más tarde, a mediados del siglo XX, las demandas se ampliaron: acceso a anticonceptivos, autonomía corporal, igualdad salarial, posibilidad de elegir una vida fuera del hogar. Aquella fase fue incómoda y profundamente transformadora. Cuestionó la familia, el trabajo y la sexualidad. Después llegó una generación más consciente de las diferencias internas del movimiento. Mujeres racializadas, disidencias sexuales y voces periféricas señalaron algo evidente: no todas partían del mismo punto.

A partir de la década de 2010, el activismo digital cambió las reglas del juego. Las redes sociales aceleraron la organización, la denuncia y la visibilidad global. Las marchas masivas de 2017, tras la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y la expansión del movimiento contra la violencia sexual ese mismo año marcaron un punto de inflexión. Millones de mujeres salieron a la calle o hablaron en línea. Parecía un avance imparable. Spoiler de fin de año: no lo fue.

Avances, retrocesos y la ilusión del progreso lineal

El problema de creer en el progreso automático es que la realidad se encarga de desmentirlo. En 2022, la anulación de la protección federal del derecho al aborto en Estados Unidos borró décadas de garantías legales en cuestión de semanas. Para finales de este año, una veintena de estados habían prohibido o limitado severamente el acceso al procedimiento. Este dato no es simbólico ni abstracto: afecta vidas concretas, calendarios médicos, economías familiares y proyectos vitales. También envía un mensaje político claro que otros gobiernos observan con atención.

Mientras tanto, el discurso cultural dio un giro brusco. La narrativa del éxito individual femenino — esa que prometía que con suficiente esfuerzo todo era posible — empezó a desmoronarse. Muchas mujeres descubrieron que “llegar” tenía un costo físico y emocional enorme, y que las barreras estructurales seguían intactas. El agotamiento reemplazó al entusiasmo. La figura de la ejecutiva incansable perdió brillo. En su lugar, emergieron relatos que idealizan el retorno a roles tradicionales, especialmente en espacios digitales conservadores. No es una moda inocente. Es una reacción organizada.

Eventos recientes lo muestran con claridad. En encuentros políticos en ciudades como Dallas, durante este mismo año, se celebró abiertamente la idea de que el feminismo es un error histórico. Los mensajes fueron simples y eficaces: menos derechos, más domesticidad; menos autonomía, más “orden”. Estas consignas no surgen en el vacío. Apelan a una fatiga real, pero ofrecen soluciones que benefician a estructuras muy antiguas. La nostalgia, una vez más, funciona como herramienta política.

Al mismo tiempo, el llamado feminismo de celebridades quedó reducido a gestos vacíos. El episodio del vuelo espacial promocional protagonizado por mujeres famosas fue presentado como un hito simbólico. Sin embargo, no produjo cambios materiales ni abrió debates relevantes sobre ciencia, acceso o desigualdad. Fue espectáculo. Confundir representación con avance es uno de los errores más persistentes de esta década.

Aun así, declarar la “muerte” del feminismo sería apresurado y cómodo. Los datos muestran otra cosa. Incluso en países donde la brecha salarial sigue siendo profunda y la violencia de género aumenta, la participación política de las mujeres creció de forma sostenida desde los años noventa. Las leyes de consentimiento se están reformando. La licencia parental y las políticas contra la violencia doméstica existen porque hubo presión organizada. Nada de eso ocurrió por buena voluntad espontánea. Y ese es el recordatorio incómodo de fin de año: el péndulo sigue moviéndose, aunque a veces parezca retroceder.

Datos fríos para debates calientes

Cuando se apagan los slogans y se dejan de lado las peleas de redes sociales, quedan los números. Y los números no tienen sentido del humor. En países como Australia, al cierre de este año, las mujeres siguen ganando en promedio bastante menos que los hombres por trabajos comparables. No es una percepción: es una diferencia anual que impacta en vivienda, ahorro y jubilación. A eso se suma que los cargos de mayor poder económico continúan ocupados, en su mayoría, por varones. La igualdad formal no se tradujo automáticamente en igualdad material. Nunca lo hizo.

Además, el reparto del trabajo no remunerado sigue profundamente desequilibrado. Cuidar, limpiar, acompañar, sostener. Son tareas invisibles hasta que alguien deja de hacerlas. Las mujeres cargan con la mayor parte de ese trabajo, lo que explica por qué llegan más cansadas y con menos margen de maniobra a la vida pública. No es falta de ambición. Es pura aritmética cotidiana. Y, aun así, el discurso dominante insiste en que “ya se hizo demasiado”.

Las encuestas recientes lo confirman. Una parte significativa de la población considera que las demandas feministas han ido demasiado lejos. Este cambio de percepción es rápido: en pocos años, aumentó de forma notable el porcentaje de personas — especialmente hombres — que creen que la igualdad ya se alcanzó. Curiosamente, esta sensación convive con datos que indican lo contrario. No es contradicción; es reacción. Cada avance genera resistencia. El feminismo nunca fue popular de forma estable. Alterna momentos de expansión con periodos de rechazo intenso. La historia lo demuestra con una regularidad casi aburrida.

