Por Román Domínguez

Segunda parte

El género en una economía moderna

La economía moderna – o economía capitalista según el nombre que le pusiera Marx- trabaja la producción para abordar los problemas de escasez a través del mercado y los precios. La producción vive el contraste permanente con la demanda y eso obliga al productor a mejorar sus productos y procesos, especialmente si existen en su mercado productores competidores que ofrecen el mismo bien o bienes sustitutos y los demandantes tienen capacidad de elegir libremente a quién comprar. Estos bienes con la capacidad de producir otros bienes constituyen el capital y el proceso de acumular estas capacidades se llama inversión. El proceso productivo se alimenta de medios que acumulan cambios positivos (mejoras) con aplicación en el mercado. A estos cambios se les llama innovaciones.

Una de las características distintivas de la economía moderna con respecto a etapas previas, por ejemplo, el mercantilismo, es que su acumulación no es aditiva, es geométrica, porque la innovación constituye capacidades que alteran drásticamente las valoraciones relativas en el mercado y, por tanto, se constituye riqueza mucho más allá de la acumulación de tesoros que produce un solo flujo de intercambio con márgenes favorables.

Un resumen corto y burdo de la economía moderna sería entonces, oferentes y demandantes de productos accediendo al mercado, usando el precio como herramienta para acordar valores de intercambio (es decir, el valor que hace razonable al oferente desprenderse de un bien, seguramente porque su costo es menor y le genera un margen al ofrecerlo a ese precio y, simultáneamente, hacen razonable al demandante adquirirlo, seguramente por el valor que se asigna al bien es mayor que el costo que se paga por él a través del precio). Además, para que los productores produzcan se requiere activar capacidades productivas, que se constituyen a partir de bienes con la capacidad de producir bienes y para ello se aplica un tipo especial de gasto, el gasto de inversión, es decir, los flujos que constituyen capital. La producción involucra, aparte de estos bienes “especiales”, personas manejando todo el proceso y la participación de estas personas se entiende como parte del costo en el proceso productivo, porque su participación debe ser remunerada. El sistema funciona mejor si el precio se aproxima eficientemente al costo, es decir, si no puede ser fijado discrecionalmente por comprador o vendedor. Para ello se requiere que el mercado reúna a múltiples oferentes y demandantes para un mismo producto al mismo tiempo.

Otros aspectos de la economía implican qué debe hacer una sociedad para que no se produzcan monopolios. También para evitar crisis de confianza, especialmente en el crédito, actuando en ocasiones algún representante del Estado como prestamista de última instancia. Suele tratar el asunto de evitar aumentos generalizados de precios derivados de la presencia excesiva de medios de pago en comparación con los bienes y servicios que han de pagarse con esos medios. Dependiendo del enfoque, también la economía incluye la evaluación de lo que es dado hacer desde un estado nacional para proteger y promover el capital, la producción y las ventajas comparativas de sus nacionales con respecto a la competencia internacional. También podría incluir qué es dado hacer desde un estado nacional para promover equilibrios de riqueza entre sus agentes económicos, generando sistemas impositivos que canalicen compensaciones hacia los menos favorecidos y que, según reglas diferentes a las del mercado, reciban un tratamiento especial de toda la sociedad. Todos estos últimos aspectos son los típicos elementos de la llamada macroeconomía.

¿Dónde está el género en todo esto? Como ya se indicó en la primera parte de este ensayo, no pareciera fácil identificar elementos teóricos de economía que distingan género. Producción, mercado, precios, inversión, capital, innovación, monopolios, inflación, crédito, competitividad. No es que no haya violencia en algunas de las interacciones en estas estructuras, flujos y procesos. Pero cuesta identificar que el origen de esta violencia sea económico y no político o cultural y pueda ser clasificado en términos de género.

Como se indicó con anterioridad, parte de la economía se liga a asuntos filosóficos, políticos, institucionales y sociales. Por ejemplo, la violencia implícita en la estructura de propiedad sobre el capital, puede que involucre elementos de discriminación por género. En ocasiones, esa discriminación se ejerce desde las reglas informales y también desde las formales. No es extraño que se facilite el acceso del varón a la parte productiva de una herencia en discriminación de sus pares femeninas (por ejemplo, entre hermanos y hermanas). No es extraño que la mujer reciba menor remuneración por el mismo trabajo. No es extraño que la mujer acceda a espacios directivos en menor medida que los varones. Ninguna de estas discriminaciones forma parte de la economía y sus modelos. En todo caso, forma parte de la economía política, que hace referencia a la distribución del poder y sus relaciones derivadas del rol que tienen los agentes y sus agrupaciones. Para Marx, por ejemplo, estas agrupaciones se dan en clases sociales. Creó este concepto y distinguió en la economía capitalista a la burguesía y el proletariado, ambas aún de uso coloquial, aunque casi sin referencias continuadas en los modelos científicos. Para Marx, además, la participación de los seres humanos en estas categorías era ajena a cualquier esfuerzo o decisión personal: estaba condicionada históricamente por su rol en el proceso social de producción y su desenvolvimiento era anticipable de acuerdo a las reglas de su modelo, en el que el proletariado inevitablemente acabaría con el capitalismo, superaría su Estado -el Estado liberal- y constituiría una sociedad de iguales, el comunismo. Ninguno de estos asuntos es tratado con relevancia en la economía hoy. Hablar de economía política abre una importante distancia con la economía actual, como ciencia. Hablar de economía política es hablar de política y los modelos políticos tienen características mucho más diversas y flexibles que los modelos económicos.

