Ampliamente conocida en el mundo del feminismo, Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana radicada en Estados Unidos, autora de “Querida Ijeawele”, “La flor púrpura”, “Medio sol amarillo” entre otros libros, logra transmitir lo obvio de nuestra cultura de una forma más obvia aún, sobre todo en su hermoso ensayo “Todos deberíamos ser feministas”.

Lo que más cautiva de su estilo es que enfoca las desigualdades de género en lo que vivimos a diario, en los detalles de los que nadie habla, pero que todos experimentamos; en lo que nos pasa frente a la nariz y pocos vemos. Es como el feminismo de las pequeñas cosas, que no por pequeñas son menos importantes que las grandilocuentes pruebas de la existencia del machismo.

Cuando ella relata de forma sencilla y directa historias de su propia vida,  todos y todas nos podemos ver ahí. Su poder reside en que lo que expone no nos es ajeno, pero hasta que ella lo menciona y uno la lee, podemos pensar que esas cosas pasan porque la vida es así, porque es normal, porque siempre ha pasado de esa forma. “Imagínense”, dice Chimamanda, “lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género”.

Mi mamá me cuenta por ejemplo, que cuando ella salía a un restaurante, era de mala educación que una mujer se dirigiese directamente al mesonero para pedir lo que quería comer. Ella tenía que decírselo a mi papá y él pedía por ella. Parece un detalle justificado en la caballerosidad y la protección, pero en el fondo es la restricción a la libertad para hablar y pedir por propia boca lo que se desea a quien se desea. Es machismo. Esto ya no pasa en los restaurantes de esta manera, prueba de que las costumbres van cambiando, pero muchas otras similares sí.

La lista es larga. Cuando te sientas a una barra sola y enseguida te llega un hombre pensando que estás en “búsqueda”, cuando te dicen en una entrevista que eres muy bonita como tu principal cualidad por encima de lo que sabes o de la idea que estás exponiendo, cuando le sirven la pieza de pollo más grande a los hombres de la casa o les eximen de fregar los platos al finalizar de comer, cuando le traen la cuenta a tu pareja para que pague él suponiendo que es quien tiene el dinero para hacerlo, cuando se castiga más a las mujeres infieles que a los hombres con el cuento de que esto es normal en ellos porque está en “su naturaleza”, cuando regañan a un niño que juega con muñecas porque eso no es juego de varones, cuando una mujer tiene que pedirle permiso al marido para trabajar o para salir, cuando todos esperan que por ser mujer te mueres por casarte y tener hijos como misión de vida…

No es poca cosa. Pequeñas situaciones como estas, unidas a decenas, cientos de pequeñas acciones diarias, “normales” e “inocentes”, logran construir fortalezas que amarran libertades y condenan a las mujeres a la sumisión y a los hombres a la conquista (lo cual genera en ellos muchas ansiedades, aunque no lo admitan). Cualquier crítica ante hechos como estos, es descartada, banalizada, racionalizada, justificada, tildada de exagerada o negada. En palabras de Irantzu Varela: “a la desigualdad, la llamamos normalidad”. Pero los hechos, hechos son y ahí están para ser señalados.

Celebro que Random House haya editado el libro de Chimamanda en versiones de bolsillo a bajo precio para hacerlo mucho más accesible. Padres, madres, maestras, maestros, alumnos, empleados, todos deberían leerlo, porque la educación está en la raíz de esta forma injusta y desigual de organizar la vida por géneros. Es dañino para las niñas y mujeres, pero también para los niños y hombres. Este libro debería ser de lectura obligatoria en las escuelas, en las universidades, en las empresas. Si no lo consigues búscala en las charlas TED e invita a muchos a verla contigo. Vale la pena. (chimamanda.com)

La cultura del machismo tiende a resistirse a cualquier transformación de las creencias que lo sostienen. Si no vamos a los pequeños resquicios donde se anida y ata su permanencia, el cambio va a tardar mucho más. Cuestionar, indagar, resistir, desobedecer, preguntar por qué un hábito de vida no puede ser distinto, poner lo que nos acontece todos los días al revés, es lo que hará que muchos dudemos de la solidez de las premisas patriarcales y empujemos juntos la transformación hacia una sociedad más sana. Gracias a Dios, las culturas son construcciones sociales y las podemos cambiar. Por eso, todos deberíamos leer a Chimamanda.

 

Author: Susana Reina

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial.
Vicepresidenta de Desarrollo Corporativo Grupo Multinacional de Seguros
Directora Fundadora de FeminismoINC. Venezolana.
Feminista

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