En las décadas conservadoras del siglo XX, muchas activistas evitaban incluso nombrar el movimiento en voz alta para no perder espacios de negociación. A finales de los noventa, grandes medios internacionales se preguntaban si la lucha ya no era necesaria. Spoiler histórico: sí lo era. Y lo sigue siendo ahora. El contexto cambia, pero la estructura básica del problema persiste.

Masculinidades en crisis y chivos expiatorios

Un rasgo distintivo del debate actual es la ansiedad masculina. Aumentan los discursos sobre soledad, falta de propósito y desconcierto frente a los cambios sociales. Es un fenómeno real y merece atención seria. Lo que no ayuda es señalar a la liberación femenina como culpable universal. Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre en buena parte del discurso público. Si algo falla, el dedo apunta al mismo lugar. Es una solución rápida y profundamente ineficaz.

Las dificultades para formar vínculos, la precarización laboral o el descenso de la natalidad tienen causas complejas: económicas, culturales y tecnológicas. Reducirlas a una conspiración feminista es intelectualmente perezoso. Además, no mejora la situación de nadie. Las encuestas muestran que muchos hombres jóvenes sienten que se les exige demasiado para apoyar la igualdad. Al mismo tiempo, no tienen modelos claros de masculinidad cuidadora, cooperativa y no violenta. Ese vacío no lo creó el feminismo; lo dejó al descubierto.

Aquí aparece una paradoja interesante. A las mujeres se les ofreció, durante décadas, una narrativa aspiracional muy clara: estudiar, trabajar, decidir. A los hombres, en cambio, se les retiraron viejas certezas sin ofrecer alternativas sólidas. El resultado es confusión. Algunas mujeres optan por no ser madres. Otras eligen conscientemente una vida doméstica tradicional. Ambas decisiones son válidas si son libres. El problema surge cuando se presentan como soluciones universales o como pruebas de que la igualdad fue un error.

Este debate constante, amplificado por plataformas digitales, no siempre produce claridad. A menudo genera culpa, especialmente entre mujeres. Cada elección personal parece requerir una justificación política exhaustiva. El nivel de autoexigencia es alto. Tal vez demasiado. Imaginar un escenario donde los hombres se sometan al mismo escrutinio resulta casi cómico. Pero también revelador.

Generación Z: el desacuerdo como punto de partida

Si algo dejó claro el cierre de este año es que la Generación Z no es el bloque homogéneo que muchos imaginaban. Los estudios internacionales publicados en torno al Día Internacional de la Mujer mostraron una división marcada entre mujeres y hombres jóvenes en temas clave. No es una grieta menor: es la brecha de género más amplia registrada entre generaciones en relación con el feminismo y los roles sociales. Las mujeres jóvenes se identifican con la causa en mayor proporción que cualquier cohorte anterior. Los hombres jóvenes, no tanto.

Este contraste es importante porque rompe con la idea cómoda de que el tiempo, por sí solo, resuelve los conflictos. No lo hace. El desacuerdo está creciendo justo en la generación que heredará las decisiones políticas y culturales de las próximas décadas. Para algunas personas, esto suena alarmante. Para otras, es simplemente el síntoma de un cambio profundo que aún no encuentra lenguaje común. La tensión no implica rechazo total, pero sí incomodidad.

Uno de los datos más reveladores tiene que ver con la percepción del cuidado. Un porcentaje significativo de hombres jóvenes considera que quedarse en casa para criar hijos afecta negativamente a la masculinidad. Este número es más alto que entre generaciones mayores. No es nostalgia; es inseguridad. En paralelo, muchas mujeres jóvenes no comparten esa visión, pero tampoco encuentran parejas dispuestas a negociar de forma equitativa las tareas domésticas. El resultado es fricción cotidiana, no grandes discursos.

También se repite una sensación persistente: la idea de que los hombres están haciendo “demasiado” por la igualdad. Esta percepción no se sostiene cuando se observan los indicadores estructurales, pero tiene fuerza emocional. Y la política, como sabemos a estas alturas, se mueve más por emociones que por gráficos. Ignorar ese malestar no lo hará desaparecer. Tampoco ceder a él sin análisis crítico es una solución.

Tensión de género en el mapa global

Más allá de las diferencias generacionales, existe un consenso amplio entre jóvenes: la relación entre hombres y mujeres está atravesada por tensión. Este sentimiento es más fuerte entre personas de menos edad que entre generaciones mayores. Curiosamente, se percibe menos conflicto de género que conflicto entre clases sociales o ideologías políticas. Aun así, la incomodidad es real y se expresa de formas distintas según el país.

Las variaciones nacionales son llamativas. En algunos contextos, la percepción de enfrentamiento entre géneros es muy alta. En otros, considerablemente menor. Estos contrastes no dependen solo del nivel de igualdad legal, sino de factores culturales, económicos y mediáticos. Donde el debate se plantea como una guerra, la tensión aumenta. Donde se aborda como una negociación social, el clima es distinto.

Lo interesante es que, incluso en los países con mayor sensación de conflicto, la mayoría de las personas sigue afirmando que la igualdad de género es importante en su vida. El desacuerdo aparece cuando se discuten los métodos. ¿Funcionan las políticas públicas? ¿Las empresas hacen lo suficiente? ¿Quién debería cambiar primero? No hay respuestas únicas. Y eso, aunque incómodo, también es una oportunidad.