Esto no niega que haya violencia en la economía. Por ejemplo, al competir, si un productor establece una ventaja competitiva a través de una innovación y sus competidores no reaccionan o lo hacen tardíamente, puede que estos competidores, sus rentas, las rentas de sus trabajadores y de sus familias, se vean negativamente afectados por el proceso, puede incluso que este proceso les conduzca a la ruina y cambien sus estilos de vida, sus niveles de bienestar, su salud. Si la capacidad competitiva no fue fruto de una innovación sino de un aprovechamiento indebido, o fue fruto de una aplicación mafiosa y fraudulenta de las condiciones competitivas para evitar el acceso al mercado por parte del competidor (típico de los ejercicios de acumulación que generan los monopolios) esto no cambia gran cosa sus efectos. Para los modelos económicos, los recursos del narcotráfico (y su lastre de morbilidad y mortalidad) son fuente válida de inversiones, crecimiento y desarrollo.

A modo de resumen y conclusión:

  • La violencia está implícita en la vida humana en sociedad, especialmente desde que se desarrolló el modo de vida sedentario y se acumularon excedentes y territorios.
  • En la violencia hay implícitas reglas de difícil asimilación social e institucional, porque los conceptos que arman “la justicia” como un deseable social complejo para imponernos al estado de la naturaleza, cambian a veces más rápidamente que los procesos y reglas que pretenden regular. En la violencia se aprovechan las debilidades de los agentes involucrados. No se corrigen para dar lugar a enfrentamientos más justos. Si la sociedad decide corregirlos a través de reglas morales, puede que su aplicación encuentre dificultades diversas, dependiendo de qué tan natural y arraigado es el proceso en el que se daba dicha violencia y qué tan grandes sean los incentivos para sostenerla.
  • La economía moderna arrastra múltiples relaciones cargadas de discriminación, acumuladas e modelos cargados de injusticia, pero con validez en el mercado. La justicia del mercado es, en el mejor de los casos, que la persona que produce lo que el mercado reclama de manera más eficiente recibe más remuneración que otra que atinó menos al reclamo de la demanda o lo hizo de manera menos eficiente. Así puede un artista o un jugador de futbol ganar mucho más que un cirujano o un juez. Y un jugador de primera división gana más que uno de segunda y el cirujano con mayores destrezas probablemente gane más que uno menos hábil. A muchos estos no les parece razonable y algunos intentan arreglarlo con regulaciones sobre el mercado, a veces generando sistemas aparentemente más justos y que aún funcionan eficientes. La justicia del mercado incluye, en el mejor de los casos, que el demandante accede a lo que quiere al menor costo posible. No es diferente el acto de consumo si la producción que lo satisface se desarrolla con niños trabajando en largas jornadas en sitios insalubres. Muchas de las cosas que están hoy en día en nuestras gavetas provienen de estos procesos de producción. La economía no resuelve muchos dilemas morales, no es una estructura diseñada para producir justicia, al menos no todas las formas de justicia La justicia del mercado hace legítimo socialmente la acumulación de excedentes fruto de sus interacciones y asegura interacciones sociales tan dinámicas como lo sea el éxito y el fracaso en el mercado, porque el capital es tan flexible en sus aplicaciones que resulta muy difícil limitar por mucho tiempo un estatus social que no esté acompañado de validación en el mercado.
  • La discriminación de género está presente en todas las interacciones económicas. Para dejar de estarlo, los humanos debemos seguir construyendo referentes sociales, culturales y políticos que hagan contrapeso a los referentes económicos en los que se aprovecha, en principio, cualquier debilidad. La mujer hoy es físicamente igual a la mujer de hace mil años. Lo que la hace diferente es el marco institucional que ha venido arraigando derechos y estos derechos han venido siendo asimilados por todos.
  • Una economía en la que la mujer esté presente en más o menos la mitad de las estructuras de poder es perfectamente posible y no va a cambiar nada de la economía en sí. Quizá la haga más justa o, incluso, más productiva, como afirman algunos estudios de base feminista, pero el mercado y el capitalismo seguirán ahí, incomprendidos por muchos, listos para generar lo único que saben generar: procesos potencialmente eficientes de satisfacción de necesidades infinitas con recursos limitados, armados sobre la base de mercados y precios, es decir, de valoraciones relativas propiciadoras de intercambios.
  • Nada parece indicar que el mercado reaccionaría mal a los cambios que hagan más justos y equilibrados en género sus procesos (producción, acumulación e intercambio).

Imagen de http://es.globedia.com

 Este documento fue presentando en el Foro: VIOLENCIA ECONÓMICA HACIA LA MUJER, celebrado en Maracaibo el 24 de Noviembre, 2017. Organizado por FEMIREDZULIA Y FEMINISMOINC.

Author: Roman Dominguez

Economista.
Consultor.
Director de Ekodir.
Profesor de Ciencias Políticas en La Universidad del Zulia
Feminista

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