En una ocasión hablaba con mi pareja de sus relaciones anteriores. Me contó que decidió terminar con su primera novia, luego de seis años de relación, porque ella ya estaba por terminar la universidad. La afirmación me desconcertó. No cabía en mi cabeza que tenía que ver una cosa con la otra. Al indagar en el asunto, me dijo también que ella se quería casar terminando la carrera y el aún no estaba listo; pero lo primero fue lo que me hizo más ruido. Seguí insistiendo, hasta que tiempo después, espontáneamente me comentó lo difícil que hubiese sido lidiar con las comparaciones odiosas de las familias de lado y lado; porque el siendo el hombre estaba obligado a verse exitoso y superior a su pareja.

El papá de M. es 7 años menor que su mamá. Ella profesional con dos postgrados es quien sostiene el hogar. El, un tipo normal. Trabaja a destajo, pasa la mayor parte del tiempo en casa y es quien se encarga de las labores domésticas. Tienen casi 30 años juntos, dos hijos y una gran historia de amor. Sentada en el comedor de su casa veo en ellos una gran complicidad. Me cuentan como se enamoraron, lo que tuvieron que pasar para estar juntos y como finalmente el amor triunfó. Luego conversando con M. me comentó que la cosa no ha sido tan fácil. Los señalamientos familiares han venido de ambas partes, siendo su padre el más agraviado, quien constantemente fue tildado por su madre de fracasado.

El actual Presidente de Francia es 25 años menor que su esposa. Apenas ganó se generó una matriz de opinión, cuyo eje central era la diferencia de edad que existía entre ellos. Se cuestionó desde la preferencia sexual del mandatario hasta los intereses de ella para con él. Sin embargo, en todo momento, él no ha hecho más que manifestar respeto y admiración hacia su cónyuge, dejando claro que existe una relación sólida a pesar de las diferencias y las limitaciones que se puedan ver desde afuera.

Intento analizar de forma objetiva estas tres historias y no puedo dejar de pensar en el juez tan cruel que es la sociedad; como nos han impuesto roles, como a menudo nos hace ver fracasos que no existen.

Me cuestiono, ¿Por qué tanta saña con quién decide hacerlo distinto? ¿Cuál es el problema de que mi pareja no se haya graduado o no tenga un título universitario? ¿Cuál es el problema de que mi pareja sea unos años menor? ¿Acaso no es lo mismo en el caso contrario donde el hombre bien podría del padre de su pareja? ¿A quién le importa? Intento también no irme al extremo, pero entre todas estas interrogantes, hay un elemento implícito, el machismo que diariamente pasamos por alto y nos afecta a todos por igual; porque al parecer, las reglas del patriarcado están impresas en nuestro ADN.

Esas que dicen que el hombre debe ser exitoso, ser el proveedor y verse superior a la mujer. Las mismas que los obligan a reprimir sus emociones – porque los hombres no lloran –  y le asignan colores y juguetes para su género desde que nace. Esas que dicen que su carrera es la ingeniería, el derecho o la medicina, porque allí puede mostrar su hombría y ejercer el poder a sus anchas. Esos códigos que dictan que la mujer debe ser de tal o cual manera, cumplir cierto papel y comportarse a la altura de las exigencias de una sociedad que – en algunos casos –  se niega a evolucionar.

¿Qué hay del hombre que quiere ser bailarín? ¿El que quiere pintar, cocinar, escribir? ¿O el que no le importa quedarse trabajando desde casa o cuidando sus hijos? ¿Acaso él tiene menos cabida en la sociedad? ¿Acaso sus decisiones lo hacen fracasado? ¿Por qué es cuestionada la sexualidad de un hombre que busca una mujer mucho mayor que el? Por supuesto que las respuestas a estas interrogantes son complejas e involucran una serie de elementos sociales y antropológicos, que no tienen cabida en este escrito por ahora. No obstante, la ideología de género como ha sido concebida desde tiempos remotos, forma parte de ellas.

Las mujeres que buscan la igualdad en sus distintas formas, han sido objeto de burlas y desprestigio, pero el feminismo como movimiento, en su objetivo de lograr una sociedad cada vez más justa nos incluye a todos; y aunque a simple vista pareciese que solo busca favorecer a las mujeres, también lucha por la posibilidad de elegir que deben tener aquellos hombres que no se identifican con el común denominador. Va más allá del hecho de que una mujer deba o no pagar la cuenta o de que un varón desee vestir una camisa rosada. Tiene que ver con la imposición de roles, con el seguimiento de un patrón que marca serias desventajas, que nos impide desarrollar nuestros potenciales y alcanzar nuestras ambiciones por una mero evento biológico. No es una competencia entre géneros, es una batalla contra la desigualdad que históricamente ha afectado a la mujer, minimizándola y privándola de su capacidad de decidir quien es y a donde quiere llegar. Al buscar esta equidad, libera al hombre de la necesidad de ser el fuerte y exitoso proveedor de hogar, a quien quizás nadie le preguntó si, realmente deseaba ocupar esa posición. Deja abierta la posibilidad de que ambos elijan donde quieren estar y que rol desean desempeñar.

Entender este planteamiento no es sencillo, sobre todo para quienes no han entendido la razón de ser del feminismo, las mujeres en el poder o en igualdad de condiciones representan una amenaza. Entonces, es más fácil seguir disfrutando de algunas ventajas, sin profundizar en lo que pueden ser otras tantas. La tarea es continuar luchando los espacios que por derecho nos corresponden, educando, formando y demostrando con argumentos sólidos que una sociedad más justa también es una sociedad más libre y de la libertad nos beneficiamos todos.

Author: Carolina Franco

Médica pediatra de profesión, investigadora y fotógrafa por pasión. Feminista en formación y por rebelión

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