El feminismo nunca prometió consenso absoluto. Prometió cuestionar lo dado. Que exista discusión no es señal de fracaso, sino de relevancia. El problema sería el silencio. Y ese, al menos por ahora, no es el caso.

Logros que no hacen ruido, pero sostienen el suelo

Mirar el cierre de este año solo desde la decepción sería injusto. El avance feminista rara vez es espectacular; suele ser administrativo, lento y poco cinematográfico. Y aun así, transforma vidas. Desde mediados de los noventa hasta hoy, la presencia de mujeres en parlamentos nacionales creció de forma constante en varios países. No es paridad perfecta, pero sí un cambio estructural. Las leyes no se escriben solas. Alguien tuvo que sentarse ahí, insistir, negociar y aguantar.

En el mismo periodo, el acceso de las mujeres a la educación superior dejó de ser excepcional. Hoy, en muchos países, más de la mitad de las personas que egresan de universidades son mujeres. Este dato importa porque condiciona todo lo demás: empleo, ingresos, autonomía. También explica por qué ciertas reacciones son tan intensas. El poder, incluso cuando se redistribuye un poco, genera resistencia.

A nivel de políticas públicas, se consolidaron herramientas impensables hace treinta años. Licencias parentales pagas, protocolos contra la violencia doméstica, reformas legales sobre consentimiento sexual. Ninguna de estas medidas apareció por generación espontánea. Fueron el resultado de décadas de presión organizada. No solucionan todo, pero crean un piso mínimo de protección. Y en un mundo inestable, los pisos importan.

Incluso en el terreno simbólico hay cambios relevantes. El deporte femenino, por ejemplo, pasó de la invisibilidad casi total a llenar estadios y ocupar espacios mediáticos. No es solo entretenimiento. Es representación, inversión y reconocimiento. Cada niña que ve a una mujer competir profesionalmente recibe un mensaje claro: esto también es posible.

Nada de esto elimina las brechas existentes. Pero demuestra algo fundamental para cerrar el año con perspectiva: el feminismo no es una promesa abstracta, es una acumulación de pequeñas victorias. Y las pequeñas victorias, cuando se sostienen en el tiempo, cambian el paisaje.

Cansancio, culpa y el arte de no rendirse

Uno de los efectos colaterales menos discutidos del activismo contemporáneo es el agotamiento moral. Las mujeres parecen obligadas a evaluarse constantemente. Cada decisión personal se convierte en un examen ideológico. Consumir, amar, trabajar, descansar: todo pasa por el filtro de la corrección política. La autorreflexión es valiosa, pero cuando se convierte en autoacusación permanente, deja de ser útil.

Internet está lleno de ejemplos. Confesiones públicas, dudas existenciales, culpas mínimas elevadas a dilemas éticos. El contraste con la autocrítica masculina es evidente. No porque una sea mejor que la otra, sino porque la asimetría revela quién carga con el peso simbólico del cambio social. La igualdad no se construye a fuerza de flagelación selectiva.

Aquí conviene recordar algo básico: los movimientos políticos necesitan descanso para sobrevivir. No todo es militancia intensa. A veces, seguir adelante implica bajar el volumen, recuperar energía y volver con perspectiva. No es traición. Es estrategia de largo plazo. La historia del feminismo está llena de pausas necesarias.

Además, el movimiento no existe para ser perfecto. Existe para ser eficaz. Puede y debe revisarse, ampliarse y corregirse. Señalar sus límites — como la falta de interseccionalidad real en algunos espacios — es parte del trabajo. Pero perder de vista su objetivo central, la igualdad de género, sería un error costoso.

El futuro inmediato: menos épica, más constancia

Si algo deja claro este fin de año es que el feminismo no necesita grandes finales ni declaraciones dramáticas. Necesita continuidad. No está abandonado ni resuelto. Está, como siempre, en disputa. Y eso es normal. Cada generación redefine las herramientas, el lenguaje y las prioridades. La Generación Z no será una excepción. Tendrá sus contradicciones, sus conflictos y sus propios aprendizajes.

El desafío inmediato no es convencer a todo el mundo, sino sostener lo que ya existe y ampliarlo con inteligencia. Menos guerra cultural estéril, más políticas concretas. Menos culpa individual, más responsabilidad colectiva. El progreso no es lineal, pero tampoco es un espejismo.

A pesar de los retrocesos, de los discursos reaccionarios y del cansancio acumulado, hay algo que sigue funcionando: las mujeres no están solas. Hay redes, historia y memoria. Hay datos. Hay precedentes. Y hay futuro. Puede que no sea brillante ni glamoroso, pero es real.

Cerrar el año con esta idea no es ingenuo. Es práctico. El feminismo, cuando deja de intentar agradar y se concentra en ampliar libertades, vuelve a ser lo que siempre fue: una herramienta para vivir mejor. Y sí, incluso para divertirse un poco en el camino. Porque resistir sin perder la risa también es una forma de victoria.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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